La candidata perfecta Chapter 32 #2
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Chapter 32 #2

Aunque, si había alguien en esa habitación que tenía la mente a punto de explotar, ese era Calen.

El día anterior había abrazado a su hermano y ahora, menos de veinticuatro horas después, resultaba que llevaba siglos muerto.

Solo había faltado unas horas del Valle de Glenbràith, pero ese pequeño lapsus de tiempo había sido suficiente para que no quedara ni rastro del castillo que creía inexpugnable.

Había perdido a su hermano y ganado docenas de parientes, todo en cuestión de horas.

Y, por si todo eso fuera poco, ahora, en el mejor de los casos con veintiocho años, en el peor, con unos cuantos cientos más, debía aprender a vivir en un tiempo en el extremo opuesto del suyo en todos los aspectos.

Con una tecnología, unas leyes y unas costumbres que nada tenían que ver con lo aprendido y experimentado por él hasta entonces.

Si aquello no era para volverse loco ¿qué lo era?

Isabel eligió justo ese instante para abrazarse a su cintura y traspasarlo con la mirada. Y como si pudiera leer en su interior y adivinar las arenas movedizas por las que se estaban moviendo sus pensamientos, afirmó, posando la palma de la mano a la altura de su corazón:

—Estamos juntos en esto.

Por cosas así la amaba tanto, pensó Calen.

—Lo sé —respondió tras apretarla contra sí.

—¿Dónde tenéis vuestras cosas? —oyeron que preguntaba Duncan.

—Como podrás imaginar, viajamos ligeros de equipaje —respondió Isabel con ironía—. Todas nuestras pertenencias están en esa mochila. No quisimos dejarlas en el hotel. Buscaremos algo por aquí cerca.

—Tonterías, os quedáis aquí —afirmó Susan de inmediato—. Esta noche os prestaremos lo que necesitéis. Mañana iremos de compras y terminaremos con esa escasez momentánea.

Fue curiosa la reacción tan diferente que tuvieron Calen e Isabel ante la propuesta de Susan. Él la aceptó sin la menor protesta, como la cosa más natural. Casi se habría sentido ofendido si no les hubieran ofrecido su hospitalidad. Era lo que esperaba de su clan.

Isabel, en cambio, temió que lo hicieran por compromiso. Después de todo, eran dos extraños que acababan de irrumpir en su casa asegurando que eran alguien que no podían demostrar. Intentó oponerse, pero Duncan adivinó sus intenciones y no la dejó ni empezar.

—No se hable más. No es negociable —atajó con rotundidad, aunque con esa chispa traviesa que Isabel empezaba a intuir propia de los Callaghan—. Estáis en vuestra casa y, más adelante, entenderéis lo literales que son mis palabras.

Consultó su reloj de pulsera y, con ese gesto, pareció dar por terminado el tiempo de la tertulia. Se levantó y añadió:

—Bien, pongámonos en marcha. Hay mucho que hacer —dispuso, rebosante de energía—. Voy a informar de vuestra llegada en el WhatsApp de la familia. Seguro que los que están por la zona querrán pasar a conoceros de inmediato. Y…

A una muda señal de Calen, detuvo su retahíla organizativa.

—Si no os importa, ahora nos gustaría dar un paseo por los alrededores —propuso mirando a Isabel para obtener su aprobación.

—¿Ahora? —repitió, dejándose caer con aplomo sobre el sofá—. Mejor lo dejamos para después del almuerzo. Luego tendremos tiempo de sobra para…

Esta vez, fue su esposa la que le puso una mano en el muslo y, con ese gesto, lo hizo callar.

—Si no os importa —repitió Calen, calmado, pero firme—, preferimos hacerlo solos y ahora.

Duncan frunció el ceño, sorprendido por la rotundidad que se escondía tras el tono suave y conciliador de Calen.

Al momento, destensó el gesto y sonrió. Había olvidado la posición que, hasta el día anterior, ostentaba Calen.

En los últimos años, tal vez él había ejercido de cabeza de familia de los Callaghan, pero en esa habitación solo había un laird: Calen que, de muy buenas maneras, acababa de demostrarle que no estaba dispuesto a dejarse dirigir por un joven varios siglos menor que él.

—Perfecto, como queráis —cedió Duncan de buen grado—. Podemos almorzar tras vuestro paseo.

—Por favor, no modifiquéis vuestras rutinas habituales —pidió Isabel—. No queremos alterar vuestro día a día. Además, tal vez nos demoremos más de la cuenta en nuestra caminata.

—Sí, es muy probable —convino Calen, guiñando un ojo.

—¿Qué tal si os preparamos un tentempié y os lo tomáis sobre la marcha? —propuso Susan, sonriendo a Isabel.

—Si no es mucha molestia, eso sería fantástico —contestó esta, feliz de que hubieran comprendido su necesidad de una transición más pausada.

—Ningún problema. Acompáñame a la cocina. Seguro que encontramos algo de vuestro gusto.

Los hombres se levantaron y las vieron salir, charlando como si fueran íntimas amigas. Duncan quiso disculparse de inmediato.

—Perdóname, no quería resultar tan avasallador, pero es que tengo tantas ganas de saber y de contarte.

—Y yo también —respondió Calen, posando su mano sobre el hombro de Duncan y ejerciendo un ligero apretón, a modo de muestra de afecto, como tantas veces había hecho con Lethan—. No te puedes imaginar cuánto. Pero necesito un poco de tiempo.

