Chapter 23 #2
Abatida se dejó caer sobre la cama. Más le valía que no llegara a necesitar el dichoso conjuro, pensó.
Entonces lo vio, plegado y escondido en uno de los ingletes que unían los travesaños de madera que sostenían las cortinas de la cama.
Buen escondite. El folio solo se veía si te tumbabas sobre la cama, por lo que solo uno de ellos dos podría descubrirlo.
Isabel releyó el conjuro varias veces y no tuvo claro que su vuelta no estuviera vinculada a la de los hermanos.
Soltó algunos improperios e ironizó prometiéndose a sí misma que la próxima vez que elaborara el texto de un conjuro, sería mucho más precisa.
Bufó. «¡Cómo si fuera a haber más veces! ¡Ni loca!», afirmó rotunda en voz alta.
Respiró hondo y decidió dar el tema por zanjado.
Se había pasado el día elucubrando y haciendo suposiciones, la mayoría posiblemente absurdas, que solo la habían llevado a una escalada de histeria, que le había provocado un tremendo dolor de cabeza.
«¡Lo que tenga que ser, será!» sentenció de nuevo en voz alta.
Un escalofrío la obligó a aparcar definitivamente el tema.
Se acercó a la ventana para correr el tapiz que hacía las veces de cortinaje, intentando eliminar la posible corriente de aire.
Antes de hacerlo, dedicó un instante a mirar al horizonte.
La ventana estaba orientada hacia el oeste.
Desde ella se podía disfrutar de un hermoso bosque de encinas que cubría dos lomas cercanas, entre las cuales, se estaba ocultando el sol.
Otro día sin noticias de Calen, pensó. Antes de que, otra vez, el pánico ganara terreno, abrió la puerta y puso rumbo al salón.
Seguro que encontraría a alguien con quien mantener una mínima conversación para que su cabeza estuviera ocupada.
De nuevo, una corriente de aire frío la hizo arrebujarse en su capa con más esmero.
El corredor disponía de varios ventanales que le proporcionaban mucha luz, pero a la contra, orientados al norte como estaban, lo convertían en un congelador.
Estaba convencida de que nunca se acostumbraría a esas corrientes de aire continuas.
Aceleró el paso, dispuesta a pasar el mal trago lo más rápido posible.
Cuando pasaba por delante de la última abertura, de forma instintiva desvió la mirada hacia el exterior al detectar por el rabillo del ojo, movimiento en el patio.
A su cerebro le costó unas milésimas de segundo procesar la imagen, tiempo suficiente para que tuviera que dar marcha atrás y desandar un par de metros.
No había nadie en el patio a excepción de varios caballos que parecían estar esperando que los ubicaran en su habitáculo correspondiente en el establo.
En efecto, dos muchachos de no más de doce años, salieron de las cuadras y tomaron las riendas de sendos caballos para conducirlos al interior del establo, en medio de una animada conversación.
¡Habían regresado!
Isabel echó a correr escaleras abajo. Lo encontró en el salón.
Calen estaba sentado con todos sus hombres alrededor.
Hablaban a voces. Presumían y fanfarroneaban sobre lo fácil que había sido doblegar a los Burg.
Ella pensó que muy fácil no habría sido cuando les había costado casi tres días, pero, en fin, tampoco se iba a poner tiquismiquis.
Uno de los hombres soltó otra mofa y Calen fue de los primeros en reír a carcajadas, al tiempo que golpeaba repetidamente con la mano derecha sobre la mesa a modo de aplauso.
Entonces fue cuando Isabel se fijó en la herida tan fea que tenía en el antebrazo izquierdo y que lo obligaba a mantener la mano inerte, apoyada sobre el muslo.
La estampa le pareció de lo más surrealista.
Riendo y bromeando mientras se desangraba. ¡Increíble!
Se abrió paso entre los hombres para expresar en voz alta, algo obvio que parecía haber pasado desapercibido para todos.
—¡Calen! ¡Estás herido!
—¡Mo gharàdh! —exclamó sonriente, al tiempo que la sujetaba de la muñeca y tiraba hacia él para sentarla en su regazo—. Ven, bebe conmigo —invitó, ofreciéndole su propia jarra de cerveza.
—¡No! —respondió levantándose de inmediato como si el muslo de Calen le hubiera escaldado—. Hay que curar esa herida ya.
—Eso puede esperar —replicó contrariado—. Ven —insistió, haciendo un ademán con la mano sana para que volviera a su lado—, celebra el éxito con nosotros.
Isabel frunció el ceño. No daba crédito. El trozo de tela que llevaba anudado a modo de improvisado torniquete, estaba empapado de sangre, al igual que la manga de su chaqueta. ¿En serio iba a seguir bebiendo con sus amigotes mientras se desangraba?
