La candidata perfecta Chapter 33 #2
87%

Chapter 33 #2

—Por supuesto —aceptó encantada—. Me dais un toque cuando sepáis la hora y estaré aquí en un periquete.

Se giró para salir, pero cuando su padre ya se disponía a seguirla, volvió a apartarlo para regresar sobre sus pasos.

—Mejor aún, vendré a desayunar —dijo, girando otra vez en redondo.

Su padre suspiró ruidosamente antes de echar a andar tras ella.

Al día siguiente, Calen e Isabel pudieron escabullirse para acercarse hasta Fàthach Bràith y pasar la tarde allí solos.

Para Calen, en los meses y años venideros, el claro se convertiría en el nexo de unión de sus dos mundos.

Era el único lugar que había permanecido invariable.

Siempre que sentía nostalgia, se acercaba de nuevo a ese claro y su alma lo reconocía como su hogar primigenio y se calmaba.

La semana comenzó con un desfile continuo de miembros del prolífico clan, que se prolongó hasta el fin de semana siguiente.

Todos estaban deseosos de conocer al más antiguo y, a la vez, más reciente de los Callaghan.

Cada uno de ellos fue aportando su porción de historia y, gracias a ellas, fueron armando las piezas del rompecabezas familiar.

Como Duncan y Susan ya se habían trasladado a su propia vivienda, durante esos días Calen e Isabel se fueron habituando a la casa y, poco a poco, la fueron haciendo suya con pequeños toques personales aquí y allá.

Después de desayunar solían salir a caminar sin rumbo.

Algunos días cogían el coche y se acercaban hasta Perth o Pitlochry.

Calen había desarrollado una especie de atracción por los mercados locales.

Le fascinaba observar a la gente y curiosear entre los puestos.

Isabel lo seguía divertida, sabiendo que aquel mundo era nuevo para él, pero al mismo tiempo tenía la impresión de que esos lugares guardaban para Calen alguna reminiscencia de su pasado y le hacían sentirse en su ambiente.

También sacaron tiempo para regresar a Dunkeld. Tenían muy fresco en la memoria cómo era en 1290 y fueron inevitables las comparaciones.

Era habitual verlos deambular por las ruinas del castillo, cinta métrica en mano, perfilando la mejor manera de devolverle su esplendor.

Si las obras de restauración no habían avanzado más deprisa era porque Duncan y su padre querían ser fieles al original, y para ello debían invertir mucho tiempo investigando, ya que el propio incendio que lo destruyó había dado al traste también con gran parte de la documentación: planos, fotografías…

Aunque ahora, con la ayuda de Calen y sus meticulosas descripciones, todo iría más rápido.

No había día en que no recibieran la visita de alguno de los Callaghan del valle.

Falon casi venía a diario. «Visitas de médico», las llamaba ella.

A veces se presentaba cuando estaban desayunando, les robaba un croissant y salía disparada, en mitad de una conversación, cuando se daba cuenta de que llegaba tarde a clase.

Otras, se asomaba al recibidor, preguntaba por sus planes para ese día o avisaba de que su padre se pasaría más tarde y desaparecía tan rápido como había llegado.

Los más asiduos eran Duncan y Susan. No pasaban más de dos o tres días sin que se dejaran caer.

Normalmente llegaban a media tarde y terminaban quedándose a cenar.

Calen e Isabel les estaban muy agradecidos.

Se había creado un vínculo entre las dos parejas y, pese a conocerse desde hacía tan poco, podían hablar de cualquier cosa con la confianza y la familiaridad que da el trato continuado.

Eran una fuente fiable e inagotable de información y conocimiento sobre cualquier aspecto relacionado con su nueva vida.

Una de esas noches, durante la cena, volvió a salir el tema de sus viajes en el tiempo y de esa sensación de impotencia que aún los acompañaba al no encontrar una lógica coherente y sin fallos que explicara cómo había podido suceder.

Aquel fenómeno, tan enigmático como extraordinario para todos, era motivo recurrente de conversaciones, aunque siempre solían abordarlo desde el prisma de los viajeros.

Aquella noche, cuando Susan e Isabel se escabulleron con la excusa de recoger la cocina y los dos Callaghan se quedaron solos, Duncan retomó el asunto, pero desde una perspectiva que Calen nunca había considerado: la de quienes esperaban su llegada.

—No te puedes imaginar lo difícil que ha sido no hacer trampas —confesó Duncan.

Calen creyó apreciar cierto sentimiento de culpa en su voz.

—¿Trampas? —repitió extrañado.

—Contacté con la Universidad de Salamanca para ofrecer la colección sin tener la certeza de que existiera una tal Isabel.

Sin saber si las especificaciones que puse como condición a la hora de elegir a la persona que organizaría la exposición, eran lo bastante selectivas.

Cuando llegó el correo electrónico del director del museo comunicándome que ya tenían a la persona idónea, me salté el resto del texto hasta llegar a la línea donde describía su currículum y aparecía el nombre de la elegida: Isabel Illa.

