La candidata perfecta Chapter 22
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Chapter 22

Calen, tras provocar una brecha al infeliz que se ofreció a entrenar con él, había abandonado la práctica con la espada y decidido que lo mejor era pasar el resto de la mañana solo.

Eligió la torre como escondite. Seguro que no tardarían en requerir su opinión o notar su ausencia, iniciando a continuación un operativo de búsqueda que acabaría por descubrirlo y arruinar su plan de soledad.

Había estado un rato asomado en lo alto de la muralla, pero el frío viento del norte, al estar desprovisto de su capa, le había hecho refugiarse en el interior.

Giró el cuello en círculo hasta que consiguió que alguna vértebra se recolocara. Estiró los brazos, rotó los hombros y, de nuevo, parte de su columna crujió, provocando un alivio instantáneo.

Notaba cómo su cuerpo se tensaba por momentos, y no era debido a las preocupaciones de su cargo, llevaba bregando con ellas sin problemas desde hacía más de dos años. Lo que estaba destemplando sus nervios era lo rápido que se acercaba la fecha límite pactada con Vadala.

Nunca había tenido problemas para vencer al sueño, pero ahora sus horas de descanso se llenaban de angustiosas pesadillas.

Como la noche pasada en la que los secuaces de Vadala lo perseguían sin descanso.

Él corría campo a través, intentando alcanzar el cobijo del bosque.

Al fin, agotado por el esfuerzo, lo conseguía, pero no había dejado de correr porque el relincho de los caballos a su espalda, cada vez se escuchaban más cerca.

De pronto toda la bruma que lo rodeaba se había disipado y la diosa Vadala había aparecido ante él.

Había alzado la mano y una fuerza invisible los había hecho detenerse, tanto a él como a los jinetes a su espalda.

—Tu destino está sellado. Es la hora —la oía decir, sin que ni siquiera hubiera movido los labios.

Y, a continuación, había levantado los brazos y comenzado a recitar un cántico en la lengua antigua.

Una grieta había empezado a separar la tierra y una luz intensa y cegadora había empezado a escapar por ella, obligándolo a cerrar los ojos en su sueño.

La luz lo envolvió. Sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo y que empezaba a caer.

Y de pronto, no hubo bosque, ni jinetes.

La luz se fue apagando mientras él seguía cayendo en un hoyo sin fin.

Entonces había despertado, jadeando, muerto de frío y, a la vez, cubierto de sudor.

Por suerte Isabel no se había enterado de nada. Habría sido difícil explicar su sueño sin revelar el miedo que lo había provocado.

Isabel… Cada día la amaba más y, sin embargo, algo los estaba separando. Añoraba los días pasados en Salamanca. Allí, a pesar de lo extraño y complicado que le resultaba asimilar los miles de variantes nuevas que conformaban el día a día, todo fueron risas y felicidad.

Tal vez la culpa era suya. Estaba obcecado en no desvelar lo que ocurriría si decidía regresar a su tiempo.

Quizá todo fuera más sencillo si lo contara…

Sería tan fácil autoconvencerse de que esa era la solución…

Bastaba con insistir un poco más y conseguir retroalimentar ese pensamiento.

Casi podía imaginarse diciéndoselo, deseaba tanto hacerlo…

Pero no. No lo haría. Sabía que no podría vivir el resto de su vida sin tener la certeza de que su elección había sido libre y genuina. No, no lo haría.

Para ponérselo más difícil, entre todos los que podían subir a buscarlo, el destino eligió a Isabel. Tenía que alejarse de ella antes de que la tentación de compartir su pesadilla y el motivo que la había ocasionado, fuera irresistible.

—¡Estás aquí! Llevo buscándote más de media hora.

—Pues ya me has encontrado —respondió distante.

—No te encontraba —se justificó Isabel, algo sorprendida por su evidente mal humor.

—Tal vez no quería que nadie me encontrara.

Hasta a él le dolió su tono seco y cortante.

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Nada.

Isabel cruzó los brazos y bajó la mirada, intentando controlar su genio.

—¿Querías algo? —preguntó como si solo su presencia lo estuviera molestando.

—Pues sí, quería estar contigo, pero va a ser mejor que no. No voy a arriesgarme a que me pegues tu gilipollez.

Isabel había arremangado la falda para asegurarse un giro rápido y había abandonado la estancia a paso ligero.

Calen levantó la vista al techo, al tiempo que masajeaba su cuello con ambas manos y maldecía intentando contener todos los exabruptos que pugnaban por salir por su boca.

Volcó la solitaria mesa que había en el cuarto, provocando que varios cestos que reposaban encima y todo su contenido, salieran volando. No sirvió para apaciguar su rabia.

Isabel corría escaleras abajo cuando oyó un estruendo a su espalda. No se detuvo a identificar qué lo había provocado.

