Capítulo 2 — Trescientos trece #2
Dentro guardaba documentación sobre restauraciones realizadas para el proyecto de los retratos.
No era el archivo completo. Solo trabajos que habían pasado por sus manos.
Fotografías rasgadas.
Copias con hongos.
Dos placas de vidrio.
Una serie de retratos que habían sufrido una inundación en la casa de una familia.
Buscó el número 187.
Nada.
Buscó el nombre.
No lo tenía.
La mujer seguía siendo simplemente un rostro.
Anselmo se levantó junto al radiador.
Se acercó a la mesa.
Inés colocó una mano delante de las fotografías.
—Ni se te ocurra.
El gato olió el borde de la caja.
Después el cordel cortado.
Anselmo mantuvo el hocico sobre el cordel.
Inés lo observó.
Anselmo volvió a oler.
No la caja.
El cordel.
Después levantó la cabeza.
Permaneció así un momento.
Las orejas ligeramente orientadas hacia delante.
Inés apartó el cordel.
—Es de Félix.
Anselmo siguió el movimiento con los ojos.
Luego perdió el interés y se dirigió hacia el fondo del taller.
A Inés se le escapó una sonrisa breve.
A la una y diez llamó a Darío.
Él respondió después de cinco tonos.
—Melgar.
—Soy Inés.
—Lo sé.
—Tengo una cosa de Félix.
Silencio.
—Esa frase admite demasiadas interpretaciones.
—Una caja de documentos.
—¿Dónde?
—En mi taller.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
La pausa fue más larga.
—¿Y me lo dice ahora?
—Hasta hace veinte minutos era una caja que Félix me había dejado para trabajar.
—¿La ha abierto?
—Sí.
Darío soltó el aire por la nariz, despacio.
—Voy para allá.
—No hace falta que…
Darío colgó.
Inés miró el teléfono.
—Encantador.
Anselmo, instalado ahora sobre una silla, dormía.
Darío tardó nueve minutos.
Entró sin quitarse la chaqueta.
—¿Dónde está?
Inés señaló la mesa.
—Antes de que empiece: Félix la trajo ayer a las seis aproximadamente. Dijo que la veríamos esta mañana. No sabía que tuviera relación con nada.
Darío observó la caja.
—¿Y ahora cree que sí?
—Ahora creo que no sé.
—Eso es un progreso.
—¿Ha desayunado usted sarcasmo?
—He desayunado poco.
Se acercó a la mesa.
Inés le mostró el material sin permitirle tocar directamente las fotografías.
—¿Está diciéndome que no toque pruebas?
—Estoy diciéndole que no ponga los dedos encima de negativos de hace sesenta años.
—Todavía no sabemos si son pruebas.
—Entonces estamos de acuerdo.
Darío leyó la nota.
Su expresión no cambió.
—¿Qué significa?
—Que Félix había encontrado una persona que no figura en el inventario de los retratos.
—¿Una persona viva?
—No lo sé.
—¿Muerta?
—Darío.
—Pregunto.
—Una persona que aparece entre las fotografías originales y fue omitida cuando se elaboró el registro.
Inés colocó delante de él la imagen 187.
Darío se inclinó.
—¿La conoce?
—No.
—¿Y Félix?
—Supongo que estaba intentando averiguarlo.
—¿Por qué supone eso?
Inés señaló las marcas rojas.
—Porque la señaló.
—También pudo señalarla hace quince años por cualquier otra razón.
—Sí.
—¿Tiene fecha?
—La fotografía parece de finales de los sesenta o principios de los setenta. La marca no puedo fecharla mirándola.
Darío cogió la libreta.
—312.
—Y 313 imágenes.
—Puede ser un error.
—Sí.
Darío levantó la nota.
—Pero esto hace que parezca menos probable.
—Exactamente.
Él volvió a leer las dos líneas.
—¿Le dijo algo ayer?
—No.
—¿Nada?
—Dijo que lo miraríamos esta mañana.
—¿Le pareció preocupado?
Inés tardó en responder.
—Ahora sí.
Darío dejó la nota.
—No le he preguntado cómo le parece ahora.
