Chapter 19 #3
Él sonrió abiertamente y atrapó sus labios en un beso abrasador al que ella no dudó en responder con la misma pasión.
En los días siguientes, ambos se esforzaron por volver a ese entendimiento mutuo que habían tenido hasta llegar a Escocia.
Calen evitó, en la medida de lo posible, ausentarse del castillo.
Si surgía alguna cosa, solía mandar a Lethan en su lugar para poder pasar el mayor tiempo posible con Isabel.
Además, se esforzó por comportarse de forma más civilizada, más acorde con los cánones que había aprendido en el siglo XXI.
Ella, por su parte, intentó ser más permisiva con algunas de las conductas de Calen, entendiendo que así debía de ser si querían reforzar y salvar su relación.
No fue sencillo, pero funcionó. De nuevo disfrutaban de la mutua compañía.
Pero, una vez más, solo hizo falta que pasaran unos días para que todo se volviera del revés.
Esa mañana, tras hacerle el amor con una urgencia inusitada, Calen había vuelto a salir al amanecer.
Ella supuso que, de nuevo, a proveer de carne al castillo.
Los había escuchado regresar horas más tarde y, pese a las ganas de correr a su lado, había esperado en la alcoba a que él subiera, pensando que lo haría de inmediato.
Pero se demoraba demasiado y decidió bajar a su encuentro.
En cuanto entró al salón, él había detectado su presencia, como si llevara conectado un geolocalizador. Lo había visto acercarse con paso decidido y había pensado que la iba a abrazar con ternura y a susurrarle que la había echado de menos, tanto como ella a él.
Pero, en lugar de eso, la había agarrado bruscamente por la cintura, obligándola a plegarse hacia atrás, y había asaltado sus labios de forma posesiva, al tiempo que la palma de su mano campaba a sus anchas por su trasero, rozando la grosería. Todo ello bajo la ruidosa ovación de los presentes.
No era la primera vez que la trataba de forma tan tosca y poco considerada delante de todos y estaba empezando a hartarse de ese trato denigrante.
Cuando consiguió apartarlo y reprocharle sus modales, él la soltó con brusquedad y le sugirió que subiera a los aposentos si tan a disgusto estaba a su lado.
Ella había abandonado el salón de forma airada, pero, en lugar de encerrarse en la habitación, muy posiblemente solo por llevarle la contraria, había elegido la biblioteca.
Allí la encontró Calen poco después, tras subir a la alcoba y no hallarla.
Había dejado que Isabel creyera que volvían a salir de caza, primero para que no se preocupara y segundo porque, de caza, habían salido, aunque no precisamente a por ciervos o conejos. Su objetivo de ese día eran los Burg.
La salida había sido exitosa. Había conseguido dejar claro quién mandaba en esas tierras, y lo había hecho sin tener que emplearse a fondo, sin apenas derramar una gota de sangre.
Estaba convencido de que el éxito de la misión se había debido a que el menor de los Burg, el más problemático, no estaba presente.
Los otros eran más fáciles de convencer.
Fuera cual fuera el motivo, había logrado arrancarles la promesa de que interrumpirían sus saqueos a las granjas colindantes.
Él, a cambio, iba a liberar a los tres miembros del clan que habían capturado en una de sus últimas incursiones.
Esperaba que fuera suficiente para tener unas semanas tranquilas y así, poder estar más tiempo con Isabel, pero, conociéndolos, no confiaba demasiado en ello.
Aprovechó que ella estaba de espaldas para observarla sin ser visto. Estaba agotado. Era tal su ansia por volver junto a Isabel que el viaje de regreso lo habían hecho sin detenerse ni una sola vez.
Parte de ese cansancio había desaparecido al verla.
Por eso tal vez no fue capaz de contenerse y se había abalanzado sobre ella para abrazarla y comérsela a besos.
Era evidente, por la reacción que había tenido Isabel, que no había sido una buena idea.
Primero no había entendido su arrebato de cólera, pero ahora se daba cuenta de que, de nuevo, las costumbres tan diferentes que tenían le habían jugado una mala pasada.
Ella debió de percibir su presencia porque se giró unos segundos después.
A pesar de su enfado, no pudo evitar que se le iluminara la mirada al verlo. Creyó que era buena señal. Aun así, permaneció junto a la puerta, cauteloso, esperando algún indicio más.
Isabel se fijó en el vendaje que llevaba en el antebrazo y que antes le había pasado inadvertido. Le habría gustado seguir muda e imperturbable, para que su enfado fuera más evidente, pero no fue capaz de hacerlo.
Cruzó los brazos y señaló el vendaje con la cabeza antes de decir:
—No sé el resto de clanes, pero empiezo a pensar que los Callaghan salís caros en vendas. ¿A nadie se le ha ocurrido montar una fábrica? Se forraba seguro.
Intentó que su comentario sonara a reproche, pero en su tono se filtró cierta ironía. Fue la señal que Calen estaba esperando para empezar a caminar despacio hacia ella. Mientras lo hacía, respondió, restando importancia al incidente:
—Supongo que entre nosotros es normal no llegar a viejo sin cicatrices.
