La candidata perfecta Chapter 25
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Chapter 25

Encaró el lunes con la ayuda de una dosis extra de determinación. Saber que le esperaba otra intensa y larga jornada laboral para otros habría sido motivo de desánimo. Para ella suponía una liberación, la excusa perfecta para mantener la mente ocupada.

Ese día se saltó su propia norma de pasar primero por la sala expositiva para tomar el pulso a las conversaciones de los primeros visitantes, y se dirigió directamente a las escaleras.

Seguía considerando un privilegio poder utilizar los mismos peldaños y la misma barandilla de hierro forjado que habían usado personajes tan ilustres como Góngora, Fray Luis de León o Unamuno. ¿Quién sabe? Quizá hasta alguno de ellos había estado dentro de su despacho, fantaseó taciturna.

La estancia que le habían asignado, a pesar del moderno sistema de climatización y de otros elementos añadidos para la mejor conservación de las piezas, mantenía su aspecto sobrio y antiguo gracias al mobiliario de madera maciza, oscurecido por el uso de muchos antes que ella.

Y, como contrapartida al eco de esas voces antiguas que seguían resonando entre esas paredes, por el gran ventanal llegaban las conversaciones de los estudiantes en el patio o el sonido de las campanas de la Clerecía marcando el paso del tiempo.

Al entrar, cerró la puerta tras de sí y se dejó envolver por el silencioso sosiego.

Encendió el ordenador. Revisó los datos de temperatura y humedad registrados automáticamente por el sistema y los actualizó en sus tablas de Excel.

Ya libre de distracciones técnicas, se sumergió en el trabajo de campo.

Unos golpecitos en la puerta la sobresaltaron. Levantó la vista y vio asomar el rostro sonriente de Celia, la secretaria.

—¿Has salido a comer? —preguntó, aunque sabía la respuesta.

—No, ahora bajaré —respondió Isabel de forma mecánica.

—Son las cinco de la tarde —informó Celia, con tono acusador, aunque sin perder la sonrisa.

—¿Las cinco? —repitió Isabel, comprobando la hora en su móvil—. ¡Mierda, me ha vuelto a pasar!

Celia se acercó y mostró la mano que había mantenido a la espalda.

—Me lo temía —dijo, posando sobre la mesa un pequeño paquete envuelto en papel de plata—. Pero aquí estoy yo para solucionarlo.

Isabel lo abrió y el intenso aroma a lomo embuchado llenó el despacho, recordándole que llevaba horas sin probar bocado.

—¡Mmmmm! ¿Cómo has sabido que es uno de mis bocadillos favoritos?

—No lo sabía, pero confiaba en que el olorcito del embutido despertara ese apetito tuyo, adormecido entre tantos papeles y cachivaches.

Celia se dio media vuelta y, antes de salir, ordenó:

—Comételo ya, y no te quedes hasta tarde, que nos conocemos.

—A la orden. Y gracias —voceó Isabel a una puerta ya cerrada.

Sacó de la pequeña nevera encastrada en uno de los nuevos muebles auxiliares, cortesía de su benefactor anónimo, una Coca-Cola para acompañar al bocadillo y lo devoró en pocos minutos.

No hubo más descansos en toda la tarde. Para las ocho había terminado con el último artículo que tenía sobre la mesa. Posada en el suelo ya solo quedaba una caja por abrir.

Se levantó, bordeó la mesa y se apoyó en ella, con las piernas estiradas, observando la solitaria caja, como si esperara una señal que le indicara qué hacer.

Le daba rabia no cumplir con los objetivos que se había marcado para ese día, pero sabía que, si empezaba con esa caja, no saldría de allí en horas.

La culpa había sido del último objeto catalogado con el que había sentido una extraña sintonía.

Era un escrito tamaño cuartilla. Más allá de su fino tacto, que ya evidenciaba un remitente de categoría, en un principio no había suscitado mayor interés.

La conservación del documento, excepto por alguna pequeña grieta en los pliegues, era excelente.

La caligrafía solemne y clara, salvo la parte donde figuraba el nombre del destinatario, en la que la tinta se había desvanecido o había sido borrada, era perfectamente legible.

Una vez más, le sorprendió el mimo con el que las distintas generaciones de aquella familia habían preservado cada pieza.

Al traducir el contenido, la lectura la trasladó de inmediato al pasado.

El texto convocaba al destinatario a acudir a la coronación de la Doncella de Noruega y no pudo evitar pensar que Calen habría recibido una carta igual.

Ese pensamiento fue suficiente para pasar el resto de la tarde en su compañía.

Sin dejar que la emoción la distrajera, realizó las comprobaciones habituales: verificó que la caligrafía y el estilo fueran coherentes con el año al que se suponía que correspondía la nota, y hasta redactó un correo a la National Library of Scotland, adjuntando fotos y pidiéndoles su opinión.

