La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 3 — La mujer del número 187 #3
22%

Capítulo 3 — La mujer del número 187 #3

—No fue así.

—¿Cómo fue?

Ramiro se levantó y caminó hasta una estantería.

No buscó nada.

Se quedó de espaldas.

—Faltaba dinero. Ella tenía acceso a las cuentas. Poco después se marchó.

—Eso no responde.

—Es lo que pasó.

—¿Confesó?

—No.

La palabra fue clara.

Inés esperó.

—¿Negó haberlo hecho?

Ramiro giró ligeramente la cabeza.

—Sí.

—¿Y nadie la creyó?

Ramiro volvió a la mesa.

—Algunos sí.

—¿Tú?

Ramiro pareció enfadarse de verdad.

No mucho.

Solo lo suficiente.

—Esto ocurrió hace cincuenta años.

—Y todavía te incomoda.

—Y yo te estoy diciendo que no sirve de nada removerlo.

—A Félix le servía.

—Mira cómo ha acabado Félix.

El tic-tac de los tres relojes pareció hacerse más fuerte.

Ramiro se dio cuenta de lo que acababa de decir.

—No quería decir…

—¿Qué querías decir?

—Que estaba obsesionándose con algo que no podía arreglar.

—¿Te habló de Isabel?

Ramiro se calló.

Eso fue respuesta suficiente.

—¿Cuándo?

—Hace unas semanas.

—¿Qué quería?

—Lo mismo que tú.

—¿Y qué le dijiste?

—Que lo dejara.

—¿Por qué?

Ramiro recogió las pinzas.

—Porque la gente que estaba implicada está muerta o es muy vieja.

—Tú estás implicado.

La pieza metálica cayó sobre el paño.

—Yo no robé nada.

—No te estaba acusando.

—No hace falta. Se te nota.

Inés se cansó de aquel juego.

Todo el mundo en Valdebrisco parecía capaz de decirle lo que estaba pensando.

—No —dijo—. En realidad estaba pensando que sabes bastante más de Isabel de lo que quieres contarme.

Ramiro volvió a coger la pieza.

—Eso no es un delito.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—Entonces déjalo.

Inés recogió la fotografía.

—Una última pregunta.

Ramiro no respondió.

—Cuando hicisteis el primer inventario de los retratos, ¿quién decidió excluirla?

Él siguió mirando el reloj.

—No lo recuerdo.

Inés guardó la copia.

Llegó hasta la puerta.

—Inés.

Se volvió.

Ramiro todavía no la miraba.

—Isabel no se fue porque hubiera robado.

Inés esperó.

—¿Entonces?

Ramiro levantó la vista.

Por un instante pareció bastante mayor de lo que Inés recordaba.

—Se fue porque comprendió que no importaba lo que dijera.

Cuando Inés salió, empezaba a lloviznar.

No abrió el paraguas.

La frase de Ramiro la acompañó calle abajo.

No importaba lo que dijera.

Aquello seguía sin demostrar nada.

Podía haber robado y negarlo.

Podía haber sido acusada injustamente.

Podía haber ocurrido algo entre medias que nadie recordara correctamente.

Inés estaba empezando a irritarse con la facilidad con la que una historia de cincuenta años podía adquirir el aspecto que uno quisiera darle.

Cada persona conservaba una parte.

Y cada parte parecía deformada por quien la había guardado.

Al llegar a la esquina de la plaza vio a Jacobo Riaza cerrando el portón lateral de la hospedería.

Lo conocía desde niño.

No bien.

En Valdebrisco eso no impedía saber demasiadas cosas de alguien.

Jacobo había heredado la antigua casa familiar y la había convertido en alojamiento rural quince años atrás. Había ampliado dos habitaciones, reformado el patio y aprendido a hablar de «experiencias auténticas» con una naturalidad que siempre divertía a Inés.

—Te vas a empapar —dijo él.

—Ya me estoy empapando.

—Eso confirma mi diagnóstico.

Jacobo sonrió.

Tenía cuarenta y siete años y parecía más joven cuando no llevaba la expresión de preocupación que había adoptado desde hacía unos meses.

—Lo de Félix ha sido terrible.

—Sí.

—Mi madre no habla de otra cosa.

—En eso coincide con el resto del pueblo.

Jacobo miró la lluvia.

—Dicen que estaba mirando cosas antiguas.

Inés lo observó.

—Félix siempre estaba mirando cosas antiguas.

—Ya.

Él metió las manos en los bolsillos.

—¿Se sabe algo?

—Pregunta a Darío.

—A Darío solo le saco «estamos investigando».

—Entonces te ha contado más que a mí.

Jacobo soltó una risa breve.

—Cuídate.

—Tú también.

Se alejaron en direcciones opuestas.

Inés no pensó en él más de unos segundos.

Inés encontró a Anselmo delante de su taller cuando regresó.

Estaba mojado desde las patas hasta el vientre.

—Estupendo.

Abrió la puerta.

Anselmo entró sin esperar invitación.

—Ni se te ocurra subir a la silla así.

El gato se dirigió directamente a la silla.

—Anselmo.

Saltó.

Esta vez consiguió subir a la primera.

Inés fue a buscar una toalla.

Mientras le secaba el lomo, algo que él toleró durante aproximadamente ocho segundos antes de intentar marcharse, pensó en Ramiro.

«Algunos sí.»

Había preguntado si alguien creyó a Isabel.

Ramiro había respondido que sí.

Después se había negado a decir si él estaba entre ellos.

Ramiro no había olvidado aquella historia; había elegido callarse.

Inés dejó la toalla.

Abrió el cuaderno y escribió:

Isabel Doreda — 1949.

Sale de Valdebrisco: 1972/73.

Cooperativa. Dinero desaparecido.

Nunca confesó.

Ramiro: Félix habló con él semanas antes.

Se quedó mirando la última línea.

Después añadió:

¿Por qué Ramiro quería que Félix lo dejara?

Cerró el cuaderno sin añadir nada. La conversación de Ramiro no demostraba que Félix hubiera muerto por lo que estaba averiguando, pero ya no podía separar ambas cosas con la facilidad del día anterior.