Chapter 29
Mientras Isabel se desnudaba, Calen añadió un par de leños a la chimenea para que el fuego se avivara. Los recolocó con la ayuda del atizador, y pronto el fuego volvió a chisporrotear con fuerza, llenando la estancia de un calor acogedor.
Se desnudó y, en cuanto ocupó su lado de la cama, ella se abrazó a su cintura y apoyó la cabeza sobre su pecho. Estuvieron callados durante mucho rato, dejándose envolver por la calidez del otro.
Isabel no podía creer que todo hubiera salido bien. Rememoró todo lo vivido en esas últimas semanas y, sobre todo, el pánico que había sentido en las últimas horas. ¡Había tantas cosas que podían haber salido mal…!
Para Calen era igual de increíble el hecho de tenerla, otra vez, acostada a su lado.
Tras su marcha, se había quedado destrozado.
Roto, sin saber qué hacer para revertir lo ocurrido y dando por sentado que sus días en este mundo tocaban a su fin, cosa que tampoco le importaba demasiado si iba a tener que vivir sin Isabel.
—¿Te has dado cuenta de una cosa? —afirmó Isabel, visiblemente asombrada—. Si estamos en lo cierto, la donación a la universidad, la exposición… todo ha sido una excusa para hacerme llegar la caja con el retal. Me parece un plan magistral.
Calen repasaba los hechos una y otra vez, y seguía encontrando fallos.
—Hay algo que no alcanzo a comprender… Dices que yo te mandé el retal para que pudieras regresar. Pero, si ahora estás aquí, en realidad yo nunca he llegado a enviarte la reliquia.
—No soy muy ducha en esto de los viajes en el tiempo.
Estoy igual de perdida que tú. Si hace unos meses me hubieran preguntado, habría dicho que era imposible.
Y, sin embargo, ahora creo que ambas cosas han pasado.
En dos líneas de tiempo diferentes, pero a la vez.
En una línea, tú viviste sin mí, pero hiciste que el retal me llegara.
Y en otra, yo lo encontré y regresé a ti.
—¿Dos caminos?
—Algo así.
—¿Y cuál es el verdadero, el real?
—Los dos. Esa es la magia. En mi tiempo se utiliza el concepto de dimensiones paralelas. Universos o realidades que coexisten con el nuestro, que transcurren en paralelo compartiendo tiempo, pero que pueden albergar versiones alternativas o diferentes de nosotros mismos o de nuestra vida.
En nuestro caso, creo que no solo han coexistido, sino que, de alguna forma que tampoco entiendo, en algún momento se han entrecruzado e influido la una en la otra. Pensamos que el tiempo es una línea recta, pero ¿y si no lo es?
Volvieron a guardar silencio, sumidos ambos en la tarea de dar con una explicación lógica.
Calen trató de mantener la mente abierta, empeñado en encontrar un argumento coherente que explicara lo sucedido. Tal vez Isabel tenía razón y la línea del tiempo no era tal, sino una hebra de una madeja enredada. Quizá todo era cuestión de tirar del extremo correcto para deshacer el nudo.
Le costaba dar credibilidad a esa posibilidad de dos o más versiones paralelas. Al cabo de unos minutos, insistió en su razonamiento.
—Pero si tú te fuiste, yo no llegué a conseguir esposa, luego Vadala se me habría llevado con ella.
Isabel lo meditó un instante.
—Bueno, tal vez no es tan perversa como crees. Tal vez es una romántica… y en el último momento decidió echarnos una mano.
Calen arrugó el ceño e Isabel supo que esa hipótesis, como a ella, no le convencía en absoluto.
Entonces se apresuró a plantear otra posible alternativa, basada en lo que había descubierto buceando en internet, pero, que aún, no quería desvelar por miedo a hacerle daño.
—O, tal vez, sí te llevó. Quizá —sugirió, intentando ocultar tras una caricia el peso de la información que todavía no se atrevía a compartir— tuviste el tiempo justo para tallar el mensaje en la caja y contarle tu plan a Lethan.
Y fue él quien se encargó de cumplir tu deseo y hacerme llegar el retal.
—Pero ¿cómo?
—Como te digo, mis pensamientos en esta materia son tan erráticos como puedan ser los tuyos.
Pero tal vez consiguió que todos los futuros Callaghan, desde hoy hasta mi tiempo se comprometieran a hacer lo que fuera necesario para que, la generación que le tocara vivir en 2025, me hiciera llegar la caja con el retal.
Al decirlo en voz alta aún le pareció más increíble.
—Es una tarea titánica, lo sé, pero si era la única manera de recuperarte, aunque fuera en otra vida, veo a tu hermano muy capaz de idear un plan para transmitir esa misión de generación en generación hasta llegar a mi tiempo.
Volvieron a quedar en silencio.
