Chapter 19 #2
Isabel no era especialmente celosa, de hecho, el comentario lo había realizado casi en tono jocoso, pero la respuesta de Calen le había molestado.
«No es cuestión de tiempo ni de lugar», le había replicado ella, «es cuestión de actitud, de compromiso y de respeto.
Si estás conmigo, no se te debería ni pasar por la cabeza prestarte a esas zalamerías con nadie que no fuera yo».
Ahí quedó la cosa. Él se disculpó: «Por no hacerle un feo a la criada, te he ofendido a ti.
Lo siento, no volverá a pasar», y ella no le dio más importancia.
Creyó que lo de «actitud, compromiso y respeto» había quedado claro, pero lo cierto es que seguía tratándola sin ninguna de esas tres cosas.
Y el que esa misma mañana se hubiera repetido una situación similar, era prueba de ello.
Calen había salido con sus hombres para revisar los cercados de la zona norte.
Algunos pastores llevaban días quejándose de que les faltaban reses y temían que, tras las lluvias de las semanas anteriores, alguna sección de murete se hubiera derrumbado.
«No serán más de dos horas», le había asegurado, «en tres, a lo sumo, estaré de vuelta y tú serás mi prioridad el resto de la jornada». De eso hacía más de nueve horas.
En situaciones así era cuando ella echaba más en falta la tecnología que había dejado atrás.
En su tiempo, una llamada o un simple mensaje de WhatsApp, tipo: «Todo bien, pero voy a retrasarme.
Luego te cuento», le habría devuelto la tranquilidad.
Pero aquí, sin móvil, y con muchos más «posibles contratiempos», algunos bastante nocivos y peligrosos para la salud y la vida, tenía los nervios a flor de piel.
Cada vez que Calen abandonaba el castillo a ella le invadía una sensación de vulnerabilidad absoluta que le atenazaba el estómago. Y su mente se colapsaba con un único pensamiento. ¿Y si no vuelve? ¿Qué vas a hacer tú aquí si no vuelve?
Por fin, casi al anochecer, escuchó la algarabía típica que anunciaba el regreso de los hombres.
Solo se detuvo lo justo para rebuscar en el arcón y ponerse una de las capas más gruesas que tenía antes de echar a correr escaleras abajo. Pero, para cuando llegó al salón, este estaba abarrotado. A base de codazos y empujones, consiguió abrirse camino y llegó hasta la larga mesa. Entonces lo vio.
Estaba sentado y tenía a una de las sirvientas, otra vez la tal Clarens, de pie entre sus piernas, limpiando amorosamente una pequeña brecha que parecía tener en la parte alta de la frente, justo en el nacimiento del cuero cabelludo.
Isabel hizo una revisión ocular rápida y se tranquilizó al comprobar que no era nada grave.
Pero casi en el mismo instante, todo el miedo y la preocupación que había acumulado durante el día, por alguna reacción química que escapaba a su entendimiento, se transformó en cólera.
Cólera y enfado. Y antes de que se diera cuenta, se escuchó a sí misma gritar a pleno pulmón:
—¿Se puede saber dónde has estado todo el día? Se suponía que regresabas en pocas horas.
Ella ya intuía que su reacción había sido desproporcionada, pero solo le hizo falta ver la expresión de Calen para saber que además no había sido la forma más acertada de abordar la situación.
Pero ahora no podía recular así que puso los brazos en jarra, para enfatizar más su posición desafiante, a la espera de una explicación.
Calen había dejado una frase a medias y la sonrisa socarrona que tenía mientras explicaba lo ocurrido, todavía no se le había borrado de la cara. Siguió mirándola, sin contestar, sorprendido por el tono de exigencia que detectó en la pregunta.
Cuando pasaron unos segundos más sin que contestara, Isabel dedujo que no tenía intención de hacerlo y decidió batirse en retirada antes de que su genio se encendiera aún más. Levantó los brazos en un gesto que podía parecer de rendición, pero que no lo era, y los dejó caer resignada.
—Está bien. Tú ganas. En realidad, me importa un bledo lo que hayas estado haciendo.
Y sin más, recogió un poco sus faldas, dio media vuelta y salió del salón.
Lo escuchó llamarla, pero continuó andando.
Ni por todo el oro del mundo iba a regresar ahí dentro.
Había hecho una salida muy digna y un verdadero acto de contención al guardarse para sí todo lo que le hubiera gustado gritarle a la cara a ese neandertal que la había tenido todo el día en vilo y ahora se permitía regresar con un leve rasguño y fanfarroneando de sus hazañas.
Su madre estaría muy orgullosa de ella. Si volvía sobre sus pasos, no estaba segura de conseguir contenerse.
Y si explotaba delante de todos… iban a saber lo que era una mujer del siglo XXI cabreada.
Cuando ya había recorrido diez metros, lo escuchó volver a llamarla desde el final del pasillo, pero no se detuvo.
La llamó dos veces por su nombre. La primera vez, calmado. La segunda con más premura al darse cuenta de que iba a tener que correr tras ella si quería alcanzarla. Aligeró el paso, sin dejar de llamarla y consiguió sujetarla de la muñeca justo cuando giraba la esquina del pasillo.
