La candidata perfecta Chapter 33
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Chapter 33

Supieron que tendrían que posponer la excursión en cuanto Duncan les abrió.

Pareció que hubiera estado esperándolos detrás de la puerta.

No les dio opción ni siquiera a llamar. Les hizo señas para que pasaran, al tiempo que miraba hacia la puerta del salón desde donde llegaban ecos de una conversación bastante animada entre varias personas.

—Veréis, he avisado en el grupo de WhatsApp de la familia de vuestra llegada —informó a media voz—.

Tenía que hacerlo, era mi responsabilidad —se justificó algo apurado—.

He dejado claro a todos que, por hoy, habíais tenido suficientes emociones, que queríais descansar y estar tranquilos y que, ya en los próximos días, habría tiempo de las oportunas presentaciones.

Isabel y Calen guardaron silencio, pero expresaron su conformidad asintiendo.

Duncan, tras otra mirada fugaz hacia el salón, añadió:

—La mayoría lo han entendido, pero ha sido imposible disuadir a…

Dejó la frase a medias y los tres se giraron al ver aparecer en el umbral del salón a un torbellino en forma de joven sonriente, de larga melena rojiza, que echó a correr hacia ellos.

—¡Ya estáis aquí! —exclamó abalanzándose sobre Calen.

Este solo tuvo tiempo de ahuecar los brazos para dejar espacio al efusivo abrazo de la afectuosa joven. Miró hacia abajo, sorprendido y encantado por su efusividad, intentando ver su cara, pero la tenía tan pegada a su pecho que le resultó imposible.

Duncan resopló y se frotó la mandíbula, contrariado.

—Como decía —afirmó con tono gruñón—, ha habido algunos miembros de la familia demasiado testarudos para obedecer unas simples indicaciones.

La joven se separó tan rápido como se había abalanzado, se giró hacia Duncan y lo sujetó por la barbilla con la mano, zarandeándosela levemente.

—Hermanito, no refunfuñes que te salen arruguitas, además, hoy es un día para estar felices, no enfadados. ¿A que sí? —preguntó plantándose ante Isabel y cogiéndole ambas manos entre las suyas, antes de darle un beso en la mejilla.

Sin tiempo a respuesta por su parte, la soltó, tomó la mano de Calen y tiró de él hacia el salón.

—¡Vamos! Papá está deseando conocerte.

Calen no tuvo más opción que seguirla. A Isabel le resultó gracioso verlos alejarse. Pese a la notable diferencia de estatura entre ambos, estaba claro quién mandaba allí.

—Lo siento —se excusó Duncan, igual de divertido que Isabel, por la escena—, lo intenté. De verdad que lo intenté, pero, como ya descubrirás, mi hermanita es como un terremoto, bastante difícil de dirigir.

Isabel ya tenía claro que su plan nocturno se había arruinado, aun así, sonrió feliz. No podía haber imaginado un recibimiento mejor para Calen por parte de su familia.

Duncan señaló hacia el salón, a modo de invitación.

—Adelante, por favor. Mi padre está deseando conocerte —anunció, mientras la guiaba con suavidad por la cintura.

Las siguientes horas fueron un regalo para Calen. Ni en sus mejores sueños había esperado contar en esta nueva vida con la compañía y el apoyo de su familia. Y todo aquello se lo debía a su hermano, que había hecho posible lo imposible.

El padre de Duncan resultó ser bastante más autoritario e intimidatorio que Duncan.

Bueno, con todos menos con su hija Falon.

En cierta forma su carácter le recordó al de su propio padre.

Primero quiso saber. Preguntó, preguntó muchas cosas y Calen respondió a todas de buen grado.

Después estuvo preparado y dispuesto para también él compartir información.

Así, Calen e Isabel se enteraron de que la casa en la que se encontraban iba a ser su hogar.

Cuando intentaron protestar, Malcom, el padre de Duncan, dejó claro que no era opcional.

Era un hecho, algo previsto y contemplado desde mucho antes.

Saber que Duncan y Susan tenían su propia vivienda, terminada y lista para entrar a vivir desde hacía más de un año, apaciguó un poco la reticencia de Calen.

Después, Malcom empezó a narrar una parte de la historia de la familia que Calen no conocía. Les habló de sus padres, de sus hermanos, de los hijos de estos y de sus esposas. De cómo eran, dónde vivían, a qué se dedicaban…

Se extendió en detalles durante más de una hora y, mientras lo hacía, todos guardaron un silencio reverencial.

Hasta la pequeña Isi, encaramada en los brazos de su madre, parecía no perder detalle de lo que decía su abuelo.

Pero también había otra persona que no perdía detalle.

Calen estaba entusiasmado escuchando fragmentos de todas esas vidas.

Y con cada palabra se sentía más cerca de todos aquellos nuevos Callaghan.

Se habría pasado toda la noche allí, pero no protestó cuando el patriarca dio por terminada la velada.

—Solo una pregunta más antes de que os vayáis.

Todos aguardaron en silencio.

—He disfrutado escuchándote hablar de nuestra familia.

Mi hilo familiar mental se cortó hace unas horas a varios siglos de distancia.

Al llegar aquí, encontré otro hilo familiar nuevo y esta charla ha servido para que dejen de ser dos hilos diferentes.

En mi cabeza, la historia de los Callaghan vuelve a ser una.

