Capítulo 2 — Trescientos trece #3
Leonor miró hacia Anselmo, que seguía bebiendo.
—Preguntó por Isabel.
Cuando salieron del ultramarinos, Darío no habló hasta llegar a la plaza.
—¿Le parece normal?
—¿Qué parte?
—Que Leonor haya ocultado que Félix estuvo preguntando ayer por una mujer relacionada con documentos que encontramos hoy entre sus cosas.
—Leonor no considera que omitir información sea ocultarla.
—Qué conveniente.
—Lleva setenta años perfeccionándolo.
Darío se detuvo junto a la fuente.
—Voy a averiguar qué pasó con esa cooperativa.
—¿Y yo?
—Usted va a trabajar.
—Esa respuesta empieza a resultar repetitiva.
—Porque la pregunta también.
—Félix me entregó la caja.
—Y me la ha dado.
—Porque pensaba enseñármela esta mañana.
—Eso no la convierte en investigadora.
—No quiero ser investigadora.
Darío pareció aliviado.
—Perfecto.
—Quiero saber qué quería contarme Félix.
El alivio desapareció.
—Eso se parece demasiado.
Inés metió las manos en los bolsillos.
Hacía más frío que por la mañana.
—¿Sigue pensando que se cayó?
Darío miró hacia la calle Alta.
—Sigo pensando que no tengo motivos suficientes para pensar otra cosa.
—No es lo mismo.
—No.
Inés esperó.
Darío no añadió nada.
—Hay algo más —dijo ella.
—Siempre lo hay.
—Esta mañana, cuando encontramos a Félix, la ventana trasera estaba abierta.
—Lo sé.
—Anselmo había estado allí antes.
—Aquí empieza la parte del gato.
—No empiece.
—No he dicho nada.
—Lo ha pensado.
—Es difícil no hacerlo.
Inés se acercó un poco.
—Anselmo pasa por el archivo casi todas las mañanas. Félix le daba comida.
—Muy propio de Félix.
—La ventana trasera forma parte de su ruta.
—¿Y?
—Y Anselmo volvió a mi taller a una hora en que nunca vuelve.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Inés.
—Ya sé cómo suena.
—Me alegro.
—Pero yo conozco sus horarios.
—Es un gato.
—Precisamente.
Darío se frotó una mano contra la mandíbula.
—No voy a incorporar al atestado que un gato llegó tarde o temprano a algún sitio.
—No se lo estoy pidiendo.
—¿Entonces?
Inés miró hacia la calle por la que Anselmo había aparecido aquella mañana.
—Solo digo que algo ya estaba fuera de sitio antes de que yo encontrara a Félix.
Darío siguió mirando la calle por la que había aparecido Anselmo.
No hizo ningún comentario sobre el gato.
—Si recuerda cualquier otra cosa —dijo—, llámeme.
—Lo haré.
—Y no interrogue a nadie.
—No he interrogado a Leonor.
—Claro que no.
Darío se alejó.
Inés regresó al taller.
Anselmo tardó casi una hora en volver.
Entró por la puerta abierta, recorrió la habitación y saltó a una silla.
El salto fue torpe.
Una pata trasera resbaló en el borde y tuvo que impulsarse una segunda vez.
Inés fingió no haberlo visto.
Sabía que aquello era una estupidez.
Anselmo no podía sentirse humillado por su compasión.
Pero había convivido demasiado tiempo con él como para estar completamente segura.
Sacó del cajón una copia que había impreso de la fotografía 187.
La colocó sobre la mesa.
Isabel Doreda.
La mujer no sonreía.
El fondo era neutro.
Quizá la foto se había tomado para algún documento. Quizá para enviarla a un familiar. Quizá porque alguien había aparecido un día con una cámara y le había pedido que se sentara.
Inés intentó calcular la edad.
Veintidós.
Veinticuatro.
No mucho más.
Se había marchado de Valdebrisco poco después.
Acusada de robar.
Borrada del inventario.
Félix la había encontrado.
Y el día anterior había preguntado por ella.
Inés giró la fotografía.
En la reproducción no había nada detrás.
En el original tampoco había visto ninguna anotación.
Pero recordó una cosa.
Los números.
Sacó su cuaderno.
Había apuntado:
Faltaba 187.
No era simplemente que Isabel no apareciera en la lista final.
Alguien había mantenido su número y eliminado su nombre.
Eso era diferente.
Un error habría desplazado la numeración.
Un olvido podía dejar una fotografía sin identificar.
Pero allí había un hueco.
El 187 había existido cuando se ordenó el archivo.
Después alguien lo había quitado.
Inés tomó el móvil.
Estuvo a punto de llamar a Darío.
No lo hizo.
Primero necesitaba estar segura.
Abrió el ordenador.
Buscó la digitalización parcial del antiguo inventario municipal que Félix había entregado años atrás para una exposición.
Tardó varios minutos en localizar el archivo correcto.
Un PDF enorme.
Página tras página.
Nombres.
Números.
Fechas.
Llegó al tramo correspondiente.
Aurelio Martín.
Rosario Cubero.
Después:
Simón Castaño.
Inés acercó la imagen.
Entre ambos registros había un espacio ligeramente mayor.
No mucho.
Lo suficiente para una línea.
Amplió.
La copia era mala, pero se veía una marca junto al margen.
Como si algo hubiese sido borrado antes de fotocopiar.
Inés dejó de mover el ratón.
Anselmo dormía en la silla.
La calle estaba tranquila.
En algún lugar sonó una puerta.
Inés volvió a mirar el hueco.
No sabía quién había decidido sacar a Isabel Doreda del inventario ni cuándo lo había hecho.
Tampoco podía asegurar que aquello tuviera relación con la muerte de Félix.
Pero el hueco ya no se parecía a un descuido: la fotografía había sido numerada, había formado parte del conjunto y, en algún momento posterior, alguien había retirado el nombre.