La candidata perfecta Chapter 32 #3
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Chapter 32 #3

—No sé qué decirte —confesó Duncan, sin pudor—. Me daba tanto miedo hacerme ilusiones que creo que evitaba pensar con demasiado detalle en ellos.

Su cara se iluminó como la de un niño a punto de hacer una travesura y añadió guiñando un ojo:

—¡Vamos a anunciar las nuevas buenas! ¡Estoy deseando contárselo a todos!

Calen e Isabel salieron cogidos de la mano y tomaron el camino de grava, con paso lento y calmado.

Pero, en cuanto calcularon que estaban lo suficientemente lejos para que los ocupantes de la casa no los divisaran, abandonaron el sendero entre risas y bordearon la vivienda rumbo a las ruinas del castillo.

Les daba igual si había visitas de turistas programadas o no.

Se unirían a ellos en otra ocasión. Ahora necesitaban verlo a solas, y verlo ya. Sin esperas.

Se detuvieron tras un murete de setos a pocos metros de la puerta. Estaba abierta de par en par. Como les había advertido Duncan, parecía que estaban ultimando los preparativos de la visita guiada.

—Espera, vamos a comprobar que no haya ningún vigilante —propuso Isabel—. Sería muy embarazoso tener que explicar quiénes somos y por qué queremos colarnos.

Calen miró con cautela en todas direcciones, divertido por la situación.

—¿De verdad estoy ocultándome para entrar a hurtadillas en mi casa? No me lo puedo creer.

A Isabel le dio un ataque de risa por su tono melodramático.

—¡Shhh! ¡Calla! —exigió él, siguiendo con la broma—. Por tu culpa nos descubrirán y tendré que atravesar a alguien con mi espada.

Su último comentario agudizó las carcajadas de Isabel.

Calen volvió a mirar a derecha e izquierda y tiró de su mano.

—¡Vamos! Parece que no hay nadie.

Corrieron semiagachados hasta la puerta. Seguían sin ver a nadie. Con otra corta carrera se colaron hasta el salón. Isabel sentía que el corazón le iba a cien por hora. No supo determinar si por la carrera o por la emoción. Una vez más, sus reacciones fueron completamente distintas.

A Isabel se le arrugó el corazón al no reconocer ninguno de los objetos que ocupaban el amplio espacio.

Había que admitir que lo habían recreado con bastante exactitud: una mesa larga y robusta de madera, vajilla simulando una inminente comida, tapices cubriendo las ventanas…

Todo similar a lo de antaño, pero nada era lo original.

Calen no parecía ver esas cosas. Solo admiraba orgulloso la estructura. Buscaba y localizaba los desperfectos y evaluaba la viabilidad de los arreglos necesarios.

Se acercaron hasta la puerta que daba a las cocinas. Un cordón impedía el acceso. Pasaron por debajo y entraron. De nuevo una recreación simulaba la distribución original. Y, otra vez, cada uno vio lo que quiso ver.

Escucharon voces que provenían del patio trasero y, sigilosos, volvieron sobre sus pasos, cruzaron el salón y torcieron hacia el pasillo que daba a la biblioteca.

No hicieron caso del letrero de «prohibido el paso» y se colaron dentro.

Calen fue directo hacia la chimenea y posó las palmas de las manos sobre ella, en un gesto muy parecido al que hizo sobre los muros del castillo de San Felices de los Gallegos, en aquella excursión que hicieron en Salamanca, que ahora parecía tan lejana.

—Mi padre siempre decía que esta chimenea aguantaría mil vidas —dijo Calen con orgullo contenido— y no parecía ir desencaminado —aseguró mientras empezaba a palpar las piedras del lateral interior izquierdo.

Isabel lo observaba intrigada y soltó un gritito cuando, tras la presión ejercida por Calen, una de las piedras cedió ligeramente, permitiendo que la retirara. Se agachó para asomarse a la oquedad que había quedado a la vista.

—¡Señoras y señores! —anunció a media voz, como si fuera la guía de la visita que pronto comenzaría—. Si se acercan a la chimenea podrán admirar la típica caja fuerte del siglo XIII.

—Ni más ni menos —corroboró Calen, volviendo a presionar el resorte para colocar la piedra en su lugar.

Frotó sus palmas para sacudir el polvo, mientras daba un último vistazo general a la estancia.

