La candidata perfecta Chapter 21 #2
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Chapter 21 #2

—Tenía razón —dijo, aprovechando la pausa de Lethan—.

En toda generación debería haber al menos un miembro dispuesto a narrar historias y varios de la siguiente generación deberían estar dispuestos a escucharlas y empaparse de ellas para que la cadena no se rompa y sean capaces de pasar el testigo a los que vengan detrás.

Lethan sonrió y casi sin querer, se le escapó un pensamiento:

—Estoy seguro de que le habrías gustado a padre. Y, casi seguro de que, a pesar de su enrabiado carácter, él te habría gustado a ti.

Depositó la pipa en el fondo de la caja, con un cuidado casi reverente y, con ello, el recuerdo de Fergus Callaghan, cuarto laird de Glenbràith, dejó paso al de otro de los Callaghan.

Lethan rebuscó en la caja y extrajo un broche metálico ennegrecido por el paso de los años.

—¿Quién era el dueño de ese broche? —preguntó Isabel con interés.

—Este broche perteneció a Domhnall Callaghan, el tatarabuelo de mi padre —añadió sin disimular su orgullo—. Dicen que, en sus buenos tiempos, en esta oquedad llevaba engarzado un rubí, pero ahora, como ves, solo queda el armazón.

Se lo pasó a Isabel y mientras ella lo examinaba, preguntó:

—¿Te resulta familiar?

Isabel enseguida advirtió el parecido con el broche que Calen lucía desde que había regresado a este tiempo.

—Mi padre encargó una réplica para él como regalo por su decimosexto cumpleaños.

Se supone que debería reservar su uso solo para ocasiones especiales, pero a mí hermanito le gusta demasiado y acostumbra a usarlo a diario, bien para sujetar la capa o bien prendido en su túnica.

Suele pasar con los presumidos —añadió burlón.

Isabel le propinó un empujón en el antebrazo.

—¡Tu hermano no es un presumido! Seguro que para él tiene un significado más profundo que la simple coquetería.

La respuesta había salido sin pensar y al ver la picardía en los ojos de Lethan, comprendió que lo único que había buscado con el comentario era comprometerla. Tras esa deducción, volvió a darle otro empujón.

—Háblame de Domhnall —exigió, devolviéndole el broche.

Lethan guardó silencio unos segundos para ordenar de forma mental su relato, y comenzó:

—No muy lejos de aquí está el Priorato de Beannchain.

Desde su fundación, el trayecto hasta la costa se llenó de peregrinos y, con ellos, de artesanos y mercaderes que les ofrecían sus productos o servicios.

Domhnall era un hombre de armas de origen gaélico-irlandés.

No poseía tierras, pero se ganó el respeto y la gratitud de la comunidad local al encargarse de proteger los caminos de saqueadores y bandidos.

Con el tiempo, quienes prosperaron o se sintieron seguros bajo su amparo, se lo agradecieron con donaciones de tierra. Ese fue el germen de nuestro linaje.

—Pero, a pesar de sus logros y de ser el verdadero precursor del clan, nunca fue laird. ¿Por qué?

—Simplemente porque el clan Callaghan todavía no existía. A ver cómo te lo explico.

Lethan empezó a enumerar requisitos a la vez que iba marcándolos con los dedos de su mano:

—Para que una familia se convierta en un clan, debe tener tierras propias, cosa de la que Domhnall aún carecía; debe contar con la lealtad de las gentes de la zona, en eso empleó gran parte de su vida; debe tener un apellido estable y reconocido, cosa que también logró con el paso de los años.

Y debe contar con alianzas… e incluso enemigos entre los clanes vecinos.

Eso último, quizá sin proponérselo, también lo consiguió —bromeó para quitar hierro al asunto—.

Así que, sí, podríamos decir que dedicó su vida a allanar el camino para que su hijo, Malcolm Callaghan, se convirtiera en el primer laird de Glenbràith.

Malcolm solo tuvo que consolidar todo lo que su padre había construido.

Soltó un teatral suspiro, a la vez que guardaba el broche en la caja y añadió:

—El bueno de Malcolm habría tenido una vida larga, sencilla y apacible… si Vadala no se hubiera cruzado en su camino.

Isabel se dejó caer hacia atrás con teatralidad.

—¡Oh! ¡Vadala! Ese nombre me suena de algo.

—Sí, a mí también. Por su culpa, mi bisabuelo Ian se convirtió en el segundo laird de Glenbràith, con solo veinte años.

—Ian… tu hermano me habló de él. Lo mataron los Burg.

—Así fue. Mi bisabuelo Ian, además de poner a la poderosa Vadala contra las cuerdas, al exigir una compensación por la muerte de su padre, consiguió el respaldo de la Corona, cosa que no gustó demasiado a los Burg, y en una de las disputas por el control del paso comercial entre el priorato y la costa, le tendieron una emboscada y lo asesinaron.

—¡Malditos Burg! —exclamó furiosa.

Lethan sonrió, divertido por su reacción.

—¿Qué guardáis ahí de Ian? —preguntó a continuación, estirando el cuello para asomarse al interior.

Lethan sacó un pequeño puñal con una empuñadura de ébano, hermosamente trabajada, y se lo pasó para que pudiera admirarlo de cerca. Ella, mientras lo hacía, se percató de un detalle.

—No me has enseñado ningún objeto que haya pertenecido a Malcolm. ¿No tenéis nada?

