La candidata perfecta Chapter 30
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Chapter 30

Era curioso, cuando estuvieron en el siglo XXI, pasaron muchas horas hablando de historia.

Ella le fue narrando las guerras que habían asolado Europa, le mostró mapas y enumeró los países que conformaban el mundo actual.

Calen quiso saber todo lo que había pasado en esos siglos que separaban su tiempo de esa nueva época, pero se cuidó mucho de preguntar por lo sucedido en Escocia en esos años.

Isabel fue consciente de ello y lo respetó.

Pero ahora era distinto. Ahora tenía que hablarle de ese descubrimiento que ella había hecho cuando regresó a su tiempo.

Y aprovechó uno de esos ratos en los que estaban los tres para hacerlo.

—Quiero compartir con vosotros una información que me parece muy relevante —anunció para captar la atención de ambos—.

Cuando regresé a mi tiempo, esperé pensando que me seguirías —comentó mirando a Calen—.

Pasaron las horas sin que aparecieras y con ellas perdí toda esperanza.

Y empecé a imaginar mil posibles causas.

Supongo que la mezcla de mi desesperación y de mis ganas de mantener viva la conexión que seguía sintiendo contigo, me llevaron a buscar en internet información sobre vuestro clan.

Cualquier cosa me valía con tal de poder sentirte más cerca —confesó con naturalidad.

Calen, conmovido, la sujetó por la nuca y la acercó para depositar un beso en su frente. Isabel le dedicó una dulce sonrisa y continuó hablando:

—Por fin encontré una página con la lista de los laird de un centenar de familias. Entre ellas, localicé la vuestra.

Los hermanos seguían en silencio. Isabel prosiguió.

—Nombraban a un tal Calen Callaghan, laird durante poco más de dos años. Lo registraban como fallecido, sin descendencia, en 1290.

Hizo una pausa que, a pesar de ser solo de un par de segundos, se hizo eterna.

—El siguiente laird eras tú —añadió mirando a Lethan—. Es tu estirpe la que llega hasta mi tiempo.

Lethan la miró sorprendido.

—¿Estás segura?

—Sí. Lo contrasté con varias fuentes diferentes.

Isabel no dijo más y aguardó en silencio a que los hermanos sacaran sus propias conclusiones. Los miraba, tratando de adivinarlas, pero fue imposible. Ambos parecían haberse refugiado en un rincón recóndito de sí mismos.

Calen rompió el silencio poco después.

—Bueno, los motivos pueden ser muchos, aunque la realidad es solo una. Está claro que debo dejar de ser laird para que la historia siga su curso.

Tal vez esperaba que Isabel o Lethan lo rebatieran, pero lo cierto es que, en ese instante, ninguno de los dos encontró argumentos para hacerlo.

El constable eligió ese instante para entrar.

—Disculpad. Calen, ¿podrías venir? Hay que decidir qué hacer con el problema de la techumbre de las cuadras. Las lluvias de la semana pasada lo han debilitado demasiado. Me temo que, en cualquier momento, se derrumbará.

—Vamos —afirmó Calen, como si hubiera estado esperando una excusa para abandonar la sala.

Lo vieron salir y permanecieron en silencio. Enseguida, Lethan se levantó e imitó a su hermano.

—Discúlpame —murmuró, camino de la puerta, con la cabeza ya en otra parte.

La revelación de Isabel había dejado a Calen muy afectado. Saber que no formaría parte del futuro de su clan le dolió en lo más profundo. Y, como antes le había ocurrido a Isabel, necesitó tiempo para asimilarlo.

Los días siguientes apenas interactuó con los habitantes del castillo.

Salía a cabalgar al alba y no regresaba hasta el almuerzo.

Nadie lograba arrancarle más de dos frases seguidas.

Isabel se sintió culpable por haberle revelado su futuro de forma tan abrupta y con tan poco tacto.

No soportaba verlo tan taciturno. Él no era así.

Shhh…entra despacio, Isabel todavía duerme, ajena a la decisión que Calen acaba de tomar.

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La mañana del cuarto día, cuando Isabel despertó, palpó las sábanas y comprobó que, como los días anteriores, Calen ya no estaba en la cama.

Al abrir los ojos lo vio sentado en el alféizar de la ventana.

Lo observó sin moverse, estudiando su expresión.

Parecía absorto en sus pensamientos, con la vista fija en algún punto indeterminado.

Al instante, como si hubiera detectado que ya no dormía, giró la cabeza hacia ella.

Algo había cambiado. Su mirada volvía a ser clara.

Lo que fuera que la hubiera enturbiado hasta entonces había desaparecido.

—Hola —musitó, con miedo a romper la tibieza de su mirada.

—Buenos días —respondió Calen, sin dejar de comérsela con los ojos.

—¿Estás bien?

—Sí. Tenemos que hablar.

El corazón de Isabel se desbocó sin previo aviso, prueba inequívoca de que se avecinaban cambios. Sus latidos nunca la engañaban.

Calen había revisado una y otra vez todos los motivos que podrían haberlo llevado a abandonar el liderazgo.

