La candidata perfecta Chapter 34 #4
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Chapter 34 #4

A partir de hoy me propongo relataros todo acontecimiento relevante que se produzca en nuestro clan.

A mí me servirá para sentiros cerca y a vosotros para saber de primera mano lo que os habéis perdido.

Y no solo eso, sino que pretendo que, si alguna vez tengo hijos y nietos, perdón, rectifico, cuando tenga hijos y nietos, porque según Isabel, así va a ser, ellos también sigan con esta costumbre…

La pareja permaneció hasta bien entrada la madrugada sin salir de la biblioteca.

Y a partir de ese día, todas las tardes se recluían allí durante horas, hasta que terminaron de leer los más de trescientos cuadernos.

A veces reían con las anécdotas divertidas que contaba el narrador de turno.

Otras, quedaban sumidos en la tristeza al ir descubriendo las penurias acontecidas, pero siempre con la sensación de estar muy cerca de los suyos.

Hubo algunos narradores que, abiertamente, confesaban no creer en la profecía.

Contaron su historia desde la negación, convencidos de que aquel pariente viajero en el tiempo nunca existió o, en el mejor de los casos, se perdió en el inframundo y no llegó nunca a ese ansiado futuro.

Aun así, narraron la historia de su generación y se encargaron de pasar el relevo a la siguiente, para que cada una decidiera libremente si creer o no.

La mayoría de las veces, una o dos generaciones más tarde, cogía la pluma un nuevo laird que tomaba el testigo con renovados bríos.

El escritor más prolífico fue Lethan. Su hijo y su nieto no se quedaron atrás.

Después hubo otros menos dados a la escritura, aunque, de vez en cuando, resurgía alguno que volvía a emular a sus ancestros en el arte de contar la historia de los suyos.

Todos, en mayor o menor medida, habían dejado algo escrito destinado a que lo leyera aquel pariente viajero en el tiempo.

Lethan había detallado con precisión cada minúsculo acontecimiento y, aprovechando su extraordinario don para el dibujo, añadió algunos como complemento a sus explicaciones.

Al principio eran caricaturas bastante acertadas de momentos vividos en su compañía.

Por ejemplo, la aparatosa reaparición de Isabel en el claro, con la moto y las bolsas esparcidas a su alrededor.

Esa ilustración les arrancó más de una carcajada.

Luego empezó a hablar de una joven, a la que describía como vivaz, risueña y de mirada franca, e incluyó algún retrato.

Calen e Isabel releyeron el capítulo que dedicó al nacimiento de su primogénito veinte veces.

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Mira con qué sorna inmortalizó la aparatosa llegada de Isabel al siglo XIII.

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Lethan había escrito todo aquello a lo largo de los años y los cambios en su carácter habían sido lentos y graduales, pero para Calen e Isabel, que los devoraban tarde tras tarde sin descanso, la transformación era mucho más brusca.

En una cuartilla les relataba sus correrías tras las mozas o sus incursiones correctivas contra los Burg y unas pocas páginas más atrás, describía sus miedos, sus dudas, el peso de las responsabilidades…

Calen e Isabel percibían su evolución como un proceso mucho más rápido de lo que en realidad fue.

Nada presagiaba que aquella tarde iba a terminar de forma tan triste. Acababan de leer otra de las anécdotas de Lethan. Ya tenía más de sesenta años, pero no había perdido la frescura de las primeras historias. Relataba hechos relevantes, pero también incluía pequeñas escenas de la vida cotidiana.

La pareja todavía tenía la sonrisa en la boca cuando pasaron la página y advirtieron que la letra era diferente.

El hijo de Lethan, Nail, había tomado el relevo.

Narró cómo hacía menos de un mes, los Burg habían incursionado en las tierras del clan.

Lethan, pese a su edad, se mantenía en perfecta forma física y seguía participando en las contiendas y esta vez no fue una excepción.

Los atacantes los duplicaban en número, ya había pasado otras veces y no había sido algo decisivo.

Pero, esta vez, en cuanto identificaron al laird cargaron contra él.

El escrito de Nail dejaba entrever el orgullo que sentía por su padre cuando contaba cómo luchó contra cuatro hombres a la vez.

Pero cada vez que abatía a uno, otro ocupaba su lugar, hasta que las fuerzas le faltaron.

El propio Nail tuvo que combatir con otros tantos y tuvo que ver impotente cómo su padre caía en el campo de batalla.

Su relato terminaba confirmando que habían ganado y expulsado, una vez más, a los Burg del valle.

Fue una victoria cara. Muchos de los suyos quedaron tendidos sin vida, entre ellos Lethan Callaghan.

Calen se levantó, dejando caer al suelo el libreto.

—¡Hijos de mala madre! —bramó, rabioso, enterrando los dedos entre el cabello, como hacía siempre que perdía los nervios—. ¿Cuándo piensan dejar de matar a los Callaghan?

Isabel se agachó para recoger el cuaderno y, tras comprobar que, pese a la abrupta caída, no había sufrido daños, lo colocó sobre el sillón.

Calen permanecía junto a la ventana, con los brazos estirados, sujeto con ambas manos al marco. Tenía la cabeza gacha, con la frente casi rozando el cristal, mirando al suelo con impotencia.

Cuando Isabel lo abrazó por detrás, pareció reaccionar. Enderezó la espalda y elevó la cabeza para fijar la vista en el horizonte.

—¡Malditos Burg! —murmuró, desolado—. ¡Están empeñados en aniquilar a mi familia!

—Tal vez, pero tú y yo sabemos que no lo van a conseguir.

Isabel pegó la mejilla a la espalda masculina y siguió abrazada a él. Calen posó la mano sobre la que Isabel tenía apoyada en su pecho y mantuvo la vista fija en el horizonte, intentando asimilar que, una vez más, acababa de perder a su hermano.

Tardaron algunos días en retomar las lecturas. Pero lo hicieron ilusionados por seguir conociendo de primera mano todo lo acontecido durante ese largo periodo de tiempo.

Así llegaron a los últimos cuadernos, los escritos por el abuelo y el padre de Duncan, en los que se empezaba a respirar ese nerviosismo anticipatorio por la inminente llegada del pariente viajero en el tiempo.

Los escritos se dividían entre las dudas que tenía la familia sobre si la leyenda transmitida durante tantas generaciones sería cierta y las ganas de que lo fuera.

Malcom había empezado a planificar los detalles para que esa llegada fuera lo menos traumática posible y con ello había vuelto a insuflar una buena dosis de entusiasmo en la familia.

Y Duncan, con la ayuda del resto de tíos y primos, igual de involucrados y comprometidos, había llevado a la práctica la larga lista de preparativos pautados por su padre.

La noche en que, una vez leído, devolvieron a su lugar en la estantería el último de los cuadernos, sintieron un batiburrillo de emociones: el vacío de quedarse sin lectura, la nostalgia de tantas horas compartidas en aquella sala, la euforia de haber comprobado que, a pesar de las penurias de algunos períodos, la familia había logrado sobreponerse y seguir adelante, o el orgullo que Calen no pudo evitar expresar en voz alta: «¿Te das cuenta, mo gharàdh ?

Por negro que esté el panorama, un Callaghan no tira nunca la toalla».