Chapter 30 #2
—Solo debes unir los dos destinos para saber lo que hay que hacer. Tú habrías acabado siendo el laird y, después de ti, tus hijos y tus nietos. Y yo habría desaparecido de este lugar y de este tiempo. Alégrate por mí. Ahora mi destino, al menos, es el futuro, no el inframundo.
—He dicho que no —volvió a insistir el menor de los Callaghan.
Se hizo un inmenso silencio. Solo las respiraciones profundas de los hermanos rompían la quietud. Isabel no se atrevía a intervenir. En parte se sentía responsable de todo aquello y así lo expresó.
—Siento todo esto. No pensé en las consecuencias. Yo solo quería…
—Tú no tienes la culpa de nada —afirmó Lethan, más alto y enérgico de lo que hubiera querido.
Tomó una bocanada de aire y, sujetando a Isabel de la barbilla, repitió con un tono mucho más suave.
—Tú no tienes la culpa de nada, ¿me oyes?
Isabel asintió con la cabeza, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.
—Lethan —pidió Calen, también más calmado—, ¿no te das cuenta de que estamos poniendo en peligro a nuestros descendientes…
, mejor dicho, a los tuyos? ¿Qué más pruebas quieres?
—increpó a su hermano—. Así es como debe ser.
Si seguimos actuando de forma irresponsable, cambiaremos el futuro de tus hijos y nietos, incluso podría ser que ni siquiera nacieran.
—¡No me importa! —gritó Lethan, fuera de sí, viéndose acorralado—. No conozco a esos hipotéticos hijos. No estamos matando a nadie. No existen. No han nacido. Otros nacerán en su lugar.
Calen intentó razonar una vez más:
—Pero no te das cuenta…
Lethan volvió a interrumpirlo. Golpeó la mesa y se inclinó sobre ella hasta dejar su rostro a escasos centímetros del de su hermano.
Entonces murmuró, con los ojos centelleantes.
—No pienso renunciar al único hermano que tengo por una posible descendencia que está por ver si existirá en algún momento.
Calen le sostuvo la mirada. Hubo un instante en el que Lethan creyó haberlo convencido y que juntos buscarían otra solución que no implicara su regreso al futuro para siempre. Pero solo fue un segundo. Enseguida se impuso el pensamiento de laird.
—Lo harás, hermano. En cuanto consigas que tu corazón deje de gritar de dolor, escucharás con claridad a tu cabeza y sabrás que es lo correcto. Todo buen laird sabe que ha de anteponer el bien común al suyo propio. Y yo sé que tú vas a ser un excelente laird.
Lethan cerró los ojos y bajó la cabeza, derrotado. Se giró y salió con grandes zancadas del salón. No pensaba darse por vencido. Encontraría otra solución que no obligara a su hermano a rehacer su vida a más de setecientos años de distancia. Eso era demasiada distancia.
Calen e Isabel comenzaron con los preparativos para su viaje al futuro.
Sabían que era cuestión de tiempo que Lethan aceptara la decisión de su hermano.
Y así fue. Estuvo ausente cuatro días con sus cuatro noches, pero al quinto subió a la torre, donde Calen e Isabel había montado el cuartel general, y afirmó desde la puerta:
—No vais a cambiar de opinión, ¿verdad?
—Me temo que no.
Lethan cerró los ojos en un fallido intento de ocultar cuánto le dolía esa respuesta.
Aún guardaba la esperanza de que, en esos días que había faltado, ellos hubieran hallado otra solución.
Pero lo cierto es que había reflexionado mucho sobre las opciones.
En su tiempo, con enfrentamientos continuos, si algo tenía claro era que, en cualquier momento, podías perder a un ser querido.
Puesto a perder a su hermano, prefería saberlo en un lugar seguro, aunque fuera a siglos de distancia, en compañía de la mujer que había elegido como compañera de vida, que enterrado bajo tierra o esclavizado en el inframundo.
—Si van a ser tan escasos los días que nos quedan de estar juntos —afirmó, intentando sonreír—, no quiero seguir perdiendo minutos estando separados.
Los hermanos se miraron en silencio. En uno de esos silencios que transmiten más que mil palabras.
—Pasa —invitó Calen—, necesitamos tu opinión en varios asuntos. Tenemos mucho que planificar.
A medida que se acercaba el día de la partida, Isabel estaba más contenta y Lethan más apesadumbrado. Calen se debatía entre ambos sentimientos, sin poder discernir cuál de los dos pesaba más en su corazón y en su mente.
Hubo otro punto sobre el que debatieron durante horas sus pros y contras.
