Chapter 34
La reunión que tuvo lugar el primer fin de semana de diciembre, programada al parecer desde hacía meses y dando por sentado que para entonces ellos ya habrían llegado, congregó a casi ciento treinta Callaghan y sirvió para que Calen e Isabel pudieran conocer al resto de la familia.
Los Callaghan tenían por costumbre juntarse todos los años para celebrar la Navidad, pero ese año, esperanzados como estaban de que fuera cierta la inminente llegada de su pariente viajero en el tiempo, habían fijado de manera extraordinaria este otro encuentro.
No era sencillo elegir una fecha en la que todos los Callaghan pudieran acudir, pero al haberlo previsto con más de un año de antelación, lo lograron y asistió la mayoría.
Duncan y Susan se acercaron hasta la entrada, e invitaron a Calen e Isabel a acompañarlos y fueron haciendo las presentaciones.
Nadie parecía sorprendido por la aparición de Calen, sin embargo, todos demostraban asombro al comprobar el extraordinario parecido que guardaba con los retratos que Lethan había hecho de él y de los que la gran mayoría tenía una copia en su casa.
Muchos de los parientes varones lucían el kilt con el tartán del clan. Habían mantenido la tradición de usarlo en ocasiones especiales y, sin duda, esta lo era.
El propio Calen vestía uno, obsequio de Duncan. No se parecía en nada a la vestimenta que él había llevado en su tiempo. Entonces la lana de sus plaids era tosca y pesada, hilada a mano. Solo hacía falta palpar la de esta nueva prenda para notar la perfección del tejido.
Aunque todavía le impactó más el color. Según le explicó su anfitrión, la familia había adoptado el diseño moderno hacía décadas y elegido los colores basándose en los que el clan había utilizado siglos atrás.
Pero a Calen aquellos tonos no le resultaban especialmente reales o reconocibles.
En su siglo eran tonos mucho más mates. Los de ahora tenían una viveza y una simetría que solo la tecnología podía lograr.
Además, al principio se sintió extrañamente expuesto vistiendo ese kilt tan corto que dejaba las rodillas a la vista.
Echaba de menos el volumen de su antiguo plaid, aquella manta inmensa que le cubría desde los hombros hasta las rodillas y que le servía de lecho en las noches de campaña.
Pero como había pasado con las camisas y pantalones modernos, pronto se acostumbró y dejó de sentirse incómodo.
Fue una jornada larga, en la que Calen tuvo ocasión de hablar con cada uno de los miembros de su familia. Y así, poco a poco, se fue poniendo al corriente de los parentescos que los unían y de las costumbres y tradiciones que su clan había conservado.
También percibió lo orgullosa que se sentía esta generación al saber que serían ellos los encargados de dar la bienvenida a su pariente viajero en el tiempo.
Siglos de espera, siglos de transmitir la historia, siglos de mantener viva la esperanza…
y, por fin, el momento tan esperado había llegado.
Fue un día festivo, alegre e inolvidable para todos.
En aquella reunión, Calen tuvo la suerte de disfrutar de distintas versiones de Lethan.
Había Lethan de dos años, otro de cinco, de doce, de dieciocho, de veintiséis…
. Con esas versiones jóvenes, Calen pudo recordar al Lethan de cinco años al que él le soplaba la herida que se había hecho en la rodilla para que le escociera menos.
Al que, con ocho, ayudaba a trepar a los árboles y al que, con dieciséis, lo utilizaba de coartada para sus travesuras.
O al que, con dieciocho, le servía de confidente en sus primeras experiencias amorosas.
Incluso pudo rememorar a ese otro Lethan de veintiséis, con el que una noche se había emborrachado y en presencia del cual había formulado la petición a Vadala, arrastrándolo a un viaje a través de los siglos.
Y luego estaban esos otros Lethan que él no había llegado a conocer: de treinta y cinco, cuarenta o sesenta años. Observando a todos ellos podía hacerse una idea bastante exacta de cómo habría ido envejeciendo el rostro de su hermano con los años.
Más tarde, fijándose en el padre de Duncan, podía imaginar a Lethan con esas mismas pinceladas plateadas en sus sienes y esas marcas de expresión junto a los ojos.
Y le embargaba la ternura cuando miraba al padre de Malcom y pese a la debilidad de sus piernas, era evidente que aún conservaba esa mirada orgullosa que los años no habían podido doblegar.
Había perdido a un hermano, pero había ganado docenas de versiones diferentes que no iban a dejar que lo olvidara nunca, si es que eso era posible. No era lo mismo, pero era un consuelo inesperado.
Pero no todos en aquel encuentro se parecían a Lethan. Isabel localizó a un miembro de la familia que guardaba un parecido extraordinario con Calen. Resultó ser uno de los sobrinos de Malcom.
—Soy algo mayor que tú —comentó cuando se acercó a saludar, provocando la risa en los que estaban a su alrededor—, bueno, técnicamente, tú lo eres más…
ya me entiendes lo que quiero decir. Tengo unos muy bien llevados treinta y cinco años —presumió, provocando esta vez una ola de abucheos— y puedo afirmar con orgullo que, gracias a mí, tienes carné de conducir.
