Chapter 35
Duncan y su esposa fueron cruciales para terminar con esa pasajera negrura emocional que siguió a la finalización de la lectura de los libretos. Faltaba poco para las Navidades. Con ellas llegaría, otra vez, la avalancha de Callaghan y había que empezar con los preparativos.
Susan, con la excusa de darle un aire diferente al de años anteriores, convenció a Isabel para que se encargara de la decoración de la casa y los exteriores.
Y Duncan reclutó a Calen para que lo ayudara con la contratación del catering, el alquiler de las carpas para el jardín y las actuaciones, incluida la visita del mismísimo Santa Claus, que todos los años preparaban para deleite de niños y mayores.
Calen estaba sorprendido por toda la parafernalia montada alrededor de la festividad religiosa. Se lo comentó a Duncan cuando ambos forcejeaban para poner de pie el enorme abeto que acababan de traer, para que Susan e Isabel pudieran empezar a decorarlo con las luces y el espumillón.
—¿En serio hay que organizar todo esto para celebrar la Navidad?
—preguntó entre resoplidos, luchando para que las ramas no lo engulleran—.
En mis tiempos, unos oficios religiosos algo más largos y ceremoniosos que de costumbre y quemar el tronco de Yule en la chimenea para espantar los malos espíritus eran celebración más que suficiente.
—A mí no me digas —replicó Duncan desde el otro lado del árbol, igual de agobiado por el peso y la envergadura de aquel coloso verdoso—, yo soy de la misma opinión, pero Susan no piensa lo mismo.
Consiguió que su cara emergiera de entre las ramas y, con una sonrisa cargada de picardía, añadió:
—Te aseguro que es agotador llevarle la contraria. Sin embargo, recibir sus muestras de cariño y agradecimiento cuando le muestro mi apoyo en cosas como esta, digamos que es igual de agotador, aunque mucho más placentero.
Ambos sonrieron socarrones e hicieron chocar las palmas de sus manos. Era un gesto que Calen había aprendido hacía poco e incorporado de inmediato a su repertorio de ademanes. Le parecía un guiño cargado de complicidad, perfecto como demostración de hermanamiento.
Al levantar el brazo, la manga de la camisa de Duncan se había deslizado hacia arriba, dejando al descubierto un pequeño tatuaje que no pasó desapercibido para Calen.
— Mo chlann —pronunció en un gaélico perfecto.
—Mi clan —respondió Duncan en inglés, adelantando su brazo para mostrar orgulloso el grabado.
—¿Por qué te lo has hecho?
—Muchos Callaghan lo llevamos. Es una tradición. No te puedo decir desde cuándo. El abuelo es un apasionado de la historia, en concreto del periodo de las guerras jacobitas…
—Desconozco esas guerras.
—Es verdad, perdona, a veces olvido tu salto en el tiempo.
No importa, el caso es que tras la lectura de un documento en el que se relataba una batalla ocurrida en 1745, cerca de Cornualles, el narrador ensalzaba a los combatientes y hablaba de nuestro clan, de su decisivo papel en la contienda, y describía con precisión el característico tatuaje que todos los miembros del clan lucían en su brazo.
En algún momento del pasado se perdió esa tradición, pero el abuelo la recuperó.
Se lo mandó tatuar, sus hijos siguieron su ejemplo y la mayoría de mis primos y yo mismo, los hemos imitado.
Como te digo, no sé qué miembro del clan sería el primero en hacérselo, lo importante es que vuelve a ser un distintivo del clan.
—Yo puedo darte ese dato que te falta. Sé quienes fueron los primeros —replicó Calen con cierta superioridad.
Se hizo el silencio. Duncan frunció el ceño y, cuando Calen calculó que había llegado a la conclusión correcta, levantó la manga de su jersey y mostró su tatuaje.
Duncan se acercó entusiasmado para examinarlo de cerca. La tipografía no era exactamente la misma, pero se apreciaba la similitud entre ambas, y quedaba claro que juntas formaban una única frase.
—He de confesar que mi conocimiento del gaélico es muy limitado —reconoció Duncan, sin apartar la vista del grabado—. ¿Qué significa?