—Entonces, ¿en algún lugar hay otro «yo» que te dejó marchar? —planteó con un deje de crispación.
—No —se apresuró a negar ella—, fui yo la que me marché. Ese otro tú —añadió con ternura—, dedicó la poca vida que le quedaba a traerme de vuelta. Gracias a él, ahora estoy aquí —aseguró acariciando su mejilla.
El enojo de Calen se apaciguó. Tomó la mano de Isabel y se la llevó a los labios para depositar un beso cargado de devoción.
Durante unos minutos, los únicos sonidos que rompieron el silencio fueron el crepitar de las llamas y el suave susurro del viento colándose entre los riscos.
—No entiendo muy bien esas dimensiones paralelas de las que hablas —insistió Calen—. Pero, si son las responsables de que ahora estés aquí, les debo gratitud eterna.
Isabel sonrió y, sin mirarlo, levantó levemente la cabeza y depositó un beso sobre su pecho. Sin más, volvió a acomodarse sobre él y esta vez sí, el silencio la arrulló hasta conciliar el sueño.
Los días siguientes fueron plenamente felices. En cuanto tenían ocasión, se escapaban al claro. Mientras Isabel leía o escuchaba música, saboreando una Coca-Cola a pequeños sorbos, Calen aprovechaba para recorrer en moto el sendero cercano.
Sabían que tendrían que hacer frente a las consecuencias de sus decisiones, pero querían seguir un poco más en su burbuja de felicidad.
Lethan pasaba mucho tiempo estudiando los libros de ingeniería y arquitectura que Isabel le había traído. Aunque a veces se unía a ellos e inmortalizaban aquellos instantes tomando fotos con el móvil de Isabel que, por increíble que parezca, seguía funcionando gracias al cargador solar.
Y, por supuesto, las hipótesis sobre lo sucedido seguían a la orden del día. Cuando no era uno, era otro. Todos los días salía el tema a colación; debatían, a veces, tan solo unos minutos, otras, por horas, y al terminar seguían tan perdidos como al principio.
—Vamos a dejarlo por hoy —propuso Calen, tras una de esas largas charlas—.
Estas conversaciones en las que no hallamos explicación a lo sucedido me agotan más que las constantes provocaciones de los Burg.
No me gusta ser el juguete de nadie y mucho menos el de alguien tan caprichoso como el destino o, peor aún, Vadala.
Miró a Isabel y añadió algo más calmado:
—¿Te apetece que demos un paseo?
Isabel afirmó con la cabeza y se levantó de inmediato.
—Un momento —intervino Lethan con voz grave, mirándolos a ambos— solo una cosa más. Hay algo que no hemos tenido en cuenta. Antes de que venza el plazo de Vadala deberíais formalizar vuestra unión.
De inmediato, captó la atención de ambos.
—No basta con que os améis —explicó—. Vuestro amor debe hacerse público y oficial. Debe quedar claro para Vadala que la petición se ha cumplido.
—¡Dios mío! ¡Tienes razón! —afirmó Isabel, llevándose una mano al pecho— ¿Cómo se nos ha podido pasar por alto algo tan fundamental?
No podemos darle la menor excusa para que pueda reclamarte —añadió, afectada por lo cerca que habían estado de pasar por alto lo más esencial: escenificar su amor ante Vadala.
Calen arqueó una ceja, igual de sorprendido que Isabel ante la magnitud de su olvido.
—Es posible que, literalmente, me hayas salvado la vida —afirmó, apretando el hombro de su hermano en señal de agradecimiento.
—Una vez más —bromeó Lethan—. Te he salvado la vida, una vez más.
Calen retiró la mano del hombro de su hermano y le dio un buen pescozón.
Durante el paseo que dio la pareja a continuación, descartaron de inmediato preparar un gran banquete y una larga lista de invitados.
Solo una ceremonia íntima, con los testigos suficientes.
Así se lo transmitieron a Lethan a su regreso para la cena, cuando este insistió en hacerse cargo de todos los preparativos.
—Entendido. Ningún problema. Algo íntimo y sin ostentaciones. Dejadlo en mis manos.
La celebración tuvo lugar al atardecer, tres días más tarde.
El lugar no podía ser otro que el claro de Fàtach Bràith , iluminado por el círculo de antorchas que Lethan dispuso y se encargó de encender.
No hubo más adornos que la propia hierba, ni más música que el arrullo constante de gorriones y jilgueros regresando al cobijo de los árboles para pasar la noche.
El cielo, vestido de rojos y anaranjados, parecía uno más de los asistentes a esa unión.
La novia llevaba un sencillo pero hermoso vestido color marfil, que Lethan le había entregado la tarde anterior.
Aunque no consiguió sonsacarle su procedencia, imaginó que se lo habría pedido prestado a alguna de sus amigas.
