Chapter 26
La presión en el pecho fue en ascenso hasta que empezó a jadear. Abrió la ventana y boqueó como pez fuera del agua, como si la habitación se hubiera llenado de gas y sus pulmones suplicaran un soplo de aire fresco.
Agarrada al alféizar con ambas manos, siguió jadeando, esforzándose porque los niveles de oxígeno de su organismo volvieran a valores óptimos.
No entendía nada. ¿Cómo había llegado la caja de Calen a formar parte de la colección?
Su mente, el estrés, la pena… no sabía quién era el culpable, pero algo o alguien le estaba jugando una mala pasada.
Se inclinaba por pensar que era su propia mente la culpable.
Pero, ¿y si no había sido un engaño de su mente?
¿Y si, de verdad, era la caja de Calen y él seguía esperándola? ¿Y si Calen seguía vivo?
Tras unos minutos su respiración se normalizó.
Se giró hacia el interior, pero sin atreverse todavía a alejarse de la ventana ni a soltarse del alfeizar.
La caja seguía sobre la mesa. Era tan sencillo como acercarse y abrirla.
Si ella era la destinataria del mensaje, ya sabía lo que iba a encontrar en su interior.
Solo tienes que dar siete pasos y abrir la caja , se animó.
Así de fácil . Podía ser sencillo , se recordó a sí misma, pero, desde luego, no fácil .
Aún pasaron otros cinco minutos antes de que tuviera el valor de dar el primer paso y luego el segundo… y así hasta siete. Y todavía permaneció otro minuto más con la caja en la mano sin atreverse a abrirla. A la de tres: … uno… dos…. tres .
En su interior, perfectamente doblado, estaba el viejo, raído y zarrapastroso trozo de tela que ella tan bien conocía.
Sintió como si, literalmente, alguien o algo la empujara.
Trastabilló, dio dos pasos hacia atrás y en el retroceso se llevó por delante el taburete alto con ruedas que solía usar cuando utilizaba esa mesa y a punto estuvo de volcarlo y caer con él.
Cuando logró estabilizarse, retrocedió hasta chocar con la pared.
Entonces dejó que su espalda resbalara hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas recogidas entre los brazos.
Así, balanceándose atrás y adelante, permaneció más de veinte minutos.
Su cuerpo inmóvil. Su mente más activa que nunca.
¿No es posible? pensó con el ceño fruncido… ¿o sí? añadió con la esperanza asomando a sus ojos.
La inactividad física dio paso a un incesante ir y venir a todo lo largo de la sala. Hacía más de una hora que había descubierto el contenido de la caja y, desde entonces, repasaba mentalmente las conversaciones mantenidas con Calen, intentando extraer cualquier información relevante.
Se sentó tras la mesa y buscó un bloc donde anotar todo lo que pasaba por su mente.
Parecían datos aleatorios y sin sentido, pero a ella le ayudaban.
Cada minuto que pasaba estaba más convencida de que el mensaje iba dirigido a ella y de que su autor era Calen.
Pero, a estas alturas, él ya debía de estar en el inframundo, se repitió por vigésima vez.
¿O no? Esa segunda opción la llevó a otra línea de pensamiento y a nuevas preguntas: ¿Era posible que Vadala le hubiera perdonado la vida?
Descartó la idea en menos de un minuto. Por lo poco que sabía sobre ella, la compasión no era una de sus virtudes. Entonces… ¿qué fallaba?
Tras meditarlo largo rato, solo encontró una explicación.
Al hacer los cálculos había partido de una información errónea.
Estaba segura de recordar perfectamente las explicaciones de Calen.
No cabía error en su interpretación. Lo habían hablado muchas veces y él había sido muy claro.
Eso significaba que el error estaba en la parte que había deducido por su cuenta de las notas que habían tomado los hermanos al llegar al presente.
La lógica indicaba que se había equivocado en la traducción de esas páginas.
Fue a su portafolios, extrajo las cuartillas y sonrió al darse cuenta de que seguía llevándolas consigo al trabajo todos los días. ¡El poder del subconsciente!