—Mi orgullo. Lethan se tatuó la otra mitad de la frase.
Calen retiró el brazo y volvió a extenderlo con solemnidad, al tiempo que repetía:
—Mi orgullo.
—Mi clan —respondió Duncan, imitando su gesto y colocando su brazo a la par del de su pariente.
Esa noche, cuando terminaron las tareas y los dos matrimonios se sentaron a cenar, Isabel y Calen compartieron encantados la historia de los moteros tatuados y de cómo el encuentro con ellos influyó para que los hermanos terminaran haciéndose también un tatuaje.
—¡Qué te parece! —exclamó Duncan, fingiendo un tono lastimero—. Nosotros pensando que era un antiguo lema de la familia, transmitido de generación en generación, y resulta que la idea surgió en pleno siglo XXI, a consecuencia del encuentro fortuito con unos moteros salmantinos.
Los cuatro rieron, divertidos por el modo en que la vida, a veces, se burla de nosotros.
El veinticuatro de diciembre, Duncan y su mujer pasaron a la casa grande a primera hora para coordinar las últimas tareas.
Habían montado una carpa en uno de los jardines y colocado estufas que caldearan el frío ambiente propio de la época.
Habían decorado algunos de los árboles cercanos a la carpa con luces y, por supuesto, el tremendo abeto que Calen y Duncan se habían encargado de elegir para el recibidor de la casa, llevaba días engalanado, esperando los paquetes que hoy irían depositando los asistentes a la fiesta y que, como todos los años, se repartirían justo antes de la cena.
Pero aún había que despejar la cocina para ubicar todo lo que el catering traería en pocas horas y habilitar la pequeña sala de estar contigua al recibidor, como guardarropa improvisado.
A media mañana, ya había un ejército de Callaghan moviendo mesas, colocando sillas, hinchando globos y echando viajes de la casa al jardín sacando todo lo necesario. Y entre risas y bromas, todo estuvo listo para la hora prevista.
Calen volvió a sentirse orgulloso de su familia, de lo coordinados y lo bien que trabajaban en equipo, del buen ambiente y la sintonía que se respiraba cuando todos estaban juntos, y dio por bien empleado todo el esfuerzo de organización.
Ver disfrutar a todos los asistentes fue la mejor de las recompensas.
El tatuaje familiar dio mucho juego durante la velada.
Fue motivo de bromas y chanzas, y protagonizó más de un momento divertido.
Se corrió la voz enseguida y, en cuanto todos estuvieron al tanto de que Calen, no solo tenía un tatuaje similar, sino que, junto con Lethan, había sido uno de los artífices de la idea, cada vez que alguien se cruzaba con él, se subían la manga de la camisa y con gesto marcial, le mostraba el suyo.
El gesto se convirtió en la contraseña secreta de la jornada.
La mayoría había elegido el brazo para tatuárselo, respetando así el lugar original, pero algunos levantaban la pernera del pantalón para mostrar el tobillo; otros, directamente se los bajaban hasta media pierna para mostrar el muslo donde lo llevaban grabado; y otros desabotonaban la camisa para mostrar su hombro o la espalda.
Las carcajadas fueron generalizadas cuando una de las tías octogenarias de Duncan aseguró a Calen que ella también se lo había tatuado, concretamente encima del corazón, y ante la cara de asombro de este, empezó a desabrocharse la blusa para enseñárselo.
Calen, visiblemente apurado, tuvo que insistir, y mucho, para convencerla de que la creía sin necesidad de que se lo mostrara.
Y, entre juegos, la visita de Santa, la apertura de regalos y la larga y pausada sobremesa tras la abundante y exquisita cena, la velada fue llegando a su fin.
A Calen le costaba creer en lo que había derivado la leyenda del Bodach na Nollaig.
En su época, aquel anciano del invierno era un espíritu temible que bajaba por la chimenea para asustar a los niños desobedientes si no le dejaban ofrendas.
