Chapter 20
Aquella mañana, Calen le anunció que se iba a ausentar del castillo por unas horas.
Isabel le había ordenado, rogado y suplicado que la llevara con él, que no la dejara sola. Lo había seguido hasta el patio para intentarlo una última vez, pero Calen había sido inflexible.
—Mejor no. No podré estar pendiente de ti —había argumentado.
—No será necesario. Yo estaré pendiente de ti. No me separaré ni un milímetro. Te seguiré como un perrito faldero. Nadie notará mi presencia. No abriré la boca.
—Tentador —había comentado malicioso—. Lo siento, mo gharàdh, esta vez no .
Y sin más, depositó un cándido beso en su frente y montó en su semental para desaparecer por el portón sin darle el más mínimo derecho a réplica.
Ella se había quedado en medio del patio, como un pasmarote y allí permaneció hasta que el gran portón de entrada se cerró.
Decidió instalarse en el salón a esperar su vuelta.
Intentó mimetizarse y pasar desapercibida y en cierta forma lo logró porque nadie le dirigió la palabra.
Pero, lo que no pudo evitar fueron las miradas curiosas o las sonrisas nerviosas que le dedicaron todas las sirvientas cuando cruzaban la sala, camino a las cocinas o a las escaleras que daban acceso a las dependencias del piso superior.
Fue peor cuando cambió su ubicación del salón al patio.
Allí se convirtió en invisible para herreros, carpinteros, mozos de cuadra…
todos continuaron con sus tareas y conversaciones como si no la vieran.
Al principio le gustó, pero cuando empezó a captar retazos de conversaciones…
comprendió que Calen no le había contado toda la verdad sobre su «paseo matinal».
Sí era cierto que iba a visitar a algunos granjeros, pero se le había pasado comentarle que las granjas en cuestión, que lindaban con las tierras de los Burg, en las últimas semanas, aprovechando la ausencia del laird, estaban siendo asediadas, atacadas y saqueadas de forma persistente por el clan vecino.
A los oídos de Isabel llegaron retazos de conversaciones.
Algunas preocupadas: «debía de haber llevado más hombres con él», «si realmente esos hijos de mala madre están merodeando por la zona, los nuestros estarán en desventaja».
Otras claramente pesimistas: «con lo ratas y cobardes que son, seguro que atacan por la espalda, como acostumbran», «sí, me temo que se van a dar un festín a costa de los nuestros».
Y, por suerte, también las había rebosantes de optimismo: «¡No digas tonterías!
Calen sabe lo que hace. Sabe que cada uno de nosotros vale por cuatro Burg.
Si se atreven a asomar el hocico sabrán lo que es bueno» …
Cuando los mozos de cuadra empezaron a apostar por cuál sería el número de bajas de ambos clanes, en esa hipotética reyerta, como si la apuesta versara sobre cuántos goles iban a encajar los equipos finalistas de la Champions, Isabel decidió refugiarse en la alcoba y esperar allí el regreso de Calen.
Solo fueron tres horas, pero le parecieron mil.
Escuchó revuelo en el piso de abajo y supo que habían regresado.
Bajó deprisa y las voces la llevaron hasta un pequeño cuarto contiguo al salón.
Le fue imposible entrar. Un tumulto de gente llenaba la habitación hasta la puerta y el que casi todos estuvieran hablando a la vez, tampoco ayudaba a aclarar qué ocurría.
Parecían estar atendiendo a varios heridos a la vez.
Y, entre todos, uno al que habían tumbado sobre la mesa parecía el más grave.
Isabel supo que había entrado en modo pánico.
Había leído algo sobre eso. Reacción de pánico emocional o ansiedad anticipatoria , recordaba que lo llamaban.
Era cuando el vínculo emocional con una persona hace que el temor a que le pase algo se dispare incluso antes de tener información real.
Eso era lo que le estaba pasando. Mientras se abría paso a codazos hacía el fondo de la habitación, aunque todavía no podía ver al herido, su cerebro, tras escuchar y analizar el bullicio, había rellenado los huecos y deducido que, entre todos los hombres de la partida, el que estaba tendido sobre la mesa, solo podía ser Calen.
Con esa certeza en mente, siguió apartando a todo el que encontró en su camino y, por fin, cuando lo tuvo a la vista, no pudo evitar que su cuerpo se aflojara de golpe.
Sintió que le faltaba el aire. Se agarró con ambas manos al borde de la mesa y se plegó por la cintura.
Tras una fuerte inspiración, se enderezó, se cubrió la boca con ambas manos y volvió a fijar la mirada en el herido.
Las primeras sacudidas producidas por el llanto no se hicieron esperar.
Se llevó las manos a la cabeza, las enredó entre el cabello y las entrelazó en la nuca, sin poder apartar la vista del rostro del herido.
Una náusea la hizo plegarse por la cintura y, acto seguido, la falta de aire la hizo volver a enderezarse.
Alguien la tomó de los hombros y la hizo girarse y cuando Isabel se dio cuenta de quién era el dueño de esas manos que la sujetaban, se dejó abrazar y empezó a llorar con más fuerza.
