La candidata perfecta Chapter 21 #3
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Chapter 21 #3

Cuando entró en la cocina, le pidió a la primera doncella que encontró que trajera una cesta.

La muchacha volvió rauda con ella y él se encargó de llenarla.

Robó una hogaza de pan, dos manzanas, una porción generosa de queso…

Y dio instrucciones para que prepararan un envoltorio con lonchas de carne seca, un odre con agua fresca y otro con aguamiel.

Cuando todo estuvo listo, ordenó a uno de los criados que cargara con un pequeño barril de cerveza y los siguiera al patio.

Cogió la cesta, tomó a Isabel de la mano de nuevo y se puso en marcha.

Esta vez, en lugar de atravesar el salón, salió por la puerta lateral de las cocinas y atajó por el sendero que bordeaba la edificación.

Cuando reaparecieron en el patio, los hombres que lo habían acompañado en la expedición aún estaban desensillando y atendiendo a sus monturas.

Todos menos Travish, que cargaba una mula con lo que parecían ser mantas y ropa de abrigo para ambos.

Hizo señas al mozo para que le diera el barril y vació el contenido de la cesta en dos alforjas que tenía preparadas, que luego ató diligentemente a la silla de la mula.

Calen se detuvo junto al caballo y se giró hacia Isabel.

—¿Preparada?

—¡No! —respondió divertida por sus prisas.

—Lo siento —replicó Calen con picardía—, era una pregunta retórica.

Y, sin más, la agarró de la cintura y la alzó para sentarla sobre la grupa del caballo.

Isabel soltó un gritito de sorpresa y antes de que pudiera replicar, tenía el pecho de Calen bien pegado a su espalda y sus brazos rodeaban su cintura.

Enseguida llegaron a su destino. Calen detuvo el caballo en un claro, a no más de diez minutos.

—Es precioso.

—Yo lo llamo Fàthach Bràith [19] . Es mi rincón de pensar.

Isabel se giró para mirarlo.

—¿Tu rincón de pensar?

—Lo descubrí cuando tenía… no sé, quince, tal vez dieciséis años. Desde entonces, cuando estoy preocupado, agobiado o alicaído acostumbro a escaparme aquí. Este lugar me ayuda a pensar y suelo encontrar las respuestas que busco.

—Sí, la verdad es que se respira una paz que invita a la calma.

Calen se bajó del caballo y cogió a Isabel por la cintura para posarla en el suelo.

—¿Cómo es que, estando tan cerca del castillo, nadie lo había descubierto antes que tú?

—Yo no he dicho eso. Alguien hizo más que descubrirlo —afirmó, señalando una pequeña edificación en ruinas—, vivió aquí. Aunque, por el estado tan lamentable de la casa, calculo que hace varias décadas.

Isabel echó a andar hacia la cabaña.

—No, no entres. Es peligroso. Está en mis planes derribarla o arreglarla para que no se le caiga a nadie encima… pero es una de esas tareas eternamente pospuesta. Nunca tengo tiempo para ello.

Se encogió de hombros y confesó:

—Quizá es que no quiero hacerlo. Me resisto a tocar nada. Temo que el más mínimo cambio rompa la magia del lugar.

Isabel se lo quedó mirando.

—¿Qué? —inquirió él, tras unos segundos.

—Hoy estoy descubriendo varios nuevos Calen.

—¿Ah sí?

—Sí. Un Calen espontáneo, mucho menos calculador que el habitual… Y ahora un Calen que muestra su lado más emotivo, como pocas veces hace. Un Calen respetuoso con las auras y las energías…, casi místico, diría yo.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Calen, pegando su pecho al de ella— ¡cuántos descubrimientos estás haciendo! —añadió rodeando su cintura y entrelazando las manos a su espalda—. Y dime, ¿te gustan esos nuevos Calen?

—Mucho —afirmó Isabel, echándole los brazos al cuello.

—Pues espera a descubrir al Calen fogoso —dijo, al tiempo que comenzaba a girar en redondo, haciendo que los pies de Isabel se despegaran del suelo.

Ella echó la cabeza atrás y soltó un grito de júbilo.

—Creo que a ese ya lo conozco, pero no me importa en absoluto reencontrarme con él —afirmó entre risas.

Tras un par de giros más, Calen se detuvo y atrapó sus labios en un beso tierno, que dio paso a otro más largo.

Las manos de ambos, estáticas y entrelazadas hasta entonces, comenzaron a desplazarse en busca de nuevos lugares que explorar.

Las de Calen descendieron, buscando sus caderas y se entrelazaron detrás, atrapándolas con firmeza.

Mientras que las de Isabel, se colaron bajo la camisa de él, ansiosas de contacto directo con la piel.

No hubo tiempo de extender las mantas sobre la húmeda hierba. Ambos terminaron tumbados largos sobre ella, sin notar siquiera cómo su ropa se iba empapando.

Después, sí. Después se desnudaron, colgaron sus ropas de un arbusto y volvieron a tumbarse, esta vez sí, envueltos en las cálidas mantas que Calen había tenido la precaución de traer.

Para Isabel, aquel improvisado plan de Calen había sido todo un regalo.

Desde que habían llegado a este tiempo, eran más comunes las riñas, cualquier motivo, grande o nimio era válido, que los momentos de intimidad como este.

Y los echaba de menos. En su tiempo abundaban, pero aquí, eran un tesoro escaso.

Depositó un beso sobre el pecho de Calen y volvió a apoyar la cabeza sobre él.

—¿Sabes? Esta mañana Lethan me ha estado hablando de los lairds de vuestro clan.

—¿Sí?

—Sí y me ha mostrado la caja de madera que tallaste y regalaste a tu padre. Se me había olvidado ese otro nuevo Calen —añadió con tono más ligero—. El Calen ebanista.

Calen se removió algo incómodo.

—Me temo que ese Calen está encerrado bajo siete cerrojos —comentó, con cierto matiz melancólico.

—Es lo bueno de los cerrojos que, llegado el momento, si se quiere, se pueden abrir.