Chapter 27 #2
Antes de meterse de lleno en esa cuestión, optó por tomar una ducha, posiblemente la última de su vida.
Después, se preparó algo de comer. Estaba famélica.
No pudo recordar cuándo había sido la última vez que había comido.
En el proceso, tampoco pudo evitar pensar: la última vez que enciendo la vitro, la última vez que pongo el lavavajillas, la última que acciono el interruptor de la luz, que enciendo el ordenador, que hablo por teléfono, que escucho El lago de los cisnes …
. En lugar de dejarse vencer por el desánimo, una sonrisa empezó a nacer en sus ojos y no paró de crecer hasta llegar a sus labios.
A cambio, se dijo, habrá muchas «primeras veces».
Terminó su taza de café y se encaminó hacia el dormitorio para acometer la tarea de preparar el equipaje. Fue difícil. Su primera selección tuvo que ser sometida a tres cribas más para reducirla y que fuera viable.
Un pequeño inciso por si quieres echar un vistazo a los famosos tatuaje.
ACCEDE AL CONTENIDO EXCLUSIVO
Para las doce, los voluntarios de la ONG ya se habían llevado las últimas cajas.
Todos esos detalles que a lo largo de los años había ido añadiendo aquí y allá para hacer de aquellas cuatro paredes su hogar, y que ahora le parecía increíble que hubieran sido tantos, ya no estaban.
El rastro de Isabel Illa en el piso había desaparecido, salvo por la caja con la pequeña selección de objetos personales que viajarían con ella.
Isabel había bajado al bazar de la esquina y comprado las tres bolsas de viaje más grandes que encontró.
Su mochila de acampada la había llenado de botellas de Coca-Cola, una de sus debilidades, paquetes de café, caramelos y una botella de champán que pensaba abrir en cuanto estuviera a solas con Calen.
Ahora llenaba otra de las bolsas con cuadernos, lápices y sus libros favoritos.
Incluyó también dos libros de arquitectura que Lethan se había dejado.
Y, por último, sus tres álbumes de fotos: toda su vida resumida en un puñado de imágenes.
En otra bolsa metió algunas de sus compras de última hora: un reproductor de CD con un adaptador para poder conectarlo a un cargador solar, también de reciente adquisición que, en teoría, serviría además para cargar el móvil.
Evidentemente, no podría llamar a nadie con él, pero sí hacer fotos y sudokus.
No estaba segura de que funcionara, pero al menos debía intentarlo.
Incluyó en la misma bolsa todos los CD que pudo meter: jazz, valses, rock, pop…
Sabía que no podría dejar a la vista nada de aquello, pero planeaba adueñarse de la cabaña de Fàthach Bràith.
Escondería allí todos sus tesoros y, solo allí, disfrutaría de ellos en secreto.
La última bolsa iba repleta de todos los medicamentos que pudo reunir: ibuprofeno, aspirinas, analgésicos, antiinflamatorios, vendas, gasas esterilizadas, Betadine …
Los huecos que quedaron los rellenó con productos de aseo y un par de frascos de su perfume favorito.
Esto último sabía que no era necesario, aunque seguro que haría la transición más llevadera.
Echó un vistazo a su armario ya vacío. Le hubiera gustado llevarse alguno de sus vaqueros, sus jerséis de lana, su blusa favorita de seda azul turquesa o el vestido que se compró por su cumpleaños y que aún no había estrenado…
pero no podía ser. Cerró las puertas con ojos lastimeros y se colocó el vestido que había traído puesto en su último viaje.
A lo que no pensaba renunciar era a su ropa interior.
Si hacía falta, se encargaría de lavarla ella misma a escondidas.
Como no quedaba sitio en las bolsas, se colocó las diez mudas, una encima de otra, y debajo del vestido añadió dos pares de leotardos.
Ya había sentido en propias carnes el frío de aquellas tierras y pensaba combatirlo con todo lo que pudiera.
Un par de gorros de lana sobre su cabeza y dos bufandas completaban el ajuar.
Y, sobre todo ello, se enfundó su chaquetón de cuero, forrado de borreguillo.
Lo necesitaría en la caminata hasta el castillo.
Ya lo escondería tras algún arbusto antes de llegar.
En un arrebato de última hora, rescató unos vaqueros de la caja que tenía cerrada para sacar a la basura y se los colocó también bajo la voluminosa falda.