Para una confirmación más rápida, escribió también a Nacho, un colega especialista en paleografía con el que mantenía contacto.

Entre lo uno y lo otro… la tarde se había esfumado.

Isabel permaneció inmóvil, mirando la caja.

Y su mente empezó a buscar excusas que justificaran la decisión que, sin ser consciente, ya había tomado.

Si se marchaba a casa ahora, no podría quitarse de la cabeza la dichosa invitación ni los recuerdos que despertaba en ella: su viaje a Scone con Calen, las conversaciones que tuvieron lugar en esos campamentos nocturnos improvisados…

la frustración de él cuando le contó todo lo que la muerte de la joven Margarita traería consigo…

La caja era bastante voluminosa. Eso solía significar que los objetos eran grandes y, por lo tanto, escasos. Podía echar un vistazo y hacer una primera valoración para, al día siguiente, empezar a trabajar a fondo.

No había terminado de razonar cuando ya estaba agachándose para cogerla.

Y ¡cómo pesaba la condenada! Abrió las solapas y se asomó al interior.

Arriba de todo había un gran portafolios de cuero negro, de esos que suelen presidir las mesas en los despachos.

Así que dedujo que el resto del contenido serían también artículos de escritorio.

Pero al retirar la carpeta, lo que encontró fue una caja de madera hermosamente tallada.

La abrió y el olor a tabaco de pipa lo impregnó todo.

La cerró rápido antes de que escapase la totalidad de su aroma.

—Sí que eres hermosa. Lástima que no pueda quedarme contigo —suspiró, al posarla en una de las estanterías.

El siguiente artículo era otra caja de dimensiones parecidas.

Cuando la tuvo en sus manos y se fijó en el dibujo tallado en su tapa, el corazón golpeó fuerte su pecho.

¿Qué posibilidades había de que dos artistas del siglo XIII coincidieran en un diseño que evocaba, de forma tan exacta, el concepto actual del árbol de la vida como alegoría para decorar su obra?

Era una casualidad casi imposible, pero ella había tenido la fortuna de ver ambas piezas.

Dejó que las yemas de sus dedos se deslizaran sin prisa por la superficie, olvidando lo tarde que era y concentrándose solo en sentir.

Sus dedos localizaron unas hendiduras de una textura diferente al resto.

Acercó la caja para observarla con más detenimiento y se dio cuenta de que muy bien camufladas, simulando ser unas raíces más del árbol, había grabadas dos parejas de iniciales separadas por lo que parecía ser el signo de infinito.

CC ∞ II

Fantaseó melancólica imaginando un posible significado: Calen Callaghan e Isabel Illa. Sí…, ellos habrían podido tener una caja igual de hermosa donde guardar sus tesoros.

Primero la carta y ahora esto, la tarde estaba siendo intensa. Al límite de su resistencia emocional, se sentó en el suelo, antes de que las piernas le fallaran, y apoyó la espalda en el frontal del armario. Apretó la cajita sobre su pecho y se permitió la licencia de empezar a llorar.

«Sí», se dijo a sí misma, sin dejar de acariciar la cajita.

«Si Calen hubiera tenido tiempo, habría sido muy capaz de grabar las iniciales en la caja.

Pero no lo tuvo, por tu culpa», se fustigó.

«Porque Vadala lo arrastró al inframundo por tu estúpido orgullo», se culpó, cortando el paso a las lágrimas que habían resbalado hasta su mandíbula.

Lloró bajito, lloró sin prisas. Lloró como única forma de soltar toda la congoja que sentía dentro. Y, mientras lo hacía, no dejó de estrechar la caja contra su pecho ni de acariciarla.

Así fue como sus dedos percibieron un cambio de textura en uno de los laterales.

Parecía como si hubieran lijado la superficie para borrar parte del dibujo original y hubieran vuelto a tallar algo encima.

Nada que ver con la calidad del resto de grabados.

Esta inscripción estaba hecha con prisa, seguramente con un simple punzón.

¡Qué lástima! La pieza había quedado totalmente devaluada.

¿Quién podía haber hecho semejante sacrilegio?

pensó, mientras se levantaba para colocar la caja bajo la potente lámpara de la mesa auxiliar y poder leer mejor la inscripción.

Sus ojos se abrieron de asombro y tuvo que agarrarse al borde de la mesa. ¡Era imposible! Se aproximó de nuevo para releerlo. No había error. Por improbable que pareciera el mensaje estaba escrito en un perfecto castellano del siglo XXI y parecía estar dirigido a ella:

Mo gharàdh, sigo esperando tu SÍ QUIERO.

¿A estas alturas y todavía no has visto el despacho de Isabel?

¡Qué despiste el mío! Este es el momento perfecto.

Entra y aprovecha para echar un vistazo al objeto que lo cambió todo… otra vez.

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