La candidata perfecta Chapter 34 #3
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Chapter 34 #3

Calen cogió el tomo, intrigado por ese matiz de superioridad que detectó en su voz.

Como si dispusiera de información privilegiada que él desconocía.

Abrió el libreto, aún con la mirada fija en el rostro de Duncan.

Cuando por fin la bajó y reconoció la letra de su hermano, el corazón le dio un vuelco.

—Es el primero de una larga lista de diarios —explicó Duncan, observando cómo Calen admiraba la caligrafía de la primera página—.

Para nosotros, los volúmenes más antiguos fueron todo un galimatías incomprensible.

Tanto que tuvimos que contratar los servicios de un especialista para traducirlos.

Hasta que los autores no abandonaron el gaélico y empezaron a utilizar el inglés, éramos incapaces de entender una sola palabra.

Pero tú no vas a tener problema con ninguno de los dos idiomas.

—Cuando nos has enseñado los retratos, has dicho que, para que el artista pudiera ser lo más fiel posible a la realidad, le habíais proporcionado las descripciones que contenían los diarios. Iba a pedirte que me lo aclararas porque no he sabido a qué te referías, pero ahora ya está claro.

Duncan afirmó con la cabeza y comentó a modo de aclaración:

—Lethan empezó y el resto de los lairds continuaron la tradición.

Tras una breve pausa, añadió solemne:

—Son para ti. En ellos se resume lo más importante de la historia de la familia.

Calen posó la palma de su mano sobre las hojas y cerró los ojos, intentando dominar sus emociones.

Tenía tan vivo el recuerdo de su hermano…

Para él solo hacía unos pocos días que lo había perdido, sin embargo, el cuaderno que tenía en sus manos evidenciaba que eso era una verdad a medias.

La sensación de vacío y nostalgia fue tan súbita e inesperada que lo sobrepasó.

Duncan se dio cuenta y salió de la biblioteca para concederle la intimidad que necesitaba.

Bajó y se dirigió a la cocina con idea de sugerir a Isabel que subiera y acompañara a Calen en la lectura. Al llegar a la puerta, las vio inmersas en una fluida charla y al escuchar su nombre en boca de su mujer, se detuvo intrigado por saber cuál sería el tema de conversación.

—Vuestra historia me tiene fascinada —afirmó Susan, con cierto tono admirativo—. ¿Sabes? Cuando conocí a Duncan fue una de las primeras cosas que me contó sobre los suyos.

—¿En serio?

—Sí, pretendía demostrarme lo amorosos que son los Callaghan —respondió, poniendo ojitos—. Yo me había quejado de lo poco romántico y detallista que era y, para demostrarme lo contrario, os puso a vosotros como ejemplo.

Susan hizo una pequeña pausa y añadió:

—Por supuesto, no me creí ni una palabra.

Pero cuando entré a formar parte de la familia, acabé por comprender que no era fruto de su imaginación.

No sé la de veces que habré escuchado vuestra historia: en boca de Duncan, de mi suegro…

, incluso del abuelo, pero hasta hace muy pocos días, debo reconocer que seguía pareciéndome increíble.

¿Cómo pudiste estar dispuesta a abandonar todo tu mundo por él?

—Bueno, de la misma manera que él ha estado dispuesto a hacerlo por mí —respondió con naturalidad.

Susan hizo un gesto afirmativo.

—Os queréis de verdad, eso se nota —afirmó segura de no equivocarse, mientras seguía recogiendo y recolocando las sobras de comida en fiambreras para poder guardarlas en el frigorífico—.

Me parece que Calen no es de los que hacen grandes demostraciones de cariño en público, en eso se parece a Duncan y, sin embargo, el amor que te profesa es algo que a ninguno nos ha pasado desapercibido.

—Tienes razón en lo de los halagos y las demostraciones de cariño en público.

Calen no es de esos —afirmó sin tapujos, mientras cogía la fuente que acababa de vaciar Susan y la dejaba a remojo en la fregadera—.

Luego, en la intimidad, la cosa cambia —añadió casi sin darse cuenta, provocando una pícara sonrisa en Susan— ¿ya me entiendes?

—Sí, más de lo que crees. Cómo te decía, en algunas cosas, creo que Duncan y Calen se parecen bastante.

Ahora las dos rieron con complicidad.

Continuaron con la labor de devolver cierto orden a la cocina en silencio. Isabel lo rompió poco después.

—¿De verdad te lo parece?

—¿El qué?

—Que me quiere con locura —exclamó con tono teatral para intentar disimular lo importante que era para ella la pregunta.

—No te quepa duda. No sé cómo explicarlo, se percibe en cómo te acaricia con la mirada, en la admiración velada con la que te escucha, cómo te rodea la cintura o te echa el brazo por encima del hombro para atraerte hacia él en cuanto tiene oportunidad.

O esa otra costumbre que tiene de situarse detrás de ti, como si se hubiera nombrado tu protector, disuadiendo a cualquier posible agresor solo con su presencia.

—Sí, sé a lo que te refieres —corroboró Isabel, recordando un episodio que habían vivido en Salamanca—.