—¿Nos vamos? —propuso, ofreciendo su mano a Isabel—. Ya he comprobado lo que quería. Tiempo habrá de visitas más calmadas.

Las voces sonaron más cerca.

—Sí, vámonos antes de que tengas que desenvainar la espada —bromeó Isabel, con el dedo sobre los labios, pidiendo silencio.

Salieron sin ser vistos. Era evidente que nadie temía que hubiera intrusos en los alrededores.

—¿Dispuesta para una corta caminata? Sé el lugar perfecto desde donde podremos tener una vista panorámica de todo el valle.

Les costó casi media hora llegar hasta el pequeño risco y casi otro tanto, subir a la cima. Isabel llegó jadeando, le había costado seguir el entusiasta paso de Calen, pero el esfuerzo valió la pena.

El valle estaba salpicado de pequeñas casas unifamiliares, de distintos tamaños y estilos, aunque, a la vez, todas seguían un patrón acorde y uniforme.

La disposición recordaba mucho a la utilizada en su siglo para ubicar las granjas y cabañas de siervos, agricultores y ganaderos.

En el punto central se alzaban los restos del castillo original y la edificación en la que les habían recibido Duncan y su esposa.

Alrededor se distribuían todas las demás viviendas, a suficiente distancia para garantizar plena privacidad, aunque lo bastante cerca para que cualquiera de sus residentes pudiera acudir en busca de compañía o ayuda.

—¡Mira! —gritó Calen, alborozado, señalando hacia la izquierda—. ¡Tienen caballos!

En efecto, un vallado delimitaba uno de los prados y en su interior, un buen número de caballos pastaban a sus anchas.

—¡Vaya! ¡Qué sorpresa! —exclamó exultante—. Parece que los muchachos lo han hecho bastante bien —añadió con orgullo, cruzando los brazos.

—Te recuerdo que «los muchachos» tienen una edad muy similar a la tuya.

—Ya me entiendes —replicó, dándole un pequeño empujón con la cadera.

Mientras daban buena cuenta del pequeño tentempié que traían en la mochila, siguieron observando el valle, tratando de empaparse de todos los detalles.

Duncan les explicaría más tarde que todas aquellas casas estaban ocupadas por miembros del clan.

Algunos se habían trasladado a vivir a otras partes de Escocia, Reino Unido, incluso Europa o Estados Unidos, pero muchos seguían residiendo en el valle.

Incluso habían habilitado una de las viviendas y contratado personal especializado para instalar cómodamente a sus mayores y así poderlos tener cerca.

En los días siguientes, también les pondría al día de la organización interna del clan y de sus finanzas.

De cómo, en muchos aspectos, funcionaban como una gran comuna en la que todos aportaban y todos recibían.

Para ello contaban con una red de compañías mercantiles propias, de las que todos eran socios y entre las que se distribuía el capital de la familia.

«Por suerte, al ser tantos, tenemos expertos en casi todas las materias», había comentado Duncan con cierta sorna.

«Abogados, arquitectos, médicos, diplomáticos, informáticos, gestores de fondos de inversión, expertos en nuevas tecnologías…

Cualquiera puede presentar propuestas de cómo invertir.

El consejo de familia las estudia y decide cuáles son viables y cuáles no.

Y, bueno, de momento, no nos va demasiado mal», había asegurado.

Y, a la vista del aspecto que presentaba el valle, no exageraba.

Para Calen, conocer la holgada situación económica de la familia había sido motivo de alivio.

Cuando se enteró de que abrían el castillo a los visitantes pensó que era por necesidad.

«No, para nada», había respondido Duncan cuando se lo comentó.

«Eso es solo por orgullo. Susan, cuando quiere pincharme, suele decirme, con mucho retintín, que lo hacemos por chulería porque los Callaghan necesitamos pasar por las narices al resto lo que es nuestro.

Igual tiene razón», había terminado reconociendo, divertido.

Isabel propuso acercarse a Fàthach Bràith y Calen no solo secundó la idea, además sugirió que podían ir a pasar la noche allí.

A ella le pareció perfecto. El impacto del regreso había sido, cuanto menos, intenso.

El poder pasar unas horas solos seguro que los ayudaba a ir asimilando todo de manera progresiva.

Descendieron y pusieron rumbo a la casa con la idea de que les prestaran lo indispensable para su pequeña escapada nocturna.