Isabel, al notar la presión en su muñeca, se giró para encararlo. Tiró con brío de su brazo para soltarse y se cruzó de brazos sin intentar disimular su enfado.
—¿Se puede saber a dónde vas? —preguntó Calen con mesura, intentando evitar la confrontación.
—Pues si esta va a ser nuestra nueva rutina de comunicación, supongo que a mi casa.
—No digas tonterías.
—¿Tonterías? ¿Se puede saber por qué no me has contestado? Llevo todo el día preocupada, imaginando mil justificaciones diferentes para tu retraso, a cuál peor.
Calen levantó la vista algo nervioso, intentando encontrar las palabras adecuadas. Sabía que, si no lo hacía, aquella conversación no iba a terminar bien.
Un cambio en la postura de Isabel le alertó de que su interlocutora se estaba impacientando.
Volvió a elevar la vista. Puso los brazos en jarra y miró de nuevo al suelo, intentando ganar unos segundos más de tiempo. Al fin se decidió a hablar.
—Digamos que el tono de tu pregunta no fue el adecuado.
Isabel abrió los ojos de forma desorbitada y dejó que su mandíbula inferior colgara inerte durante unos segundos para enfatizar todavía más su sorpresa e incredulidad ante esa respuesta.
—¿Qué el tono no era el adecuado? Entro al salón y te encuentro con la nariz metida entre las tetas de una mujer que, ya no tengo la menor duda, parece empeñada en camelarse a mi novio ¡y resulta que el problema es que no utilicé el tono adecuado al hacer la pregunta!
¡Genial! ¡Esto es increíble! —exclamó entre aspavientos.
Calen miró al suelo y se frotó la mejilla, intentando ocultar una sonrisa. Sabía que no era un buen momento para sonrisas.
A Isabel, algo más calmada después del estallido, no le pasó desapercibida.
—¿Se puede saber qué tiene tanta gracia? —le preguntó, al tiempo que le propinaba un manotazo en el antebrazo.
—Es esa palabra, novio. Pese a todo lo enfadada que estás no has podido evitar incluirla en la frase.
Ahora fue ella la que giró la cabeza evitando mirarlo.
—De manera fortuita, hemos localizado a un grupo de Burg bastante nutrido.
No sé qué se traerían entre manos, pero seguro que nada bueno.
Como comprenderás, no hemos desaprovechado la ocasión de acercarnos e intentar averiguarlo.
Además, aun no les había hecho pagar por el altercado que sufriste en tu primera visita a Glenbràith.
Hemos tenido un pequeño rifirrafe y les hemos hecho salir de nuestras tierras con el rabo entre las piernas —añadió con leve matiz jocoso en la voz, al tiempo que cruzaba los brazos y se balanceaba adelante y atrás sobre los talones con aire satisfecho.
El que Isabel siguiera callada era una buena señal.
Se inclinó para acercar su rostro al de Isabel, como si tuviera miedo a que alguien pudiera oírlo, a pesar de que estaban solos, y explicó a modo de justificación:
—Ya lo hemos comentado en alguna ocasión, tal vez en tu tiempo ya no sea necesario, pero en este aquí y ahora, es tan importante salir vencedor en un enfrentamiento como parecerlo a los ojos de todos.
Volvió a bajar la vista al suelo como haría el niño angelical que quería parecer y añadió:
—Cuando has entrado estaba escenificando mi victoria, fanfarroneando ante mi clan de la hazaña, como nos gusta hacer a los neandertales como yo —añadió imitando el calificativo que ella solía utilizar cuando se enfadaba—, y… ¿cómo decís vosotros?... me has cortado el rollo.
Ella intentó seguir pareciendo enojada, pero lo cierto es que ya no lo estaba.
No tanto al menos. Era la primera en reconocer que, la suya, no había sido la forma más correcta de pedir explicaciones.
Que él hubiera incluido en su aclaración la palabra «neandertal», con la que ella, ciertamente, solía referirse a los hombres de ese siglo cuando quería evidenciar alguno de los imperdonables defectos que a sus ojos tenían, y que hubiera imitado la forma de hablar del siglo XXI terminando la frase con «me has cortado el rollo», había ayudado bastante a rebajar ese enojo.
Ella nunca había entendido esa necesidad masculina, también muy presente en su tiempo, de demostrar siempre que había ocasión lo macho que era uno.
Pero, sin duda, tenía mucho más sentido hacerlo en el siglo XIII que en el XXI.
Calen entrelazó sus manos a la espalda y con expresión angelical, le besó la punta de la nariz y añadió un «lo siento» que terminó con cualquier vestigio de enfado.
Isabel le propinó un leve mandoble en el antebrazo y añadió:
—Anda, regresa al salón y sigue fanfarroneando todo lo que necesite tu ego.
Se dio la vuelta para seguir camino, pero Calen volvió a sujetarle la muñeca para que no lo hiciera. Lo miró interrogante.
—Y tú, ¿dónde estarás mientras tanto? —musitó atrayéndola hasta pegarla a su cuerpo.
—¡Dónde crees que voy a estar! —exclamó melosa— Pues esperándote en nuestro dormitorio.