Chapter 34 #2
Duncan abrió la puerta y les cedió el paso. Los demás esperaron fuera. Calen e Isabel cruzaron el umbral de la mano. Tardaron unos segundos en acostumbrarse a la semioscuridad y, cuando Duncan encendió la luz, entrecerraron los ojos ante el brusco cambio.
Isabel se adaptó antes y, casi sin haber abierto del todo los ojos, Calen sintió la presión de sus dedos en el brazo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Retratos! —exclamó acercándose al que tenía delante—. ¿Son quiénes creo que son?
No hizo falta que respondieran. Se acercó aún más para leer la placa de metacrilato fijada a la pared: «Domhnall Callaghan, alias: El protector de los caminos. 1125—1185».
Anduvo, sin demora, hasta la pintura contigua para leer la placa: «Malcolm Callaghan. Primer laird de Glenbràith. 1155—1195».
En cuanto terminó, visiblemente entusiasmada, pasó a la siguiente. Pero Calen seguía inmóvil. Era incapaz de mover un músculo. Duncan, parado a su lado, empezó a relatarle todo el proceso:
—Hace casi dos años acudimos al estudio de un artista de la zona, conocido por recrear retratos de antepasados con ayuda de la Inteligencia Artificial.
Le mostramos los bocetos que Lethan había hecho de tu padre, de ti y de él mismo, y compartimos la información de los diarios sobre el aspecto y la personalidad de cada laird.
Al ver el primer borrador, todos reconocimos algún rasgo que nos resultaba familiar.
Tras casi dos años de trabajo exclusivo, hace apenas un mes que nos entregó el último de los retratos y nos apresuramos a montar la galería cuanto antes.
Queríamos que estuviera completa para cuando llegarais.
Calen seguía plantado ante la imagen de su trastatarabuelo, del que poco sabía más allá de que era un hombre de armas, de origen gaélico-irlandés, que no tenía dónde caerse muerto.
Aun así, consiguió hacerse con un nombre y el respeto de las gentes del valle ofreciéndose como protector del Priorato de Beannachain y como guardián de los caminos colindantes.
Isabel ya había llegado hasta el fondo y regresó para tomar de la mano a Calen y arrastrarlo con ella hasta cuatro cuadros más allá.
Calen no pudo evitar dar un paso atrás. Su padre, porque sin duda aquel era su padre, lo miraba directamente.
Isabel no aguantó más y preguntó:
—Dinos, ¿se parece?
Calen describió de forma superficial lo que sus retinas absorbían e intentaban retener en su memoria:
—El fuego de la chimenea tras él, sus dos perros tumbados a sus pies, su pose, con el brazo apoyado en la repisa, su gesto serio, exigiendo una explicación sobre nuestra última trastada…
Todo es tan fiel, tan real que por un momento he vuelto a viajar a ese salón, esta vez sin necesidad de la reliquia.
Creo que me está empezando a doler el trasero sabedor de los varazos que seguían a esta escena.
—Esta pintura en concreto es una copia fiel de uno de los dibujos de Lethan. Supongo que la escena familiar —afirmó Duncan, con cierta sorna— también permaneció grabada a fuego en su memoria a través de los años.
Isabel compartió con ellos el recuerdo de una conversación mantenida con Lethan.
—En Salamanca fuimos los tres a ver una exposición itinerante que hubo de un retratista de la corte del rey Carlos IV, ¿te acuerdas? —preguntó a Calen.
Cuando este hizo un gesto afirmativo, continuó el relato:
—Después, cuando viajamos al pasado, Lethan me dijo que le gustaría emular lo que habían hecho en el museo y tener su propia galería de retratos familiares en el castillo.
Isabel sonrió y añadió:
—Poco imaginaba que el castillo acabaría albergando en su interior esa galería de retratos que él ansiaba.
Duncan también sonrió satisfecho. Desconocía ese dato. La idea había nacido como un homenaje más a sus antepasados. Ahora que sabía que también era el deseo de Lethan, tenía más valor si cabe.
Calen dejó a Duncan e Isabel charlando ante el retrato de su padre y se acercó a observar el de su abuelo.
«Duncan Callaghan. Tercer laird de Glenbràith. 1210-1268». No le habría hecho falta leer la placa. El parecido era visible.
Dio dos pasos a la derecha y observó el siguiente retrato. Un hombre, ataviado con un plaid con los colores típicos de los Callaghan, arrodillado ante su rey. En la placa se podía leer: «Ian Callaghan. Segundo laird de Glenbràith. Alias: El mártir del paso norte. 1175-1230».
No necesitó leer la placa de la siguiente pintura. Un hombre yacía sin vida a los pies de una hermosa mujer que sostenía en la mano un retal de tela.
Tras unos segundos, Calen volvió sobre sus pasos, dejó atrás la pintura de su padre y se detuvo ante la siguiente. Sonrió divertido al verse reflejado como si estuviera ante un espejo.
Isabel y Duncan lo alcanzaron.
—Creo que, con diferencia, soy el más apuesto de los Callaghan —afirmó con cinismo.
—Ten en cuenta que el retrato está basado en los bocetos de Lethan y es muy probable que su recuerdo estuviera bastante idealizado —bromeó Duncan, con ironía.
