Capítulo 3 — La mujer del número 187
A la mañana siguiente, Isabel Doreda seguía sin existir en ningún sitio donde debería haber existido.
Inés empezó por los registros más sencillos.
Padrón.
Libros parroquiales digitalizados.
Fotografías de escuela.
Listados de la antigua cooperativa.
Nada especialmente profundo. Solo la clase de rastreo que Félix hacía casi por instinto y que ella, en circunstancias normales, habría considerado una pérdida de tiempo.
A las nueve y diez tenía tres datos seguros.
Isabel Doreda había nacido en Valdebrisco en 1949.
Había vivido con sus padres en una casa de la calle del Olmo.
Y en 1973 ya no aparecía empadronada en el pueblo.
Entre esos tres hechos había un vacío.
Inés lo contempló desde la pantalla del ordenador mientras removía un café que se había enfriado hacía rato.
No le gustaban los vacíos.
No porque creyera que escondían algo.
Al contrario.
La mayoría no escondían nada.
Los archivos estaban llenos de huecos perfectamente inocentes.
Libros perdidos durante una reforma. Papeles destruidos por humedad.
Documentos que alguien olvidó trasladar de una oficina a otra.
Actas redactadas con prisa. Fotografías sin nombre porque todos los presentes sabían quién aparecía en ellas y nadie imaginó que cincuenta años después alguien necesitaría preguntarlo.
Lo peligroso era empezar a mirar cada ausencia como si alguien hubiese querido producirla.
Eso convertía una investigación en una superstición.
Pero el número 187 no estaba simplemente vacío.
Había sido retirado.
Inés imprimió otra vez la página del inventario y la dejó junto a la fotografía de Isabel.
El hueco entre 186 y 188 parecía más evidente sobre papel.
Tal vez porque ahora sabía dónde mirar.
—Eso también es hacer trampas —dijo.
Anselmo dormía sobre la silla junto al radiador.
No respondió.
El radiador llevaba encendido desde las ocho. Anselmo había llegado seis minutos después.
Aquello sí estaba en orden.
Inés acercó la fotografía de Isabel a la ventana.
La copia digital no permitía gran cosa, pero había algo en la expresión de la mujer que la incomodaba.
No tristeza.
Tampoco miedo.
Seriedad, simplemente.
Podía ser el efecto de la época. En las fotografías antiguas, las personas parecían saber que estaban siendo registradas para siempre y actuaban en consecuencia.
Inés volvió a colocarla sobre la mesa.
A las nueve y media llamó al ayuntamiento.
Celia contestó personalmente.
—Necesito ver los documentos del proyecto de los Rostros.
Hubo una pausa.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días.
—¿Todos?
—Los antiguos. Cuando se hizo el primer inventario.
—¿Para qué?
Inés miró el hueco.
—Félix estaba revisando algo.
—Félix revisaba cosas desde que aprendió a leer.
—Esto tiene relación con lo que dejó en mi taller.
La voz de Celia cambió apenas.
—¿Darío lo sabe?
—Sí.
—Entonces supongo que puedo enseñártelo.
—No necesito que me lo enseñes. Necesito acceso.
—Eso es enseñártelo con menos cortesía.
Inés miró el reloj.
—¿Estás allí?
—Estoy.
—Voy.
—Inés.
—¿Qué?
—No conviertas esto en una cosa más grande de lo que es.
Inés apoyó una mano sobre la mesa.
—Todavía no sé qué es.
Celia tardó un instante en responder.
—Precisamente.
El ayuntamiento de Valdebrisco ocupaba un edificio que había tenido demasiadas vidas.
Escuela.
Consultorio.
Oficina de correos durante unos años.
Casa consistorial desde hacía casi tres décadas.
Aún conservaba una pizarra empotrada en la pared de una sala del piso superior, aunque nadie recordaba por qué no la habían retirado durante las obras.
Celia Monforte esperaba a Inés junto a una mesa larga cubierta de carpetas.
Llevaba el pelo mucho mejor colocado que la mañana anterior.
—He sacado lo que encontré.
—¿Todo?
—Lo que encontré.
—No es lo mismo.
—Empiezas a parecerte a Félix.
—Eso sí que es una amenaza.
Celia sonrió sin ganas.
Tenía sesenta y un años y una forma de vestir que hacía pensar que podía aparecer en cualquier momento ante una cámara de televisión, aunque la última vez que una televisión había ido a Valdebrisco era para grabar un reportaje de tres minutos sobre una nevada.
Señaló las carpetas.
—El proyecto empezó oficialmente en el noventa y seis. Antes hubo conversaciones, propuestas y un montón de papeles que nadie guardó porque nadie sabía que aquello acabaría convirtiéndose en lo que es ahora.
Inés abrió la primera carpeta.
—¿Quién hizo el inventario?
—Félix, principalmente. Con ayuda de varias personas.
—¿Quiénes?
—Gente del pueblo.
—Eso no es una lista.
Celia suspiró.
—Teresa. Ramiro. Mi padre durante una época. Leonor apareció y desapareció según le apetecía. También había una maestra que ya murió. Y Estela empezó después, cuando se decidió pasar los retratos a cerámica.
—¿Ramiro?
—Sí.
—No sabía que hubiese trabajado en esto.
—No trabajó. Ayudó. Hay diferencia.
Inés volvió a las carpetas.
El primer material era administrativo.
Presupuestos.
Autorizaciones.
Solicitudes a propietarios.
Fotocopias de fotografías prestadas por familias.
