La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 1 — La hora de Félix #2
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Capítulo 1 — La hora de Félix #2

Darío llevaba la chaqueta cerrada hasta el cuello y la expresión de alguien a quien habían interrumpido en mitad de un café.

—Buenos días.

—No lo son.

Él la miró un instante.

—¿Dónde?

Inés señaló la parte trasera.

—Lo he visto por la ventana. Está al pie de la escalera.

—¿Ha entrado alguien?

—No.

Darío miró a Julián.

Después a Leonor.

—¿Nadie?

—Nadie —repitió Inés.

—Bien.

La agente se quedó fuera mientras Darío probaba la puerta.

Cerrada.

—¿Tiene usted llave?

—No.

—¿Alguien sabe dónde guarda una copia?

Leonor levantó la mano ligeramente.

—Celia tiene una.

—La alcaldesa.

—Sí.

—¿Y usted cómo lo sabe?

Leonor frunció el ceño.

—Porque vivo aquí.

Darío pareció considerar la respuesta suficiente.

Llamó por teléfono.

Mientras hablaba, Inés se apartó.

La noticia empezaba a caminar por Valdebrisco.

No necesitaba teléfonos para hacerlo.

Una persiana había subido al otro lado de la calle. Un hombre se había detenido a veinte metros con una bolsa de pan en la mano. Dos mujeres hablaban junto a la fuente sin dejar de mirar hacia allí.

Anselmo seguía debajo de la ventana.

Leonor se acercó a Inés.

—¿Está muerto?

—No lo sé.

—Pero lo has visto.

—He visto una mano.

Leonor apretó los labios.

—Anoche estaba bien.

Inés giró la cabeza.

—¿Lo viste?

—A las siete y pico. Compró leche.

—Félix nunca compra leche.

Leonor la miró.

—Claro que compra leche.

—Siempre decía que le sentaba mal.

—Eso no significa que no la comprara.

Inés no respondió.

Era una conversación absurda.

Precisamente por eso le produjo una punzada de alivio.

Cinco minutos después apareció Celia Monforte con un abrigo rojo sobre la ropa de casa, el pelo recogido de cualquier manera y un manojo de llaves.

—¿Qué ha ocurrido?

Darío no contestó hasta tener la puerta abierta.

Entró solo con la agente.

Inés oyó sus pasos.

Después silencio.

Un minuto.

Dos.

La agente volvió a salir.

Su expresión bastó.

Celia se llevó una mano a la boca.

Leonor miró hacia el suelo.

Julián murmuró:

—Dios mío.

Inés no dijo nada.

Darío apareció en la puerta.

—Félix ha fallecido.

La frase cayó sobre la calle con una sencillez brutal.

No «hemos encontrado a Félix muerto».

No «parece que».

Ha fallecido.

Como si el verbo pudiera poner orden.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Celia.

—Todavía no lo sabemos.

—¿Se ha caído?

Darío miró hacia el interior.

—Es lo más probable.

Inés alzó la cabeza.

—¿Lo más probable?

—Está al pie de una escalera, Inés.

—Ya lo sé.

—Y tiene setenta y cuatro años.

—También lo sé.

Darío la observó con paciencia.

—Entonces ya sabe tanto como yo en este momento.

No había sarcasmo.

Eso la irritó un poco más.

La agente empezó a pedir a todos que se apartaran de la entrada.

Darío volvió dentro.

Inés miró la ventana trasera.

Seguía abierta.

A media mañana la calle había adquirido esa actividad silenciosa que solo aparece en los pueblos cuando todos quieren saber algo y nadie quiere admitir que ha venido a mirar.

Cerca del mediodía, cuando la Guardia Civil había terminado la primera revisión y el cuerpo de Félix ya no estaba en el archivo, Darío pidió a Inés que entrara para identificar si faltaba algo evidente o si algún objeto había cambiado de lugar.

—No toque nada.

—Sé lo que significa no tocar nada.

—Me alegro.

La habitación conservaba el desorden mínimo de aquella mañana.

La escalera quedaba al fondo, vacía ahora.

Inés evitó acercarse.

Prefirió recorrer con la vista el resto del archivo.

Una silla volcada.

Papeles sobre una mesa.

Una taza.

Una carpeta en el suelo.

La escalera estrecha subía hacia el piso superior y tenía una barandilla de madera oscura, desgastada por años de manos.

—¿Ve algo extraño?

Inés recorrió el espacio con los ojos.

Había estado allí cientos de veces.