—Piensas eso porque todavía no has visto este —replicó Isabel, haciéndole una seña para que se acercara a ver el siguiente retrato: el de su hermano.
De nuevo Calen sintió un latigazo en el corazón. El cuadro representaba a un Lethan de unos treinta o treinta y cinco años, no más, en todo su esplendor. El parecido era asombroso.
Isabel emocionada a punto de las lágrimas, se abrazó a su cintura. Él la cobijó bajo su brazo y le besó el cabello.
—Sí, tienes razón —reconoció, intentando ocultar su nostalgia—, siempre fue más resultón.
Todos los Callaghan entraron en tropel y los comentarios, las bromas y las risas, terminaron con ese fugaz ramalazo de melancolía.
Entremos también a ver la Galeria de Retratos.
Seguro que entre tanto Callaghan ni se dan cuenta.
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Fue un fin de semana inolvidable para todos los presentes. Hubo conversaciones de todo tipo, algunas interesantes y otras banales. También largas charlas o tensas y pasionales discusiones… Y, sobre todo, risas. Muchas risas.
Y para Isabel hubo un momento especialmente emotivo: cuando Calen, para su sorpresa, la llamó a su lado y delante de toda su familia repitió las palabras que en su día formuló ante Lethan, presentándola ante todos como su elegida, su candidata perfecta.
«Esta es la mujer con la que quiero compartir el resto de mi vida», anunció con voz firme.
«Si voy a tener un futuro, será con ella, con nadie más».
Cuando terminó, Duncan, su padre y su abuelo, se acercaron a ellos.
—Traes contigo un pasado que solo a ti te pertenece —aseguró Duncan con solemnidad—. Nos alegramos de que hayas encontrado a tu compañera de vida para ese futuro que ahora comienza y nos sentimos orgullosos de que ambos queráis compartirlo con nosotros.
—Bienvenido a la familia —añadió Malcom, con la misma solemnidad—. Bienvenidos ambos.
Y para escenificar esa bienvenida se fundieron en un abrazo, tras el cual volvieron a escucharse los gritos, vítores y aplausos del resto de los Callaghan.
El domingo, a media tarde, empezó el desfile de los Callaghan hacia sus lugares de residencia. La mayoría volverían a reencontrarse en menos de un mes para celebrar la Navidad, por lo que no hubo caras tristes.
Una hora después, Calen, Isabel, Duncan y Susan despedían a los últimos y cerraban la puerta.
Las dos mujeres desaparecieron rumbo a la cocina, inmersas en una nueva conversación. La complicidad entre ellas era más que evidente. Parecía que se conocieran de toda la vida.
Cuando los dos hombres se quedaron solos, Calen dio una palmada en el hombro de Duncan y dijo:
—Gracias por organizar esta reunión. Me has ahorrado meses de ir puerta por puerta para presentarme y conocer a todos —bromeó—. Ha sido fantástico. Te estoy muy agradecido.
—No ha sido nada —contestó, sonriente, restándole importancia—.
Hay una cosa más que me gustaría enseñarte antes de que acabe el día —añadió, poniéndose serio—.
Para vosotros ha sido una semana un poco ajetreada.
Desde que llegasteis, no habéis tenido un minuto de calma y, la verdad, no he encontrado el momento adecuado. Pero creo que no debo postponerlo más.
—Me estás asustando.
—No, no. No hay motivo, al contrario. Creo que te va a gustar mucho, pero por eso mismo, quería que lo disfrutaras con la calma que se merece.
—De acuerdo, pasemos a la sala.
—No, mejor a la biblioteca, es ahí donde está mi sorpresa —rectificó Duncan, haciendo un ademán para que lo siguiera escaleras arriba.
La biblioteca, como Calen había descubierto en su primer recorrido por la casa, estaba en la última planta.
Y, sin duda, había sido la estancia que más le había gustado de toda la vivienda.
Era, sencillamente, perfecta. Estanterías de madera cubrían las paredes de arriba abajo.
Unos amplios ventanales, que daban al jardín, proporcionaban una luz natural perfecta.
Pese a lo que pudiera parecer, la amplia mesa de cristal con estructura de aluminio y el moderno sillón de oficina a juego, no desentonaban en absoluto con el resto de la decoración.
Y las dos butacas de lectura, estratégicamente colocadas junto a los ventanales, de cara a la chimenea, aportaban un agradable toque hogareño.
Duncan entró en primer lugar y se dirigió directo hacia una vitrina de más de dos metros de ancho, que llegaba desde el suelo hasta el techo, repleta en su totalidad por una colección de cuadernos idénticos entre sí, de un tamaño similar al de una agenda anual actual.
Solo se diferenciaban por el número grabado en el lomo que, al estar estampado en dorado, resaltaba sobre el cuero negro de las cubiertas.
Extrajo el primero de la fila de arriba y se lo entregó de forma ceremoniosa a Calen.
—Es una copia. Los originales de todos ellos están a salvo, en lugar seguro y en condiciones óptimas para garantizar su conservación. Pero tengo la impresión de que, lo de que sea una copia, no te va a importar.