La candidata perfecta Chapter 19 #4
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Chapter 19 #4

Calen estaba tan absorto en sus pensamientos que no oyó llegar a su hermano hasta que lo tuvo a pocos metros.

Intentó disimular su malestar, pero Lethan lo conocía demasiado bien y no pudo engañarlo.

Y la verdad es que se sintió aliviado cuando compartió con él la conversación que había tenido con Isabel.

—Después de todo, me confundí en la elección. No es feliz aquí. No quiere quedarse.

—Yo no deduzco eso de lo que me has contado.

—Pues yo sí —replicó malhumorado—. Si no me quiere lo suficiente es mejor que se vaya. No la necesito —añadió ufano.

—No digas tonterías. Por supuesto que te quiere, tanto como tú a ella y no me digas que no es cierto porque tengo ojos en la cara.

Y por supuesto que la necesitas. Te recuerdo que tu vida depende de ella.

En cualquier caso, en un tema tan importante, debería disponer de toda la información que necesita para tomar la decisión correcta.

Estoy seguro de que si supiera toda la verdad...

—Si la supiera, se quedaría por pena. Y yo no pienso aceptar eso.

—No creo que…

—Hermano, ese punto no es discutible —zanjó tajante—. Deberá tomar la decisión basándose en sus sentimientos hacia mí. No en mis posibles futuros. Si nuestro vínculo no es lo suficientemente fuerte, no la ataré a un destino que no desea.

Calen giró y tomó las riendas de su caballo.

—Regresemos, se está haciendo tarde.

Lethan frunció el ceño. En esta ocasión no iba a plegarse a la voluntad de su hermano.

Era un asunto demasiado importante, que atañía también a su futuro y al del clan.

Le concedería unos días para que entrara en razón y revelara a Isabel toda la verdad.

Si Calen no lo hacía, no tendría más remedio que hacerlo él.

No permitiría que Vadala lo arrastrara al inframundo sin haberlo intentado todo antes.

Los siguientes dos días casi ni se hablaron. Y lo poco que lo hicieron fue para pelearse. Las sonrisas tardaban en llegar, a veces, incluso se veían forzadas. Y las miradas se alargaban, como si ambos esperaran que fuera el otro el que rompiera el prolongado y denso silencio, pero ninguno lo hacía.

Calen era consciente de que la cuerda se estaba tensando demasiado. Si seguían así, en cualquier momento Isabel se hartaría y expresaría en voz alta su deseo de regresar a su tiempo. Y él habría perdido la última oportunidad que tenía de convencerla.

Intentó varias veces ese acercamiento de posturas, pero a los pocos minutos de conversación, uno de los dos decía algo a lo que el otro le veía una segunda intención y, una vez más, todo saltaba por los aires.

Se dio cuenta de que mientras habían estado juntos en el futuro no habían tenido ninguna discusión importante. Sin embargo, ahora, desde que habían vuelto a su época, no paraban de hacerlo. No le encontró explicación.

Calen, ya sentados a la mesa, se esforzó por hacerse perdonar.

Lethan le había echado una reprimenda considerable poco antes y, la verdad, el que su hermano pequeño fuera ahora el más lúcido, coherente y sensato de los dos, lo asustó.

Porque lo cierto era que tenía razón al afearle su comportamiento.

Se empeñaba en tratar a Isabel como a cualquiera de las otras mujeres, pero ella no era como las otras.

Ella no estaba acostumbrada a eso y sabía que le estaba haciendo daño.

Aun así, parecía que no quería o podía evitarlo.

Y eso lo llevó a recapacitar sobre la última afirmación que su hermano había lanzado al aire antes de darse la vuelta y alejarse de forma airada.

Según él, tenía tanto miedo a modificar el futuro de Isabel que, de forma inconsciente, estaba saboteando su propio plan para que ella decidiera abandonarlo.

Sin embargo, para el nuevo y juicioso Lethan, cabía la posibilidad de que el futuro de Isabel siempre hubiera sido conocerlo y viajar al pasado.

Isabel notó el cambio de actitud de Calen.

Fue obvio para ella que todas sus atenciones eran su forma de pedir disculpas y su objetivo, hacerse perdonar.

Y, aunque al principio intentó hacerse la dura, todas sus reticencias quedaron pronto olvidadas y las sábanas, más tarde, fueron testigos de su reconciliación.

Ven, entra.

Calen le está explicando a Isabel el porqué de cada símbolo del escudo familiar.

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Calen hizo mención de levantarse e Isabel ejerció fuerza sobre su pecho para hacerlo recostarse.

—No, no, no te vayas. Quédate y hablamos un poquito más —suplicó, acurrucándose bien abrazada a él.

Calen cedió encantado. Le pasó un brazo por la espalda y aún la atrajo más hacia él.

