Chapter 27
Comenzó visitando su banco para sacar todos sus ahorros, que tampoco eran tantos. Liquidó las cuentas y dedicó parte de la mañana a recorrer varios establecimientos especializados para comprar todo el oro que su capital le permitió.
Llamó a su casera para rescindir el contrato de alquiler de su piso, utilizando la misma excusa que en la universidad.
Y como había pasado con Germán, la señora lamentó de corazón su marcha.
Ya habría tiempo para dar rienda suelta a las emociones.
Ahora no podía permitírselas. Estaba desmantelando su presente para correr tras un futuro cuanto menos incierto.
Si se detenía un instante a pensar o sentir, sabía que se desmoronaría.
Continuó con lo siguiente de la lista: desmantelar el piso.
Por suerte, al haberlo alquilado amueblado, solo debía ocuparse de recoger sus objetos personales.
Contactó con una ONG que quedó en pasarse al día siguiente para llevarse algunos de los enseres.
Pasó dos horas despidiéndose por teléfono de los escasos conocidos y parientes, con la misma historia de un trabajo mejor y con la promesa de seguir en contacto.
Nunca se había alegrado tanto de su escasa vida social.
Lo cierto era que no tenía demasiados amigos, ni demasiados parientes.
A última hora de la tarde pasó por el cementerio para visitar la tumba de sus padres.
Durante todo el día le asaltaron momentos de duda. No de indecisión, sino de miedo: miedo a estar equivocándose, miedo a correr tras una quimera o directa hacia un precipicio…
No.
Rotundamente, no.
Esa noche volvió a pasarla en vela.
Estuvo confeccionando su escrito para la petición a Vadala.
Sabía que tenía que ser clara y lo más precisa posible si no quería acabar atrapada en el lugar equivocado, con el hombre equivocado.
Tenía muy presente el comentario que siempre hacía Calen: «Nunca te puedes fiar de Vadala.
Te tienta con lo que anhelas para luego engañarte y arrebatarte lo que ya posees».
A las cinco de la mañana se dio por satisfecha: toda la lista de puntualizaciones que había confeccionado con anterioridad estaba incluida.
Había decidido que «aparecer» en el castillo podía resultar peligroso, así que había optado por hacerlo en el claro de Fàthach Bràith.
Por lo que sabía, era un lugar frecuentado solo por Calen, y estaba segura que desde ahí, sabría llegar al castillo.
Se tumbó sobre la cama para hacer una última revisión de todo lo que había hecho y todo lo que faltaba por hacer.
Era consciente de que, en su estado de agitación, la opción de quedarse dormida era inviable, pero sí creyó que intentar realizar algún ejercicio de relajación de los aprendidos en yoga, sería muy beneficioso para la empresa que tenía en ciernes.
Se estiró, colocó los brazos a los lados, cerró los ojos y respiró hondo, al tiempo que contaba hasta cuatro, como le habían enseñado. Retuvo el aire durante siete segundos y lo dejó escapar lentamente mientras volvía a contar hasta ocho.
Tras unos minutos, su cuerpo agradeció ese pequeño descanso y se relajó, al menos mínimamente.
Isabel, en cambio, fue incapaz de hacer lo propio con su mente.
Esta siguió aferrada al universo de Calen, empecinada en no soltarlo ni un instante, como si temiera perder ese fino hilo que aún la mantenía unida a él: el del pensamiento.
Y el pensamiento, caprichoso como siempre, la llevó a recordar la tarde en la que conoció a Lethan.
Aquel día, que entonces pasó como uno más y ahora resultaba ser clave para su futuro, Calen había comido en casa y, por comodidad, ella propuso que se encontraran con su hermano en el parque de la Alamedilla que estaba muy cerca.
Después de que Calen pronunciara aquellas palabras, habían paseado más de una hora por el parque.
Entonces ella no había sabido interpretarlas.
Ahora, consciente de lo importantes y reveladoras que habían sido, no podía quitárselas de la cabeza.
El plan tácito era sencillo. Hacer las presentaciones y después, para no forzar la situación, que ellos hubieran terminado la tarde por su lado y Lethan por el suyo.
Sin embargo, el feeling con Lethan había sido inmediato y fue ella misma quien terminó proponiendo que se acercaran juntos al centro a picotear algo a modo de cena.
Habían terminado en un pequeño local cuya original decoración, con las paredes repletas de relojes, pensó que llamaría la atención de los hermanos.
Y así fue durante un minuto. Luego, ambos dejaron de admirarlos para clavar los ojos en los tatuajes que un grupo de moteros, que acababan de acomodarse en una mesa cercana, lucían en sus brazos.
Isabel, aún con los ojos cerrados, sonrió al recordar lo que ocurrió a continuación.
