Chapter 31
Isabel sintió, como las veces anteriores, que su cuerpo se aligeraba y que sus pensamientos se disolvían, pero no tuvo miedo. Era su tercer viaje, su tercer regreso a su tiempo, aunque muy diferente a los anteriores.
No era como el primero, cuando en el propio conjuro de ida había estipulado la vuelta para diez minutos más tarde, y menos mal que lo hizo. De haber permanecido un minuto más allí, el desenlace habría sido muy distinto.
Tampoco era como el segundo, en el que había expresado su deseo de regresar en pleno arrebato de mal genio. Un impulso del que se arrepintió al instante.
Este, por primera vez, era un retorno planificado, elegido y deseado.
Aun así, y puesto que habían decidido traerse de vuelta su moto, Isabel, sentada detrás de Calen, no pudo evitar rodear con fuerza su cintura, con cierto vértigo.
Habían optado por pronunciar el conjuro en el claro de Fàthach Bràith , lejos de miradas curiosas y al cobijo de la noche cerrada. Pese a ello, una vez en el presente, se bajaron de la moto algo temerosos de atraer la atención de algún testigo inesperado.
Pero no fue así. No se veía un alma. El presente los recibió con una calma extraña, como si el tiempo los hubiera estado esperando, como si supiera que ese era su lugar y a nadie le importara que estuvieran allí.
Isabel no fue consciente de que las lágrimas que nacieron en 1290, mientras mantenía la vista fija en el tenso, pero a la vez sereno, rostro de Lethan, habían viajado con ella a 2025, hasta que Calen se las secó.
Ese último viaje de despedida que habían hecho en el pasado les había servido para elegir una ubicación segura donde reaparecer en 2025. La ribera del río Tay les pareció el lugar perfecto.
Ambos sonrieron al localizar justo a su espalda la imponente estructura de piedra del puente de Dunkeld [23] , nueva para ambos, puesto que la última vez que habían estado allí, todavía no estaba construido, pero que les confirmaba que estaban donde querían estar.
Por si aún tenían dudas, al levantar la vista, en la orilla de enfrente, descubrieron la imponente silueta de la catedral.
Calen le rodeó la cintura y la apretó contra sí, en un silencioso gesto de alegría y complicidad.
—Funcionó —exclamó Isabel, tan sorprendida como aliviada—. Vadala ha aceptado que el retal se quede en el pasado.
—Puedes estar segura de que, si lo ha hecho, es porque le convenía —replicó él, convencido de que no había sido por hacerles ningún favor.
Isabel lo observó intentando analizar su estado de ánimo.
Intuía la vorágine de sentimientos encontrados que tenía que sentir en ese momento: pérdida, excitación, miedo, tensión, ansiedad…
Pero, para su sorpresa, su mirada solo reflejaba serenidad, templanza y seguridad.
Su cuerpo seguía en alerta, pero al mismo tiempo parecía relajado.
Y en la sonrisa que empezaba a dibujarse en sus labios, Isabel solo vio amor y determinación. Ella también sonrió más distendida.
—Vamos a buscar un lugar para dormir. Mañana comienza nuestra nueva vida —afirmó Calen con rotundidad.
Volvieron a subirse a la moto, esta vez con Isabel como piloto y pusieron rumbo al centro de la ciudad. No les costó demasiado localizar un pequeño hotelito donde pasar la noche.
De nuevo en el siglo XXI.
¡Qué alivio! Parece que están donde debían estar.
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La calma y la serenidad que Calen había mostrado la noche anterior se habían esfumado con las primeras luces del día.
Isabel lo notó nervioso desde primera hora, aunque no hizo comentario alguno.
Sabía el motivo. Ese día tenían previsto acercarse hasta las tierras de los Callaghan.
Ella, la víspera, había intentado prepararlo para el impacto emocional que eso iba a suponer.
Apenas habían pasado unas horas desde que ellos las habían abandonado, tenían muy fresco el recuerdo del aspecto que presentaban.
Sin embargo, tras ese pequeño margen de horas que habían pasado, seguro que su apariencia sería muy distinta.
