Chapter 24
Notó un ligero vahído y buscó un asidero al que agarrars e . Se quedó sin aliento cuando reconoció el tacto de la pared estucada de su salón. Se tapó la boca con la mano y dejó que su espalda resbalara por la pared hasta acabar sentada en el suelo.
Sintió que le faltaba el aire y empezó a jadear muy asustada.
¿Y Calen? ¿Dónde estaba Calen? Esperó. Esperó negándose a creer que no fuera a seguirla.
Esperó, pero pasaron los minutos y tras casi media hora, se convenció de que era en vano.
Entonces, se levantó y secó con rabia los restos de las últimas lágrimas e intentó pensar con claridad.
Creyó que recorrer el pasillo adelante y atrás, le ayudaría a ordenar las ideas, pero no sirvió de mucho.
Su mente era un torbellino de ira, enojo, irritación, impotencia…
—¡Estúpido! —gritó furiosa, fuera de sí— ¿Es que no piensas venir a buscarme?
Su voz rebotó en las paredes, sin más respuesta que el silencio. Y de nuevo, como había hecho nada más regresar, apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta sentarse en el suelo. Y lloró. Lloró desconsolada, incapaz de pensar o razonar. Solo lloró.
—¡Maldita y traicionera Vadala! —gritó, en pleno acceso de ira—. Yo no quería —exclamó entre sollozos—. Yo no quería —repitió una y otra vez, hasta convertir la frase en una especie de susurrante letanía mística.
Tenía la mente tan embotada que todavía no había caído en la cuenta de que, aunque Calen hubiera querido venir a buscarla, le habría sido imposible.
Ella había pronunciado el conjuro y lo había dado por finalizado.
Calen no podía intervenir en el proceso y tampoco iniciar un nuevo viaje, mientras estuviera pendiente la resolución de su primera petición a Vadala.
La sensación de frío, la despertó. Estaba tumbada sobre el suelo del pasillo, hecha un ovillo.
Se sentó y apartó los mechones de cabello de la cara.
Se frotó las mejillas y se incorporó. Al pasar por la puerta de la cocina, de camino al baño, echó un vistazo al reloj.
Las dos de la mañana. Llevaba tirada en el suelo…
no tuvo fuerzas para calcular cuántas horas.
La imagen que le devolvió el espejo del baño era la de una persona triste y agotada, que coincidía a la perfección con su estado de ánimo.
Se acostó sobre la cama hecha un ovillo de nuevo. Sentía los músculos como si fueran de mantequilla. Necesitaba descansar. Mañana seguro que pensaría con más claridad y se le ocurriría algo para solucionar el problema.
A la mañana siguiente la mente seguía colapsada como el día anterior. No podía creer que hubiera sido tan estúpida como para pronunciar las palabras que la traerían de vuelta. Y, lo peor, aún no sabía cómo revertir esa situación.
Al fin, la neblina en la que había estado sumida durante las últimas horas empezó a disiparse, y comprendió que poco importaba que Calen quisiera venir tras ella o no. El problema no estaba en querer, sino en poder. Y él no podía. Ahora lo veía claro.
Pasó los dos días siguientes recordando conversaciones, reviviendo situaciones, intentando extraer cualquier gramo de información, por nimia que pudiera parecer.
Y llegó a la conclusión de que quizá Calen no le hubiera dicho con palabras que la quería, pero se lo había demostrado con creces con sus actos, lo que era más importante.
Aun así, no podía sacudirse la sensación de que le había ocultado algo de manera deliberada.
Algo fundamental. Y desde que había llegado a esa deducción, saber qué y por qué, se había convertido en una necesidad imperiosa.
Revisar los efectos personales que los hermanos habían traído de la pensión le pareció un punto de partida tan bueno como cualquier otro.
Extendió todo sobre la cama y lo ordenó por montones.
El de la ropa y enseres de aseo regresó de inmediato a la mochila.
Abrió la cajita, ahora vacía, que Calen había comprado para guardar el retal y la acarició con cierta nostalgia.
Casi se perdió en los recuerdos que le evocaba.
La cerró y la apartó de su vista. No estaba para distracciones.
Apostó todo a una carta. Devolvió todas las pertenencias al interior de la mochila, todas menos una libreta.
Regresó al salón y retiró el jarrón de flores secas que ocupaba el lugar de honor en el centro de la mesa.
De uno de los cajones de la librería, sacó un fajo de folios en blanco y un bolígrafo y se sentó dispuesta a no dejar una línea sin leer.
La frustración no tardó en llegar. Mientras duró el hechizo ella había podido hablar y comprender su lengua, y ellos también la suya sin problema. Ahora, en cambio, aquellas notas garabateadas eran un galimatías imposible de entender.
