La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1)
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Capítulo 1 — La hora de Félix
La hora de Félix
Anselmo sabía que la mañana iba mal antes de que el primer coche bajara por la calle de la Fuente.
No porque el cielo estuviera bajo ni porque la piedra hubiese amanecido húmeda. Tampoco por el frío, que a finales de octubre empezaba a meterse entre las casas de Valdebrisco antes de que nadie encendiera las chimeneas. Todo eso pertenecía al orden conocido.
Lo incorrecto era la puerta de Leonor.
Seguía cerrada.
Anselmo se detuvo frente al ultramarinos y miró hacia arriba.
La contraventana del piso superior estaba entreabierta, como siempre.
Por la rendija salía la misma luz amarillenta que aparecía cada mañana poco antes del primer toque de campana.
Dentro había agua calentándose. Café. Pan tostado. Algo con mantequilla.
Pero la puerta seguía cerrada.
Esperó.
Una gota cayó desde el canalón y reventó contra una piedra a pocos centímetros de su pata. Anselmo la observó con disgusto.
La puerta se abrió.
—Ya estás aquí.
Leonor Cendoya salió con un delantal oscuro sobre el vestido y un trozo de jamón entre dos dedos.
Anselmo no se movió.
—Ni buenos días ni nada.
Ella dejó el jamón junto al escalón.
Anselmo tardó unos segundos en acercarse. No porque desconfiara de Leonor. Desconfiar de Leonor habría sido absurdo. Llevaba alimentándolo tanto tiempo que el olor de sus manos formaba parte de la calle igual que la humedad y la leña.
Pero aquella mañana había tardado.
Comió.
Leonor abrió la persiana metálica del negocio con un estrépito que hizo salir dos gorriones del alero.
—Cada día eres más viejo y cada día tienes más prisa.
Anselmo terminó el jamón, se limpió una pata y siguió su camino.
La calle descendía unos metros antes de volver a subir hacia la plaza.
A esas horas Valdebrisco todavía pertenecía a quienes madrugaban y a quienes nunca habían aprendido a dormir mucho.
Una chimenea comenzaba a echar humo. Desde una casa llegaba el sonido de una radio.
Más abajo, alguien arrastraba un cubo sobre un patio de piedra.
Anselmo cruzó por debajo de tres balcones sin levantar la cabeza.
Conocía el balcón donde vivían las palomas.
El balcón donde a veces caían migas.
El balcón que escondía un perro pequeño con un odio desproporcionado hacia cualquier criatura que tuviera cuatro patas.
Aquel perro todavía no estaba despierto.
Bien.
Atravesó la plaza bordeando la fuente.
La iglesia quedaba a su derecha. El bar permanecía cerrado. Frente al ayuntamiento, las sillas de la terraza estaban apiladas bajo un toldo húmedo. Una hoja de castaño se había pegado a una de las patas de hierro y temblaba cada vez que bajaba una ráfaga desde la sierra.
Anselmo olió el aire.
Tierra.
Humo.
Café.
El aceite antiguo de la puerta del ayuntamiento.
Un perro que había pasado allí hacía poco.
Y la mujer de la casa azul, que utilizaba demasiado perfume y siempre intentaba tocarle la cabeza.
Anselmo cambió de lado de la plaza.
Siguió hacia la calle Alta.
Su ruta no era siempre idéntica, pero tenía puntos que rara vez omitía. Leonor era uno. La pared soleada de la casa de los Robleda, cuando había sol, era otro. La oficina de Félix Orduña también.
Félix solía abrir la ventana pequeña antes de las ocho.
No la que daba a la calle.
La de atrás.
Anselmo conocía aquella ventana porque en verano dejaba escapar aire fresco y en invierno un hilo de calor. Félix también tenía la costumbre de guardar en un cajón unas galletas secas que, a juicio de Anselmo, no merecían el nombre de alimento pero seguían siendo preferibles a no recibir nada.
Félix abría.
Félix hablaba.
Félix decía su nombre demasiadas veces.
A veces lo levantaba en brazos, costumbre que Anselmo toleraba únicamente porque la resistencia exigía más energía que la resignación.
Aquella mañana la ventana estaba abierta.
Anselmo se detuvo.
El olor que llegaba desde dentro era conocido.
Papel viejo.
Madera.
Polvo.
Félix.
Pero faltaba algo.
Esperó.
Nada.
Se acercó.
La ventana estaba más abierta de lo habitual. No una rendija, sino el ancho suficiente para que un gato joven hubiera entrado de un salto sin pensarlo.
Anselmo ya no era un gato joven.
Miró el alféizar.
Calculó.
Renunció.
Había otras entradas.
Rodeó la casa por un callejón tan estrecho que dos personas apenas podían cruzarse sin girar los hombros. En la parte baja, una puerta de madera daba a un pequeño almacén. Cerrada. Más arriba estaba la entrada principal del archivo.
También cerrada.
Anselmo volvió hacia la parte trasera.
La ventana continuaba abierta.
Algo golpeó suavemente dentro.
Una vez.
Después otra.
Tela contra madera.
Anselmo esperó.
El sonido no volvió.
Se sentó.
El frío empezó a subirle desde las piedras.
Pasaron unos minutos.
Félix no apareció.
Anselmo se levantó y emprendió el regreso.
Inés Vardiel supo que algo no encajaba cuando Anselmo apareció antes de las ocho y cuarto.
No por su presencia. Anselmo entraba y salía de su taller como si figurara en las escrituras.
La anomalía era la hora.
—¿Qué haces aquí?
El gato se quedó junto a la puerta.