Dado mi extraordinario parecido contigo, fui el encargado de examinarme en tu nombre.
Me costó lo mío —confesó entre risas—, aprobé al segundo intento y eso que llevaba más de diez años conduciendo por Roma.
Pero el volante al otro lado me jugó más de una mala pasada.
—También por votación popular —añadió Duncan, pasándole un brazo por encima del hombro— fue el elegido para personarse en el banco y abrir una cuenta a tu nombre.
—No me lo recuerdes, desciendo de una familia de valientes guerreros, pero para vergüenza de todos ellos, casi me cago los pantalones durante los interminables diez segundos que el interventor se pasó mirando la foto del pasaporte y mirándome a mí, y otra vez la foto y otra vez a mí.
Lo absurdo era que la fotografía era mía, pero ese pequeño detalle no impidió que me pasara todo el rato pensando que, en cualquier momento, iba a levantar la vista y decir: «Muy bien, caballero, ahora explíqueme por qué intenta hacerse pasar por Calen Callaghan.
Y procure ser convincente si no quiere tener que repetirlo en comisaría».
Todos irrumpieron en un coro de estruendosas carcajadas porque sí, la confesión parecía muy sincera.
—Bueno, pese a tu miedo, lo hiciste y te doy las gracias por ello —afirmó Calen, estrechándole la mano con afecto—.
Puedes estar orgulloso. Eres un digno representante de tu casta porque, en realidad, eso es ser valiente: tener miedo y enfrentarte a él.
No tener miedo en situaciones difíciles no es ser valiente, es ser un loco, un temerario o peor aún, un estúpido.
Y los Callaghan no lo somos —aseveró como si fuera una verdad indiscutible.
George, que así se llamaba, se sintió un poco azorado.
—Si lo conseguí fue porque los supervisores hicieron la vista gorda, gracias a los contactos y los hilos que movieron otros Callaghan.
—Un brindis por George Callaghan —gritó uno de los presentes.
Y todos, entre vítores, secundaron la propuesta.
Duncan los hizo callar.
—Bueno, creo que es el momento perfecto para mostraros, a los que venís de fuera, los avances en la restauración del castillo desde vuestra última visita. ¿Os parece?
Todos estuvieron más que dispuestos. Repartió algunas linternas y otros usaron las de sus móviles.
Aunque adaptaron el paso a los más lentos, fue inevitable que el grupo terminara por estirarse en una larga línea que serpenteaba entre los setos y las rosaledas.
Desde lo alto, la imagen de tantos Callaghan caminando y conversando sin prisa en mitad de la noche, habría resultado impactante.
Duncan se adelantó para abrir puertas y encender luces. Isabel y Calen fueron de los primeros en entrar. Creían haberlo visto todo en sus visitas de días anteriores, pero la noche aún guardaba sorpresas. Duncan los llevó derechos a una puerta que, en el castillo original, no existía.
—Esta puerta no estaba en mi tiempo —afirmó categórico Calen—. Pensaba que su función era delimitar la parte restaurada de la que no.
—Sí, pero no —respondió Duncan, divertido y enigmático—.
Como sabes mejor que nadie, detrás de esta puerta está el pasillo que conecta con las escaleras que suben a las habitaciones.
La segunda planta, como también sabes, digamos que sigue cogida con alfileres: techos, tabiques y poco más.
De momento, este pasillo no lleva a ninguna parte.
Por lo tanto —añadió, señalando la puerta como haría un mago a punto de comenzar su número—, es de lo más lógico que exista una puerta que cierre el paso.
—Y sí —intervino Susan, que acababa de llegar a la cabecera del numeroso grupo—, evidentemente, la puerta se eliminará cuando las obras terminen.
—Pero… —continuó Duncan, haciendo una pausa cargada de suspense— este pasillo, a partir de ahora, tendrá una doble función…
—Y aunque, por ahora, es un pasillo que no conduce a ninguna estancia —añadió Susan divertida, siguiendo el juego a su marido—, ya está listo para cumplir esa segunda función.
Isabel miró a Calen y en su mirada encontró la expectación que esperaba. Se giró buscándola en los demás Callaghan, pero no halló la más mínima curiosidad, solo diversión compartida.
—¿Por qué tengo la impresión de que somos los únicos que no sabemos lo que hay detrás de la puerta? —preguntó, aunque intuía la respuesta.
—Porque sois los únicos que no lo sabéis, obviamente —respondió Susan, sin dejar de sonreír—. Los demás no lo han visto, pero saben lo que hay. De hecho, la propuesta contó con el voto unánime de toda la familia.
«Otra vez, todos a una», pensó Calen, convencido de que, fuera lo que fuese lo que hubiera al otro lado de la puerta, si contaba con la aprobación previa de todos, le iba a gustar.
—¿Preparados?
—Más que preparados —respondió ansioso.