Al principio solo veía uno: la muerte. No se le ocurría otro motivo.

Pero conforme pasaban las horas y revisaba todo lo referente a su viaje en el tiempo, había dado con otra posible explicación para su ausencia en la historia de su clan.

Lo que tenía muy claro es que, para bien o para mal, el único responsable de ese viaje en el tiempo era él. Y, por lo tanto, también debería afrontar en solitario sus consecuencias.

Al parecer, en el momento en que formuló el conjuro su destino cambió de rumbo y su nombre dejó de estar vinculado al de su familia.

Tal vez, en una realidad había acompañado a Vadala, en otra había quedado atrapado en un tiempo extraño o, como temía Isabel, quizá, en esta, la muerte lo aguardaba en cualquier instante de los meses venideros.

Daba igual la forma en la que sucediera, el resultado era el mismo.

En los registros del clan, él desaparecía.

Y si debía ser así, prefería elegir él mismo la causa.

Habló con Isabel y le explicó sus argumentos.

Revisaron juntos la línea de razonamiento y llegaron a la conclusión de que, si persistían en sus planes, en el mejor de los casos iban a alterar el futuro del clan.

En el peor, como ya había constatado Isabel en los libros de historia, él moriría en breve.

El deber de un buen laird era proteger a los suyos. Calen había puesto en riesgo su futuro de manera inconsciente, pero tenía muy claro que no iba a hacer lo mismo con el futuro de su familia, aunque eso implicara renunciar a su título, a su clan y a la vida que había conocido hasta entonces.

Después de hablarlo con Isabel, decidir regresar al futuro, a pesar de lo ilógica y dolorosa que había sonado la idea en su cabeza, terminó pareciéndole la opción más apropiada.

Isabel también lo creyó así. Ahora que se paraba a pensarlo se dio cuenta de que ella nunca perteneció al pasado.

Le hubiera gustado integrarse, pero siempre se sintió extraña, fuera de lugar.

En cambio, Calen se había adaptado al siglo XXI mucho mejor que ella al pasado.

Esa capacidad era algo que Isabel, tras haberlo experimentado en carne propia en su primer viaje, admiraba profundamente en él.

Si hubiera tenido que quedarse en la Edad Media, habría acabado siendo una más, pero le hubiera costado mucho tiempo y esfuerzo.

A Calen, sin embargo, era capaz de imaginarlo con facilidad, acudiendo al cine, viajando en avión o rodeado de electrodomésticos que le facilitaran el día a día.

Incluso conduciendo una de esas máquinas infernales con ruedas, como él las llamaba.

Lethan también pasó un par de días taciturno y, por qué no decirlo, preocupado.

Era un hombre de acción. Ante una situación de alarma o peligro reaccionaba y encontraba siempre una solución.

Pero esto le tenía desconcertado. Peor aún, bloqueado.

Optó por cambiar de táctica. Quizá, si mantenía la mente ocupada en otras cosas, la respuesta al enigma acabaría apareciendo sola.

Por eso se había pasado la tarde encerrado en sus aposentos, examinando con detalle uno de los libros que Isabel le había traído.

Se habían convertido en su válvula de escape.

Basándose en los mismos principios que mencionaba aquel volumen, aunque introduciendo algunos cambios para adaptarlo al terreno, creía poder instalar un sistema de alcantarillado en la aldea.

Probaría primero en la parte alta del poblado y, si funcionaba…

¡oh!, si funcionaba sería una auténtica revolución.

Los desechos y la suciedad se reducirían al mínimo y, con ellos, muchas de las enfermedades que provocaban.

Le habían subido una bandeja con la cena, pero quiso bajar antes de acostarse para comentar con su hermano su proyecto. Estaba seguro de que lo aprobaría.

Supo que Calen e Isabel se traían algo entre manos en cuanto entró a la biblioteca. Supo que se lo contarían sin necesidad de preguntar y además supo, sin lugar a dudas, que no le iba a gustar.

Consiguió mantenerse callado mientras duró la explicación de su hermano, pero en cuanto terminó Lethan explotó.

—Ni hablar.

—Hermano, por favor, razona…

—He dicho que NO —lo interrumpió con énfasis y sin miramientos—. Tiene que haber otra forma.

—No la hay.

—Tiene que haberla —gritó dando un golpe sobre la mesa.

—Bien, pues dímela. Dime otra forma de solucionarlo.

—Dame tiempo, la encontraré.

—Lethan, no te das cuenta de que tiempo es lo que no tenemos —argumentó Calen—.

Cuanto más esperemos, más cosas estamos modificando.

¿Qué hubiera pasado si no hubiera conseguido esposa en el tiempo establecido?

Ya no estaría aquí. Vadala ya me habría llevado al inframundo.

¿Y si Isabel no hubiera conseguido regresar?

Te lo dije antes de que ella volviera, habría renunciado a seguir como laird, no estaba dispuesto a casarme con otra.

Calen se plantó ante su hermano y extendió los brazos, como si la solución fuera evidente.