Inés apretó los labios.
—Ayer me pareció Félix.
—Eso me sirve más.
Darío recorrió la mesa con la mirada.
—Necesito llevarme esto.
—No.
Él la miró.
—Inés.
—Los negativos no pueden ir en cualquier bolsa ni quedarse en un coche ni…
—No voy a meterlos en el maletero entre un chaleco reflectante y una rueda de repuesto.
—No sería la primera barbaridad que veo hacer con material de archivo.
—¿Por la Guardia Civil?
—Por seres humanos.
Darío apoyó las manos en la mesa.
—Si esto puede tener relación con la muerte de Félix, necesito incorporarlo.
—Perfecto. Pero se embala bien.
—Se embala bien.
—Y las hojas no se apilan sin protección.
—No se apilan sin protección.
—Y…
—Inés.
Ella se calló.
Darío miró otra vez la fotografía 187.
—Quiero saber quién es.
—Yo también.
—¿Quién puede identificarla?
Inés pensó inmediatamente en Leonor.
Y esa fue precisamente la razón por la que intentó encontrar otra respuesta.
—Félix.
Darío levantó una ceja.
—Alguna persona que siga viva.
—Hay gente mayor que podría reconocerla.
—¿Nombres?
Inés miró el rostro de la mujer.
Seria.
Joven.
Desconocida.
—Ramiro Tovar quizá. Teresa Llorente. Leonor.
—Leonor reconoce hasta a personas que nunca ha visto.
—Ese es el problema.
—Yo diría que en este caso es una ventaja.
Inés dejó la cuestión ahí.
Darío señaló la nota.
—¿Félix acostumbraba a hacer este tipo de cosas?
—¿Mensajes misteriosos?
—Sí.
—Le gustaba dramatizar.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para que todavía no sepa si esto es importante o una investigación sobre quién ganó una partida de mus en 1968.
—¿Había campeonatos de mus en Valdebrisco?
—Seguro que Leonor lo sabe.
Darío guardó la libreta en una bolsa transparente.
—Voy a hablar con ella.
—Voy con usted.
—No.
—Conozco las fotografías.
—Y yo sé hacer preguntas.
—Leonor no responde preguntas. Leonor responde a conversaciones.
Darío sostuvo la mirada un momento.
—Eso, lamentablemente, es cierto.
Leonor estaba colocando latas de conserva en una estantería cuando entraron.
No mostró sorpresa al verlos juntos.
Eso significaba que alguien ya le había contado que Darío había ido al taller.
Valdebrisco funcionaba con una eficiencia que habría avergonzado a cualquier servicio de inteligencia.
—¿Ha pasado algo?
—Queremos enseñarle una fotografía —dijo Darío.
—¿De Félix?
—No.
Leonor dejó una lata.
—Entonces enséñemela.
Darío sacó una reproducción que Inés había hecho rápidamente con el móvil antes de entregar el original.
Leonor cogió el teléfono.
Su reacción fue mínima.
Tan mínima que Inés la vio.
Los dedos se quedaron quietos.
Un segundo.
Quizá dos.
Después Leonor devolvió el móvil.
—No se ve muy bien.
—Se ve perfectamente —dijo Inés.
—He dicho que no se ve muy bien, no que no se vea.
Darío intervino.
—¿Sabe quién es?
Leonor tomó otra lata.
—Podría ser cualquiera.
—No —dijo Inés.
Leonor colocó la lata junto a las demás.
—Las chicas de entonces llevaban el pelo parecido.
—Leonor.
—¿Qué?
—La conoces.
—He conocido a mucha gente.
Darío no dijo nada.
Inés tampoco.
El silencio empezó a trabajar.
Leonor cogió una tercera lata.
La dejó en el lugar equivocado.
Ella misma se dio cuenta.
La cambió.
—¿Por qué queréis saberlo?
—Porque Félix tenía esa fotografía separada de las demás —respondió Darío.
Leonor se quedó de espaldas.
—Félix separaba muchas cosas.
—También escribió que faltaba una persona.
Leonor cerró los ojos.
Solo un instante.
Cuando se volvió, parecía más cansada.