—Por supuesto que sí —replicó, extrañado por la pregunta—. Conservamos un jirón de su plaid , de hecho, estuvo aquí dentro mucho tiempo, pero ahora que hemos descubierto su verdadero valor, hemos decidido guardarlo en otro lugar más seguro —respondió, poniendo especial énfasis en la última frase.

Isabel se tapó la boca con la mano al darse cuenta de su torpeza.

—¡Claro! ¡Qué lapsus! ¡El trozo de tela!

Lethan se cubrió el rostro con ambas manos antes de exclamar quejumbroso:

—¿Trozo de tela? ¡Por favor, no lo llames así!

—Perdón, perdón. Tienes razón —se disculpó, devolviéndole la daga.

Isabel se inclinó sobre la caja y tomó el único objeto que todavía no había abandonado la misma. Lethan se lo permitió.

Mientras ella desplegaba el hermoso pañuelo de seda, bordado con las iniciales M. C, él comentó:

—Yo tenía cuatro años cuando mi abuelo Duncan murió.

No lo recuerdo, pero dicen que mi padre heredó su mal genio de él.

Nació bajo el rigor de los fríos vientos de invierno, y eso lo obligó a ser fuerte desde sus primeros días de vida.

Fue el único varón de cuatro hijos, tal vez por eso, todo el peso de la disciplina recayó sobre él.

Como su padre, se convirtió en laird con solo veinte años.

Y, como su padre, murió a manos de los Burg.

—Por cómo lo describes, cuesta creer que un pañuelo de seda sea el objeto que mejor lo represente.

—Era de mi abuela, Morgan Callaghan. Murió cuando apenas llevaban diez años casados y, desde entonces, ese pañuelo se convirtió en el eterno compañero de mi abuelo. Siempre lo llevaba consigo como recordatorio del amor que se profesaron.

Tras unos segundos, Isabel comentó:

—Su historia me trae a la memoria una novela romántica que leí hace un tiempo titulada « Hasta los ogros se enamoran ».

Lethan soltó una sonora carcajada.

—Será mejor que Calen no te oiga llamar ogro a su abuelo.

—Yo no le he llamado ogro —protestó.

—Sí, ya, lo que tú digas.

Lethan dobló el pañuelo ceremoniosamente y lo guardó en la caja, cerrándola con cuidado.

—Con tanto hablar se me ha abierto el apetito. Vayamos a comer antes de que nos dejen sin nada.

Ambos se levantaron. Isabel esperó a que Lethan regresara de guardar la caja en el arcón y juntos salieron al pasillo.

—¿Sabes? Me impactó una galería de retratos que vi en uno de vuestros museos. Algún día me gustaría que alguien de mi familia hiciera una igual, con los rostros de todos mis antepasados. Eso sí que sería un buen legado para las generaciones futuras, ¿no te parece?

—Sin duda, aunque creo que los retratos serán una de las cosas que, más pronto que tarde, las nuevas tecnologías se encargarán de que desaparezcan.

—¿Por qué?

—No sé, me da la impresión de que posar durante horas para hacerte un retrato tiene que ser tedioso. Es mucho más sencillo hacerte un selfie .

—Pues será una lástima.

Isabel se detuvo antes de entrar al salón y agarró a Lethan de la manga para que la imitara.

—Se me ha pasado la mañana volando. Gracias por hablarme de los tuyos, ahora siento que os conozco un poco más.

—Me alegro.

Estaban terminando de comer cuando se escuchó ruido de caballos en el patio.

Ambos esperaban que alguno de los criados anunciara la llegada de su laird, pero se sorprendieron al ver que el que entraba era directamente Calen.

Solo hacía falta ver su expresión para saber que la expedición había sido todo un éxito.

De hecho, Isabel iba a hacer un comentario al respecto, pero no hubo tiempo. Calen llegó a su lado, le tomó el rostro con las manos y la besó. Primero con urgencia, luego con pasión contenida. Tras una breve pausa para comérsela con los ojos, volvió a besarla, esta vez con infinita dulzura.

—Yo también me alegro de verte, hermano —afirmó Lethan con una media sonrisa—. Por si no te has dado cuenta, también estoy aquí —advirtió divertido.

—De lo cual me alegro —respondió Calen, tomando uno de los últimos trozos de carne que quedaban en el plato de Isabel y llevándoselo a la boca—. Me va a evitar tener que buscarte.

—¿Buscarme para…?

—Para decirte que te quedas al mando por unas horas más. Isabel y yo nos vamos…, ¿cómo lo llamáis vosotros…? —sin dar tiempo a que Isabel respondiera, añadió— ¡Excursión! Nos vamos de excursión.

Sin más explicaciones, tomó a Isabel de la mano y tiró de ella para que lo siguiera hacia las cocinas. Cosa que hizo encantada.

—Sabía que no me buscabas para nada bueno —se quejó con fingido tono lastimero Lethan.

—Pórtate bien y no quemes el castillo en la ausencia de tu laird —voceó su hermano, antes de abandonar el salón a paso ligero.

—Pero ¿se puede saber qué mosca te ha picado? —preguntó Isabel, sorprendida y divertida a partes iguales por ese brote de espontaneidad en Calen.

—No me ha picado ningún bicho —respondió frenando en seco, haciendo que ella se chocara contra su pecho—. Solo te he echado de menos —dijo pletórico, antes de besarla—. Mucho —añadió echando a andar de nuevo.

Isabel tuvo que acelerar para seguirlo.