Volvió a sentarse y se concentró en hacer una nueva traducción de las hojas manuscritas por Calen.
Media hora después, al fin localizó su error: había interpretado que Calen disponía de cuatro meses desde su llegada para localizar y convencer a su candidata.
Pero no. El plazo empezaba a contar desde que la eligió como compañera.
Su corazón volvió a galopar a toda velocidad.
Se levantó, descolgó el calendario de la pared y regresó a la mesa con él.
Habían viajado al pasado, para asistir a la fallida coronación, el veintisiete de septiembre. Marcó el día con un círculo rojo en el calendario y empezó a contar hacia atrás.
Los dos fines de semana que cogieron los sacos de dormir y se perdieron en medio de ninguna parte (hizo sendas muescas en el día veinte y en el trece).
La excursión a San Felices de los Gallegos (muesca en el seis de septiembre).
La escapada a Madrid para visitar el hipódromo (muesca en el treinta de agosto).
—¿Qué hicieron el fin de semana del veintitrés de agosto? —se preguntó con premura—. ¿Qué...? ¡Ah, sí! El viaje exprés a la playa. Sí, ahora lo recordaba: al final habían salido más tarde de lo que pensaban porque ella se había demorado en el trabajo, celebrando el cumpleaños de una compañera.
Respiró hondo, intentando concentrarse y no perderse en las anotaciones.
Tenía que seguir retrocediendo hasta el día que había conocido a Lethan.
Aquel día fue cuando Calen la eligió como compañera de vida.
Hizo una gran cruz sobre el día en el calendario y volvió a revisar los cálculos dos veces más.
Era vital no equivocarse. ¡Veintitrés de julio!
Estaba segura de que fue el veintitrés de julio.
Luego los cuatro meses se cumplían el veintitrés de noviembre.
Ni siquiera sabía a qué día estaba. Desbloqueó la pantalla del móvil para mirarlo.
Una nueva descarga de adrenalina la obligó a sujetarse con fuerza a los brazos del sillón. Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos a la altura de la boca. Cerró los ojos y respiró profundamente hasta recuperar el control.
¡Tres de noviembre! Faltaban veinte días para que se cumplieran los cuatro meses desde que Calen le había presentado a Lethan.
Hundió los dedos entre el cabello y los deslizó hasta entrelazarlos en la nuca.
¿Es posible? ¿Es posible? Abrió los ojos y en su mente resonó una voz interna: ¡Sí, es posible !
Una vez que su mente aceptó que Calen seguía vivo, tuvo que pasar al siguiente punto.
Calen la quería. Aunque su corazón posiblemente ya lo sabía, su mente se había resistido a creerlo, pero ahora sabía que, para no coaccionarla y que eligiera libremente, le había ocultado lo que le ocurriría si ella no aceptaba su oferta. ¿Qué más prueba de amor quería?
La tercera fase fue algo más difícil: ¿Abandonarlo todo por amor?
: Su hogar, sus amigos, sus objetos queridos, su trabajo, su vida, su mundo y todas sus comodidades…
¿Valía la pena? Por supuesto que sí, eso no lo dudaba.
Pero, cabía la posibilidad de que se hubiera vuelto a equivocar en sus cálculos, que su razonamiento volviera a ser erróneo.
Entonces, llegaría al año 1290 y Calen no estaría esperándola.
Se quedaría atrapada en aquella época y su renuncia no habría servido para nada.
Cerró los ojos e inspiró con fuerza, apretando los puños. No, ni pensarlo. Eso no iba a ocurrir.
Eran las seis de la mañana y la decisión estaba tomada.
Se entretuvo en hacer un informe minucioso del trabajo que quedaba por hacer.
No quería que la Universidad se viera perjudicada lo más mínimo por su marcha.
Eran muy pocos los objetos que quedaban por catalogar.
El grueso de la colección ya estaba expuesto y no necesitaba más elementos para destacar.
Eso era lo que ella recomendaba. Supuso que el Museo estaría de acuerdo y consideraría suficientes las piezas expuestas, superaban con creces el mínimo que exigía el benefactor.