—Debes curarla cuanto antes —dictaminó con los brazos en jarra—. Puede infectarse.
Calen la miró sin poder ocultar su enfado. En su expresión ya no había ni pizca de diversión. La cháchara y las risas habían cesado. Ahora todos estaban pendientes de su conversación.
—Hay que curarla ya —insistió empecinada—. Es urgente.
—Esto lo es más.
—¡Ah, genial! —exclamó fingiendo un entusiasmo que no sentía—. Pues nada, sigue haciéndote el machote, aquí, con tus colegas. Yo no pienso quedarme a ver cómo te desangras —sentenció cruzando los brazos.
Fue consciente de que, al contestar, había olvidado que no estaban solos.
Tal vez, no debería haberle respondido así delante de sus hombres, pero estaba agotada y sus palabras se habían saltado todos los filtros.
Había pasado el día en un puro sinvivir, muerta de miedo, esperando lo peor.
Ahora, además de cansada, estaba aterrada.
No entendía nada de medicina, pero aquella herida, a sus ojos, tenía muy mal aspecto.
El tajo tenía por lo menos diez centímetros de largo.
No se atrevió a mirar con el detenimiento necesario por miedo a marearse, pero estaba segura de que, con lo profundo que era, si el hueso no había quedado a la vista, le faltaba poco.
Y sí, Calen ya le había explicado hasta la saciedad lo importante que era «celebrar las victorias» para elevar el ánimo colectivo, pero, por Dios, preservar la vida lo era más.
¿Es que nadie en aquel salón se daba cuenta de esa obviedad?
Aunque estaba deseando darse la vuelta y salir de allí, no lo hizo.
Quiso darle una última oportunidad para que abandonara esa estúpida bravuconería.
Lo vio coger la jarra de cerveza y echar un largo trago.
Por un segundo le pareció que iba a entrar en razón.
Pero entonces, levantó la mirada y con una media sonrisa llena de prepotencia, afirmó:
—Si no piensas unirte a la fiesta, vete a lloriquear a la cocina con el resto de las mujeres y déjame disfrutar tranquilo.
Hubo un momento en que Calen sí que pensó que iba a echarse a llorar y tentado estuvo de levantarse y abrazarla con su único brazo sano.
Isabel no parecía comprender que, para mantener su nivel de liderazgo, tan importante como salir vencedor de una refriega, era parecerlo.
Ya lo habían hablado en más de una ocasión, pero seguía sin entender la importancia de esas «puestas en escena posteriores».
Sus hombres tenían que ser conscientes de que seguían a un jefe fuerte al que no era fácil doblegar.
Y si eso requería aplazar la cura un poco más, aunque estuviera sintiendo como si cien ratas mordisquearan a la vez su antebrazo, lo haría.
Más tarde, con calma, se lo haría entender a Isabel. Ahora debía ser firme. No podía permitir mostrarse débil ni condescendiente con ella delante de todos.
La vio cerrar los ojos y aspirar muy hondo para llenar al máximo sus pulmones para, acto seguido, exhalar con calma.
Cuando volvió a abrirlos, su mirada se había vaciado de toda la frustración y la rabia contenida que lucía segundos antes.
Ahora lo observaba como si, en ese breve instante, hubiera pasado a ser un caso perdido.
Un desahuciado. No pronunció ni un solo vocablo más.
Recogió levemente su falda y con un porte digno de una reina, se dio la media vuelta y abandonó el salón.
Los demás lo interpretaron como un triunfo por parte de su líder.
A él, aquel último silencio, le dolió más que si lo hubiera abofeteado en público.
Y, aunque lo intentó, no resistió el impulso de levantarse y salir tras ella.
Tenía que hacerle entender que no podía hablarle así delante de todos.
Lethan, desde su posición al fondo del salón, había sido testigo de la discusión.
Estuvo a punto de abordarla cuando pasó por su lado, pero se contuvo.
Isabel necesitaba unos minutos de soledad.
Cuando vio que su hermano se levantaba y pretendía salir tras ella, se interpuso en su camino para interceptarlo e impedirlo, pero Calen lo esquivó y salió del salón.
Lethan lo siguió y lo sujetó por el brazo para detenerlo.
Calen pegó un tirón intentando zafarse, pero no lo consiguió.
—Hermano, es mejor que la dejes sola unos minutos.
Calen se detuvo. Miró la mano que lo sujetaba y fue ascendiendo la mirada, muy despacio, hasta fijarla en la cara de su hermano pequeño. Y, desde luego, si las miradas matasen, Lethan habría caído fulminado. El menor de los Callaghan no se achicó.