Chapter 21
Para cuando despertó, Calen hacía horas que había partido. Se remoloneó todo lo que pudo, sabiendo que, con Calen ausente y Lethan desbordado al tener que hacerse cargo, además de sus tareas, de las de su hermano, nadie tendría tiempo para ella.
Desde el primer día había notado que el trato que le dispensaban era correcto, pero encorsetado, casi artificial.
Suponía que la falta de explicaciones sobre su persona tenía a todo el mundo muy desconcertado.
Debían percibir algo extraño en su aparición en escena.
Pero al comprobar lo especial que era para su señor, nadie osaba meterse con ella, hacer comentarios jocosos o preguntas indiscretas.
Se limitaban a mantener las distancias y tratarla con cortesía, cosa que, la verdad, le hacía sentirse incómoda.
Tras dos días deambulando sin rumbo por la fortaleza, sin prácticamente hablar con nadie, optó por encerrarse en la biblioteca.
Los libros siempre habían sido un buen refugio, pero ni eso resultó.
En realidad, llamarla biblioteca era toda una exageración.
La estancia servía para que Calen o Lethan recibieran a sus visitas o se reunieran con siervos o vecinos, pero libros era lo que menos había allí.
Y los pocos que ojeó le resultaron tediosos.
Se alegró al ver a Lethan apoyado en el quicio de la puerta.
—¿Ocupada?
—Aburrida, que es diferente. ¿Me haces compañía un rato?
—A eso venía, aunque temo que me contagies tu aburrimiento.
Isabel sonrió.
—Eso no pasará. Ya lo has espantado.
Lethan sonrió halagado.
—Como ayer no te vi en todo el día, pensé que no estabas.
—No estaba. Tuve que ausentarme. Había que cambiar varios rebaños de pastos y, viendo cómo está el percal, preferí coger a algunos hombres y acompañar a los pastores para vigilar el traslado, no tuviéramos visitantes no deseados.
Pregunté por ti cuando regresé, pero me dijeron que ya te habías retirado a tus aposentos.
—Sí, me acosté pronto. Me dolía un poco la cabeza. Al no verte en todo el día, pensé que te habías ido con Calen.
—Pues, como ves, no ha querido llevarme con él.
—A mí me dijo que no podía acompañarlo porque sería un estorbo.
—No te creo.
—Empleó otras palabras, pero créeme, soy muy buena leyendo entre líneas. Era eso lo que le rondaba por la cabeza —aseguró sin dejar de afirmar con la cabeza—. Esa fue su excusa para no llevarme a mí. ¿Cuál fue la excusa para dejarte a ti en tierra?
—Soy su steward [18] . Eso suele dejarme fuera de muchas diversiones.
—¿ Steward ?
—Su sustituto. Digamos que, después de él, yo soy lo mejorcito del clan —bromeó, restando importancia al cargo y a las obligaciones que llevaba implícitas.
Lethan señaló el entrecejo de Isabel con el índice, haciéndolo oscilar a pocos centímetros de su rostro, y apostilló:
—No me gusta nada ese ceño fruncido. ¿Qué significa?
—Bueno, significa que, aunque a mí me hizo creer que era una expedición casi rutinaria, en realidad, si te dejó a ti aquí sí implica cierto riesgo, puesto que se ha asegurado de minimizar las pérdidas del clan si le pasa algo a él.
Sí que era buena en eso de leer entre líneas, pensó Lethan.
—Como te digo, suele dejarme fuera de muchas diversiones de este tipo. Así que o todas son peligrosas… o no lo es ninguna y quiere ser el único protagonista.
Se dio cuenta enseguida de que no había conseguido engañarla.
—Yo no me preocuparía mucho de él. Desciende de una estirpe de guerreros.
Bajo aquel tono superficial que solo pretendía tranquilizarla, Isabel percibió también el mismo orgullo que notaba en Calen cuando hablaba de sus antepasados.
—Algo he oído —respondió—, aunque no me importaría saber algo más.
—Puedo hacer algo mucho mejor que hablarte de ellos —aseguró Lethan, bajando el tono como si compartiera un secreto reservado a unos pocos.
Isabel lo vio caminar hacia uno de los arcones del fondo de la habitación y extraer una caja de madera con ambas manos.
Regresó sobre sus pasos, la rebasó y se dirigió hacia la chimenea.
Se sentó en el suelo, delante del fuego y posó la caja a sus pies.
Miró a Isabel, palmeó el suelo a su lado y ella corrió a sentarse junto a él.
Cualquiera que los viera pensaría que eran dos chiquillos descubriendo un oculto tesoro.
Lethan no abrió la caja de inmediato y eso permitió a Isabel admirarla con calma.
Calculó que tendría unos cuarenta o cuarenta y cinco centímetros de largo por treinta de fondo y unos quince de altura.
La tapa estaba hermosamente trabajada. El artista debía de haber pasado horas tallándola.
No pudo evitar acercar la mano y deslizarla por encima de las decenas de surcos que la recorrían, emulando las ramas de un frondoso árbol, uno con una forma similar a la representación que se le daba en el siglo XXI al árbol de la vida: grueso tronco y frondosa copa redondeada.
—Es preciosa —murmuró mientras la acariciaba.
