Chapter 24 #2
Su «nueva amiga» no tardó en ofrecerle varias alternativas.
Leyó las opciones de carrerilla: El Tranco del Diablo, demasiado lejos.
El Pozo de los Humos, una ruta de senderismo de aproximadamente una hora u hora y media.
Descartada, no estaba para caminatas ni largos desplazamientos.
Volvió a interpelar a la IA y, esta vez, acotó drásticamente los términos de búsqueda: solo lugares dentro del casco urbano.
La lista se redujo a dos opciones. El altar esotérico del Tormes, según la IA, un altar improvisado y contemporáneo cerca de la Peña Celestina que Isabel no consideró una opción real en ningún momento.
Y la Cueva de Salamanca: la cripta bajo la iglesia de San Cebrián, un lugar, según la leyenda, en el que el Diablo enseñaba artes ocultas a grupos de siete alumnos.
De cada grupo, uno quedaba a su servicio para siempre.
La similitud con el trato que Calen había hecho con Vadala le pareció una señal.
Tendría que servir, no había tiempo para un estudio más pormenorizado.
Cogió las llaves y salió a la carrera.
Las posibilidades de que funcionara eran escasas, pero fue duro tener que reconocer que todo el esfuerzo había sido inútil.
Entró en casa dos horas más tarde, con paso lento y la mirada vacía de un autómata.
De camino a la habitación, dejó que el bolso resbalara por su brazo y cayera al suelo, y la cazadora acabó en el mismo lugar.
Al pie de la cama, se descalzó ayudándose con los talones y se dejó caer sobre la cama.
Se abrazó a la almohada, se hizo un ovillo y allí permaneció durante más de treinta horas.
A ratos, dormitando y, otros, llorando desconsolada, como si hubiera enviudado.
Y, si había que ser objetivos, eso era exactamente lo que era: una viuda, puesto que su gran amor llevaba más de setecientos años muerto.
Despertó desorientada sin saber si era de día o de noche.
Tampoco le importaba demasiado. Se giró y volvió a arrebujarse bajo la manta, dispuesta a dejarse arrastrar por Morfeo de nuevo.
Pero parecía que su esquivo amigo no tenía intención de regresar.
Bufó de forma lastimera. Últimamente nadie parecía querer hacerlo.
Nadie parecía querer regresar a su lado, se lamentó.
Daba igual. Dormida o despierta, decidió en ese mismo instante que no volvería a abandonar la cama. Nada tenía ya sentido si Calen no estaba con ella.
Ese pensamiento le hizo alargar la mano en un intento de encontrar su cuerpo junto al suyo.
Era curioso, siempre le había gustado tumbarse en medio de la cama y, sin embargo, desde que había regresado, a pesar de ser la única ocupante, por primera vez en muchas semanas, utilizaba solo la mitad derecha.
Palpó a tientas y acarició la sábana. Estaba fría y, aun así, sintió cierta tibieza, como si el algodón guardara todavía su recuerdo.
Se giró de medio lado y hundió la nariz en la almohada para aspirar su aroma. Seguía oliendo a él. Cerró los ojos con fuerza y casi pudo sentir el calor de su cuerpo pegado al suyo y el sonido de su pausada respiración rozándole el oído.
Se levantó de la cama de inmediato. Por muy malo que fuera lo que le esperara más allá de esas cuatro paredes, no podía ser más doloroso que la tortura que ella misma se estaba infligiendo.
Palparlo, oírlo, olerlo y verlo sin tenerlo a su lado. No, eso no.
Pese a estar destrozada emocionalmente, aún lo intentó una vez más. Se resistía a pensar que todo estuviera perdido. Se preparó un café y volvió a instalarse en la mesa del salón para revisar sus notas y releer las transcripciones: las condiciones del conjuro, las fechas…
Las comprobaciones solo confirmaron lo que ya sabía.
El plazo que Calen había pactado con Vadala para convencer a una mujer de acompañarlo al pasado ya se había agotado.
Todo era inútil. Era muy probable que en el mismo instante en que ella regresó al siglo XXI, Calen hubiera sido arrastrado al inframundo.
El primer día que tuvo que ir a trabajar, las náuseas y los calambres de estómago la obligaron a doblarse por la cintura en más de una ocasión, hasta que, a mitad de tarde, se dio por vencida y optó por irse a casa.
Evitó hacerlo por el trayecto habitual: hasta eso le resultaba doloroso.
Todo le recordaba a él. De hecho, una vez que abandonó la universidad, ralentizó el paso intentando alargar el camino porque, hasta la idea de llegar a casa, se le hacía cuesta arriba.
Tras más de media hora de zigzagueos aleatorios por entre calles, levantó la vista del suelo para situarse.
El destino, siempre caprichoso, entre todas las rutas posibles, hizo que Isabel eligiera, sin saberlo, la Gran Vía.
Allí, en la esquina con la calle Correhuela, los vistosos tonos anaranjados de la fachada de una agencia de viajes, llamaron su atención.
Se detuvo ante las amplias cristaleras y, sin saber por qué, la leve sonrisa de la dependienta fue invitación suficiente para entrar.
Inventó un viaje ficticio a Escocia y la joven, ampliando su sonrisa, se lanzó a una exhaustiva y larga exposición de los encantos de aquellas tierras. Solo con escucharla hablar, los calambres estomacales se calmaron.