Se evitaron el resto del día: Calen no acudió a comer, Isabel no bajó a cenar… Y, por la noche, cuando él entró a la alcoba, ella fingió estar dormida.

El día siguiente no fue muy diferente. Sin embargo, a un observador neutral, como Lethan, no le pasó desapercibida la atracción que sentían el uno por el otro.

Evitaban hablar, sí, pero se buscaban con la mirada. Y las miradas hablaban… vaya si hablaban.

Se engañaban fingiendo no querer coincidir, pero cuando lo hacían, no podían evitar que sus manos se rozaran y que sus cuerpos, en un intento constante por esquivar al otro, chocaran.

Cuando esa mañana antes de abandonar sigiloso el dormitorio, Calen, creyéndola aún dormida, depositó un beso en su frente, a Isabel se le alegró el alma y pensó que, por fin, ese día todo se arreglaría.

No lo vio en toda la mañana, pero acudió puntual al salón a la hora del almuerzo y su decepción fue mayúscula cuando, pese a sus muestras de acercamiento, él siguió mostrándose tan grosero y distante como los días anteriores.

Cuando se levantó para abandonar la mesa sin tan siquiera acabar el contenido del plato, Isabel le echó mano al brazo para detenerlo.

—¿Ya te vas? Ni siquiera has terminado de comer.

Para Calen la comida había sido un martirio.

Las ganas de abrazarla y sincerarse habían sido más intensas que nunca.

Le había costado y mucho resistir y mantenerse firme en su idea de no desvelar lo que se avecinaba y que, en pocos días, sería una realidad: su más que posible marcha al inframundo como siervo de Vadala.

Ahora, esa mano posada sobre su brazo lo estaba abrasando, incendiando su, hasta hace poco, férrea voluntad.

Si no conseguía apartarla pronto, la iba a convertir en cenizas.

—Tengo cosas que hacer —aseguró en un tono estudiadamente displicente—. No puedo perder más tiempo — añadió, como si estar con ella fuera la forma más absurda de malgastar la vida.

La mirada de Isabel se apagó al instante, pero no contento con eso, aún echó mano de otro ardid que ya había quedado claro que la molestaba.

Tiró con brusquedad de su brazo para obligarla a ponerse en pie y la abrazó con rudeza antes de besarla de manera tosca y ordinaria.

La soltó de forma tan brusca que cayó hacia atrás y aterrizó con exceso de aplomo sobre la silla.

Isabel tuvo que agarrarse al borde de la mesa para recuperar el equilibrio tras tanto zarandeo, al tiempo que se secaba con la manga los restos de saliva que Calen le había dejado por media cara.

Después de semejante despliegue de ordinariez, lo vio alejarse como si nada y ella hizo lo propio y, una vez más, se encerró en la biblioteca, frustrada y enfadada a partes iguales.

Sonaron unos golpes en la puerta y pensó que era él, dispuesto a reconocer sus malos modales.

—Quiero estar sola —gritó malhumorada.

—¿Seguro? —preguntó Lethan, asomando la cabeza por la rendija de la puerta—. Te sentirás mejor si descargas tu enfado. Puedes desahogarte conmigo, soporto bastante bien los golpes.

—Perdona —se excusó Isabel, algo avergonzada de su arranque de mal genio—. Pensaba que eras otra persona.

Lethan entró y cerró la puerta.

—Ya me imagino quién —conjeturó con voz neutra—. No se lo tengas en cuenta. Le pudo el ansia por abrazarte.

—Pero ¿tú has visto qué maneras se gasta el bruto neandertal? Parecía que estaba saludando a la tabernera. En realidad, ni ella habría sido merecedora de ese derroche de vulgaridad —añadió cruzando los brazos, visiblemente irritada.

—Anda —exclamó ya a su lado, tomándole las manos y obligándola así a descruzar los brazos—, no te fijes en las formas, sino en la intención.

—Eso es lo que me preocupa, últimamente, no tengo muy claras sus intenciones —confesó bajando la mirada.

—Vamos, no puede ser tan malo —exclamó, zarandeándola con cariño.

Isabel se soltó y fue a sentarse a uno de los sillones que había junto a la ventana.

—Creo que fue un error venir.

—No digas eso —replicó, sentándose en el sillón de al lado.

—Es lo que siento. Desde que hemos llegado Calen no es el mismo. No sé cómo explicarlo. Es como si su propósito fuera convencerme de venir y ahora que lo ha conseguido hubiera perdido todo interés por mí.

—Eso no es verdad. Más bien es todo lo contrario. Cada día que pasa te necesita más y tiene más miedo a perderte.

Isabel se recostó en el respaldo y bufó, incrédula.

—Pues lo disimula muy bien.

—Créeme, es verdad.

—Permíteme que discrepe —insistió con terquedad, mientras desprendía de la manga de su chaqueta pelusas inexistentes.

Se hizo un silencio en el que los dos se concentraron en sus pensamientos.