—Por supuesto, por supuesto. No hay problema. Si en los próximos días me pongo en modo organizador, avísame.

Calen sonrió con la mirada y dio otro breve apretón en el hombro de Duncan antes de retirar la mano y preguntar:

—Dime ¿qué ocurrió con el castillo?

Duncan torció el gesto y bajó la mirada.

—Un incendio lo destruyó casi por completo.

—¿Hace mucho?

—Unos cien años más o menos. Si lo piensas, tiene su gracia —comentó, con cierto deje de ironía—. Soportó guerras, asedios, bombardeos… y después, un estúpido fallo en la instalación eléctrica casi acaba con él.

—¡Qué lástima! Supongo que el fuego lo devoró y tuvieron que derruirlo.

—No lo hicieron —respondió Duncan, algo confuso.

Ahora fue Calen el que lo miró sin entender.

—No lo hicieron —repitió Duncan, mientras se dirigía a uno de los grandes ventanales que ocupaban la pared que tenía a su derecha—.

Quedó muy dañado. Solo se pudo salvar la estructura exterior, dos de los torreones y la bóveda central, pero te aseguro que esa parte está dispuesta a aguantar unos cuantos siglos más —aseveró descorriendo las cortinas.

Calen se había quedado parado en mitad del salón, de frente al ventanal.

La panorámica que captaron sus pupilas, lo dejó sin respiración.

Allí estaba su añorado hogar: erosionado por los elementos, ennegrecido por la acción del fuego, mutilado por el paso del tiempo, pero en pie, como el orgulloso guerrero que era.

Duncan no perdió detalle de ninguna de sus reacciones.

Se sintió privilegiado por ser testigo único de ese momento.

En los meses siguientes aprendería a apreciar y respetar a Calen por méritos propios, pero fue en ese instante en el que empezó a admirarlo y a sentirse orgulloso de pertenecer a la misma estirpe que él.

Mientras Isabel preparaba dos austeros bocadillos de queso cheddar con mantequilla, Susan depositó en un pequeño táper un puñado de frutos secos y, acto seguido, abrió el frigorífico.

—¿Qué os pongo para beber? ¿agua, cerveza, vino, refrescos…? —preguntó, asomándose desde detrás de la puerta.

—¿Un botellín de agua y un poco de vino sería mucho pedir? —sugirió con cierto apuro—. El paladar de Calen sigue siendo reacio al sabor de nuestra cerveza —aclaró a continuación divertida.

Metieron todo en una pequeña mochila que pudieran llevar colgada al hombro y en poco más de cinco minutos estaban de vuelta en el salón.

Isabel entraba por delante, pero se detuvo al ver a Calen inmóvil en medio de la estancia, con las piernas separadas, en esa pose tan suya, y con la vista fija en el frente.

Él debió intuir su presencia por el rabillo del ojo porque, sin variar la postura ni dejar de mirar al frente, le hizo señas con la mano para que se acercara.

Ella obedeció algo preocupada. Parecía en trance. Iba a preguntarle el motivo, pero antes de que pudiera hacerlo, él la sujetó por el cogote y ejerció presión para que girara la cabeza hacia el ventanal.

Isabel juntó sus manos delante de la boca.

—¡Sigue ahí! —exclamó, rozando la incredulidad.

—Sigue ahí, mo gharàdh —corroboró Calen, orgulloso.

—Pensamos que ya no quedaba nada de él, al no verlo… —explicó Isabel, mirando a Duncan y Susan—, pero solo se había escondido —añadió atribuyendo al edificio dotes escapistas dignas del mejor de los prestidigitadores.

Duncan consultó su reloj de muñeca.

—A las cuatro empieza una visita guiada, los martes y los jueves, lo abrimos al público. Si regresáis a tiempo de vuestro paseo, podéis uniros al grupo de turistas o disfrutarlo para vosotros solos mañana. Lo que prefiráis.

Isabel y Calen se miraron con la misma ilusión en los ojos que dos chiquillos a los que les acabaran de ofrecer entradas para ir al circo.

—Intentaremos hacer ambas cosas —acabó respondiendo Calen, tras recuperarse del acceso de inmovilidad.

Tomó la bolsa bandolera que portaba Isabel, se la colgó al hombro y echó a andar hacia la puerta con la mano de Isabel bien sujeta entre las suyas.

—Nos vemos luego ¿de acuerdo? —exclamó Isabel, igual de ansiosa que Calen por emprender la excursión.

—Claro, no tengáis prisa —afirmó Duncan—. Al salir, torcer a la derecha y seguir el sendero unos cien metros, luego…

Dejó la frase sin terminar al darse cuenta de que los excursionistas corrían ya hacia la puerta de entrada sin necesitar ni desear sus indicaciones.

—Me parece que esto va a ser un poco raro al principio —comentó, socarrón, a su mujer.

Susan estuvo de acuerdo.

—Desde luego: raro, extraordinario y divertido.

—Tengo la impresión de que conoce cada centímetro de la propiedad igual o mejor que nosotros —aseguró, sin poder explicarse por qué eso le hacía sentirse orgulloso.

Ambos se abrazaron entusiasmados. El día había empezado como uno más, pero se había convertido en único y especial.

—¿Los imaginabas así? —le preguntó Susan de manera reflexiva.