Un documento explicaba el criterio general: personas nacidas o residentes durante un periodo significativo en Valdebrisco que hubieran dejado una huella documentable en la comunidad.
Inés arqueó una ceja.
—Una huella documentable.
—No fui yo.
—Ya.
—Era el noventa y seis. La gente escribía así.
Inés siguió leyendo.
Había formularios con nombres y direcciones.
Algunos estaban completos.
Otros no.
Encontró el número 186.
Rosario Cubero.
Después, en la carpeta siguiente, el 188.
Simón Castaño.
Nada entre ambos.
—Falta.
—Ya me lo dijiste ayer.
—No. Digo que falta físicamente.
Celia se acercó.
—¿Qué esperabas?
—Una ficha.
—Si no estaba en el inventario, no habría ficha.
—Las fotografías se numeraron antes.
—¿Cómo lo sabes?
Inés señaló una nota en uno de los documentos.
—Aquí.
Celia se inclinó.
«Numeración provisional de material fotográfico recibido. Identificación y selección posterior.»
—Entonces primero numeraron las imágenes —dijo Inés— y después decidieron cuáles entraban.
—Parece que sí.
—Isabel tenía número.
—Isabel.
Celia pronunció el nombre como si lo probara.
—¿No la conocías?
—Tenía ocho años cuando se marchó.
—¿La recuerdas?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido para parecer falsa.
—Leonor sí.
—Leonor recuerda a gente que murió antes de que naciera.
—Ramiro también debía conocerla.
Celia no respondió.
Inés siguió pasando documentos.
Encontró una lista manuscrita con varias anotaciones.
Al lado de algunos nombres había cruces.
Otros tenían signos de interrogación.
En una página figuraban los números 180 a 194.
El 187 estaba allí.
Sin nombre.
Solo:
187 — NO
Inés leyó la anotación otra vez.
—Celia.
La alcaldesa se acercó.
—¿Qué?
Inés señaló.
Celia leyó.
—Bueno.
—¿Bueno?
—Confirma que no se incluyó.
—Eso ya lo sabíamos.
—Entonces no entiendo qué quieres que diga.
—Quiero saber quién escribió «no».
Celia miró la letra.
—Ni idea.
—¿Es de Félix?
—No parece.
Inés tampoco lo creía.
Conocía la escritura de Félix demasiado bien.
Aquello era una letra más vertical, más estrecha.
—¿De tu padre?
Celia la miró con una paciencia repentina.
—Mi padre murió hace doce años, Inés. No pienso convertir su caligrafía en sospechosa porque una mujer desaparezca de una lista.
—Solo intento saber de quién es la letra.
—Pues empieza por otra.
Inés dejó la lista sobre la mesa.
—¿Quién más podía escribir en estas fichas?
Celia acercó la carpeta hacia su lado.
La tensión llegó demasiado deprisa.
Eso la interesó más que la respuesta.
Celia cerró la carpeta.
—Félix murió anteayer.
—Ayer.
—Parece que llevo una semana sin dormir.
—¿Por qué te molesta tanto esto?
Celia soltó el aire.
—Porque dentro de tres semanas viene gente de la Diputación.
Inés tardó un segundo.
—¿Qué?
—Hay una jornada sobre patrimonio rural. Los Rostros son la parte central. Llevamos meses preparándolo.
—Félix está muerto y tú estás pensando en una jornada.
—Estoy pensando en las dos cosas. Las personas adultas podemos hacer eso.
Inés cruzó los brazos.
Celia continuó:
—Si aparece una historia de que alguien fue deliberadamente borrado del proyecto, tendremos periodistas preguntando cosas antes de saber si hay algo que preguntar.
—¿Eso te preocupa?
—Claro que me preocupa.
—¿Más que saber por qué la borraron?
Celia la miró directamente.
—No sé si la borraron.
—Hay un «no» al lado de su número.
—También puede significar que no cumplía los criterios.
—Nació aquí.
—Eso no bastaba.
—Vivió aquí veinticuatro años.
—Tampoco necesariamente.
—Su familia tenía casa aquí.
—Inés.
—¿Qué criterio no cumplía?
—No lo sé.
—Entonces deja de defenderlo.
Celia apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No estoy defendiendo nada. Estoy pidiendo que no conviertas una decisión tomada hace treinta años en una conspiración porque Félix murió el mismo día que decidió enseñarte una caja.
La frase cayó con más fuerza de la que probablemente pretendía.
Inés tardó en contestar.
—Yo tampoco he dicho que las dos cosas estén relacionadas.
—Pero lo estás pensando.
Era verdad.
Eso la irritó.
Celia abrió otra carpeta y la empujó hacia ella.
—Llévate copias de lo que necesites. Los originales se quedan aquí.
—Por supuesto.
—Y, por favor, si encuentras algo serio, habla primero con Darío.
—¿Serio para quién?
Celia cerró los ojos.
—Ahí está exactamente el problema.
Cuando Inés salió del ayuntamiento, la plaza estaba más animada.
Dos turistas fotografiaban uno de los retratos junto a la puerta de una casa.
La mujer se inclinó para leer el nombre.
El hombre intentó hacerse una foto imitando la expresión severa del retrato.
Inés pasó de largo.
Nunca le había molestado que la gente fotografiara las placas.
Aquello era parte de la razón por la que existían.
Pero ese día le produjo una incomodidad nueva.
Miró los rostros junto a las puertas mientras regresaba al taller.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Algunos ancianos.
Otros retratados con veinte años porque esa era la única fotografía disponible.
No estaban todos muertos cuando las placas se instalaron.