Lo primero que hicieron fue abrir una cuenta en un banco.
Allí alquilaron una caja fuerte y dejaron a buen recaudo el oro que Isabel había llevado con ella al pasado, junto con un saquete de monedas de plata que, por sugerencia suya, Calen se había traído consigo.
Eran monedas de uso corriente en su época, pero era fácil imaginar que en 2025 tendrían un gran valor para cualquier coleccionista y que, por lo tanto, podrían valer una fortuna.
En la misma sucursal, cambiaron los pocos euros que Isabel había conservado como recuerdo por libras esterlinas.
Ese había sido uno de sus primeros escollos al volver al presente: la falta de efectivo para pagar la habitación. Por suerte, la recepcionista resultó ser la dueña del pequeño hotelito y, aunque la costumbre era cobrar la estancia por adelantado, hizo una excepción.
Una vez que dispusieron de dinero de curso legal, regresaron al hotel para pagar la habitación y recoger sus escasas pertenencias.
Si lograban dar con los Callaghan, suponían que les indicarían un lugar más próximo donde pasar la noche. De no encontrarlos, lo único que querrían sería alejarse cuanto antes de la zona. En cualquier caso, quedarse allí una noche más estaba descartado.
Y a pesar de que ya habían desayunado en el hotel, por insistencia de Calen, buscaron una cafetería cercana donde tomar algo.
Isabel estaba segura de que solo pretendía ganar tiempo, retrasar el momento de enfrentarse a esa visión actualizada de su hogar.
El comentario que hizo a continuación confirmó su, por otra parte, justificado desasosiego.
—¿Quedaría muy extraño si pido un vaso de whisky?
—Me temo que son unas horas un poco intempestivas para tomar whisky —respondió Isabel, divertida por ese nerviosismo tan atípico en él.
—Pues es una lástima, porque es justo lo que necesito —aseguró malhumorado.
Isabel se apiadó y sugirió algunas alternativas.
—Podrías pedir un Irish coffee .
—¿Qué es…?
—Café, whisky, azúcar y nata montada.
Calen arrugó la nariz.
—Mejor algo más contundente, con menos adornos, más licor y a poder ser suprimiendo tu imprescindible café mañanero.
Isabel sonrió sin disimulos. Estaba segura de que su sugerencia no iba a ser de su agrado, aun así, no había podido resistir la tentación de proponerla.
—Bueno… podemos disimular tu acuciante necesidad de alcohol, mezclándolo con… ¿chocolate?
Calen se recostó sobre el respaldo de la silla y al tiempo que afirmaba con la cabeza, concedió de buen grado:
—Esa me parece una opción más aceptable.
El camarero se presentó al instante e Isabel pidió un café expreso para ella y un chocolate con whisky para él.
Bastó con que Calen alzara el dedo índice para que el camarero se detuviera en seco.
—Mi chocolate, si es posible, corto de chocolate y largo de whisky, por favor.
El camarero, solícito, asintió sin mostrar signos de extrañeza y se alejó hacia la barra.
—Espero que esté a su gusto —afirmó, con cierta complicidad al regresar poco después con las consumiciones.
—Seguro que sí. Muchas gracias —contestó Calen, guiñándole un ojo.
Tras dar un par de sorbos a su diluido, pero potente chocolate y sentir el familiar calor abrasador recorrer sus entrañas, empezó a encontrarse mejor. Necesitaba esa ayuda externa para aplacar el enjambre de dudas, seguro que la mayoría infundadas, que se habían colado en su cabeza.
—Vamos, suéltalo ya —le apremió Isabel.
Calen se limitó a emitir un ruido gutural mientras levantaba las cejas en un gesto interrogativo.
—Si no relajas la mandíbula, te va a explotar la vena de la sien. ¿Qué pasa? —insistió Isabel.
Calen se animó a hablar. Tal vez si enumeraba en voz alta todas las preguntas que no dejaba de repetirse dentro de su cabeza, podría descartar alguna por infundada o descabellada.
