La candidata perfecta Chapter 32
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Chapter 32

No estaba.

Cuando llegaron arriba y levantaron la vista, el castillo no estaba. Su lugar lo ocupaba una imponente casa señorial.

A Calen le estaba costando respirar. El dolor en las entrañas era tan físico que parecía que acababa de recibir un puñetazo en el estómago. En su ensoñación romántica, seguía visualizando su hogar inmune al paso del tiempo. Tal y como él lo había visto el día anterior.

Sintió que Isabel deslizaba los dedos entre los suyos.

—¿Estás bien?

Necesitó unos segundos para responder. Era una pregunta difícil.

—Estaba preparado para asumir algo de deterioro, tal vez algún desperfecto en los muros o en alguna de las torres. Estaba dispuesto a aceptar las transformaciones provocadas por las reformas en pos de la modernización de las instalaciones, pero esto… Esto no lo había contemplado.

—La verdad es que yo tampoco. El folleto de la agencia de viajes… —musitó sobre la marcha—. Seguro que tiene una explicación.

Isabel apretó su mano e hizo mención de echar a andar.

—Vamos —animó—, estoy deseando que nos cuenten qué ha pasado.

Calen no movió un músculo.

—Necesito un momento —confesó.

Un segundo estaba inmóvil como una estatua y al siguiente se había separado de Isabel y se frotaba la cara con ambas manos, intentando sacudirse la desolación que se estaba filtrando en su interior por cada poro de su piel.

—¿Y si no lo han logrado? ¿Y si no han sobrevivido al paso de los siglos? Puedo sobreponerme a la pérdida del castillo, pero no… —dejó la frase incompleta, incapaz de pronunciar en voz alta las palabras que faltaban—. ¿Y si soy el último Callaghan? —inquirió desolado.

Isabel sentía la misma incertidumbre, el mismo temor, pero Calen no debía saberlo.

—Que no esté el castillo no significa nada. Pudo ser pasto de las guerras, o simplemente del paso del tiempo. Puede que haya sido decisión de tus propios parientes tirarlo y empezar de cero.

Isabel volvió a entrelazar su mano izquierda con la derecha de Calen. Con la otra frotó cariñosamente el brazo masculino y afirmó con decisión:

—Solo hay una manera de saberlo.

Calen tomó aire y exhaló ruidosamente antes de afirmar con la cabeza y echar a andar hacia la puerta.

La mansión moderna es imponente, pero ¿te imaginas la decepción al descubrir que no hay ni rastro del castillo?

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No se puede saber cuál de los dos hombres, a juzgar por sus caras, se quedó más perplejo.

Calen tenía muy fresca la imagen de su hermano, solo hacía un día que había tenido que despedirse de él para siempre.

Por eso podía afirmar con rotundidad que el hombre que tenía delante era la viva imagen de su querido Lethan.

La misma estatura, la misma edad, el mismo color de pelo, idénticas facciones…

Por un momento se emocionó al pensar que este había encontrado la forma de viajar también al futuro.

Su ensoñación terminó en cuanto el dueño de la casa habló por primera vez.

—¡Por Dios bendito! —exclamó, al parecer igual de sorprendido que los recién llegados—. ¡Calen! Eres Calen ¿verdad?

—Me temo que sí —afirmó este sin salir de su asombro.

Una inmensa sonrisa se dibujó en el rostro del desconocido.

—¡Madre mía! —volvió a exclamar sin dar crédito a lo que estaba viendo—. ¡Era cierto!

Los dos hombres siguieron observándose unos segundos más, con la incredulidad reflejada en los ojos de ambos. Un instante después, el desconocido se abrazó al cuello de Calen y repitió esta vez con más euforia.

—¡Era cierto! —proclamó, como si diera fe del hecho ante un público inexistente.

Calen le devolvió el abrazo, contagiado de su euforia.

—Soy Duncan —afirmó, separándose un poco—. Duncan Callaghan —añadió orgulloso, antes de volver a abrazar a Calen y golpear efusivamente su espalda.

Isabel observaba en silencio, conmovida por la escena. Duncan aún prolongó unos segundos más su abrazo antes de reparar en ella.

—Y, por supuesto, tú eres Isabel —exclamó, abrazándola sin esperar confirmación—. Gracias por traerlo de vuelta —le susurró de manera casi imperceptible.

—Perdonad, no tengo modales —afirmó apartándose y franqueándoles la entrada—. Por favor, pasad. Pasad —repitió, con calidez.

Una niña que no tendría más de tres años apareció por el lateral y se agarró con ambos bracitos a la pierna de Duncan.

—Hola, preciosa. Vete a buscar a mamá ¿quieres? Dile que venga. Tenemos visita.

La niña volvió a desaparecer a toda velocidad mientras llamaba a gritos a su madre.

—Por favor, pasemos a la sala, estaremos más cómodos —sugirió señalando el camino.

Entraron en una amplia estancia en la que una gran chimenea encendida caldeaba el ambiente.

—Sentaos, por favor —pidió señalando hacia un amplio sofá que tenían justo delante.

¡No me lo puedo creer! —exclamó, eufórico, llevándose ambas manos a la nuca—.