Me estoy acordando ahora de un día que estábamos en el parking del súper, intentando acomodar la compra para que nos cupiera todo entre el portaequipajes de la moto y la pequeña mochila que habíamos llevado.

Yo soy un desastre para eso, pero a Calen se le da bastante bien, así que él se quedó batallando con las bolsas y yo fui a devolver el carro a su sitio.

Cuando ya venía de regreso, se me acercó un señor a ver si podía darle algo.

Se puso algo intenso cuando le dije que no llevaba dinero, cosa que, por cierto, era verdad.

Solo había cogido la tarjeta de crédito.

Él insistía en que le diera unas monedas y yo seguía intentando explicarle que, en esta ocasión, no era no.

Y en un momento dado, de repente, dejó de insistir de forma drástica.

Se dio media vuelta y se alejó. No me hizo falta girarme para saber que Calen estaba pegado a mi espalda, asomado por encima de mi cabeza y con cara de pocos amigos —añadió, dejando que una leve sonrisa iluminara su rostro.

—Entiendo que para el hombre —comentó Susan, imaginándose la escena— ver aparecer a tu espalda a un tipo con la altura suficiente para mirarlo por encima de tu cabeza, sin necesitar ponerse de puntillas, tuvo que ser bastante intimidatorio.

Pero hay veces que la gente no entiende que la insistencia desmedida se vuelve incómoda.

—Lo fue. Era asiduo del aparcamiento y desde ese día no volvió a acercarse a nosotros.

Y no fue un caso aislado —aseguró con cierto apuro—.

A veces intentaba alcanzar la barra de un bar abarrotado para pedir las consumiciones o me engullía un tumulto inesperado de gente en la calle o a la salida del cine, en cualquiera de los casos, no dejaba de recibir empujones, y de repente la marea humana se separaba, como si fuera el Mar Rojo, y me hacía pasillo.

Entonces me giraba, orgullosa de mi hazaña, y lo encontraba pegado a mi espalda.

Susan rio, divertida y cómplice. La entendía bien, ella había sentido algo parecido en más de una ocasión.

Isabel incidió en el tema añadiendo una nueva reflexión:

—Sé que puedo cuidarme sola —aseguró con rotundidad—, lo he hecho toda la vida, pero hay algo en la forma en la que él me cuida que me hace pensar que ahora ya no tengo que estar siempre en guardia.

Supo que Susan la entendía y sonrió de nuevo. Unos segundos después confesó, algo ruborizada:

—Yo soy consciente de esas miradas que me acarician el alma y de esa atención con la que me escucha siempre, aunque hablemos de cosas banales. Las percibo con claridad, pero no creí que fueran tan visibles a los ojos de los demás.

—Pues ya ves que lo son. Eres afortunada.

—No tengo ninguna duda al respecto —confirmó Isabel al instante—. Me hace sentir especial. Nunca antes nadie me había tratado así —confesó, con cierto pudor—. A su lado me creo la mujer más deseada del mundo y la más inteligente.

Sin darse tiempo a pensar, añadió de forma precipitada y con cierto deje de incredulidad:

—Me hace sentir importante, imprescindible, útil, amada, hermosa…

Detuvo de forma abrupta la lista de adjetivos para terminar la frase con un tono más calmado y otra afirmación rotunda:

—Con él a mi lado siento que puedo con todo.

Susan dejó el plato que llevaba sobre la encimera y le apretó la mano con cariño:

—¡Puedes con todo! Eso ha quedado demostrado. ¡Madre mía! ¡Si la gente supiera tus andanzas!

—¡No! ¡Mejor no! —negó Isabel entre risas—. Si tan siquiera lo sospecharan, allí habría terminado en la hoguera, aquí, seguramente, en el manicomio.

Susan se unió a las risas y de esta manera, dieron por terminado el tema de conversación al ver que Duncan entraba en la cocina.

Calen se había acomodado en uno de los sillones de lectura que había junto al gran ventanal. Durante unos minutos mantuvo cerrado el pequeño cuaderno, mentalizándose para lo que iba a sentir al abrirlo y comenzar a leer.

Sonaron unos golpecitos en la puerta e Isabel se asomó.

—Duncan me ha dicho que estabas aquí y que tal vez querrías compañía. ¿Todo bien?

—Ven. Mira. Es de Lethan.

Isabel se acercó y Calen la tomó en su regazo. Ambos se quedaron absortos mirando el cuaderno. Un silencio reverencial precedió a la lectura.

Por fin, Calen se animó a abrirlo y empezó a leer.

Shhh... Calen está leyendo los diarios de Lethan. Ven, acaba de empezar.

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Mis queridos hermanos, solo hace unas horas que habéis partido y ya os echo de menos como si fueran años.

¡Qué paradoja! Si todo ha salido como espero, para vosotros, cuando leáis estas líneas, solo habrán pasado unos días, semanas a lo sumo.

Y, sin embargo, yo llevaré siglos enterrado.

No temáis, a estas alturas no voy a volverme un sensiblero.

No voy a pasarme la vida lamentando vuestra marcha.

Fue vuestra decisión y yo la acepto y la respeto.

Sé además que, mientras estéis juntos, el lugar no influirá demasiado en vuestra felicidad.