—¿Y si no hay nada? ¿Y si no hay nadie? ¿Y si están, pero no creen una palabra? ¿Y si los míos desaparecieron hace siglos de la faz de la tierra?
—Sabes que eso no es verdad. Yo lo constaté a través de varias fuentes fiables. Además, se encargaron de enviarme la reliquia.
—Eso fue en el 2025 que tú abandonaste —debatió con vehemencia— ¿Y si este 2025 no es el mismo? Según esa teoría tuya de los mundos paralelos, podría ser, ¿no es cierto?
Isabel no se había parado a pensar en eso, pero le pareció un razonamiento tan válido como cualquier otro.
—No lo creo —discrepó tras pensarlo un solo instante.
—¿Por qué?
—No te sé decir. No te niego que siguiendo el mismo argumento que hemos aplicado al resto de nuestra loca teoría, sería posible. Aunque algo, mi instinto, mi intuición… llámalo como quieras, algo dentro de mí me dice que tu familia te espera a pocos kilómetros de aquí.
Calen la miró deseando creerla, con la misma mirada inocente y llena de esperanza de un niño que espera que su madre le confirme que sus compañeros de clase mienten y que, por supuesto, los Reyes Magos existen.
—Ojalá tengas razón, pero ha pasado tanto tiempo y tantas cosas…
Isabel temió que Calen hubiera viajado solo por la esperanza de reencontrarse con los suyos y que, si eso no ocurría, no tendría la fuerza vital suficiente para permanecer en ese presente. Era algo que tenía que aclarar de inmediato.
—Si no diéramos con ellos, ¿supondría que no podrías ser feliz aquí?
Calen se inclinó hacia delante y tomó la mano de Isabel.
—No te voy a negar que, si no encontráramos a nadie, no dejaría de ser un mazazo. Me conformaría con saber que aún hay media docena de Callaghan vivos. Aunque vivieran lejos y no llegara a conocerlos, me daría por contento solo con saber que existen.
Antes de continuar, Calen apretó con fuerza su mano, anticipando la importancia de lo que estaba a punto de decir.
—Pero mi felicidad aquí, no depende de mi familia. Mi felicidad aquí solo está supeditada a ti, a tenerte a mi lado. No necesito nada más para ser feliz —sentenció con rotundidad.
El mundo volvió a detenerse. Todo lo que había alrededor se difuminó como ya había ocurrido en aquellos primeros días de relación en Salamanca.
Calen nunca sabría el alcance ni la importancia de aquella afirmación para ella. La pasión con la que la pronunció fue la mejor declaración de amor que podía haberle hecho.
No fue consciente de que hubiera estado aguantando la respiración. Vació los pulmones de golpe y volvió a llenarlos igual de rápido, para volver a retener el aire dentro, esta vez de forma deliberada.
Isabel vocalizó un mudo «te quiero» y Calen depositó un tierno beso en el dorso de su mano.
Apuraron sus bebidas y se pusieron en marcha. Destino: el valle de Glenbràith.
Todo estaba cambiado y, a la vez, todo resultaba familiar.
Dejaron la moto a cierta distancia y Calen se colgó al hombro la pequeña mochila con las pertenencias de ambos antes de echar a andar.
No encontraron vallas, verjas ni muros que les impidieran el acceso.
Recorrieron la propiedad sin rumbo fijo, con una mezcla de ansiedad y temor difícil de calibrar.
De vez en cuando, Calen creía reconocer un árbol o un recodo del antaño serpenteante y polvoriento sendero, ahora reconvertido en un ancho camino asfaltado.
Al final decidieron dejar de andar campo a través y seguirlo, seguros de que los llevaría directos al castillo.
El hermoso sendero, a tramos estaba flanqueado por cuidadas hileras de bajos setos. En otros, lo acompañaban tejos o esbeltos acebos, y a veces sus cunetas se mostraban libres de todo obstáculo, permitiendo disfrutar de la vista de las grandes extensiones de hierba que lo rodeaban.
Guardaron silencio y aceleraron el paso. Ambos sabían que, desde lo alto del repecho, ya podrían admirar el castillo.