No sabíamos exactamente cuándo ibas a venir.

Y, bueno… estábamos empezando a ponernos nerviosos.

La familia empezaba a perder las esperanzas.

¡Tantos años preparándonos para vuestra llegada…

! La espera nos estaba matando. Pero estáis aquí ¡joder! ¡Es increíble!

Calen e Isabel, seguían de pie, mudos y expectantes.

—Por favor, poneos cómodos.

No la habían oído llegar, pero una mujer los observaba desde el quicio de la puerta, tan absorta como ellos.

—¿Son quienes creo que son?

Los recién llegados se giraron hacia la puerta.

—Susan, cariño, acércate —afirmó Duncan—. ¡Están aquí! ¿Te lo puedes creer?... ¡Madre mía! Creo que me va a dar un infarto —exclamó antes de soltar una carcajada.

Calen e Isabel lo vieron deslizar las manos entre los cabellos, en un gesto idéntico al que hacía Lethan cada vez que estaba pletórico por algo. La pareja se miró sin poder creer que «eso» pudiera transmitirse a través de los siglos y ambos sonrieron felices.

—Estamos en casa —afirmó, muy bajito, Isabel.

—Sin duda alguna —corroboró Calen.

Tomaron asiento y la siguiente media hora fue un batiburrillo de preguntas entrecruzadas y sonrisas contagiosas. A ratos, los cuatro enmudecían, superados por la realidad, incapaces de controlar la amalgama de emociones y de pronto, uno rompía a reír y los otros lo imitaban.

—Os esperan unos días muy ajetreados —anunció Duncan—. Tenemos tanto que contaros… tanto que mostraros.

—Duncan, no avasalles —le regañó cariñosamente su mujer—. Acaban de llegar. Hay tiempo de sobra.

—Sí, sí, por supuesto. Es que estoy pletórico. ¿Te das cuenta, cariño? ¡Están aquí! ¡Lo hemos conseguido! Lethan estaría orgulloso.

A Calen le emocionó oír referirse a su hermano con tanto respeto. Tenía una pregunta en la punta de la lengua hace rato y no aguantó más sin exponerla:

—Antes has dicho que la familia se estaba impacientando con nuestra tardanza. ¿Hay más Callaghan aparte de vosotros?

El matrimonio se dedicó una mirada cómplice.

—Ves, cariño, cómo corre prisa ponerlos al día —afirmó Duncan, luchando por contener una nueva carcajada.

—¡Calla! No empieces otra vez —lo amonestó Susan, antes de mirar a Calen y añadir—. Calen, somos muchos, más de cien.

Calen se echó hacia atrás en el sofá, como si hubiera recibido el impacto de un disparo. De inmediato, entrelazó sus dedos con los de Isabel y soltó un entusiasta:

—¡SÍ!

La pareja anfitriona, aplaudió divertida por su efusiva reacción. Al momento, Duncan se puso serio y afirmó:

—Calen, somos más que una familia. Seguimos siendo un clan en el amplio sentido de la palabra. Llevamos grabado a fuego ese sentimiento de pertenencia y nos sentimos orgullosos de ello. Ese es el gran legado que Lethan y tú nos habéis transmitido.

—No, yo no —negó Calen de inmediato—. Todo el mérito es vuestro. Vuestro y de mi hermano.

—Y tuyo también. ¿De dónde crees que sacó Lethan la fuerza para inculcarnos ese sentimiento de unidad?

De ti. Todo lo que hizo fue por ti. Se encargó de que sus hijos y los hijos de sus hijos y así hasta nuestros días, entendieran que tú no solo merecías un futuro, sino un futuro rodeado de tu familia, de tu clan.

Si somos es porque fuimos. Y, si fuimos, fue gracias a ti y a tu hermano.

El silencio fue el protagonista por unos instantes.

Duncan y Susan seguían sin dar crédito a la titánica proeza que los Callaghan habían realizado.

Para la generación actual había sido fácil ilusionarse.

Todos se involucraron ¡y de qué manera! Mejor no pensar en cuántas leyes habían tenido que bordear para «legalizar» la presencia de Calen en este tiempo.

Pero tuvo que ser muy difícil conseguir que esas generaciones intermedias mantuvieran la llama de la misión viva durante tantos siglos.

Si algo habían demostrado es que los Callaghan eran testarudos.

Isabel también estaba sorprendida de que hubiera sido tan fácil dar con los Callaghan.

Era como si su única misión, durante todos esos años, hubiera sido esperarlos a ellos.

¡Era increíble! Todavía quedaban muchas cosas por aclarar, pero tenía la impresión de que Duncan había sido ese benefactor anónimo que había cedido al Museo de la Universidad de Salamanca la colección que, en primera instancia, la llevó a conocer a Calen y, después, la hizo llegar el retal del manto para que pudiera regresar al pasado a buscarle y traerlo consigo de vuelta.

Seguía sin comprender las leyes que regían los saltos temporales y los viajes en el tiempo.

Por mucho que intentaba enunciar una teoría lógica y factible, siempre llegaba a un punto en el que se producía un fallo en el razonamiento.

En las últimas semanas lo había intentado muchas veces y todas, el resultado era el mismo. Su mente se colapsaba.