—¡Pensé que eras tú! ¡Pensé que eras tú! —repetía sin cesar, abrazada a su cintura.
Calen la sacó de la habitación y la apretó contra su pecho.
—¡Sshhh! Tranquila, estoy bien. Estoy bien, ¡cálmate! ¡tranquila! —repitió una y otra vez mientras le acariciaba el cabello, deseando que ese movimiento, lento y pautado, apaciguara sus nervios.
Temió que terminara plegando las piernas e hincando las rodillas en el suelo y antes de que eso sucediera, la tomó en brazos y entró con ella en la biblioteca.
—Quédate aquí, vuelvo enseguida —ordenó con ternura tras sentarla en uno de los sillones.
En dos zancadas llegó hasta el aparador que había al fondo de la sala. Cogió la jarra de peltre, sirvió una generosa ración de vino especiado en una copa y regresó junto a ella.
—Bebe, te sentará bien —le pidió, acercándole la copa a los labios.
Isabel obedeció como un autómata, pero tras tragar el primer sorbo, tosió con fuerza y le devolvió el vaso. Calen no dudó en beberse lo que quedaba de un trago.
Isabel, a pesar de la quemazón que le produjo aquel vino fuerte y cargado de especias mientras bajaba por su esófago, tuvo que reconocer que, con su llegada al estómago, sus nervios se templaron.
—¿Estás mejor?
Isabel afirmó con la cabeza.
La puerta se abrió de repente y un alterado Lethan entró sin esperar a ser invitado.
—¿Qué ha pasado? Me han dicho que Isabel no se encontraba bien.
Echó la rodilla al suelo frente a ella y la miró preocupado.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
Isabel se afanaba en secar el rastro de las últimas lágrimas, mientras seguía afirmando con la cabeza.
—Sí, sí, ya estoy bien —aseguró tras una larga inspiración.
—Estás blanca como la nieve. ¿Qué te ha pasado?
—Me asusté. No sé por qué, pensé que el herido era Calen y cuando vi que no lo era, fue tal el alivio que no pude aguantar el llanto.
Lethan se reincorporó y cruzó una mirada con Calen.
A Isabel no le pasó desapercibida esa muda conversación entre los hermanos.
No le gustaba que pensaran que era una blanda.
No lo era. No en su tiempo al menos. Se levantó con fuerzas renovadas e intentó justificar lo que, ahora, hasta ella le parecía ridículamente inexplicable.
—Lo siento, chicos —exclamó, al tiempo que echaba a andar con brío hacia la chimenea—. Siento haberos asustado, pero he pasado la mañana aterrada.
Llegó a la chimenea, dio media vuelta y desando el camino.
—Para vosotros será muy normal esto de salir a partiros la cara con el vecino, pero para mí no lo es. Yo, a mis vecinos, en el peor de los días, les puedo recriminar que ponen la música demasiado alta o sacan la basura a la puerta demasiado pronto.
Al llegar a la altura de los hermanos, dio media vuelta de nuevo y como si hablara para sí, añadió:
—No creo que pudiera acostumbrarme a esto nunca.
—¡Lo harás! —aseveró Calen, sin el más mínimo atisbo de duda.
Isabel lo miró y por un momento pensó que debía de aclararle que eso no dependía de él. Pero, al instante, desistió. No tenía fuerzas para eso. Ahora no.
A continuación, Calen sentenció, con la misma rotundidad, que debía subir a descansar y a esto, tampoco puso ninguna objeción. Al contrario.
—¿Subes conmigo? —propuso dubitativa.
—Por supuesto, mo gharàdh .
Isabel sonrió y le rodeó la cintura y él hizo lo mismo con la de ella. Cruzaron los brazos por la espalda y echaron a andar como si fueran uno solo.
—Si queréis —propuso Lethan—, diré que os suban algo de comer.
—Buena idea —respondió Calen sin girarse.
Lethan, con intención de relajar la tensión y subir el ánimo, hizo una nueva propuesta, esta vez, añadiendo un tono pícaro a su oferta.
—Si queréis, puedo subirla yo y la degustamos los tres juntos.
Su hermano, de nuevo sin girarse, respondió de inmediato:
—Mala idea.
Isabel sí se giró. Sonrió, le lanzó un beso y vocalizó un mudo gracias que dejó a Lethan más tranquilo.
Calen no se movió de su lado en toda la tarde.
Hablaron y hablaron sobre lo ocurrido. Él, procurando restar importancia a esos «encontronazos vecinales».
Pretendiendo que Isabel lo viera y aceptara como algo «normal».
Y ella, intentando explicar con palabras algo tan difícil como son los miedos y las emociones.
—No sé por qué me pasa, pero me pasa y no puedo evitarlo.
Mientras sé que estás en el castillo o en los alrededores, aunque no te vea, estoy tranquila.
¡Como si estar a menos de un kilómetro fuera garantía de algo!
—añadió resoplando—. Pero, en cuanto te alejas, no dejo de imaginar trágicos sucesos que me dejan sola y desamparada en esta tierra y este tiempo.
Calen se puso tras ella, la tomó de los hombros y la hizo girarse para que lo mirara a la cara.
—¡Eso no va a pasar! —aseguró tajante.