Capítulo 3 — La mujer del número 187 #2
Algunos incluso habían asistido a la ceremonia donde colocaron su propio rostro junto a la puerta de la casa familiar, experiencia que Inés siempre había considerado ligeramente absurda.
Ahora pensó en Isabel.
Una mujer que había vivido en aquellas mismas calles.
Fotografiada.
Numerada.
Después convertida en un «no».
Anselmo apareció desde un callejón.
No se acercó.
Cruzó la plaza con paso lento y se detuvo junto a una puerta donde había tres placas.
Olfateó la base de la pared.
Siguió adelante.
Inés lo observó.
Para él, los rostros no significaban nada.
Las paredes sí.
Las puertas.
Quién salía.
Quién entraba.
Dónde dejaban comida.
Dónde vivía un perro.
Quién había desaparecido de una casa.
Eso sí.
Inés volvió a caminar.
A primera hora de la tarde recibió una llamada de Darío.
—¿Ha estado en el ayuntamiento?
—Qué eficiencia.
—Celia me ha llamado.
—Eso sí es eficiencia.
—¿Ha encontrado algo?
Inés le contó lo del «187 — NO».
Darío tardó un momento en contestar.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué cree que significa?
—Que alguien decidió excluirla.
—Eso ya lo sabíamos.
—Ahora sabemos que la exclusión ocurrió durante la selección inicial, no después.
—Bien.
Inés esperó algo más.
No llegó.
—¿No le parece relevante?
—Me parece relevante para saber por qué Isabel Doreda quedó fuera del proyecto.
—¿Y para Félix?
—Todavía no.
—Félix estaba investigándolo.
—Sí.
—Y murió.
—También.
—Darío.
—Inés.
Ella se apartó el móvil un segundo.
—Hace esto a propósito.
—¿Qué?
—Responder como si nunca hubiera dos hechos relacionados hasta que alguien le entregue una flecha dibujada entre ellos.
—Es mejor que dibujar flechas donde no existen.
Inés no pudo discutirlo.
—¿Sabe algo de la muerte?
La pausa fue breve.
—No puedo contarle mucho.
—Eso significa que sabe algo.
—Significa que no puedo contarle mucho.
—¿Sigue pareciendo una caída?
—Sí.
—¿Accidental?
Otra pausa.
—Todavía no hay nada que nos obligue a pensar lo contrario.
Era exactamente la misma idea que el día anterior, pero formulada de otra manera.
Inés lo notó.
—No ha dicho que sí.
—Porque he aprendido de usted a responder exactamente a la pregunta.
—Qué rápido aprende.
—Tengo que colgar.
—Una cosa más.
—Claro.
—Ramiro Tovar ayudó a Félix con el primer inventario.
—Lo sé.
—¿Ya ha hablado con él?
—Sí.
Inés se quedó quieta.
—¿Y?
—Buenas tardes, Inés.
Darío colgó.
Ella miró la pantalla.
—Qué hombre insoportable.
Anselmo dormía junto a la ventana.
No mostró interés.
Ramiro Tovar tenía setenta y seis años y arreglaba relojes que nadie necesitaba arreglar.
No era exactamente un negocio.
Había empezado después de jubilarse y, con el tiempo, media comarca supo que si un reloj antiguo dejaba de funcionar, Ramiro podía conseguir que volviera a hacerlo siempre que no hubiera prisa.
Inés lo encontró en una habitación de la planta baja de su casa, rodeado de cajas pequeñas y herramientas.
No había ido a interrogarlo.
Se repitió aquello dos veces antes de llamar.
Ramiro abrió la puerta.
—Inés.
—Hola.
—¿Se te ha roto algún reloj?
—No tengo relojes que merezcan venir hasta aquí.
—Eso es una falta de previsión.
La hizo pasar.
En la mesa había un mecanismo abierto bajo una lupa.
Ramiro tenía el pelo completamente blanco y unas manos grandes que parecían poco adecuadas para trabajar con piezas minúsculas.
—Si vienes por Félix, ya he hablado con Darío.
—No vengo por Félix.
Ramiro la miró.
—Entonces vienes por Isabel.
Inés no esperaba que fuera tan fácil.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Leonor.
—Naturalmente.
Ramiro volvió a sentarse.
—No hace falta que pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar calculando cuántas personas lo saben.
—¿Cuántas?
—Todas las que han comprado algo hoy.
Inés se sentó frente a él.
—¿La conociste?
Ramiro cogió unas pinzas.
—Sí.
—¿Bien?
—Éramos del mismo pueblo.
—Eso puede significar cualquier cosa.
Ramiro colocó una pieza diminuta sobre un paño.
—Entonces pregunta lo que quieres preguntar.
Inés sacó del bolso una copia de la fotografía.
La dejó sobre la mesa.
Ramiro no la tocó.
La miró durante varios segundos.
Inés observó sus manos.
Habían dejado de trabajar.
—Es ella —dijo al fin.
—Leonor dijo lo mismo.
—Entonces ya lo sabes.
—Sé su nombre.
Ramiro levantó la vista.
—A veces es bastante.
—Félix no pensaba eso.
—Félix nunca pensaba que nada fuera bastante.
—¿Por qué no tiene una placa?
Ramiro volvió a mirar el mecanismo.
—Porque se decidió que no estuviera.
—¿Quién?
—No recuerdo.
—Tú ayudaste con el inventario.
—Ayudé a identificar fotografías.
—¿La identificaste?
Ramiro cogió una rueda dentada.
—Probablemente.
Inés se inclinó hacia delante.
—No parece una cosa que uno recuerde solo «probablemente».
—Han pasado treinta años desde aquel inventario.
—Y cincuenta desde que Isabel se marchó.
Ramiro dejó las pinzas.
—¿Qué quieres de mí?
—Entender.
—No siempre se puede.
—Eso me sirve de poco.
—Es la mejor que tengo.
Inés observó la habitación.
Había tres relojes funcionando.
Cada uno marcaba una hora ligeramente distinta.
El ruido de los mecanismos ocupaba los silencios.
—Leonor dice que Isabel robó dinero de la cooperativa.
Ramiro no reaccionó.
—¿Es verdad?
—Eso se dijo.
Inés pensó inmediatamente en la frase de Leonor.
—Quiero saber qué recuerdas tú, Ramiro.
Ramiro sonrió sin humor.
—Ya has hablado demasiado con ella.
—¿Es verdad?
—No lo sé.
—¿Trabajaba allí?
—A veces.
—¿Qué significa «a veces»?
—Ayudaba con cuentas. Su padre formaba parte de la cooperativa. En aquella época nadie tenía un cargo con una descripción tan precisa como os gusta ahora.
—¿Desapareció dinero?
—Sí.
—¿Cuánto?
—No me acuerdo.
Inés esperó algo más.
—Leonor tampoco.
—Entonces será verdad que nadie se acuerda.
—¿Y acusaron a Isabel?
Ramiro tardó.
—Sí.
—¿La policía?