Ver ahora a ese Santa Claus, vestido de rojo, cargado de juguetes y sonrisas, le parecía un cambio tan brusco que casi le resultaba hasta cómico.
Parece que Calen ha conseguido lo imposible: integrarse en el siglo XXI, sin perder su esencia del siglo XIII. Convertirse en un caballero perfecto del presente, sin dejar de ser el guerrero que fue en el pasado.
¿Nos unimos a la celebración de los Callaghan antes de que toque a su fin ?
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Calen no quiso que la noche terminara sin volver a agradecer a todos la cálida acogida que le habían dispensado.
—Bueno, es evidente que planificar las cosas con tiempo tiene sus ventajas —aseguró Duncan—. Tuvimos años para aproximarnos a la gente adecuada. Algunos obsequios estratégicamente distribuidos, unas cuantas suplantaciones de personalidad… —bromeó— y se hizo el milagro.
Todos rieron divertidos porque, aunque sonara a broma, la realidad se acercaba bastante a eso. Algunos habían tirado de amistades para pedir favores, y otros habían aprovechado algún trámite confuso o extravío para justificar la falta de documentación y así poder solicitarla de nuevo.
—Sois increíbles, en serio. No sé cómo voy a pagaros.
—Bueno, por lo que nos ha dicho Duncan —voceó uno—, has hecho una más que generosa contribución a las arcas de la sociedad familiar.
Era cierto, hacía unas semanas, Calen e Isabel habían vendido parte de las monedas que se habían traído del pasado y habían entregado el dinero conseguido a Duncan. Querían formar parte real de esa sociedad financiera familiar.
—No es para tanto —bromeó Calen—, solo vacié mis bolsillos de calderilla.
Se oyeron carcajadas y abucheos por igual. Isabel también rió con ganas. La verdad es que a ambos les habían sorprendido descubrir que aquellas monedas tan corrientes en el siglo XIII se hubieran convertido en una pequeña fortuna en el presente.
—No seas tan modesto —gritó otro desde uno de los corrillos del fondo—, para ti igual es una minucia, pero a nosotros este año no nos ha hecho falta participar en la rifa que organiza la parroquia para hacernos con el primer premio.
Calen carcajeó, divertido. Estaba fascinado con su clan. Era numeroso, pero, sobre todo, estaban unidos, se sentían una sola cosa y estaban orgullosos de ser Callaghan. Lo averiguaría con el tiempo, pero tenía la impresión de que, si alguno estaba en apuros, todos arrimaban el hombro.
A una señal de Duncan, las bromas cesaron y todos se pusieron en pie para participar en el brindis colectivo.
—Padre, ¿quieres hacer los honores?
Malcolm asintió, alzó su copa y, con voz firme y orgullosa, pronunció el tradicional brindis de los Callaghan:
Por la sangre que nos une
y el fuego que nos da fuerza.
Por los lazos que el tiempo no rompe,
ni la distancia enfría.
Y porque el futuro
siga siendo generoso con nosotros.
Que nunca falte valor en nuestros corazones
ni pan en nuestra mesa.
Que las generaciones venideras honren,
como nosotros honramos hoy,
la memoria de los primeros Callaghan,
que abrieron camino y, con su sacrificio,
nos permitieron llegar hasta aquí.
Llegado a este punto, Malcolm hizo una breve pausa para que todos corearan la última parte del brindis, juntos:
Como valientes lucharon.
Como héroes murieron.
Honor y gloria a los que dieron su vida por el clan.
Calen ya había escuchado el brindis en la reunión de principios de mes, pero eso no impidió que le recorriera un latigazo de orgullo de los pies a la cabeza al volver a oírlo.
El brindis era perfecto. No se podían resumir de mejor manera los fundamentos de un buen clan: unidad, valores, deseos de prosperidad, y respeto y agradecimiento a los antepasados.
Bebió de un trago todo el líquido de la copa y lamentó más que nunca que su hermano no pudiera estar a su lado.
Por suerte, tenía a Isabel que, aunque no había podido contener las lágrimas, sonreía igual de orgullosa de su clan que él.
A Calen todavía le aguardaba una sorpresa más.