La candidata perfecta Chapter 36
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Chapter 36

Al día siguiente Duncan vino a visitarlos .

—¿Podemos hablar? Aún me queda una última cosa que entregaros.

—Por supuesto. Adelante.

Se acomodaron en la sala.

De nuevo un salón es testigo de secretos, confidencias, recuerdos, magia, tradición

El salón del piso de Isabel fue el escenario de esa primera revelación y su constatación de veracidad, tras el viaje de Isabel al pasado.

El salón del castillo fue el lugar en el que Lethan presentó a Isabel a los suyos a través de la historia de los objetos celosamente guardados durante años por su familia

Ahora, de nuevo un salón, el de la nueva mansión de los Callaghan, es testigo de retazos de historia, determinación, propósito, esperanza y regocijo.

Ya conoces los otros dos, ¿quieres echar un vistazo al tercero?

Tres estancias diferentes y un elemento común en ellas. ¿Sabes cuál es?

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Duncan portaba una bolsa de plástico rígido e impermeable, con asas, que posó sobre la mesita, extrayendo de ella, con extremo cuidado, una caja cuadrada de madera tallada que Calen e Isabel reconocieron al instante.

Había oscurecido su color, pero aun así era inconfundible.

Isabel extendió su mano para acariciarla mientras afirmaba:

—Es la caja que tallaste para tu padre.

—No —corrigió Calen, sin necesidad de examinarla más de cerca —. Esta es la que le regalé a Lethan.

—Aunque los diarios iban dirigidos a vosotros —comenzó a explicar Duncan—, su contenido ha sido un tesoro compartido por todo el clan.

Supongo que, durante mucho tiempo, mientras en el valle aún se hablaba nuestra antigua lengua, en las reuniones familiares siempre se leyeron fragmentos de los cuadernos.

Después entiendo que, y esto son solo conjeturas mías, al adoptar el inglés como idioma habitual, lo de leer los manuscritos escritos en gaélico o el dialecto antiguo se complicaría y dejaría de ser algo literal para convertirse en un relato oral más concentrado y resumido.

—En mis tiempos existía la figura del seanchaidh , el custodio de la historia —intervino Calen, intentando que su voz sonara mucho más calmada de lo que estaban sus emociones—.

Él era el encargado de preservar la memoria del clan.

Gracias a él pudimos, por ejemplo, conocer la vida de Domhnall Callaghan.

—Bueno, fuera el laird o el seanchaidh , fuera de manera literal o mediante relatos orales, el contenido de esos cuadernos siempre ha servido para darnos una conciencia única de clan.

Pero, en algún momento, esa transmisión oral fue haciéndose cada vez más escueta hasta que se perdió y se convirtió en un simple recuerdo que engulló la propia leyenda.

Por eso, nosotros, como te conté el otro día, decidimos contratar a un especialista que tradujera los tomos más antiguos, precisamente los de Lethan, sus hijos, nietos y biznietos e intentar recuperar esa tradición oral o, al menos, que todo el que quiera pueda leerlos por su cuenta.

Ahora fue Duncan quien, antes de continuar, palpó la caja con ambas manos, casi de manera reverencial.

—Esta caja, sin embargo, ha pasado de laird en laird sin que ninguno haya conocido su contenido.

Tu hermano así lo ordenó. Hasta donde yo sé, todos la hemos cuidado con esmero, guardándola en las mejores condiciones posibles e intentando que el deterioro fuera mínimo.

Pero ninguno hemos curioseado dentro o, al menos, nadie ha reconocido en público haberlo hecho —añadió con malicia.

Los tres quedaron absortos, mirando la caja, con la misma idea rondándoles en la cabeza: ¿era posible que el paño hubiera estado ahí durante todos esos años y que nadie lo hubiera usado?

Calen tomó la caja y la puso sobre sus rodillas. La abrió y hubo un segundo de decepción en su rostro. Había varias cosas en su interior, pero ninguna era la reliquia que esperaban encontrar.

Lo primero que sacó fue la mitad de un broche. Lo acarició con la yema del pulgar por unos segundos. Estaba sucio y desgastado, pero sin duda era parte del broche que su padre le había regalado al cumplir los dieciséis años.

Echó mano al bolsillo de su pantalón y sacó una segunda mitad, esta, brillante y sin roce alguno, que encajaba perfectamente con la primera.

Para él solo habían pasado unos días desde que lo había partido en dos con un golpe certero de su espada y había entregado una de las mitades a su hermano.

Isabel se asomó y reconoció el siguiente objeto.

—Mirad, es mi móvil.

Sonrió mientras explicaba a Duncan:

—Le enseñé a Lethan a manejarlo y se lo dejamos para que lo utilizara como cámara.

Al igual que el broche, estaba muy deteriorado.

Ilusa de ella, aún intentó encenderlo, esperando el milagro.

Lo posó sobre el sofá decepcionada. Duncan lo cogió para examinarlo de cerca.

Pese a su mal estado, era increíble que se hubiera conservado durante tantos años.

Sin duda, el no haber sufrido cambios bruscos de temperatura, el haber estado en un lugar seco, sin humedad y preservada de posibles contaminantes atmosféricos, había sido decisivo para ello.

