La candidata perfecta Chapter 23 #3
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Chapter 23 #3

—Recuerda que esto es nuevo para ella —intentó justificar—.

Está tratando de adaptarse, pero algunos de nuestros comportamientos —añadió bajando la voz—, para alguien que no es de aquí, puede que no resulten muy lógicos.

Hazme caso —insistió—. No es buena idea que la abordes ahora. Solo la harás enfadar más.

—Suéltame. No te entrometas —ordenó Calen, con los dientes apretados.

—Lo vas a estropear más todavía. Ambos necesitáis unos minutos para tranquilizaros y poder hablar con calma. Ella no entiende…

—Exacto, ella no entiende y yo voy a dejárselo bien claro.

Cuando Lethan volvió a interponerse en su camino Calen afirmó, irritado:

—¡Maldita sea! Te estás convirtiendo en un problema.

Lethan le mantuvo la mirada. La tensión entre ambos era palpable. El silencio se alargó hasta rozar los límites de la incomodidad.

—Tienes un problema, pero no soy yo —sentenció Lethan, molesto por la obstinación de su hermano y, ya, igual de enfadado que él.

Sin más, se apartó y regresó al salón. Lo había intentado, no podía hacer más. En los días posteriores, se arrepentiría de no haberlo intentado con más ahínco.

La alcanzó en el corredor que conducía a la alcoba.

Cuando se dio cuenta de que la había seguido, echó a correr e intentó atrancar la puerta antes de que él llegara.

Forcejearon. Isabel llevaba las de perder y, al segundo empujón de Calen, la puerta se abrió de par en par.

Pegó con tanta fuerza en la pared que retrocedió y la golpeó en el brazo.

—Vete, quiero estar sola —gritó, masajeando la zona dolorida.

—Entre estos muros no hay ningún lugar vetado para mí —advirtió él, con el dedo en alto—. No vuelvas a intentar prohibirme el paso a mi alcoba.

Isabel aún pensaba una réplica a la altura cuando él la increpó de nuevo:

—¿Cuántas veces voy a tener que explicarte que eso que estaba haciendo en el salón es tan importante como lo conseguido ahí afuera hace unas horas?

—Pues no sé —respondió ella a pleno pulmón—, supongo que las mismas que yo tendré que insistir en que curar una herida, para que no mueras desangrado, es más importante que reforzar cualquier hazaña que hayas podido llevar a cabo ahí fuera.

Si la situación no fuera tan tensa, habría sido hasta cómico verlos a ambos en la misma postura, sujetándose el brazo herido con la mano contraria, furiosos y jadeando como toros de lidia.

—¡Estoy muy, pero que muy harta! —afirmó sin disminuir el volumen de su voz—.

Esto ni son vacaciones ni son nada. ¿No te das cuenta de que cada vez que cruzas esa puerta no sé si volverás o me quedaré sola en este maldito siglo?

—recriminó, intentando que entendiera cómo se sentía—.

Me paso el día sola, preocupada y aburrida.

Que casi es mejor —añadió con sorna—, porque cuando te dignas a aparecer me ignoras, me regañas o me degradas.

—Yo no hago nada de eso —negó Calen, en un tono extremadamente bajo que contrastaba con el de Isabel.

—Por supuesto que lo haces, constantemente.

—Tengo mil frentes abiertos. Haga lo que haga tú siempre me exiges más.

Isabel lo miró desconcertada.

—No te reconozco —murmuró—. Desde que hemos llegado aquí, no te reconozco.

—Soy el mismo —afirmó sin poder disimular su desesperación—. Lo que ocurre es que tú pretendes que estemos en una fiesta constante y eso no puede ser. Tengo obligaciones. Soy el laird.

—¡Oh, sí! Tranquilo, lo sé. No dejas que lo olvide. El poderoso y súpermegafashion laird —añadió en un tono cargado de reproche.

—¡Cuidado, mide tus palabras!

—¿O qué?

Se desafiaron con la mirada. Se palpaba en el aire que el nivel de la discusión estaba en crescendo y que era cuestión de poco tiempo que cualquiera de los dos dijera algo que no sentía y de lo que se arrepentiría un segundo más tarde.

Isabel estaba fuera de sí. Acababa de decir que no reconocía a Calen, aunque, si era justa, tampoco se reconocía a sí misma.

Había pasado el día aterrada con la idea de que él no volviera y ahora que lo tenía delante, solo deseaba que la abrazara.

Pero, en lugar de hacer lo posible porque eso ocurriera, con su actitud y sus palabras, se estaba asegurando de dinamitar lo poco que quedaba de esa relación.

Calen se debatía entre tumbarla sobre sus muslos y darle unos buenos azotes o sentarla sobre ellos y comérsela a besos. No hizo ni lo uno ni lo otro.

—¡Maldita mujer! —exclamó, caminando hacia la puerta—. ¡Me vas a volver loco! No sé qué quieres de mí.

Se detuvo y volvió sobre sus pasos para intentar hacerla entrar en razón una vez más.

—¡Debes aprender a comportarte! —ordenó.

—¿Yo soy la que debo aprender a comportarme? ¡Lo que me faltaba! —exclamó sulfurada de nuevo.

—¡Aggg! Esto es exasperante —afirmó Calen, mirando al techo desesperado—. De verdad que no te entiendo. ¡No sé qué quieres que haga! ¿Dime qué quieres que haga, dime qué quieres hacer? —exigió, acercándose hasta casi rozarla.

Isabel tomó aire un par de veces y lo soltó de forma abrupta. Le hervía la sangre. Las palabras de Calen la estaban haciendo daño y quiso que su respuesta también se lo hiciera a él.

—¿De verdad te interesa saber qué quiero? Pues te lo voy a decir. En este momento, lo único que quiero es volver a mi casa, sentarme en mi cómodo sillón, y degustar una Coca-Cola bien fría, sola, sin nadie a mi lado que me dé la murga.