Nunca he tenido en mis manos un boleto ganador de ningún tipo de rifa o sorteo, pero la sensación debe de ser muy parecida al júbilo que sentí al leer ese bendito nombre —confesó, casi tan emocionado como aquel día—. Y entonces empezó lo realmente difícil.

Calen lo miró sin comprender. Por fin, lo que llevaban siglos esperando había ocurrido, ¿dónde estaba la complicación?

Duncan se apresuró a aclararlo.

—Ese correo nos confirmó que existía una tal Isabel Illa. Si esa parte era cierta, todos dedujimos que el resto de la historia también lo era. Eso significaba que faltaban pocas semanas para que tú y Lethan llegarais a Salamanca.

Duncan hizo una pequeña pausa y añadió:

—¿Sabes lo difícil que fue para toda la familia resistirse a tomar un avión y viajar allí para comprobarlo por nosotros mismos? Ponte en nuestro lugar.

Calen lo hizo y cabeceó afirmativamente al darse cuenta del dilema moral que habían soportado.

—Tuvo que ser toda una tentación, sí —comentó, con un deje divertido en la voz.

—Ni te lo imaginas. Toda la familia estaba expectante.

En cuanto empecé las negociaciones con el museo, el grupo de WhatsApp se convirtió en un hervidero.

Para cuando encendía el móvil por la mañana, ya tenía veinte o treinta mensajes: «¿Hay noticias?

... ¿Sabemos algo? ... ¿Por qué no les llamas? ... »

Calen reprimió la sonrisa. Duncan parecía agobiado solo de recordarlo.

—Me pasaba el día escribiendo: «No, todavía no… Aún no sé nada… En cuanto sepa algo, os digo…» Así que, cuando hubo noticias, tuve la brillante idea de invitar a casa a los de la zona, contactar por Zoom con el resto y compartir la información con todos a la vez.

Duncan hizo un gran aspaviento antes de continuar.

—Aquello se descontroló a los cinco minutos.

La alegría inicial dio paso a una euforia colectiva que se retroalimentaba con cada intervención de un nuevo pariente entusiasta.

Para cuando quise darme cuenta, estaban proponiendo fletar un vuelo chárter y presentarnos allí como un grupo de turistas más, hasta dar con vosotros.

Falon quería incluso que fuéramos al museo a visitar la exposición.

A Calen le hubiera gustado ser testigo mudo de aquella reunión de Callaghan. Ahora que los iba conociendo y sabía cómo se las gastaban cuando estaban juntos, podía imaginar perfectamente la algarabía general que se había originado.

—Les dije que debíamos esperar y que fuerais vosotros quienes vinierais a nosotros, como ponía en los diarios que sucedía. Si cambiábamos algo, si nos presentábamos en Salamanca y os soltábamos a bocajarro todo lo que estaba por suceder, quizá no llegara a ocurrir nunca.

Duncan lo miró y, con evidente perplejidad, añadió:

—No me hicieron ni caso. En cuanto cerré la boca, continuaron planificando el viaje a España añadiendo detalles cada vez más escabrosos a la escapada.

A Calen, viendo la creciente desesperación de su pariente, por tan solo recordar el incidente, le estaba resultando muy difícil mantener la compostura y no soltar una carcajada.

Si lo consiguió fue porque, de algún modo, se sentía identificado con Duncan.

Fueron muchas las veces que, él mismo, tras un ataque de los Burg, había tenido que calmar los ánimos y descartar las descabelladas ideas de revancha que proponían algunos de los miembros del clan, aunque personalmente estuviera deseando llevarlas todas a cabo.

—A duras penas conseguí convencerlos de que eso era muy peligroso. De que podíamos poner en riesgo todo el proceso si interveníamos antes de tiempo.

—Es muy probable que eso fuera lo que hubiera ocurrido —convino Calen, para demostrarle su apoyo y su buen hacer—. Por suerte, pudiste evitarlo.

Duncan agachó la cabeza y se masajeó la nuca.

—Sí, mi argumento fue tan bueno que me convenció hasta a mí —confesó, guiñándole un ojo—. Después de eso no tuve agallas para usar el billete de avión que había comprado el día anterior para viajar a España.

La expresión de sorpresa de Calen demostró que no esperaba ese final. Fue Duncan quien terminó soltando una carcajada.

—Y, llegados a este punto, repito: ¿Sabes lo difícil que ha sido resistirse a la tentación de ir a buscaros a Salamanca? —inquirió, con los brazos levantados y un fingido tono de desesperación.

—Empiezo a hacerme una idea —respondió Calen, riendo, ahora sí, a mandíbula batiente.

Antes de salir de la sala, Duncan se detuvo y cortó el paso a Calen.

—De esto, ni una palabra a nadie. Ni Susan sabe de la existencia de ese billete. Tengo una reputación que mantener.

—Tu secreto está a salvo conmigo —aseguró Calen, siguiéndole la broma—. De hecho, si te sirve de consuelo, yo también tengo algún pasaje en mi pasado que, si saliera a la luz, debilitaría mi credibilidad como laird.

Ahora fue Duncan el sorprendido.