Inés sostuvo en alto la pequeña espátula que acababa de utilizar para separar dos hojas adheridas por humedad.
Sobre la mesa tenía una fotografía familiar de 1938, tres cartas sin sobre y un documento parroquial cuyo propietario había insistido en llamar «pergamino» pese a que era papel y no especialmente antiguo.
Anselmo miró hacia la calle.
—Ya has desayunado.
No era una pregunta.
Todos sabían que Leonor alimentaba al gato a primera hora. Leonor sostenía que solo le daba «alguna cosa de vez en cuando», afirmación difícil de conciliar con la barriga que Anselmo había tenido hasta hacía un par de años.
Ahora estaba más delgado.
La edad había ido marcándole los hombros y afinando el lomo. Seguía teniendo la cabeza ancha y una forma de mirar a las personas que podía confundirse con severidad, aunque Inés sospechaba que la mayor parte del tiempo no significaba nada parecido.
—Entra o sal. No te quedes en medio.
Anselmo salió.
Inés volvió a inclinarse sobre la fotografía.
Había conseguido levantar casi un centímetro de una esquina sin arrancar emulsión. Necesitaba paciencia.
A los pocos segundos oyó un maullido.
Uno.
Inés alzó la cabeza.
Anselmo estaba otra vez en la puerta.
—No.
El gato salió.
Ella esperó.
Nada.
Volvió al trabajo.
Tres minutos después, Anselmo regresó.
Esta vez no entró. Dio media vuelta en cuanto Inés lo miró.
—¿Qué demonios te pasa hoy?
Dejó la espátula.
Anselmo avanzó unos metros por la calle.
Inés no lo siguió.
El gato se detuvo.
Miró atrás.
—No pienso ir detrás de ti.
Anselmo siguió caminando.
Inés suspiró.
Podía cerrar la puerta y olvidarse de él. Era lo razonable. Tenía trabajo acumulado, dos encargos pendientes y una caja de material que Félix le había dejado la tarde anterior ocupando más espacio del que debía sobre la mesa del fondo.
Miró hacia allí.
La caja de cartón gris llevaba todavía el cordel con el que Félix había insistido en atarla.
«No la dejes cerca de la estufa.»
Como si Inés hubiese pasado treinta años restaurando papel para acabar secándolo encima de una estufa.
Se puso la chaqueta.
—Cinco minutos —dijo, aunque Anselmo ya no podía oírla.
Lo encontró al comienzo de la calle Alta.
El gato caminaba despacio.
No cojeaba exactamente, pero desde hacía meses evitaba ciertos escalones y elegía rutas más largas si con eso podía reducir la altura de un salto. Inés había hablado dos veces con la veterinaria. Dos veces le habían explicado que diecisiete años eran diecisiete años.
Anselmo llegó a la esquina del archivo de Félix.
Se detuvo.
Inés también.
—¿Aquí?
El gato rodeó la casa.
Inés permaneció en la calle.
La puerta principal estaba cerrada.
No resultaba extraño. Félix abría cuando le daba la gana.
A veces a las siete y media, a veces a las nueve.
El archivo no era exactamente una institución, aunque él lo tratara como tal.
Había empezado décadas atrás como una habitación llena de fotografías familiares y había acabado ocupando dos plantas de una casa que el ayuntamiento le alquilaba por una cantidad casi simbólica.
Félix lo llamaba Archivo de la Memoria de Valdebrisco.
En el cartel de la puerta solo ponía ARCHIVO.
Inés llamó.
—¿Félix?
Nada.
Volvió a llamar.
Oyó a Anselmo en el callejón trasero.
—Como hayas venido por una galleta, te juro que…
La frase murió antes de terminar.
No tenía sentido.
Félix había quedado en pasar por su taller aquella mañana.
Inés miró su reloj.
Las ocho y veintidós.
Todavía era pronto.
Rodeó la casa.
Anselmo estaba bajo la ventana trasera.
Abierta.
—Eso sí es raro.
Félix se quejaba del frío desde septiembre hasta mayo. A partir de noviembre trabajaba con una manta sobre las rodillas y acusaba a cualquier visitante que dejara una puerta abierta de estar intentando asesinarlo.
Inés se acercó.
—¿Félix?
Apoyó las manos en el alféizar y miró dentro.
Vio primero una mesa.
Después una silla volcada.
Más allá, parte de la escalera interior.
Y al pie de la escalera, una mano.
Inés dejó de respirar.
No gritó.
Retrocedió hasta que la espalda chocó contra la pared del edificio de enfrente.
Anselmo continuaba junto a la ventana.
—No.
La palabra salió baja, casi sin voz.
Inés volvió hacia la entrada principal y golpeó la puerta.
—¡Félix!
Nada.
Buscó el móvil en el bolsillo de la chaqueta y estuvo a punto de dejarlo caer.
Marcó el 112.
Mientras esperaba, volvió a mirar hacia el callejón.
Anselmo se había sentado.
Parecía esperar algo.
La primera persona en llegar fue Julián Roda, que vivía dos casas más abajo y había visto a Inés desde una ventana.
La segunda fue Leonor.
A Leonor nadie la había avisado.
—¿Qué ha pasado?
—No entres.
—No estaba entrando.
—Pues no entres.
—¿Es Félix?
Leonor palideció.
No dijo nada más.
Aquello fue casi más inquietante que el cuerpo detrás de la ventana.
Pocos minutos después se oyó un coche entrando en la calle desde la plaza.
Darío Melgar bajó acompañado de una agente joven a quien Inés había visto alguna vez pero cuyo nombre no recordaba.