Capítulo 2 — Trescientos trece
Trescientos trece
Inés abrió la caja a las doce y diecisiete.
Había aguantado más de cuatro horas.
No porque obedeciera a Félix. A un muerto no se le obedecía, pensó, aunque inmediatamente la frase le pareció de mal gusto. Tampoco porque Darío hubiese pedido que no tocara nada relacionado con él. Darío ni siquiera sabía que la caja existía.
La razón era mucho más sencilla.
Inés había tenido miedo de encontrar dentro algo que convirtiera la última visita de Félix en otra cosa.
Durante la mañana había intentado trabajar.
Había conseguido separar por completo las dos hojas adheridas, pero había necesitado el doble de tiempo.
Después examinó una fotografía de comunión sin recordar, cinco minutos más tarde, qué deterioro había observado.
A las diez y media Leonor apareció con café y una bolsa de rosquillas que dejó sobre la mesa sin pedir permiso.
No preguntó si Inés estaba bien.
Aquello se lo agradeció.
—Dicen que ha sido un accidente.
Inés no levantó la vista de la fotografía.
—¿Quiénes?
—Todos.
—Entonces será verdad.
Leonor no captó la ironía o decidió ignorarla.
—La Guardia Civil sigue allí.
—Eso suele pasar cuando alguien aparece muerto.
—Darío ha hablado con Julián.
—Julián vive al lado.
—Y con Celia.
—Celia tiene las llaves.
—Y con Teresa Llorente.
Eso sí hizo que Inés alzara la cabeza.
—¿Teresa?
Leonor se encogió de hombros.
—La vieron entrar ayer.
—Mucha gente entraba en el archivo.
—Claro.
Leonor bebió café.
No añadió nada.
Era una de sus tácticas más eficaces. Dejaba una frase en mitad de una habitación y esperaba a que alguien hiciera el resto del trabajo.
Inés volvió a la fotografía.
—No voy a preguntar.
—¿Preguntar qué?
—Exactamente.
Leonor acabó sonriendo.
—Te he dejado rosquillas.
—Las he visto.
—Come.
—Sí, madre.
—Tu madre insistiría más.
—Por eso no eres mi madre.
Leonor salió poco después. A los diez minutos volvió porque había olvidado el paraguas.
A los veinte apareció de nuevo para advertir que Celia probablemente organizaría algo en memoria de Félix y que, si le pedían a Inés una fotografía para el ayuntamiento, no debía entregar «esa horrible en la que parece un bandolero».
—¿Qué fotografía?
—Ya sabes cuál.
Inés no sabía cuál.
A las once y cuarto cerró el taller durante media hora y caminó hasta la plaza.
La calle Alta seguía acordonada en torno al archivo. Había menos curiosos, pero las ventanas continuaban desempeñando su función.
Celia hablaba con dos hombres junto al ayuntamiento.
Darío no estaba a la vista.
Félix tampoco.
Eso último era obvio y, sin embargo, Inés lo pensó.
Regresó al taller.
A las doce y diecisiete cortó el cordel.
Lo hizo con una pequeña tijera de puntas redondeadas, aunque bastaba cualquier cuchillo. El cordel estaba limpio, nuevo, demasiado grueso para una caja que apenas medía treinta centímetros de largo.
Félix había dado dos vueltas y terminado con un nudo ridículamente complejo.
—Por supuesto —murmuró Inés.
Levantó la tapa.
Dentro había cuatro carpetas de conservación, dos sobres de papel, una libreta pequeña y una caja más estrecha que reconoció de inmediato como material fotográfico antiguo.
Nada parecía urgente.
Nada parecía peligroso.
Nada explicaba por qué Félix había insistido en que no la abriera aquella noche.
Inés se puso guantes únicamente para manipular el material fotográfico.
Para los documentos en buen estado prefería las manos limpias.
Los guantes reducían sensibilidad y provocaban más accidentes de los que evitaban, aunque explicarlo a algunos clientes resultaba tan agotador que a veces terminaba usándolos solo para que dejaran de mirarla como si fuera a comerse un manuscrito.
Abrió la primera carpeta.
Listados.
Nombres.
Fechas.
Direcciones antiguas de Valdebrisco.
Reconoció inmediatamente el trabajo de Félix.
Su letra tenía la particularidad de inclinarse hacia delante como si cada palabra tuviera prisa por alcanzar la siguiente. Había anotaciones en tinta azul, correcciones en lápiz y pequeños signos en los márgenes cuyo significado probablemente solo conocía él.
La segunda carpeta contenía copias de documentos municipales.
La tercera, fichas familiares.
La cuarta llevaba escrito:
ROSTROS. ORIGINALES. REVISIÓN.
Inés se quedó quieta.
Fuera pasó una furgoneta.
El ruido entró por la puerta y se perdió calle abajo.
Abrió la carpeta.
Los Rostros de Valdebrisco no necesitaban presentación para nadie que hubiera crecido allí.
Estaban junto a las puertas de las casas, en pequeñas placas de cerámica esmaltada que el tiempo había vuelto opacas en algunos casos y extraordinariamente brillantes en otros.
Había rostros jóvenes junto a fachadas habitadas por ancianos; matrimonios desaparecidos décadas atrás; hombres que se habían marchado a Francia o Alemania y no habían vuelto; mujeres cuyos nietos ya no sabían contar con precisión dónde habían nacido.
Los visitantes preguntaban por ellos.