Apoyó los codos en la mesa y se presionó las sienes con ambas manos.
Había creído que en un par de horas tendría todo pasado a limpio, pero aquello le iba a llevar más tiempo de lo que pensaba.
Cerró los ojos y respiró hondo varias veces.
Hacía tiempo que no hacía traducciones y estaba un poco oxidada, por suerte, ahora contaba con las nuevas tecnologías para que le echaran una mano.
Se levantó y regresó con su portátil debajo del brazo. Lo encendió y se puso manos a la obra.
Se despertó con un dolor intenso en el cuello.
Se había quedado dormida encima del ordenador.
Giró el cuello en círculos, intentando que la tensión acumulada en esa zona remitiera.
Se llevó las manos a los riñones y arqueó la espalda hacia atrás.
Estiró las extremidades con la intención de desentumecerse, pero solo consiguió que le diera un tirón en la pierna.
Al segundo bostezo ya fue consciente de lo improductiva que había sido la noche y escenificó su derrota dejando caer la cabeza hacia delante hasta posar la frente sobre el teclado.
No había sido capaz de traducir más que alguna palabra suelta.
Ambos hermanos se habían ido turnando sin seguir ninguna lógica ni orden para escribir.
Para cuando comenzaba a acostumbrarse a los trazos del uno, intervenía el otro y tenía que volver a familiarizarse con su caligrafía.
Y si algo tenían en común la letra de ambos era que resultaban ilegibles.
Decidió vaciar toda su frustración por el sumidero de la ducha y de regreso al salón, se detuvo para agasajar a un estómago cruel e injustamente maltratado durante los últimos días.
Seguía con la mente algo embotada, pero, aun así, reanudó la tarea.
A la desesperada, decidió probar con otro método.
De perdidos al río, se dijo a sí misma. Hizo una foto a una de las páginas y una de sus aplicaciones habituales de inteligencia artificial .
Para su asombro, a la IA se le dio bastante mejor que a ella interpretarla y buscar similitudes con el alfabeto gaélico-escocés.
Seguía habiendo lagunas, pero la tecnología consiguió descifrar algunas palabras clave por las que se podían deducir las anteriores y posteriores con un margen de error relativamente pequeño.
Para media tarde, había conseguido traducir la mayor parte de las notas.
Pero la satisfacción por los resultados obtenidos quedó sepultada bajo la desazón.
Si no había interpretado mal los trazos, y no lo creía porque lo había cotejado varias veces, si la mujer que Calen elegía como compañera lo rechazaba, él moriría. Peor aún: debería acompañar a Vadala al inframundo, fuera lo que fuese eso.
Calen le había omitido esa parte del relato. Sospechaba que no había sido un olvido, sino que lo había hecho con toda intención. Eso debía de ser lo que Lethan iba a compartir con ella aquella fatídica mañana en la que todo se fue al traste por los insufribles Burg.
Cuando fue consciente de las consecuencias de su abrupto regreso al presente, su esófago empezó a trabajar como el tubito de las cafeteras italianas por donde el agua asciende a presión al hervir, solo que en Isabel lo que trepaba con la misma fuerza y rapidez eran la rabia y la frustración.
—No, no, no… —exclamó, hundiendo sus dedos en el cabello, cerrando el puño y tirando con fuerza de los mechones atrapados— ¡Qué he hecho, por Dios! —se lamentó desesperada.
Cerró la tapa del ordenador con brío y se tapó la cara con las manos, mientras repetía una y otra vez, consumida por la culpa.
—No puede ser, no puede ser…
Fue tal su desesperación que, sin mediar reflexión alguna, hizo la petición a Vadala para que la regresara al pasado. La gritó, la ordenó, la suplicó…
Golpeó la mesa rabiosa con ambos puños. Luego se llevó el derecho a la boca e hincó los dientes en el dedo índice exasperada, sin saber qué más podía hacer.
Secó con rabia una lágrima que pretendía escapar mejilla abajo.
Miró al techo y respiró hondo, intentando serenarse y, al momento, se le ocurrió otra cosa.
Bordeó la mesa y se sentó ante el ordenador de nuevo.
Parecía que, sin el retal, el conjuro no iba a funcionar, pero tal vez podía sustituirlo por otra cosa.
Volvió a recurrir a su colaboradora, la IA, esta vez para que le localizara lugares con energías paranormales.
Nunca había creído en esas pamplinadas, pero eso era en esa vida antes de Calen.
Una vida que ahora le parecía muy lejana.
En esta nueva vida, estaba dispuesta a probarlo todo antes de rendirse.