En el rostro de Malcolm se dibujó una sonrisa que reflejaba la satisfacción personal que sentía al oírlo decir eso.

—Puede sonaros raro, pero desde que he llegado estoy deseando preguntarlo. Atrás dejé a la poca familia que tenía, pero también quedó el único enemigo que he conocido y necesito saber qué ha sido de él.

Hubo miradas cruzadas. Todos supieron a quién se refería. Falon fue la primera en responder:

—Ya sabes el dicho «mala hierba nunca muere». Siguen siendo un grano en el culo.

—¡Niña! —reprendió su padre de inmediato—, esa lengua—. Estate tranquilo —añadió mirando a Calen con expresión de autosuficiencia—, no usamos espadas, pero tenemos nuestros métodos para seguir haciéndoles morder el polvo.

Los dos hombres se mantuvieron la mirada por unos segundos y sin necesidad de más palabras, Calen supo que su familia seguía manteniendo a raya a los Burg. Apretó la mandíbula y asintió satisfecho.

—Te advierto —puntualizó Duncan— que lo de «morder el polvo», en muchas ocasiones, es literal.

En esta ocasión Malcolm no amonestó a su hijo. Al contrario, se cruzó de brazos y protagonizó otro de esos silencios que revelan más que el más efusivo de los discursos, lo que hizo que Calen sonriera abiertamente y se quedara con ganas de saber más del tema.

—Habéis conseguido que me pique la curiosidad. Estoy deseando conocer esos sustitutos vuestros a la espada.

—Bueno, cada uno tiene sus métodos —afirmó Duncan, señalando con la cabeza a su padre, dejando claro que en algún momento había sido uno de los protagonistas de esos toques de atención—.

Hasta la mocosa se atreve a poner en su sitio a alguno de los jóvenes, sobre todo a uno —añadió, apuntando con disimulo a su hermana.

Calen supo que iba a disfrutar mucho escuchando esas anécdotas, pero tendría que esperar.

—Se hace tarde —indicó Malcolm, después de consultar su reloj—. Hijo, entrégale el sobre. ¿Lo tienes aquí?

—Sí, por supuesto, lo tengo preparado. Lo saqué antes de la caja fuerte —respondió Duncan, levantándose y extrayendo de un cajón un sobre grande, color paja, que entregó a Calen.

—¿Qué es? —preguntó este sin abrirlo.

—Es algo que esperamos te facilite tu nueva vida —contestó Falon—. ¡Vamos! ¡Ábrelo, ya! —ordenó, plegando las piernas sobre el sofá, realmente emocionada.

Calen obedeció. Rasgó el sobre y volcó el contenido sobre la mesita que tenía delante. Lo miró sin comprender muy bien qué era todo aquello, aunque Isabel ya empezaba a intuirlo.

Duncan se sentó junto a Calen y empezó a entregarle, uno a uno, los documentos.

—Esta es tu partida de nacimiento, tu pasaporte, tu certificado de estudios.

—Que conste —intervino Falon— que yo voté para que incluyeran algún sobresaliente, pero los muy tacaños no me hicieron ni caso. El argumento fue que no había que llamar la atención —añadió maliciosa.

Duncan esperó a que se callara y continuó:

—Tu NIN o [24] , tu tarjeta del NHS [25] , tu carné de conducir, válido en todo el Reino Unido.

Aunque no conduzcas, te servirá como documento identificativo en lo cotidiano —explicó, al ver la expresión reticente de Calen—.

Y, por último, aunque no menos importante, la documentación de la cuenta bancaria que tienes abierta a tu nombre en el banco, en la que desde hace meses se cargan los recibos de gas y luz de esta, tu casa.

—Tranquilos, hemos sido muy austeros —bromeó Susan—. No hemos despilfarrado lo más mínimo. ¿Verdad, cariño?

—Verdad, amor —respondió Duncan, siguiendo la broma.

Calen no era consciente de lo difícil que tenía que haber sido conseguir todo aquello, pero Isabel sí.

—¡No me lo puede creer! ¿Cómo habéis podido reunir todo esto? —inquirió, sin dar crédito.

—Ni bajo tortura conseguirás que revele esa información —aseguró Duncan, levantando los brazos de forma defensiva—. Pero sí puedo decirte que ha habido que echar mano de toda la picaresca y los encantos innatos de los Callaghan y, aun así, algunos caminaron al filo de la legalidad.

Tras un intercambio de miradas cómplices, abandonaron el escabroso tema.

Malcom se levantó, dando por terminada la velada.

—Basta por hoy. Duncan, antes de acostaros, muestra a Calen e Isabel su casa para que se vayan familiarizando.

—Por supuesto.

Malcom palmeó los hombros de Calen a modo de despedida.

—Bienvenido. Estamos muy orgullosos de tenerte con nosotros.

Calen no pronunció palabra, se limitó a hacer un respetuoso y casi marcial gesto afirmativo.

Antes de marcharse, Falon volvió a posar la mejilla en su pecho y a rodearlo con los brazos y esta vez Calen sí correspondió al abrazo.

Ya salía por la puerta cuando Susan la llamó. Su padre se apartó para dejarla entrar de nuevo.

—Isabel necesita algunas cosas. Mañana iremos de compras —informó Susan—. ¿Te apuntas a una mañana de chicas?