Chapter 28
Notó una brisa fresca en su rostro, abrió los ojos y se quedó sin aliento al reconocer el paisaje.
Su aspecto era tal y como lo recordaba así que dedujo que había llegado al lugar acordado, en la fecha indicada.
«Dos de dos. No iba mal la cosa» pensó, intentando ralentizar los latidos de su corazón.
El siguiente pensamiento volvió a acelerarlos.
«Estaba en el claro, pero Calen, no». No dejó que el pánico se adueñara de ella. Seguro que estaba en el castillo.
Cuando intentó pasar la pierna por encima de la moto, se desniveló.
El peso de la mochila de la espalda ganó la batalla y cayó al suelo.
Se reincorporó, no sin esfuerzo, y empezó a maldecir al tiempo que luchaba por desprenderse de las bolsas.
Notó que se le humedecían los ojos. ¿Es que nada le iba a salir bien?
Una voz profunda que llevaba grabada en lo más hondo de su corazón, cortó el llanto de cuajo.
—¿Isabel? —escuchó a su espalda— ¿Eres tú?
Isabel se había deshecho de las bolsas, pero aún llevaba la mochila a la espalda.
Al intentar mirar hacia atrás, el peso de esta la venció y cayó sobre ella.
La visión del filo de una espada junto a su cabeza la hizo tragar saliva, pero al levantar la vista vio el rostro de Calen al revés y le pareció un modo absurdo y maravilloso de reencontrarse.
—¡Calen! —exclamó con alegría, todavía divertida por lo cómico que resultaba verlo patas arriba.
Calen se arrodilló a su lado y una inmensa sonrisa iluminó su rostro mientras sostenía la cara de Isabel con ambas manos.
—¡Eres real! Estos días no he dejado de imaginarte en todos esos cafés tranquilos que frecuentábamos.
En aquel en el que el suelo de madera no dejaba de crujir bajo el peso de los zapatos.
O en aquel otro con la pared llena de relojes en los que ninguno marcaba la hora exacta.
Pero ahora, ¡estás aquí! No tengo que imaginarte.
Las lágrimas otra vez resbalaban por el rostro de Isabel cuando murmuró:
—Espero que cuando pensases en mí, lo hicieras con un aspecto menos patético que el que debo tener ahora.
Calen la abrazó con ternura.
—Por todos los dioses... ¡Estás aquí! ¡Has regresado! —exclamó feliz, sin dar crédito a lo que sus ojos veían.
Isabel afirmó con la cabeza y se dejó abrazar mientras aspiraba hondo para captar ese aroma inconfundible de Calen, que tanto había echado de menos.
—Pero ¿qué es todo esto? —dijo Calen, recorriendo con la vista todas las bolsas.
—Mi vida. Mejor dicho, mi pasado —rectificó—. Bueno, todo menos la moto que es un regalo para ti. También he traído algo para Lethan —añadió orgullosa de que en medio de toda la vorágine de tareas se le hubiera ocurrido.
Calen volvió a posar su vista en ella. Depositó un pequeño beso en sus labios y juntó sus frentes.
—Has venido —susurró incrédulo, sin todavía poder creerlo—. ¡Has venido! —gritó a pleno pulmón.
Volvió a besarla, esta vez con toda la pasión que llevaba dentro. Isabel volvió a caer hacia atrás, pero no le importó, la mochila amortiguó la caída.
Hacía más de una hora que se habían reencontrado y seguían analizando lo ocurrido. Isabel le contó que había encontrado su mensaje en la caja de madera, aunque él estaba seguro de no haberlo escrito. Y en realidad, llegaron a la conclusión de que era así.
Dedujeron que, quizá, ese mensaje él lo había enviado desde una línea temporal paralela que, en esta realidad, nunca llegó a ocurrir. Supusieron que, en ese otro mundo alternativo, Calen, al no poder regresar al futuro, buscó la manera de contactar con ella.
Sabía que en 2025 estaría trabajando para la Universidad de Salamanca, así que se aseguró de que sus descendientes, en realidad los de su hermano Lethan, puesto que él nunca llegó a casarse, transmitieran el legado de generación en generación.
De ese modo, en 2025, el Callaghan de turno haría llegar a la institución la donación que incluiría la caja grabada destinada a Isabel.
Isabel fue consciente entonces de que todos los artículos de la exposición eran propiedad de los Callaghan. Durante todos esos meses de trabajo, la esencia de la familia la había estado acompañando sin ella saberlo.
En esa línea de tiempo alternativa, habían pasado siglos hasta que Isabel tuvo en su poder la caja con el jirón de tela, en cambio en esta, solo habían trascurrido poco más de quince días desde que ella había desaparecido ante su vista.
Ninguno de los dos era experto en esos temas y, en los días sucesivos, seguirían dándole vueltas al asunto. En realidad, ocuparía muchas horas de conversación. Plantearon docenas de teorías y a todas terminaron encontrándoles algún fallo.
Por el momento, decidieron dejar a un lado las elucubraciones. Ya habría tiempo para ellas. Ahora, lo único que les importaba era que estaban juntos.