Sabía que, como las bufandas o los gorros, nadie podría vérselos, pero, aunque solo fuera para usarlos en la casita del claro…
Era demasiado cruel pretender que se deshiciera de todo a la vez.
Si no quedaba más remedio, prescindiría de ello más adelante.
En los bolsillos había metido un par de guantes, algunos calcetines, una docena de cepillos de dientes, un reloj de su abuela, de los antiguos, de los que había que darles cuerda para que funcionaran y sus dos pares de gafas.
Y, para terminar, se calzó las botas que utilizaba para sus largas caminatas.
Sabía que echaría de menos muchos objetos de su vida cotidiana, pero no podía cargar con más.
Se colgó al hombro la bandolera con el cargamento de oro, su móvil y la caja de madera con la reliquia, echó un último vistazo a su presente y cerró la puerta del piso, rumbo a su futuro.
Metió las tres maletas y la mochila en el ascensor y pulsó el botón del garaje.
Justo cuando iba a salir recordó que había quedado con la dueña que le dejaría las llaves dentro del buzón.
Así que pulsó de nuevo para subir a la planta calle, rezando entre risas para no cruzarse con ningún vecino que la viera de esa guisa.
Su aspecto debía de ser como para hacerle una foto.
Por fin llegó al garaje donde la esperaba el regalo que pensaba llevar para Calen. Su moto.
Bueno, ahora venía lo difícil. Acomodar todo el equipaje. Solo eran suposiciones, pero, en teoría, cualquier cosa que estuviera tocando cuando hiciera la petición, viajaría con ella.
Se colgó una de las bolsas al hombro, cruzada por la cabeza.
Y otra en el hombro contrario. Después colgó la mochila a la espalda.
«Por Dios, aquello pesaba una tonelada».
Todavía le quedaba la tercera. No sabía cómo ponerla.
Optó por colgarla en el hombro. Imposible subirse a la moto con todo aquello.
«Mierda», se había olvidado de sacar la reliquia y la nota.
Ahora, con la bolsa no llegaba a sacarlo de su bandolera.
Volvió a descolgar la bolsa y la posó en el suelo.
Rebuscó hasta encontrar el folio con la petición y luego sacó con cuidado la reliquia y la posó sobre el asiento de la moto mientras volvía a colgar la bolsa en su cuello.
Si no se sentaba pronto el peso de la mochila la iba a vencer hacia atrás.
Sujetó el folio con los labios. Cogió el retal y pasó la pierna por encima de la moto.
Y una risa tonta empezó a nacer en su estómago y según subía, iba en crescendo hasta que se convirtió en una sonora carcajada que retumbó en el garaje casi vacío.
Estaba segura de que estaba sufriendo una crisis de ansiedad.
No dejaba de imaginar el aspecto tan cómico que debía tener.
La risa no cesaba, empezó a llorar y las costillas le dolían por el esfuerzo.
Tuvo que respirar hondo varias veces y aunque se le resistió un par de minutos, al final consiguió dominarla.
Pero entonces se dio cuenta de que no tenía puestas las gafas y al percatarse de que, para sacarlas del bolsillo, tendría que volver a empezar casi desde el principio, la risa floja resurgió.
Se negó en redondo. A este paso no iba a acabar nunca.
Lo había releído tantas veces que, pese a la penumbra del garaje y la falta de las gafas, se creía capaz de decirlo sin equivocarse.
«¡Allá voy!», se dijo a sí misma. «¡Que sea lo que Dios quiera!»
Una última inhalación para serenarse y empezó a leer en voz alta:
— Vadala, solicito tu ayuda para acudir junto a Calen Callaghan, quinto laird del clan Callaghan.
Trasládame al mismo día de hoy, pero del año 1290, al valle de Glenbràith, concretamente al paraje conocido como Fàthach Bràith.
Concede esta petición solo en el caso de que Calen siga con vida en esa fecha y siempre que se encuentre a menos de diez kilómetros del punto de mi llegada…
Pasó casi cinco minutos leyendo el pormenorizado escrito con todas las puntualizaciones que había creído necesarias hacer para acotar, en lo posible, una interpretación maliciosa o sesgada por parte de Vadala.
En cuanto terminó, sintió que su cuerpo se aligeraba. Cerró los ojos y rezó a Dios con más fervor que nunca para que cuando los abriera, Calen estuviera frente a ella. Pero su deseo no se cumplió.