Los habitantes de Valdebrisco, por lo general, no.
Formaban parte del pueblo como las piedras o los canalones.
Inés recordaba perfectamente la instalación de los primeros.
Ella tenía veintiséis años y vivía aún en Salamanca. Había regresado un fin de semana y encontró a media calle discutiendo porque alguien había colocado el retrato de un hombre cinco centímetros demasiado cerca de una ventana.
Aquella discusión había durado tres días.
Con los años, el proyecto creció.
Se recuperaron fotografías.
Se identificaron nombres.
Se añadieron fechas.
Algunos retratos fueron sustituidos porque la cerámica se había roto. Otros nunca pudieron reproducirse con calidad suficiente.
Félix había dedicado una cantidad considerable de su vida a todo aquello.
Inés sacó la primera hoja de contacto.
Luego otra.
Y otra.
No eran una colección homogénea.
Había negativos de distintos tamaños y épocas, hojas preparadas probablemente muchos años después de que las fotografías fueran tomadas, reproducciones de copias originales que habían desaparecido y pequeñas anotaciones a lápiz.
En la esquina superior derecha de cada imagen aparecía un número.
Félix había organizado el conjunto cronológicamente según un criterio que Inés todavía no comprendía.
Pasó las hojas con cuidado.
Algunos rostros le resultaban familiares.
No porque hubiese conocido a las personas, sino porque los veía a diario en las fachadas.
Una mujer de pelo oscuro junto a la calle del Olmo.
Un hombre con bigote en una casa cerca de la fuente.
Dos hermanas cuyos retratos estaban colocados uno al lado del otro aunque se habían pasado cuarenta años sin dirigirse la palabra.
Leonor le había contado aquello.
Por supuesto.
Inés continuó.
En una de las hojas había una marca roja alrededor de una imagen.
No un círculo perfecto.
Solo dos trazos de lápiz graso en las esquinas.
Número 187.
Una mujer joven.
Veintitantos años, tal vez menos.
Cabello oscuro recogido.
Expresión seria.
No sonreía.
La imagen estaba ligeramente desenfocada en un borde, pero el rostro era nítido.
Inés no la reconoció.
Buscó una anotación.
No había nombre.
Solo el número.
Siguió pasando las hojas.
Cuando terminó, tomó la libreta.
En la primera página Félix había escrito:
Inventario provisional de originales y reproducciones. Comprobar correspondencias antes de entregar a Estela.
Después empezaba la lista.
Mateo Almaraz.
Jacinta Redondo.
Manuel Colina.
Nombres y más nombres.
Inés recorrió varias páginas.
No tenía sentido leerlos todos.
Llegó al final.
Se detuvo.
Volvió a las hojas de contacto.
La última imagen estaba numerada:
Inés frunció el ceño.
Contó otra vez las páginas de la libreta.
El último registro era 312.
Miró la fotografía marcada.
Buscó el número 187 en la libreta.
Pasó páginas.
Inés dejó de mover los dedos.
Volvió atrás.
No había 187.
En el margen entre ambos números Félix había dibujado una línea.
Nada más.
Notó una presión leve bajo el esternón.
Tomó una hoja de papel y escribió:
313 fotografías. 312 registros. Falta 187.
Después se quedó mirando sus propias palabras.
Podía ser un error.
Los archivos estaban llenos de errores.
Duplicados.
Saltos de numeración.
Personas identificadas dos veces.
Personas sin identificar.
Fotografías atribuidas a la familia equivocada durante cuarenta años porque alguien había reconocido a un tío donde había un primo.
Félix lo sabía mejor que nadie.
Tal vez precisamente por eso había marcado la imagen.
Inés abrió el primer sobre.
Dentro había copias recientes de cinco fotografías.
Nada más.
El segundo sobre contenía una sola hoja doblada por la mitad.
Reconoció la letra de Félix antes de desplegarla.
Había escrito únicamente dos líneas.
No falta una fotografía.
Debajo, separado por un espacio:
Falta una persona.
Inés leyó la frase dos veces.
Luego una tercera.
—Idiota.
No sabía si hablaba de Félix o de sí misma.
Oyó un roce en la puerta.
Anselmo entró.
Esta vez no parecía tener ninguna misión.
Cruzó el taller con la lentitud habitual, olfateó una pata de la mesa y se sentó junto al radiador, que todavía estaba apagado.
—No me mires así.
Anselmo no la estaba mirando.
Inés volvió al papel.
Félix había sabido que faltaba alguien.
Y había querido enseñárselo.
¿Por qué?
Aquello era lo que no entendía.
Si había descubierto una identificación pendiente, podía haberla anotado.
Si quería que Inés restaurara una fotografía, bastaba decirlo.
Si necesitaba revisar los originales, podían haberlo hecho juntos sin convertir una caja de documentos en una ceremonia secreta.
«No la abras esta noche.»
«Mañana lo vemos juntos.»
Inés cerró los ojos.
La conversación ahora tenía un peso que no había tenido el día anterior.
Eso no significaba que Félix hubiese tenido miedo.
La memoria hacía trampas.
Uno recordaba una pausa y la volvía más larga.
Una expresión y la hacía más grave.
Una frase cualquiera y, después de una muerte, encontraba en ella una advertencia.
Inés conocía demasiado bien ese mecanismo como para confiar en él.
Se levantó.
Fue hasta una estantería lateral y sacó una carpeta azul.