En esos días posteriores, aunque ninguno llegara a verbalizarlo, ambos también temieron que sus juegos con el destino pudieran haber repercutido en sus seres queridos y alterado de alguna forma su futuro.
Pero eso quedaría para más adelante. En ese instante no pensaban en las consecuencias de sus actos.
Solo existía la urgencia por abrazarse y besarse.
Estuvieron de acuerdo en que, al menos por esa noche, todo el equipaje de Isabel, excepto el morral con el oro y una pequeña selección de artículos que no levantaran sospechas en el castillo, se quedaría oculto en la cabaña.
Por suerte, desde que Isabel se había marchado, Calen había pasado gran parte de los días en la soledad del claro, acondicionando la cabaña. El techo ya no tenía goteras y la puerta cerraba como debía, lo que permitiría guardar ahí todo, con un mínimo de seguridad.
Calen cargó con dos de las bolsas en el primer viaje y regresó una segunda vez para meter también la moto dentro.
Esta tendría que quedarse allí de forma permanente.
Sonrió ante la ocurrencia de Isabel de traerla.
Esperaba que cuando la pusieran en marcha, el rugido del motor no se escuchara en todo el condado.
Lethan apareció una hora más tarde en el claro.
—¿Se puede saber qué haces? —inquirió todavía sin desmontar—. Estaba preocupado, te has ido al amanecer y nadie ha vuelto a verte en todo el día.
Calen se giró y lo miró sonriente, cosa que sorprendió a su hermano, ya que desde que Isabel se había marchado había perdido la costumbre de hacerlo.
—Ah, estupendo, dos manos más. Nos vendrán bien para acarrear cosas.
—¿Nos? —repitió Lethan, desmontando y mirando a su alrededor.
Acababa de fijar la vista en su hermano cuando escuchó que alguien lo llamaba. Tuvo el tiempo justo de girarse y soltar la espada que, como un acto reflejo había desenvainado, para sujetar a Isabel, que ya se había lanzado a su cuello.
La tomó de la cintura y la separó, manteniéndola en el aire sin esfuerzo, para comprobar que realmente no eran imaginaciones suyas.
Isabel mantenía los brazos rectos y las manos sujetas a los hombros de Lethan y desde las alturas, seguía sonriéndole.
Lethan miró a su hermano, buscando confirmación, como si hiciera falta.
Volvió a mirarla y soltó una inmensa carcajada que resonó en todo el valle, mientras volvió a acercarla a su cuerpo para abrazarla y girar con ella en un círculo completo.
—Pero, criatura, ¿qué haces aquí? ¿Cómo has venido?
—Calen me mandó a buscar, aunque ahora no se acuerde.
La posó en el suelo y ella afirmó de forma contundente:
—He venido para quedarme.
El menor de los Callaghan miró a su hermano que, con las piernas separadas y los brazos cruzados en el pecho, en una de sus poses favoritas, lo miraba orgulloso, como queriendo decir: «¿Has visto como no me equivoqué en la elección?»
Lethan volvió a reír y la abrazó de nuevo. Esta vez le pareció que estaba más rellena. La separó y la hizo girar adelante y atrás, mientras pasaba revista a su figura.
—Muchacha ¿qué has estado haciendo desde la última vez que nos vimos? ¿No has parado de comer? Estás bastante más rellenita.
Calen no se había dado ni cuenta, pero ahora que se fijaba, sí que parecía haber ganado algunos kilos.
Isabel rió sin ofenderse.
—En las bolsas no me cabía todo. Algunas cosas tuve que traerlas puestas.
Los dos hombres la miraban con cara de incredulidad, así que ella, para demostrárselo, remangó las faldas y mostró sus vaqueros.
Calen se tapó la boca con la mano para ocultar su sonrisa, pero Lethan rió sin pudor, doblado por la cintura, deleitándose en el aspecto tan cómico y desaliñado que presentaba la mujer.
Isabel no tuvo ningún problema en unirse a sus carcajadas. Tenía ganas de reír, y el motivo era lo de menos. Tuvo que volver a soportar las bromas de los hermanos cuando estos se pusieron a inspeccionar el resto de su equipaje.
—Bueno, hice lo que pude, no tuve mucho tiempo para planificar qué incluir y qué no —argumentó sin perder la sonrisa.
Regresaron al castillo antes de que anocheciera.
Pronto se corrió la voz de que «la mujer que vino de lejos», había retornado.
Nadie pareció extrañarse demasiado. Desde su primera visita todos eran conscientes de que algo especial la rodeaba, y lo asumieron como si fuera un rasgo más de su persona.
Nadie cuestionó la decisión de su laird. Así era su nivel de lealtad.
Lo primero que hicieron fue ir a comprobar si el retal seguía donde Calen lo había guardado.
Y no, no estaba. Esto provocó cierto desasosiego en los hermanos al comprender que la historia que contaba Isabel era cierta.
En algún momento, algo o alguien se había encargado de que el retal llegara a la Salamanca de 2025.