A ella le había sorprendido entonces que los hermanos parecieran tan extrañados de que aquellos hombretones exhibieran con tanto orgullo sus tatuajes.
—No entiendo cómo pueden pasearse tan ufanos. Van marcados como si fueran reses o esclavos —había comentado Calen, de forma despectiva—. Yo, si fuera ellos, no permitiría que nadie los viera.
Ella, sin entender su extrañeza, había comentado:
—Bueno, hace mucho que los tatuajes dejaron de significar posesión o esclavitud. Ahora se consideran más bien un símbolo de identidad, de orgullo o de recuerdo de algo o alguien importante para uno mismo.
Isabel volvió a visualizar la cara de extrañeza de ambos.
—¿Marcarse la carne por voluntad propia…? Incomprensible —sentenció Calen, con cierto matiz de rechazo.
—A mí me parece una manera cuanto menos curiosa de querer vincularte con un concepto o una persona para siempre —había afirmado Lethan, como si acabara de descubrir algo nuevo—. Quizá por algo realmente importante para mí, estaría dispuesto a hacerme uno.
—¿Tú? ¿Un tatuaje? No me lo creo —había replicado Calen, tras un bufido despectivo.
Habían seguido conversando mientras degustaban las tapas, aunque, de vez en cuando, las miradas de los hermanos volvían curiosas a la mesa del concurrido grupo de moteros.
Antes de marcharse, ella se había levantado para ir al servicio y, al volver, se había encontrado la mesa vacía.
Cual había sido su sorpresa al localizar a ambos en medio de aquellos hombretones, rodeados de brazos tatuados.
Ella se había unido al grupo y los diez minutos siguientes permanecieron allí, escuchando las historias que había detrás de cada tatuaje.
Lo que no esperaba en absoluto era que, semanas más tarde, Lethan le mostrara orgulloso el tatuaje que se había hecho en su brazo izquierdo.
Isabel lo había observado con interés. A medio camino entre la muñeca y el codo, a todo lo largo del antebrazo, se podía leer la palabra « mo chlann ».
El tamaño de las letras no era muy grande, unos tres centímetros de altura, había calculado, pero el tipo de fuente elegido, de trazo robusto y contundente, y el negro profundo con que estaban grabadas las hacían resaltar sobre el tono claro de la piel.
—¿Qué significa? —había preguntado.
—Nada, si este no te enseña el suyo.
Entonces sí que se había sorprendido.
—¿Tú también te has hecho uno?
Calen había levantado la manga derecha de su camisa con fingida desgana, pero el brillo orgulloso de sus ojos lo había delatado.
En la misma posición y lugar que el de su hermano, con la misma tipografía y tamaño, en su brazo se podía leer « mo uaill ».
—Entiendo que, juntos, conforman una frase, un único mensaje —había deducido ella.
Ambos hermanos habían juntado sus antebrazos y la frase había quedado completa:
—Mi orgullo —había afirmado Calen.
—Mi clan —había añadido Lethan a continuación, con la misma altivez.
Por entonces, por supuesto, ella todavía no conocía la singular procedencia de los hermanos ni el significado tan especial que tenía ese mensaje. Volvió a sonreír al recordar cómo había seguido la conversación.
En aquel momento a ella se le habían venido a la mente esas personas que se tatúan frases en sánscrito, tras un viaje a Nepal, porque dicen que les marcó para siempre, o en japonés porque se sienten conectados a esa cultura, sin entender ni una palabra del idioma, para descubrir después que el tatuador no grabó lo que creían.
En esos términos había bromeado con ellos, sin saber que el gaélico escocés era la lengua nativa de los hermanos.
—¿Seguro qué significa eso?
—¿Qué quieres decir? —le había preguntado Lethan.
—Bueno, no seríais los primeros que se hacen un tatuaje en un idioma que no conocen y pasado un tiempo, descubren que en vez de: «Amor eterno», llevan grabado para siempre en la piel «sopa de pollo».
No sé…, ¿estáis seguros de que, en lugar de «Mi orgullo, mi clan», no os han tatuado, por ejemplo… , «sandalias baratas»?
Los dos, al unísono y sin mediar palabra, habían caído en tromba sobre ella, acribillándola a cosquillas hasta hacerla retorcerse de la risa.
A Isabel el recuerdo le había dibujado una sonrisa, pero al tiempo, aun con los ojos cerrados, algunas lágrimas se habían escapado mejilla abajo. Y la negatividad volvía a pugnar por hacerse un hueco en su mente: ¿Y si no vuelvo a verlos? ¿Y si nunca más pueden volver a acribillarme a cosquillas?
Se incorporó y se sentó al borde de la cama, rompiendo así esa línea de pensamiento y dando por terminado el descanso.
Ya solo quedaba hacer el equipaje. ¿Qué cosas descartas y cuáles decides llevarte cuando no piensas volver?