La realidad era que Lethan había engatusado a las doncellas más hábiles con la aguja para que lo confeccionaran expresamente para ella, prometiéndoles una generosa gratificación si lo terminaban a tiempo.
Lo hicieron y aún tuvieron margen para trenzar una hermosa corona de flores que lució sobre el cabello suelto de Isabel como la más lujosa de las tiaras.
Calen, erguido y solemne, ataviado con su mejor plaid , apenas podía apartar los ojos de la novia.
Como testigos, un selecto grupo de miembros del clan, entre los que se podía distinguir los sonrientes rostros de Travis, el constable y una nutrida representación de los sirvientes más cercanos del castillo.
No hubo necesidad de sacerdote. Bastaron las sentidas y sinceras palabras que pronunció Lethan, como oficiante improvisado, y las de los novios al recitar la troth [21] y sellando con ello su promesa de amor.
La anciana que hacía las veces de curandera en el castillo fue la encargada de llevar a cabo el handfasting [22] .
Apareció acompañada de varias mujeres del clan que portaban cuencos con sal, pan, monedas y llaves, objetos utilizados en la época como símbolos propios de protección y prosperidad.
Especialmente emotivo fue el momento en que Calen rebuscó en la bolsa de cuero que llevaba colgada del cinturón y sacó un anillo de apariencia sencilla, discreto y, sin embargo, elegante, que colocó en el dedo de su esposa.
A Isabel le sorprendió. No contaba con ello.
Sabía que, en esa época, aunque en Europa ya empezaban a utilizarse las alianzas como símbolo de compromiso o de unión, en Escocia, esa costumbre aún no estaba generalizada.
A Calen le gustó ver esa emoción contenida en los ojos de Isabel mientras le colocaba el anillo.
Gracias a ella había conocido la práctica, tan común en su siglo, de intercambiar anillos.
Incluir aquel gesto del siglo XXI en la ceremonia, le pareció un detalle perfecto para que se sintiera más a gusto.
Elegir la mejor opción para llevarlo a cabo, había sido un verdadero quebradero de cabeza para Calen.
Primero pensó en forjar él mismo una sortija.
Sin duda habría tenido un matiz más romántico que seguro Isabel no habría pasado por alto, pero debía ser honesto y reconocer que no habría tenido la calidad que exigía la ocasión.
También le cruzó por la cabeza encargar el anillo al artesano del pueblo. Había visto muchos de sus trabajos y eran muy buenos, aunque dudaba que con un plazo tan corto hubiera podido llevar a cabo un trabajo digno.
Empezaba a estar desesperado cuando recordó el joyero de su madre.
No lo había visto en años, pero recordaba que su padre lo guardaba oculto en una de las piedras de la chimenea de la biblioteca.
De vez en cuando, cuando creía que nadie lo observaba, Lethan y él lo habían visto sacarlo y palpar con veneración las piezas que escondía.
La tarde anterior, con la ayuda de Lethan, mientras Isabel estaba entretenida probándose el vestido para la boda, se había escabullido hasta la biblioteca y tanteado las ennegrecidas piedras de la chimenea hasta dar con la correcta.
La sacó y dentro, envuelto en un paño, encontró el pequeño joyero.
Ahora recordaba aquella leve presencia etérea que había sentido en esos instantes antes de abrirlo y que él interpretó de inmediato como una señal de su madre, de su beneplácito por lo que estaba a punto de hacer.
En cuanto vio el contenido de la caja, supo cuál de entre todas las sortijas debía elegir: un sencillo anillo de oro, sin adornos, pero cargado de simbolismo. Su madre siempre había lucido aquella sortija.
Había tenido miedo de que no fuera de la medida correcta, pero ahora que lo veía en la mano de Isabel, le estaba perfecto.
Como si siempre le hubiera pertenecido. Y se sintió orgulloso de haber podido unir el futuro, una costumbre del siglo XXI, con el pasado de su linaje.
Todo en un simple aro que ahora lucía en la mano de su esposa. ¡Su esposa! ¡Qué bien sonaba!
En cuanto Lethan bendijo su unión y les deseó un próspero y duradero linaje, los hombres presentes golpearon sus puños contra los escudos y el claro se llenó de vítores y alegría.
Calen inclinó su rostro y besó a su mujer.
Tanto Lethan como los novios sintieron que, con ese acto, habían dejado cerrado el capítulo hasta entonces abierto con Vadala.
Aun así, sabían que no respirarían tranquilos hasta que el último segundo del plazo pactado, expirara sin sobresaltos.
Qué poco imaginaban lo cerca que estaba ya el momento de formular un nuevo conjuro.
No te quedes fuera.
El clan Callaghan te ha reservado un lugar especial para presenciar el “sí, quiero” de Isabel y Calen .
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