—Ese hombre no sabía dejar descansar nada.
La frase de Leonor le quitó a Inés las ganas de ironizar.
—¿Quién es?
Leonor miró hacia la puerta del ultramarinos.
Dos personas pasaban por la calle.
Esperó hasta que se alejaron.
—Isabel.
—¿Isabel qué?
Leonor tardó.
—Doreda.
Inés repitió mentalmente el nombre.
No le decía nada.
Darío sí escribió algo en una pequeña libreta.
—¿Vivía aquí?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—Eso ya lo habíamos deducido.
Leonor lo miró con fastidio.
—Entonces no necesita preguntarme.
Darío dejó pasar el silencio.
Inés conocía aquella táctica.
Era irritante porque funcionaba.
Leonor se apoyó en el mostrador.
—Se marchó en el setenta y dos. O el setenta y tres.
—¿Adónde?
—No sé.
—¿Volvió?
—No.
—¿Familia?
—Ya no.
Inés miró otra vez la fotografía en el móvil.
—¿Por qué no tiene una placa?
Leonor no respondió.
—Si era de Valdebrisco, debería estar.
—No todos están.
—Félix pensaba que ella debía estar.
—Félix pensaba muchas cosas.
—Leonor.
La mujer la miró.
En su expresión apareció una cautela que antes no estaba.
—Hay personas a las que un pueblo recuerda porque quiere —dijo—. Y otras a las que recuerda aunque no quiera.
Darío guardó la libreta.
—¿Qué hizo Isabel Doreda?
Leonor apretó ambas manos sobre el borde del mostrador.
—Robó.
Inés no esperaba la respuesta.
—¿Qué?
—Dinero.
—¿A quién?
—A la cooperativa.
—¿Cuánto?
Leonor negó con la cabeza.
—No me acuerdo.
—Tú te acuerdas de todo.
—Pues de eso no.
—¿La denunciaron?
—No sé.
—¿La detuvieron?
—He dicho que no sé.
Darío observaba sin intervenir.
Inés entendió que la estaba dejando seguir.
—¿Y después?
—Después se fue.
—¿Por el robo?
—Eso dijo todo el mundo.
—¿Y tú qué recuerdas?
Leonor endureció la mirada.
—Ten cuidado, Inés.
—¿Con qué?
—Con pensar que porque trabajas con papeles los papeles van a contarte cómo eran las cosas.
La frase quedó entre ambas.
La irritación llegó antes que la curiosidad.
—¿Tú crees que no robó?
Leonor recogió la lata que había colocado antes y examinó la etiqueta aunque no había nada que leer.
—No estoy segura de lo que creo.
—Por eso te lo pregunto.
—No todo lo que ocurrió hace cincuenta años necesita resolverse hoy.
Darío habló por fin.
—Félix parecía opinar otra cosa.
Leonor lo miró.
La dureza desapareció un poco.
—Y ahora Félix está muerto.
Nadie respondió.
Anselmo entró en el ultramarinos.
No miró a ninguno de los tres.
Caminó directamente hacia un rincón junto al mostrador donde Leonor solía dejar un pequeño cuenco de agua.
Estaba vacío.
Anselmo se detuvo.
Miró el cuenco.
Después a Leonor.
Ella bajó la vista.
—Ay, perdona.
Cogió una botella y lo llenó.
Anselmo bebió.
Inés lo observó.
Había visto a Leonor olvidar nombres, gafas, llaves, cumpleaños y alguna vez hasta que tenía una olla al fuego.
No recordaba haberla visto olvidar el agua de Anselmo.
—¿Félix vino ayer aquí? —preguntó.
Leonor dejó la botella sobre el mostrador sin apartar la mano.
—Esta mañana dijo que había comprado leche —continuó Inés.
—Sí.
—¿A qué hora?
—Ya te dije. Siete y pico.
—¿Por la tarde volvió?
Leonor tardó demasiado en responder.
—Sí.
Darío abrió otra vez la libreta.
—¿A qué hora?
—No sé. Seis y media. Siete.
Inés frunció el ceño.
A las seis Félix había estado en su taller.
—¿Qué quería?