Chapter 23
El hueco de Calen en la cama ya estaba frío cuando Isabel se despertó. Casi fue un alivio. Sin él merodeando por la habitación, no tendría que inventar excusas para justificar su cita con Lethan.
Le extrañó que hubiera tanto movimiento en el castillo, aunque lo cierto era que, desde su llegada, nunca había bajado a esas horas a la planta baja. Desconocía si era o no habitual.
Supo que algo inusual pasaba cuando salió al patio y la actividad todavía era más frenética. Se sumergió en la maraña de gente con la intención de localizar a alguno de los hermanos para que le explicaran qué sucedía.
Tras recibir un empujón inesperado cayó justo delante de un jamelgo que a punto estuvo de patearla. Si no ocurrió, fue gracias a los buenos reflejos de Lethan que se percató del peligro que corría y la apartó de inmediato.
—¿Estás bien?
—Sí. ¡Qué susto! —exclamó sacudiendo la tierra de su vestido—. ¿Qué ocurre?
—Los Burg —respondió, como toda explicación.
—¿Otra vez?
—Son cortos de entendederas —respondió Lethan con resignación—. Les cuesta coger el concepto.
Isabel apretó los labios contrariada.
—Supongo que habrá que posponer nuestra conversación.
—Supones bien —respondió él, al tiempo que se cercioraba de que Calen no estuviera cerca.
—No te habrás confabulado con los Burg para que te proporcionen una excusa y no tener que hablar conmigo, ¿verdad? —bromeó Isabel, con fingido enfado.
Pese al nerviosismo que se respiraba a su alrededor, su comentario consiguió relajarlo e incluso lo hizo sonreír.
—Me has pillado —respondió siguiéndole la broma.
Tras otro leve vistazo, afirmó señalando con el dedo a un punto entre la multitud:
—Voy a seguir con los preparativos, tu halcón particular se acerca.
Isabel se giró y vio venir a Calen. Sujetó a Lethan del brazo para no dejarlo marchar.
—Ten cuidado, ¿vale?
Lethan la miró a los ojos y aseveró con su dedo índice apuntando a la nariz de Isabel.
—No finjas que te preocupas por mí, solo quieres que vuelva de una pieza para interrogarme.
—Me has pillado —afirmó ella, levantando las palmas de la mano a la altura de la cara.
Se miraron, sonrieron y Lethan depositó un cariñoso beso en su frente antes de alejarse en dirección opuesta a la que venía su hermano.
Calen había sido testigo del percance que había sufrido Isabel, pero, para su desesperación, estaba demasiado lejos para impedirlo. Por suerte, su hermano había evitado el desastre.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado, sujetando a Isabel por la cintura con ambas manos—. Te vi salir y, justo cuando te iba a hacer una seña, te engulló la multitud.
—Sí, sí, no te preocupes —afirmó, restándole importancia—. Así que los Burg han vuelto a liarla. ¿Qué ha sido esta vez?
—Han destrozado dos graneros y prendido varios campos, y cuando los granjeros han intentado sofocar el fuego, han arremetido contra ellos a golpes.
—No se puede decir que haya durado mucho la tranquilidad.
—Supongo que ha sido cosa del menor de los Burg. Seguro que sus hermanos ni se han enterado. Pero si ellos no son capaces de meterlo en vereda, lo haré yo —concluyó con energía.
Isabel se quedó callada, observándolo. Calen se dio cuenta de la profundidad con la que lo estaba examinado.
—¿Qué ocurre?
Isabel bajó la mirada y parpadeó como si así pudiera cerrar el acceso a sus recuerdos.
—Nada —respondió nostálgica, encogiéndose de hombros—.
Te miro y veo a un intrépido guerrero. Me preguntaba dónde se ha escondido el hombre que conocí en la universidad.
Esa persona apacible que iba a buscarme al trabajo todas las tardes, con quien igual podía salir a la terraza de mi piso para contemplar en silencio las estrellas durante horas, que pasar una tarde entera recostados en el sofá hablando sin parar, sin que en ningún momento nos faltara tema de conversación.
Calen se acercó para apoyar su frente en la de Isabel.
—Está aquí —contestó tras una leve pausa, sin separarse—. Ahora está un poco preocupado intentando resolver un problema, pero te prometo que, si todo sale bien, muy pronto estará a tu lado y no volverá a ocultarse.
A Isabel le pareció que el problema al que se refería no eran los Burg. Por primera vez parecía dispuesto a reconocer que había algo más que lo preocupaba hasta tal punto que le había hecho modificar su comportamiento.
—¿Tiene un problema? —inquirió Isabel utilizando la tercera persona para referirse a él— y, ¿crees que si yo conociera ese problema podría ayudar a solucionarlo?
Calen se separó y la miró a los ojos. Lo hizo durante varios segundos, tantos, que creyó que no tenía intención de responder.
—Sí, muy posiblemente, podrías —admitió tras lo que pareció una eternidad.
Isabel exhaló despacio todo el aire que había retenido en sus pulmones.
