La candidata perfecta Chapter 21 #4
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Chapter 21 #4

Calen la besó en el nacimiento del cabello y la atrajo más hacia sí, demostrando que su comentario le había gustado.

Ella guardó silencio unos segundos antes de lanzar una hipótesis al aire.

—Tal vez algún hermano menor, o alguna hermana de uno de esos laird, fue el morador de esta cabaña ¿no crees? —preguntó con voz pizpireta.

Calen sonrió dispuesto a seguirle la corriente.

—Es posible. Si tuviera que apostar… yo me inclinaría por Tormod, el hermano de mi bisabuelo Ian. Tenía fama de reclamar siempre su propio espacio. Su hermano Niall también sería un firme candidato. Dicen que nadie le aguantaba mucho tiempo bajo el mismo techo —añadió socarrón.

—No me gustan esos candidatos. Parecen tener muy malas pulgas. No son dignos candidatos para vivir en un lugar tan especial.

Hizo una breve pausa y continuó fantaseando.

—¿Por qué no una mujer? Una de carácter fuerte que, cansada de tanta autoridad masculina en el castillo, decidió construirse un refugio para, como tú, escaparse de vez en cuando y poder estar sola.

Calen colocó la mano bajo su nuca, divertido por esa posibilidad, seguramente factible y lógica en el siglo XXI, pero desde luego, muy poco probable en el siglo XIII. Aun con todo, decidió continuar con el juego.

—Bueno, siempre se ha dicho que el carácter fuerte se reparte a partes iguales en ambos sexos entre los Callaghan. Si tuviera que apostar, diría que mi tía abuela Fiona sería una buena candidata.

Isabel notó cómo el pecho de Calen reverberaba, signo inequívoco de que se avecinaba una carcajada.

—Tengo entendido que fue una verdadera pesadilla, primero para su padre y, cuando este murió y su tutela pasó a su hermano, mi abuelo Duncan, también lo fue para este.

Rechazó todos los pretendientes que le asignaron, haciendo su santa voluntad cada día de su vida, y permaneciendo soltera hasta los cincuenta años.

Y cuando todo el mundo la había dejado por imposible, se casó con un inglés y se fue a vivir al condado de Durham.

Todo el mundo pensó que lo había hecho solo por fastidiar y llevar la contraria, pero no, resultó que lo hizo por amor.

Isabel percibió otro temblor bajo su oreja, procedente de las entrañas de Calen y supo que intentaba contener la risa.

—Regresó a la casa familiar cuando enviudó. Dicen que el obispo de Durham [20] , aliviado por librarse de la única persona que veía capaz de arrebatarle el poder, organizó una gran fiesta para celebrarlo.

Isabel se echó a reír y él se unió a las risas.

—Me cae bien tu tía Fiona, pero no creo que fuera de las que se retiraban a vivir a un sitio como este. Por como la describes, habría hecho que todos los del castillo se hubieran venido a vivir aquí buscando paz.

Ambos volvieron a reír a carcajadas.

—¿Tal vez tu abuela Morag? —propuso Isabel, levantando la cabeza para mirarlo.

—Nooo, seguro que no. Adoraba a mi abuelo. Si por ella hubiera sido, no se hubiera separado de él ni un segundo.

—¿Seguro? —insistió maliciosa— por lo que tengo entendido tu abuelo Duncan era un cascarrabias.

Calen la miró con el ceño fruncido, sorprendido y divertido a partes iguales.

—Pero ¿qué demonios te ha contado el insensato de mi hermano? A nuestra vuelta pienso tener unas palabritas con ese deslenguado.

—No, no, no le riñas —suplicó, aguantando la risa—. Lo más seguro es que yo haya interpretado mal sus palabras.

—Peor me lo pones —afirmó girándose y atrapándola bajo su cuerpo—. ¿Crees que te va a salir gratis meterte con mi afable y bonachón abuelo Duncan?

—Pagaré lo que haga falta —se apresuró a responder entre risas al sentir el primer mordisco de Calen en su cuello.

Sus miradas volvieron a encontrarse, como tantas otras veces y las palabras perdieron fuerza. Y es muy posible que, escondido entre las piedras caídas y cobijado por los silencios del claro, el espíritu del misterioso morador de la cabaña fuera testigo mudo de su interludio de amor.

Es curioso cómo ante un mismo hecho, solo modificando las circunstancias que lo rodean, cambia la percepción.

Cuando en el siglo XXI hicieron escapadas parecidas al campo, era Calen el que se sentía como si hubiera regresado a su tiempo.

Ahora, era Isabel la que, durante esas horas, revivió esas excursiones por los alrededores de Salamanca y se engañó pensando que el domingo por la tarde regresaría a su piso y el lunes por la mañana, a la universidad.

Pero no fue así. A la mañana siguiente, cuando volvieron al castillo, la atmósfera mágica había empezado a diluirse hasta que desapareció.

Isabel pensó que tal vez eran imaginaciones suyas, pero, en el fondo, no lo creía.

Percibió con claridad ese cambio de actitud de Calen en cuanto traspasaron el portón de entrada al castillo.

En Fàthach Bràith, había vuelto a ser el Calen que conoció en Salamanca.

Serio y responsable, sí, pero también algo despreocupado y más relajado y distendido de lo que lo había visto estar desde que llegaron a su hogar.

Algo, que seguía sin compartir con ella, lo preocupaba, oscurecía su mirada y lo estaba volviendo taciturno por momentos.