Había quedado claro y de hecho fue la razón que los llevó a decidir trasladarse al futuro, que sus idas y venidas en el tiempo podían provocar, si no lo habían hecho ya, algún cambio importante en el devenir de la historia en general y la del clan en particular.
Por eso, si algo tenían claro era que, aquel viaje, para bien o para mal, sería el último y definitivo.
No podían seguir jugando con fuego. Si no tenían intención de volver a utilizar el retal o tal vez para evitar tentaciones futuras, no tenía sentido que viajara con ellos.
El lugar al que pertenecía era el pasado.
No estaban seguros de que pudieran viajar sin el jirón, a Isabel le había sido imposible, pero, tal vez, si en la propia petición incluía su renuncia explícita al derecho de realizar un viaje de retorno, Vadala, siempre dispuesta a jugar con ventaja, aceptaría el trato.
Estuvieron de acuerdo en, al menos, intentarlo.
Si el conjuro no daba resultado, siempre estarían a tiempo de repetirlo con el retal en su mano.
Los dos hermanos pasaban todo el tiempo que podían juntos, bien encerrados en la torre o bien paseando por las tierras.
Hablaron de todo: del futuro del clan, de cómo proteger el legado…
Calen compartió con su hermano todas las ideas y los planes que tenía pensados para mejorar la vida de los suyos a lo largo de los años.
Ahora sería Lethan el responsable de llevarlos a cabo.
Y aprovecharon para decir todo lo que ya no tendrían ocasión de decirse.
La planificación del viaje de regreso quedó a cargo de Isabel.
Habían decidido instalarse lo más cerca del clan.
Si a lo largo de esos años había sobrevivido, ellos querían formar parte de ese futuro.
Por ello, Isabel debía elegir un punto concreto donde reaparecer, cercano a las tierras de los Callaghan.
Tenía que ser un lugar que no hubiera cambiado demasiado con el paso de los siglos.
De lo contrario, podrían acabar apareciendo en el corazón de una montaña o en el fondo de un pantano.
Pero a la vez, tampoco podía ser un lugar muy concurrido.
Aparecer rodeados de público exigiría demasiadas explicaciones.
Para Isabel no era tarea fácil. No conocía la Escocia de su tiempo y no sabía cómo elegir el lugar apropiado.
A ratos también trabajaba en el texto para la petición, intentando volver a ser lo más meticulosa posible porque los hermanos seguían insistiendo en que Vadala aprovecharía cualquier grieta para truncar su destino.
Cuando todo estuvo preparado, Calen hizo una propuesta a Isabel.
—Antes de irnos me gustaría hacer un viaje, solos los dos, para enseñarte lo hermosa que es mi tierra. Al final, casi no he tenido ocasión de mostrarte nada. Estaba convencido de que habría tiempo de sobra para enseñártelo todo sin prisas —explicó con cierto pesar.
—¿Crees que es prudente? —advirtió Isabel, sabedora de que cuanto más retrasaran la vuelta al futuro, más riesgo corría Calen de sufrir un percance fatal.
—Solo serán unos pocos días.
Isabel no fue capaz de negarle ese último deseo. Parecía importante para él.
—¿Dónde tienes pensado llevarme?
Calen sonrió, como pocas veces lo había visto hacerlo.
—Podemos ir a Dunkeld . Visitaremos la hermosa catedral que están construyendo.
Tal vez, en tu tiempo, podamos regresar y verla terminada.
Pasearemos por la orilla del río Tay , como antes lo hicimos por la de tu Tormes .
Y podremos perdernos durante horas en el bosque de Birnam.
Aunque te lo advierto: después de visitarlo, tu parque de la Alamedilla te parecerá una diminuta ratonera —bromeó.
Siguió detallando todos los lugares a los que la llevaría sin saber que ella, aunque solo de manera virtual, ya los conocía todos.
Isabel no le mencionó lo famoso que un tal Shakespeare haría al bosque de Birnam al nombrarlo en Macbeth , una de sus obras más conocidas.
Ni que siglos después se llenaría de frikis de Harry Potter.
Tampoco quiso anticiparle que la catedral que ellos verían aún en obras tardaría siglos en terminarse.
Y que después sería destruida en dos ocasiones: una en plena Reforma Religiosa del siglo XVI y otra en la Batalla de Dunkeld en 1689, durante las guerras jacobitas.
Y que sí, podrían visitarla en el futuro, pero solo el ala este, donde se encontrará el coro y se seguirán celebrando servicios religiosos, conciertos y bodas.
El resto, toda el ala oeste, no se llegará a restaurar nunca. En 2025, seguirá en ruinas.
Ya habría tiempo de mencionar todo eso. Ahora, Calen se merecía disfrutar aquel último tour turístico de despedida por su tierra.