—Lo es. Pertenece a un juego de tres, idénticas salvo por su tamaño. Esta, la más grande, fue de mi padre. Yo soy el dueño de la siguiente en tamaño. Y la más pequeña se la quedó el artista. ¿Adivinas quién es?
—¿Calen? —exclamó, incrédula.
Lethan afirmó, con una sonrisa llena de orgullo mal disimulado.
Isabel volvió a observarla en silencio, sin poder dejar de pasear la yema de su dedo corazón por toda la superficie.
Había sido lijada con esmero, no halló ni una sola astilla que raspara su piel.
Y brillaba como solo puede hacerlo una madera protegida con varias capas de barniz.
También le llamó la atención su cierre metálico.
Por lo que ella sabía, era más común el uso de pasadores de madera o bisagras de cuero flexible.
—Es un trabajo magnífico. No conocía esta habilidad de Calen.
—Hubo un par de años en los que podía pasar horas ensimismado con un taco de madera entre las manos. A veces, los observaba durante días antes de hincar la gubia en ellos por primera vez. Decía que, antes de empezar a tallar, debía averiguar qué objeto estaba oculto en su interior.
Isabel lo miró, cada vez más sorprendida al descubrir esa faceta artística de Calen.
—¡Anda que no me burlé veces de él por esos razonamientos locos!
—recordó divertido—. De eso hace años. No sé por qué dejó de hacerlo —exclamó pensativo—.
Se veía que disfrutaba con ello. Supongo que, cuando padre murió, las obligaciones ganaron terreno y tuvo que renunciar a su afición de liberar formas ocultas en los bloques de madera —comentó no sin cierta nostalgia.
Tras unos segundos, Lethan recuperó la caja de las manos de Isabel y afirmó:
—No es la caja lo que quería mostrarte. El verdadero tesoro está en su interior. Recuerda que te iba a hablar de nuestros antepasados.
Isabel, hasta entonces arrodillada y sentada sobre sus talones, ahuecó las faldas para sentarse en el suelo y recolocar sus piernas, cruzándolas al estilo indio.
Adelante, siéntate junto al fuego.
Lethan está a punto de enseñarle a Isabel lo que hay en la caja.
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Con mucha ceremonia, Lethan abrió la caja y, mientras lo hacía, explicó:
—Mi padre decidió utilizar la caja para guardar en su interior sus tesoros personales.
—¿Tesoros personales? —repitió Isabel intentando asomarse al interior.
Lethan cerró parcialmente la tapa, como una clara amonestación a su impaciencia. Isabel se reclinó hacia atrás, dispuesta a ser paciente, divertida e intrigada a partes iguales por la puesta en escena del menor de los Callaghan.
—Lo primero que debe aprender un futuro laird es que, cuando lo sea, se convertirá en el protector de su clan —afirmó con voz grave, casi reverente, al tiempo que volvía a destapar la caja con estudiada lentitud—. Eso implica no solo proteger a los vivos sino preservar la memoria de los muertos.
Lethan sacó de la caja una pipa de madera oscura, de cazoleta redonda y caña corta, marcada por los años de uso, con la que jugueteó mientras retomaba su relato.
—Mi padre se tomó muy en serio ambos deberes.
No fue un líder carismático ni querido —reconoció—, pero sí temido y respetado.
Tuvo la suerte de que, durante su liderazgo, Escocia vivió el periodo más pacífico en generaciones.
No tener que lidiar con ejércitos extranjeros, ni responder a llamados reales, le permitió dedicarse en cuerpo y alma a la defensa de Glenbràith frente a las incursiones constantes de los Burg.
Bajo su mando, el clan alcanzó una fortaleza sin precedentes y se ganó el respeto y reconocimiento de todos los linajes vecinos —afirmó orgulloso.
—Por cómo lo describes no lo imagino como un padre cariñoso —comentó Isabel, intentando no parecer irrespetuosa.
—No lo fue —afirmó como la cosa más natural—, aunque tampoco fue rudo o cruel. Gobernaba el clan con la misma firmeza que empuñaba su espada. Y el trato hacia sus hijos no fue muy diferente.
—¿Era suya? —preguntó Isabel señalando la pipa.
—¡Ajá! Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi padre es con esta pipa en su mano y Calen y yo, con ocho y seis años, sentados a sus pies, en este mismo lugar, escuchándolo narrar relatos de viejas hazañas de nuestros ancestros.
Lethan hizo una pausa en la que aprovechó para frotar con ahínco una imaginaria mancha en la cánula de la pipa. A continuación, cerró los ojos y la acercó a su nariz.
—¡Mmmm! —exclamó tras aspirar hondo— aún conserva su olor. ¡Mira! ¡huele!
Isabel obedeció y dejó que su olfato se diera un festín de tabaco. Lethan la apartó de debajo de su nariz y volvió a acariciarla con respeto.
—Recuerdo cómo insistía en que la familia, nuestros ancestros y sus recuerdos son un tesoro que debemos preservar y proteger del olvido.
«Debemos ser capaces», nos decía siempre, «de transmitírselo a los que vienen detrás porque, si nosotros no lo hacemos ¿quién lo hará?
La respuesta es, nadie» —añadía de inmediato—, «y toda nuestra historia, todo ese legado de anécdotas, logros y vivencias, se perderá para siempre».
Isabel sonrió, melancólica.