—Sí, ya veo que convivir con los Burg es todo un deporte de riesgo.
Isabel volvió a señalar la herida con la cabeza y preguntó:
—¿Tengo que preocuparme?
Él adelantó el brazo para mostrar el vendaje y, encogiéndose de hombros, explicó:
—Uno de los Burg ha decidido pasar de los puños al cuchillo, dispuesto a cortarme el cuello, pero se ha quedado en un intento.
Al ver la cara de susto de Isabel, añadió con guasa:
—Te aseguro que su cara ha quedado bastante peor parada que mi brazo.
Ella lo miró y, poco a poco, su expresión de preocupación se fue suavizando.
Calen la había buscado, dispuesto, si era necesario, a pedirle perdón. Ya no parecía enfadada, aunque era evidente que algo la inquietaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó con el tono más dulce que pudo.
—Nada. O todo —refunfuñó malhumorada.
A Calen lo que menos le apetecía era jugar a las adivinanzas, pero aun así lo intentó.
—¿Qué se supone que significa eso?
Isabel apartó la vista del ventanal y se giró para encararlo.
—Prometiste que no ibas a dejarme sola —recriminó de forma airada.
Calen apretó los dientes. No creía que fuera posible, aun así, preguntó:
—¿Alguien te ha faltado al respeto? Si es así, dime quién ha sido y se las verá conmigo.
—No, nadie ha osado meterse conmigo —negó, girándose otra vez hacia el ventanal—. Hasta eso habría sido más llevadero que su indiferencia —añadió frustrada.
Más tranquilo se acercó a ella y la abrazó desde atrás.
—Entonces, ¿qué problema hay?
—¡Que me aburro! —respondió soltándose de su abrazo y encarándolo de nuevo.
—¿Me armas esta escena porque te aburres?
—Se suponía que este viaje era para que me enseñaras tu hogar, para estar juntos, para conocernos mejor.
—Y así es, pero debes entender que tengo obligaciones.
—Y tú debes entender que yo aquí no pinto nada si tú no estás conmigo.
Aquellas palabras produjeron cierta alarma en Calen.
—¿No te gusta esto? ¿No te gusta estar aquí? —preguntó con cierto temor.
—No es eso… Me gusta si estamos juntos.
—Pensaba que estabas a gusto, que podrías ser feliz aquí —confesó, temeroso de las siguientes palabras que Isabel pronunciara.
—No lo sé, no me lo he planteado. Supongo que podría si tú estuvieras a mi lado —respondió, pensándolo por primera vez y creyendo que se refería a repetir pronto la experiencia de pasar unos días allí.
En la cabeza de Calen seguía firme la idea de que aquel viaje era solo un ensayo general de otro en el que ella se quedaría a vivir para siempre en ese siglo. Con esa idea en mente, aclaró:
—Yo no podré estar contigo siempre.
Pero Isabel seguía viendo aquel viaje como una simple escapada. No veía tras él intención alguna de acciones futuras. Por eso interpretó sus palabras como el colmo del desinterés.
—¿Estás de broma? Sé que llevas semanas fuera y estás deseando retomar tus obligaciones, pero ¿de verdad no puedes retrasarlo unos pocos días y atender como es debido a tu invitada? ¿Por qué insististe tanto en que viniera si no pensabas hacerme ni caso?
Isabel, sin ser consciente, con cada pregunta había ido subiendo el volumen de su voz. La última la hizo casi gritando:
—¿Se puede saber para qué me has traído?
Él estuvo tentado de responder en el mismo tono: «¡Para que te quedes aquí conmigo para siempre!
¡Para que seas mi compañera de vida, me des hijos y juntos seamos felices el resto de nuestra vida!
». Pero se tragó la réplica y, dolido, guardó silencio.
Decidió abandonar la conversación en ese punto, antes de que los daños fueran mayores.
—Si no te importa, seguiremos con esto en otro momento. Ahora debo hablar con mi constable para reorganizar a la guardia. No me fío de los Burg. Al menos por unos días, doblaré el número de vigías.
Isabel asintió varias veces y volvió a girarse hacia el ventanal. Había quedado claro que el tema no era lo bastante importante para él.
Calen echó a andar hacia la puerta. Antes de abrirla, sin girarse, afirmó pesaroso:
—Siento mucho que no estés disfrutando de tu estancia aquí.
Isabel tardó apenas unos segundos en girarse, dispuesta a decirle que eso no era cierto, pero para cuando lo hizo, él ya había abandonado la sala.
Después de que su constable le pusiera al corriente de lo acontecido durante su ausencia, Calen ordenó incrementar las patrullas de vigilancia y, con la excusa de comprobar los alrededores, ensilló su caballo y cruzó el portón.
No se alejó demasiado, tanto él como su corcel habían cabalgado suficiente por ese día.
Cuando Lethan supo que su hermano había abandonado, solo, la seguridad de los muros para inspeccionar las inmediaciones, pidió a cuatro hombres que lo acompañaran y salió en su busca.
Se sorprendió al verlo de pie, en lo alto de una loma cercana, e intuyó que lo de reconocer la zona solo había sido una excusa. Mandó a los hombres de vuelta y dirigió a su potro hacia la cima.