—Bueno, entonces, tal vez debería contármelo.
—Tal vez —respondió, esta vez de forma inmediata.
Isabel supo que, por el momento, debería darse por satisfecha con esa respuesta. Era mucho más de lo que había imaginado conseguir cuando se levantó esa mañana.
Calen tuvo ganas de rodearla por la cintura y pegarla a su torso.
Quiso devorar con ansia su boca, pero se contuvo.
El día anterior un beso muy similar al que ahora tenía en mente, había desencadenado la última de sus disputas.
No correría el riesgo de volver a enojarla.
Depositó un corto y casto beso en sus labios y se alejó hacia su caballo.
Ya todos esperaban su orden para ponerse en marcha.
Isabel permaneció en el patio hasta que el numeroso grupo se ocultó tras la línea del horizonte.
Le hubiera gustado una despedida algo más efusiva por parte de Calen, pero se conformó con su beso, rezando porque a la vuelta le recompensara su paciencia con una larga charla en la que la pusiera al corriente de eso tan grave que ocurría.
¿Acompañamos a Isabel al patio para despedir a Calen?
Fíjate, están tan ensimismados el uno en el otro que no son conscientes de toda la gente y actividad que tienen a su alrededor.
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Se echó la noche encima y nadie regresó.
Y el día siguiente, pasó de nuevo sin noticias.
Ni buenas ni malas. La gente del castillo siguió con sus rutinas, sin mostrar la más mínima preocupación.
Allí nadie parecía barajar la posibilidad de que, en el enfrentamiento, tal vez alguno pudiera morir.
Isabel era la única que no dejaba de darle vueltas a esa posibilidad.
Estaba atacada de los nervios y asombrada por esa templanza que mostraban todos los demás.
Se preguntó cuántas veces tendría que pasar por una situación similar para llegar a acostumbrarse y vivirlo como algo rutinario.
No pudo engañarse. Estaba aterrada. Nunca podría ver aquello como algo normal.
Había pasado gran parte de la mañana asomada entre las almenas, haciendo guardia como un vigía más, dispuesta a echar a correr escaleras abajo en cuanto los viera aparecer. Pero no ocurrió.
Alargó la sobremesa, con la esperanza de escucharlos regresar, pero se dio por vencida y acabó subiendo a la alcoba.
Egoístamente, no podía dejar de pensar en la posibilidad de que hubiera podido pasarles algo.
Había sido una inconsciente lanzándose a semejante locura sin sopesar con calma todas las eventualidades que podían surgir en el transcurso de su aventura.
¿Y si en esta o en cualquier otra de sus «divertidas salidas» morían?
¿En qué lugar la dejaría eso a ella? Evidentemente, eso supondría su regreso inmediato a Salamanca.
Otra alarma saltó en su cabeza. ¿Y si su regreso a su tiempo estaba supeditado a regresar los tres juntos?
¿Y si no podía regresar sin ellos y se quedaba sola, prisionera en un tiempo que no era el suyo?
¿Cuán preciso había sido el conjuro? No recordaba si había especificado algo así en el texto que habían elaborado.
Rebuscó entre sus pertenencias el folio en el que lo habían anotado, pero no lo encontró.
Entonces recordó que, cuando llegaron al castillo, después de buscar un nuevo escondite para el retal de tela, Calen había mostrado su preocupación por que alguien pudiera descubrir la nota y le sorprendiera aquel papel tan fino y delicado, tan diferente al que se utilizaba allí.
Los tres estuvieron de acuerdo en que, por si acaso, lo ocultara en un lugar seguro, fuera del alcance de ojos y manos indiscretas.
Basándose en todas las películas de misterio que había visto a lo largo de los años, hizo una lista mental de los posibles escondites. A continuación, decidió bajar a la biblioteca y empezar a buscar por ahí.
Registró concienzudamente la mesa, tratando de descubrir algún cajón oculto. Examinó con meticulosidad las piedras de la chimenea por si había alguna suelta tras la que se pudiera camuflar una oquedad secreta. Intentando localizar paneles falsos, revisó las estanterías y golpeó cada palmo de pared.
Durante más de una hora escudriñó sin éxito en los lugares más absurdos e insospechados.
Todavía no se iba a dar por vencida. Se asomó al gran salón para echar un vistazo general.
No le pareció la habitación ideal para esconderlo.
A excepción de la larga mesa, las sillas, bancos y taburetes repartidos por la estancia, pocos escondites más quedaban.
El mobiliario era escaso. Además, tenía el inconveniente de que era una sala abierta y transitada.
Todo el personal del castillo, fuera a donde fuera, estaba acostumbrado a atravesarla si con ello acortaba camino.
Podían sorprenderla husmeando en cualquier momento.
Decidió que sería su última opción y se dirigió a la alcoba.
Tras más de otra hora de búsqueda, tuvo que reconocer que en un lugar tan grande como era el castillo, encontrar una hoja de papel podía resultar una misión imposible. ¡A saber dónde la habría guardado!