Félix acumulaba cosas con un sistema que solo él comprendía, pero no era desordenado. Eso se notaba en los pequeños límites. Las cajas estaban alineadas aunque fueran demasiadas. Los lápices permanecían en un vaso. Las fotografías nunca tocaban directamente la superficie de la mesa.

—La silla.

—¿Qué pasa con ella?

—No suele estar ahí.

Darío miró la silla caída.

—Puede haberla movido antes de caer.

—Puede.

Inés señaló una carpeta.

—Eso tampoco.

—¿Qué?

—Félix no dejaba fotografías en el suelo.

—Tampoco si se estaba cayendo?

—No he dicho que signifique algo.

—Bien.

Ella volvió a observar.

Había una sensación equivocada en la habitación, pero las sensaciones servían de poco cuando se intentaba explicar algo.

La ventana trasera estaba abierta.

—Esa ventana —dijo.

—¿Qué tiene?

—Félix nunca la dejaba así con este frío.

—Puede haberla abierto anoche.

—Puede.

Darío asintió.

—¿Algo más?

Inés estuvo a punto de mencionar a Anselmo.

No lo hizo.

No porque temiera que Darío se riera. Darío rara vez se reía de nada.

Sencillamente no sabía cómo explicar que un gato había recorrido medio pueblo a una hora incorrecta y que eso, para ella, significaba más que una ventana abierta.

—No.

Darío observó la escalera.

—A primera vista parece una caída. Habrá que esperar.

—¿Esperar qué?

—Lo que haya que esperar.

—Qué respuesta tan útil.

—Intento no inventar las respuestas antes de tenerlas.

Inés aceptó el golpe.

Darío tenía razón.

Le molestaba especialmente cuando la tenía.

Salieron.

Anselmo estaba sentado frente a la puerta del archivo.

—¿Ese gato estaba aquí cuando encontró a Félix?

Inés se volvió.

—Sí.

—¿Dentro?

—No.

—¿Está segura?

—Tiene diecisiete años. Ya no sube a esa ventana.

Darío miró al animal.

—No sabía que tenía tantos.

—Porque no habla de su edad.

A Darío se le movió apenas una comisura.

—Vuelva a su taller, Inés.

—No me estaba quedando.

—Por supuesto.

Ella emprendió el camino de regreso.

Anselmo no la siguió.

El taller parecía distinto cuando Inés volvió.

No había cambiado nada.

La fotografía de 1938 seguía en la mesa.

La espátula, exactamente donde la había dejado.

La lámpara encendida.

El documento parroquial.

Las tres cartas.

Y al fondo, sobre otra mesa, la caja gris que Félix había llevado la tarde anterior.

Inés se quitó la chaqueta.

No tenía ganas de trabajar.

Se sentó.

Se quedó escuchando únicamente los sonidos de la calle.

Pasos.

Una puerta.

Una voz.

Valdebrisco empezaba a reorganizarse alrededor de la muerte de Félix.

Antes del mediodía todos sabrían que se había caído por la escalera.

Por la tarde empezarían a recordar la última vez que lo habían visto.

Al día siguiente alguien diría que llevaba semanas cansado.

En una semana habría quien jurara que Félix había comentado varias veces que aquella escalera acabaría matándolo.

Así funcionaban las historias.

Primero ocurría algo.

Después todo el mundo encontraba la forma de haberlo visto venir.

Inés miró la caja.

Félix había llegado poco después de las seis.

Había dejado el paquete sobre la mesa y se había negado a permitir que ella cortara el cordel.

—Todavía no.

—¿Entonces para qué me lo traes?

—Porque aquí está más seguro.

—Eso no es un argumento muy halagador para tu archivo.

Félix había sonreído.

Después apoyó una mano sobre la tapa.

La expresión le cambió apenas.

Inés lo recordaba ahora.

En aquel momento no le había dado importancia.

Félix podía convertir una lista de bautismos en un asunto de Estado si se aburría lo suficiente.

—Mañana lo vemos juntos —había dicho.

—Tengo trabajo.

—Esto es trabajo.

—Mi trabajo lo decido yo.

—Mañana, Inés.

Ella había resoplado.

—Mañana.

Félix se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir se volvió.

—Y no la abras esta noche.

—Ahora voy a abrirla solo porque me has dicho que no.

—No lo harás.

—¿Ah, no?

—No.

—Qué confianza.

Félix había sonreído otra vez.

Fue la última vez que lo vio vivo.

Inés se levantó.

Se acercó a la caja.

El cordel seguía intacto.

Puso dos dedos sobre la tapa.

No la abrió.

Todavía no.