Lethan expresó en voz alta el temor que compartían ambos hermanos:
—¿Qué habría pasado si algo hubiera salido mal? Sí…, perdóname, me alegro de que no haya ocurrido, pero era una posibilidad.
Hizo una mínima pausa y soltó de carrerilla:
—¿Y si no hubieras llegado donde debías? El retal se habría perdido para siempre. No estaría ni aquí ni allí.
Una vez más, sus teorías los llevaban a terrenos inexplorados. Isabel se aventuró a conjeturar:
—Yo creo que eso no habría podido pasar. Han sido movimientos sincronizados. Cuando uno aparece, el otro desaparece. No pueden superponerse, pero tampoco desvanecerse los dos a la vez.
Se encerraron en la biblioteca, a salvo de oídos curiosos, para ponerse al día de lo sucedido durante el tiempo en que habían estado separados.
Los hermanos pidieron que les trajeran algo de comer, los tres se habían saltado el almuerzo y, entre bocado y bocado, siguieron especulando y formulando teorías sobre lo que implicaba ese nuevo viaje de Isabel.
Es el momento de recapitular.
De tener claros los hechos contrastados de los que siguen siendo meras suposiciones.
No quiero perderme esta conversación. ¿Vienes?
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—Bueno —dijo Lethan en su acostumbrado tono jovial—, a la lista de certezas, y gracias al voluminoso equipaje que nuestra intrépida viajera ha conseguido traer consigo, ahora podemos añadir que cualquier objeto o persona que esté en contacto con el peticionario viaja con él.
Calen asintió y añadió de su propia cosecha:
—También sabemos que la reliquia es necesaria para el viaje de ida, pero no para regresar. Isabel volvió a su tiempo sin ella, pero para retornar aquí, aunque lo intentó, no lo consiguió hasta tener de nuevo el retal.
—Y, gracias a mí —añadió Isabel—, también sabéis que la custodia de la tela recae en el laird, pero, como ha quedado constatado, cualquier persona puede solicitar la ayuda de Vadala.
—Cierto. Por el contrario, seguimos sin saber si hay un límite de peticiones por persona —matizó Lethan—, ni si las consecuencias recaen en todo aquel que fracase o solo en el laird.
Lethan se percató de que acababa de meter la pata.
Se suponía que Isabel no sabía las consecuencias que habría tenido para Calen que ella no hubiera regresado antes de la fecha límite.
Por si no se había dado cuenta, la mirada con la que su hermano lo fulminó, fue esclarecedora, tanto que ni a ella le pasó desapercibida.
—No hace falta que lo conviertas en estatua de sal. Sé que no estuvo bien, pero rebusqué entre vuestras cosas para releer las anotaciones que habíais hecho sobre el conjuro, a ver si me daban alguna pista de cómo debía proceder.
Ambos hermanos bajaron la mirada, como niños pillados en falta.
—Debisteis habérmelo dicho.
—Yo quería hacerlo —se defendió Lethan—, pero el testarudo de mi hermano insistió en que debías tomar la decisión sin presiones.
—Sin presiones, sí, pero con toda la información sobre la mesa —recriminó sin malos modos.
—Bueno, lo hecho, hecho está —zanjó Calen, consciente de que llevaba las de perder—. Tienes que estar agotada —afirmó poniéndose en pie—. Será mejor que lo dejemos aquí. Seguiremos mañana.
Isabel no se hizo de rogar. Era verdad que, como las otras veces que había viajado en el tiempo, sentía como si sus músculos se hubieran convertido en gelatina.
El pequeño de los Callaghan la envolvió en un abrazo sentido, al que ella correspondió del mismo modo.
—Bienvenida a casa, hermana.
Depositó un beso en su frente y añadió:
—Descansa, tendremos tiempo de sobra para hablar.
Lethan los vio abandonar la biblioteca abrazados por la cintura y sintió alivio…
y envidia. Alivio porque él, a diferencia de su hermano, siempre había creído en el poder de lo sobrenatural y en esas fuerzas místicas que afectan, influyen y controlan el destino de los hombres.
Aunque no lo había dicho en voz alta, por miedo a que solo con decirlo se hiciera realidad, estaba aterrado ante la posibilidad de que su hermano no lograra encontrar esposa.
Estaba convencido de que, en ese caso, cuando terminara el tiempo estipulado, Vadala se lo llevaría consigo.
Y envidia. Un sentimiento que no solía ser propio en él y, menos, dirigido a su hermano.
Recordó que esa mañana, al despertar abrazado a la cintura de Katy, una joven cariñosa y dispuesta que había entrado a servir en el castillo hacía pocos meses, había fantaseado con la posibilidad de volver a invitarla a su cama esa misma noche.
Pero, tras el inesperado acontecimiento que el día había deparado, no le apetecía compañía femenina.
Prefería estar solo. Se sirvió una generosa copa de hidromiel y se acomodó en uno de los sillones para seguir desgranando lo sucedido y las consecuencias que iba a acarrear.