—De acuerdo, aunque no puedo demorarme demasiado o tendré que aguantar las burlas de todos por culpa de mi retraso. En especial las de mi hermano, y créeme, no es bueno proporcionar a Lethan material con el que te pueda atacar.

—No será para tanto. Además, tu excusa no provocará burlas, más bien envidia.

Calen soltó una carcajada.

—Puede que tengas razón.

Dejó que la palma de su mano se deslizara por la espalda femenina hasta llegar a los glúteos, y allí se detuvo. Cruzó las piernas a la altura de los tobillos y preguntó:

—Y bien, ¿de qué quieres que hablemos?

Había algo de lo que Isabel quería hablar hacía tiempo. Se planteó por un instante si ese podía ser un buen momento.

—No sé… háblame de tus esposas.

Calen sonrió. Esperaba esa pregunta desde que, en Salamanca, la había puesto al corriente de su pasado.

—¿Por qué ahora?

—No sé, supongo que el estar tumbada en esta cama me ha hecho pensar en las que estuvieron antes que yo. ¿Estabas enamorado de ellas?

—No —respondió sin dudar.

—¿No? —inquirió, extrañada de no detectar el menor remordimiento en su tono de voz.

Calen intentó explicar su respuesta.

—Mi relación con ellas fue distinta que contigo. El amor no tenía cabida. Aquello fue más parecido a un acuerdo comercial que a otra cosa.

—¿Ni un poquito?

—Ni un poquito —aseguró—. La primera, tal vez, si el matrimonio hubiera durado más, habríamos acabado siendo buenos amigos. Por desgracia, surgieron complicaciones en el sexto mes de embarazo. Una mañana todo iba bien y, al día siguiente, estábamos enterrando a ambos.

Isabel sí detectó un cierto pesar en su tono.

—¿Y la segunda?

Calen bufó.

—Era de constitución débil. Si las fiebres no la hubieran matado, habría muerto de miedo.

—¿Miedo a qué?

—A qué no, a quién —rectificó, señalándose a sí mismo.

—¿En serio? —inquirió incrédula.

—En cuanto me acercaba, temblaba como una hoja. Creo que me sobran dedos para contar las conversaciones que tuvimos en los seis meses que duró nuestra unión.

Isabel sonrió con malicia.

—Ya hemos encontrado el alias perfecto para ti: Calen Callaghan, más conocido como «el terror de las mujeres».

Calen agarró con disimulo la esquina de la almohada y, en un movimiento relámpago, levantó la cabeza para liberarla y le propinó un almohadazo.

Isabel, tras la sorpresa inicial, rió con ganas.

—Ahora sí que me voy —anunció Calen saliendo de la cama, fingiéndose ofendido.

Ella protestó y refunfuñó, pero él ignoró sus quejas y empezó a vestirse.

Isabel plegó el codo, apoyó la barbilla sobre la palma de su mano y se dispuso a disfrutar del espectáculo de verlo vestirse.

—¿Qué miras? —preguntó Calen, al percatarse del escrutinio al que estaba siendo sometido—.

Ni que nunca hubieras visto a un hombre desnudo —añadió, plagiando casi al milímetro la frase que Isabel le había dicho a él una de las primeras veces que se había quedado a dormir con ella, en su piso de Salamanca.

En aquella ocasión, era ella la que se estaba vistiendo y él el que se la comía con los ojos desde la cama.

Isabel, con su respuesta, demostró que también recordaba esa escena, porque contestó con las mismas palabras que entonces utilizó él.

—Nunca uno tan espectacular como tú.

Sonrieron, cómplices. Calen se acercó a la cama, la besó con pasión y se dirigió hacia la puerta. Cuando ya tenía la mano en la aldaba, regresó sobre sus pasos, apoyó las manos en el colchón y se inclinó hacia delante para decir:

—Por cierto, te aconsejo que mantengas a raya esa imaginación tan desbordada.

Isabel ladeó la cabeza sin saber a qué se refería con ese comentario.

—Mis dos esposas tenían sus propias habitaciones.

Tras una leve y estudiada pausa, añadió:

—Tú eres la única mujer que ha dormido en esta cama.

Isabel mordisqueó su labio inferior, intentando contener una sonrisa. Calen dejó que la suya se dibujara sin cortapisas. Volvió a besarla hasta dejarla sin resuello y, ahora sí, abandonó la estancia bajo el aura de todo lo que prometía ese beso, dejándola deseosa de más.

La noche no defraudó. Estuvo llena de ternura, caricias y palabras compartidas. Y en los días siguientes, parecieron recuperar la cercanía que tanto habían echado de menos.

Breve biografía de Fergus Callaghan: Cuarto laird del clan.

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