Chapter 20 #2
—No digas eso. No puedes saberlo —replicó estirando el cuello y levantando la cabeza en un intento de que la punta de su nariz llegara a tocar a su homóloga.
—Te garantizo que eso no va a pasar —aseveró tozudo, acercando su rostro al de ella para dar todavía más fuerza a su afirmación.
—¿Por qué? ¿Porque lo dices tú y punto? —objetó contrariada, ahora sí, con su nariz a escasos milímetros de la de Calen.
—Pues sí, esa es una razón tan válida como cualquier otra.
Isabel se giró exasperada por esa lógica absurda.
Calen no le permitió alejarse demasiado.
Volvió a tomarla de los hombros y la giró de nuevo.
Isabel resopló, aunque no opuso resistencia, eso le dio una pista de lo agotada que estaba.
Apoyó su frente sobre la de ella y guardó silencio unos segundos mientras acariciaba sus brazos de arriba abajo. Con tono mucho más sereno, añadió:
—No sé cómo explicarlo, pero te aseguro que eso no va a pasar.
Lo sé. Es lo mismo que esos deportistas de élite de tu tiempo.
La gente cree que lo que tienen fuerte es su cuerpo, pero se equivocan.
Hay que entrenar el cuerpo para que esté a la altura, pero lo verdaderamente importante es la mente.
Su mente es mucho más fuerte que su cuerpo.
Ellos son los primeros que deben visualizarse como ganadores antes de empezar la competición.
Ellos son los primeros que deben creerse indestructibles.
Calen la tomó de la barbilla y presionó hacía arriba para que lo mirara a los ojos.
—Nunca te dejaré aquí sola. No tengo la más mínima duda. Lo sé cómo sé que mañana saldrá el sol o que soy hijo de mi madre. Lo sé —insistió rotundo—. Mi mente y mi voluntad lo saben y no van a permitir que nada ni nadie cambie esa realidad.
Debía de ser el cansancio porque Isabel, a pesar de la absoluta falta de lógica de su argumento, le creyó.
Estaba casi segura de que al día siguiente volvería a sentir la misma angustia en cuanto lo perdiera de vista, pero, en ese momento, su pobre razonamiento la convenció.
Sonrió. Se abrazó a su cintura y la discusión quedó zanjada.
En los siguientes días, Calen volvió a hacer el firme propósito de no abandonar el castillo, pero otro incidente con los Burg, esta vez bastante más serio, truncó sus planes. No se lo dijo a Isabel hasta última hora de la tarde, cuando estaban a punto de bajar a cenar.
—Mañana, muy a mi pesar, tendré que ausentarme. No creo que sean más de dos días. Tres a lo sumo.
Se puso ante ella y añadió:
—Estaría más tranquilo si, en mi ausencia, no abandonas la seguridad de los muros del castillo.
—Yo estaría más tranquila si me llevaras contigo —ronroneó ella intentando negociar.
—No, esta vez, no. No es un viaje de placer. Voy a solucionar un problema.
—¿Qué clase de problema?
Por un momento Calen tuvo el impulso de responder que eso no era asunto suyo, es la respuesta que habría dado a cualquier mujer de su época.
Pero recordó a tiempo que Isabel no lo era y no aceptaría esa contestación de buen grado.
Así que optó por dar una explicación que a otra persona no se hubiera planteado dar.
—Al parecer, el pequeño de los Burg, ha llevado su diversión demasiado lejos.
Sus hermanos le debieron llamar la atención tras mi última visita y al niño no le gustó que le tiraran de las orejas.
Me dicen que hace dos días acabó con todas las ovejas de un rebaño y golpeó al pastor hasta dejarlo medio muerto.
Desde entonces, nadie lo ha vuelto a ver. Está desaparecido.
—Y ¿qué piensas hacer?
—Voy a encontrarlo y a dejarle claro que lo de campar a sus anchas y hacer su santa voluntad, se ha terminado.
Toda la familia, y este Burg en particular, es bastante reacia a obedecer las normas.
Tal vez le cueste un poco entrar en razón.
Y sus hermanos, por muy enfadados que estén con él, no creo que se pongan de mi lado, por lo que cabe la posibilidad de que la cosa se complique un poco y no podré estar pendiente de ti.
—Vamos, que soy un estorbo —dedujo dolida.
—Yo no he dicho eso —afirmó sujetándola de los antebrazos y obligándola a que lo mirara a los ojos—.
Cuanto más segura te sientes tú, más miedo tengo yo a que te pase algo —confesó algo incomodo—.
Mientras estés en este tiempo, debo protegerte, es mi responsabilidad.
No sé lo que me voy a encontrar allí. Digamos que pueden surgir complicaciones que me obliguen a utilizar la fuerza.
Por muy pequeña que sea la posibilidad de que eso ocurra, no voy a exponerte a ello.
Isabel, tras guardar silencio unos segundos, respondió:
—De acuerdo, si ese es el motivo…
—Te aseguro que ese es el motivo —repitió con rotundidad.
—Bien, entonces —reconoció de buen grado—, será mejor que no vaya para que tú te centres en volver sin un rasguño.
Calen sonrió de oreja a oreja. Isabel podía ser persistente, aunque no cabezona.
Si le explicabas las cosas no se obcecaba en tener la razón.
Era otra de las muchas cualidades que le gustaban de ella.
Necesitaba una esposa con carácter, pero no testaruda.
Cada vez estaba más seguro de que su elección había sido la acertada.
Casi de manera inconsciente había empezado a dejar un reguero de besos por el cuello de Isabel.
—¿Qué haces? No hay tiempo para esto, debemos bajar a cenar —protestó Isabel, con poca convicción, al tiempo que inclinaba la cabeza para ampliar el posible recorrido de los labios de Calen.
—Bueno, supongo que, siendo el señor del castillo, conseguiré que, en caso de que me quede con hambre, alguien me suba más tarde algo con lo que llenar mi estómago.
—¿En caso de que te quedes con hambre?
Calen dejó de besarla para que pudiera volver a mirarlo a los ojos y leyera en ellos los que estaba a punto de confirmar con palabras y hechos.
Deslizó el dorso de su mano por la mejilla de Isabel y con voz ronca aseguró:
—Estoy a punto de darme un banquete contigo.
Antes de que Isabel tuviera tiempo de asimilar sus palabras, la cogió por la cintura y la lanzó sobre la cama.
Ella aun luchaba por deshacerse del revoltijo de enaguas que tenía sobre la cara, cuando sintió a Calen a su lado y supo que lo de devolver las faldas a su posición correcta, ya era una tarea imposible.
Breve biografía de Calen Callaghan: Quinto laird del clan.
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