Pero, por si decidían contratar a un sustituto que terminara la catalogación, quería allanarle el camino lo máximo posible.
A las ocho y media en punto estaba en el despacho del director del MUSAL.
Entregó el informe y, junto a él, la carta de renuncia.
Alegó que había aceptado un puesto de trabajo de carácter permanente fuera de España y respiró aliviada cuando él no pidió más detalles.
Después regresó al despacho para recoger sus pertenencias.
Guardó las notas manuscritas de Calen en su portafolios y metió la cajita en su bolso.
En ningún momento pensó que la estaba robando.
Consideró que legítimamente la caja era suya.
Abandonó el despacho, se despidió de los escasos compañeros con los que había tenido cierto grado de cercanía y paseó despacio por los pasillos de la universidad, sabiendo que sería la última vez que lo haría.
Por supuesto, hizo una última visita a la sala de exposiciones y se permitió sentir cierto orgullo por lo atractiva que resultaba a la vista.
Y, a continuación, con cierta nostalgia, se dirigió hacia la puerta de salida.
Germán salió a su encuentro cuando pasó por delante de la salita de vigilancia.
—Me he enterado de que nos deja.
—Vaya, las noticias vuelan.
—Sí, ya sabe cómo funciona esto —Germán señaló sus labios con el dedo—, nos gusta mucho darle a la sin hueso.
Isabel sonrió.
—Le deseo todo lo mejor y, si el cambio es para bien, me alegro por usted.
—Lo es —respondió con rotundidad.
El hombre parecía sinceramente afectado por su marcha, cosa que emocionó a Isabel que, antes de dar media vuelta y continuar camino hacia la puerta, no pudo evitar acercarse y darle un cariñoso beso en la mejilla.
—Gracias por todo, Germán. Ha sido un placer trabajar contigo.
—Lo mismo digo, señorita Isabel —respondió con cierta congoja.
Isabel solo se había alejado una veintena de pasos cuando escuchó que la llamaba.
—Señorita Isabel, señorita… espere…
Isabel pasaba por el arco de control en ese momento y cuando la alarma se disparó, se quedó petrificada.
Un escalofrío la recorrió de arriba abajo y su mente se llenó de imágenes de policías a su alrededor, cacheándola y esposándola tras encontrar la cajita en su bolso.
Se giró y vio a Germán avanzar hacia ella todo lo rápido que su artrosis le permitía.
No era capaz de inventar una excusa viable que justificara que la caja hubiera terminado en el interior de su bolso más allá de que se hubiera caído ahí por accidente, así que, la opción de echar a correr hacia la salida ganaba terreno.
Germán llegó a su lado mucho antes de lo esperado truncando sus planes.
—Eso intentaba decirle. Su tarjeta, ya la habrán desactivado.
No pasó desapercibida para el guardia la fuerza con la que Isabel soltó el aire de sus pulmones.
—Se ha asustado. Lo siento, ha sido culpa mía. Debí advertírselo.
—Sí —reconoció Isabel, con una risita floja, al tiempo que le entregaba la tarjeta identificativa—, por un momento pensé que iban a acusarme de ladrona —se atrevió a bromear.
Germán se echó a reír y, al momento, se puso serio y simuló que le apuntaba con un arma.
—¡Queda detenida! ¡Confiese!
Isabel no supo de dónde sacó las fuerzas para seguir bromeando, levantó los brazos y exclamó:
—A mí que me registren.
Germán abandonó su actuación de poli duro y volvió a sonreír, al tiempo que abría la puerta y le cedía el paso:
—¡Ande! ¡Márchese antes de que me arrepienta!
Ella salió y se despidió con la mano. Germán le devolvió el saludo antes de cerrar.
Isabel se detuvo un instante para recuperar el resuello. Consideró el desenlace una señal de buen augurio. Las cosas ya solo podían ir a mejor. Volvió a tomar aire para serenarse. Lo iba a necesitar, el día iba a ser movidito.