Isabel volvió a quitárselo de las manos.

—Déjamelo un momento, quiero comprobar una cosa.

Buscó la ranura de la tarjeta de almacenamiento y, mientras manipulaba en ella, explicó:

—Lo tenía configurado para que guardara las fotos en la tarjeta… tal vez… si consigo extraerla… —su entusiasmo fue creciendo mientras seguía hurgando en la ranura—, podríamos insertarla en otro dispositivo y…

Por fin, no sin cierta dificultad, ya que estaba adherida a la carcasa, consiguió extraerla.

—¡Aja! ¡Aquí está! —exclamó eufórica, mientras examinaba su estado—. Vamos a intentarlo —anunció, echando mano de su nuevo móvil—, no perdemos nada.

Duncan, que permanecía de pie, fue a sentarse al sofá junto a ellos. Las tres cabezas se asomaron expectantes para ver la pantalla. Un selfi de Lethan les dio la bienvenida y los tres rieron sorprendidos. Había más de trescientas imágenes en lo que parecían varios años de vida.

—Dios, es increíble —afirmó Isabel—. ¡El teléfono funcionó durante varios años! No pensé que el cargador solar pudiera aguantar tanto.

Primero solo salía Lethan, algunas eran del castillo o de las tierras. No se podía saber quién estaba más emocionado, si Calen por volver a ver su hogar, o Duncan por poder admirar en las fotos el castillo en todo su esplendor.

Después empezó a aparecer en las fotos una mujer y luego algunos selfis de Lethan abrazando o besando a la joven. En otra, Lethan sostenía en sus manos un recién nacido.

—Debe de ser Nail —había comentado Isabel emocionada.

Luego, un niño sujetaba con fuerza un dedo índice de un adulto, en lo que parecían sus primeros pasos. Más tarde, otro bebé recién nacido… y Lethan jugando con ambos…

Los años iban pasando y fotografía a fotografía, fueron viendo crecer a la familia. En las últimas, se veían cuatro cuerpecitos jugando en el claro, en un revoltijo de brazos y piernas, bajo la atenta mirada de su madre.

La caja de madera permanecía olvidada sobre la mesita.

Los tres miraban y remiraban las fotos. Comentaban, elegían su favorita o elucubraban sobre el contexto de cada una.

Más de una hora después, Calen recuperó la caja, volvió a colocarla sobre su regazo y extrajo de su interior un último objeto.

Un pliego de papel amarillento, doblado en cuatro partes.

Duncan se levantó del sofá.

—Os dejo a solas.

—Puedes quedarte —advirtió Calen.

—No, intuyo que es algo privado. Nos vemos mañana —afirmó, mientras se dirigía a la puerta sin más demora.

—¡Duncan! —llamó Calen, antes de que lo hiciera—. Gracias —añadió cuando este se detuvo y se giró para mirarlo.

Duncan afirmó respetuoso con la cabeza y abandonó la sala.

De nuevo reinó el silencio. Calen sostuvo el papel en su mano, con suma delicadeza, como si temiera romperlo solo con el contacto.

Tras unos segundos más, se decidió a desdoblarlo, pero lo hizo con extremo cuidado.

Su pecho se infló al reconocer la letra de su hermano y dejó que el aire volviera a salir de él muy despacio.

Por un instante cerró los ojos y se dio el gusto de imaginarlo, pluma en mano, totalmente abstraído en la tarea, como le sucedía cuando dibujaba.

Antes de que Calen empiece a leer ¿quieres que también imaginemos a Lethan, siglos antes, justo en ese instante, cuando se dispone a escribir la carta a su hermano?

¡Oh! Mira el retrato que ha hecho de su esposa. Desvela mucho sin necesidad de palabras. ¿Verdad?

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A continuación, comenzó a leer en voz alta.

Hermano, comienzo a escribir estas líneas sin la seguridad de que algún día puedan llegar a tus manos. Pero con la esperanza de que lo hagan.

Te confieso que no fue fácil tener que continuar sin tenerte a mi lado. En los momentos duros, he echado de menos tus consejos y templanza e intenté imaginar qué habrías hecho tú en mi lugar.

En estos años desde que te fuiste también hubo muchas alegrías, no te voy a engañar, aunque, el no poder compartirlas contigo dejó en ellas un pequeño poso de amargura y melancolía.

Mi manera de paliar ese vacío que dejó tu ausencia, fue intentar mantenerte lo más vivo posible y, para ello, involucré a todo el clan.

No permití que quienes te conocieron te olvidaran, y me aseguré de que los que entraron en mi vida después de tu partida, lo supieran todo de ti.

Y creo que, por ahora, lo he conseguido.

Mis hijos te idolatran. Mi pequeña Megan me ha jurado por lo más sagrado que se encargará de que sus hijos y los hijos de sus hijos, sigan conociendo la valentía de su tío, que lo abandonó todo para viajar a otro tiempo y lugar solo por amor.

Te juro que no sé de dónde ha sacado esa vena tan melodramática.

Es la personita de seis años más hermosa que he visto nunca, pero, en su corta edad, ya ha cambiado de parecer en varias ocasiones sobre la decisión de contraer matrimonio, por lo que, entre tú y yo, no confío mucho en su juramento.