Lethan se debatía entre sincerarse con Isabel o ser leal a los deseos de Calen.

Isabel, en cambio, sopesaba hasta qué punto podía desahogarse con él sin ponerlo en el compromiso de elegir bando.

No quería ningún tipo de enfrentamiento entre los hermanos por su culpa, pero intuía que Lethan sabía algo que podía ayudarla a comprender mejor el comportamiento de Calen y, con ello, a reconducir su relación.

Lethan se animó a intentar influir en Isabel procurando al mismo tiempo no revelar demasiado.

Respiró hondo y se inclinó hacia delante para resultar más persuasivo.

—Escucha, debes creerme cuando te digo que mi hermano te ama. Pero debes tener un poco de paciencia, darle algo más de tiempo. Tiene la cabeza en un problema que le quita el sueño y hasta que no lo resuelva, tal vez su forma de actuar resulte un poco incomprensible a tus ojos.

Isabel dejó su pasotismo a un lado, Lethan había conseguido captar toda su atención.

—¿Qué problema es ese? ¿Los Burg?

—No, es algo más serio que eso —admitió a regañadientes.

—Por Dios, Lethan, me estás asustando. Habla claro.

—No puedo —respondió levantándose para poner distancia—. Se lo prometí —afirmó, como si eso fuera justificación suficiente—. Debes tener paciencia. Seguramente, él te lo contará en unos días —añadió con rotundidad, dando el tema por zanjado.

Isabel no insistió y él respiró aliviado.

Por un momento había temido que le exigiera una explicación.

Se sintió orgulloso de cómo había controlado la situación de peligro.

A veces había que mostrar un poco de carácter y mano dura, pensó.

Como tampoco quería que Isabel se sintiera mal, se acuclilló ante ella para, en caso necesario, suavizar su afirmación.

La miró a los ojos y no vio el más mínimo atisbo de capitulación. Al contrario. Le asustó la firmeza con la que lo miraba y se amedrentó aún más cuando, con voz muy calmada, la escuchó decir:

—Si no empiezas a hablar ahora mismo, me levanto, pronuncio la mierda esa de conjuro y en menos de cinco minutos estaré descongelando una deliciosa pizza en mi flamante horno y quince minutos más tarde, estaré degustándola bien repanchingada en el cómodo sofá de mi salón mientras disfruto de una película extremadamente romántica en mi televisión.

—No puedes hacer eso —se quejó Lethan, sin saber cómo se había metido en ese lío.

—Ponme a prueba —replicó ella, igual de firme y calmada.

Lethan se alejó a paso rápido hasta la puerta y regresó soliviantado.

—Vamos a tranquilizarnos y a dejar las cosas como están, ¿de acuerdo? Todo se aclarará y se arreglará si dejamos que las cosas sigan su curso.

—No estoy de acuerdo. Si no me das una explicación, esto se acaba aquí y ahora.

—Joder, Isabel, no me hagas esto —exclamó alterado.

—Lo siento, necesito saber cuál es ese problema tan serio que tiene Calen.

Lethan hundió los dedos de ambas manos entre sus cabellos y los entrelazó a la altura de la nuca.

—Mierda, esto me pasa por intentar ayudar y meterme donde no me llaman —exclamó malhumorado, más para sí que para que lo escuchara nadie.

Isabel le concedió un poco de tiempo. Entendía su disyuntiva, pero no iba a permitir que le siguiera ocultando eso tan importante que él sabía y ella ignoraba.

Lethan continuó con su ir y venir. Iba hasta la puerta, se asomaba para comprobar que no había nadie cerca y, otra vez, emprendía la marcha en sentido contrario.

Lo repitió varias veces y a Isabel le pareció que había entrado en bucle y que necesitaba un empujoncito para que se le soltara la lengua.

—Está bien, como quieras —afirmó al tiempo que se levantaba y echaba a andar.

Lethan se interpuso en su camio para detenerla.

—Vale, tú ganas —cedió, visiblemente frustrado—. Te lo contaré, pero no ahora. No aquí. Alguien podría escucharnos.

Lethan volvió a mirar hacia la puerta, y tras unos segundos en silencio, añadió:

—Mañana vístete con ropa cómoda para montar y baja al patio. Te estaré esperando.

No dio tiempo a réplicas. Huyó antes de que Isabel volviera a acorralarlo.

Ella no tenía intención de insistir. Estaba segura de que no era ninguna treta y si tan serio y secreto era lo que tenía que decirle, mejor fuera de los muros, lejos de oídos amigos de saber. Volvió a sentarse y empezó a hacer cábalas de qué podía ser lo que Lethan iba a revelarle.

Tan abstraída estaba en sus elucubraciones que perdió la noción del tiempo y, si no llega a ser porque, por orden de Calen, una de las sirvientas vino a buscarla, se habría saltado la cena.