La candidata perfecta Chapter 19
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Chapter 19

Los hermanos volvieron a acudir a Scone al día siguiente.

Algunos de los invitados a la coronación emprendieron el regreso a sus hogares.

Muchos, tristes. La mayoría, preocupados.

Los corrillos se habían ido reduciendo. En las conversaciones, ya más en petit comité , fueron varios los que se atrevieron a lanzar comentarios y opiniones más personales y comprometidas, pero siempre cuidando quién podría escucharlas.

Aparte de confabular o jugar a las adivinanzas poco más quedaba por hacer allí. Así que, tras un ligero almuerzo se despidieron de amigos y conocidos y abandonaron el lugar.

El viaje de regreso fue mucho más pausado que el de ida. Calen quería mostrar a Isabel toda la belleza de esas tierras, como ella había hecho cuando él estuvo en su tiempo.

Ahora que ya no sentía las tenazas que habían estado apretando sus tripas aquellas primeras horas, Isabel disfrutó y fue mucho más consciente de todo lo que la rodeaba.

No se cansaba de admirar el paisaje. De vez en cuando, divisaba alguna cabaña cobijada en una pequeña explanada o en lo alto de algún risco, aunque la mayor parte del día, mirara donde mirase, solo vio pinos.

Su aroma se le impregnó tan hondo que, a veces, hasta la hacía estornudar, pero no le importó.

—Los romanos llamaron a Escocia Caledonia por los inmensos bosques de pinos que se extienden de norte a sur y de este a oeste —explicó Calen con orgullo cuando ella expresó su admiración.

—Creo que la España de este siglo debe de ser muy parecida a esto. Siempre he oído contar que, antiguamente, una ardilla podía atravesar la península Ibérica de rama en rama sin tener que tocar suelo.

—Por lo que me has enseñado de tu país, puedo creerlo. En esas noches que pasábamos durmiendo a la intemperie, perdidos en algún bosque, me sentía casi como en casa.

Isabel sonrió complacida. Intuía que las excursiones que había preparado le habían gustado, pero nunca lo había expresado en voz alta.

—¡Sí! nuestros oasis sin urbanizar —respondió con una sonrisa melancólica—.

Allí, sobre todo alrededor de las ciudades, cada vez cuesta más encontrarlos.

Aquí, sin embargo, son habituales. No hay muros, ni caminos de asfalto, ni señales de tráfico indicativas…

tanta libertad da miedo al principio. Y, a la vez, paz.

—Yo tuve el sentimiento inverso cuando vi tu mundo. Pensé: muchas señales, y, sin embargo, nadie parece saber a dónde va. Demasiadas vallas y muros que nadie respeta.

Ella estuvo de acuerdo. Calen posó la palma de la mano sobre su muslo, a modo de caricia, y ella se apretó un poco más a su espalda.

Isabel fue consciente del cambio que se iba produciendo en Calen conforme se aproximaba a casa.

Comenzó a contarle historias sobre los lugares por los que pasaban, anécdotas que le habían ocurrido aquí o allá.

Desde la distancia fue capaz de identificar todos los rebaños con los que se cruzaron y le habló de las familias que se encargaban de ellos.

Percibió orgullo en cada una de sus explicaciones y más ansia por llegar a cada metro que avanzaban.

Y, de alguna manera, ella también se contagió de esas prisas por llegar y ver, con sus propios ojos, el hogar de Calen.

Pero, en el último tramo, todos sus miedos regresaron sin avisar.

Para llegar al castillo de los Callaghan debían atravesar la aldea que estaba a pie de valle.

Isabel la reconoció al primer vistazo. La mirada se le fue hacia el cobertizo en el que habían estado a punto de violarla, y eso bastó para revivirlo todo otra vez.

Volvió a sentir las manos de aquel hombre sobre su cuerpo y su olor se le coló dentro, al punto de provocarle náuseas.

Sintió pánico, pero curiosamente no podía dejar de mirar hacia el portón, como si esperara que aquel energúmeno apareciera por él en cualquier momento.

No fue consciente de que hubiera aumentado la fuerza con la que se abrazaba a la cintura de Calen hasta que este detuvo el caballo.

—¿Estás bien?

Esas dos palabras rompieron el encantamiento. Liberó la cintura de Calen y se frotó las manos. Las notaba frías, entumecidas. Abrió y cerró los puños varias veces, estirando los dedos hasta que sintió que la sangre circulaba de nuevo por ellos.

—Ahí fue donde estuve la otra vez.

Calen supo a qué se refería. Se giró para mirarla de frente y posó su mano sobre el muslo femenino.

Isabel esperó alguna palabra de consuelo, pero él no dijo nada.

Sin embargo, su mirada le templó las entrañas y aquella mano posesiva calentó su piel hasta derretir cualquier vestigio de miedo.

El frío que había sentido poco antes, desapareció.

Isabel aspiró hondo y soltó el aire poco a poco, como había aprendido a hacer en sus clases de yoga.

Calen esperó pacientemente y supo el momento exacto en que ella controló su pánico.

Levantó de forma imperceptible una ceja, interrogándola en silencio, y ella afirmó con la cabeza para indicar que podían continuar.

Calen se giró y, antes de arrear a su caballo, buscó las manos de Isabel y las colocó alrededor de su cintura. Cuando ella entrecruzó sus dedos, cerrando el abrazo, él posó su mano izquierda sobre las de ella y la mantuvo ahí hasta que llegaron a las puertas de la fortaleza.

En cuanto cruzaron los muros, Isabel, sin entender muy bien por qué, se sintió segura.

Y esa sensación fue en aumento. Contribuyó a ello que, durante los siguientes siete días, Calen no se separara de su lado ni un instante.

Le mostró cada rincón de sus tierras, contándole leyendas y creencias de casi todos los lugares que visitaron.

Le presentó a todos los habitantes con los que se cruzaron y la puso al corriente de los chismes, anécdotas y parentescos que tuvieran relación con ellos.

Fue un verdadero curso intensivo de historia, costumbres y cultura escocesa.

Una mujer del siglo XXI paseando a caballo en el siglo XIII.

¿Te imaginas los engranajes de la mente de Isabel intentando recolocarse para procesar los cambios ?

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Isabel era incapaz de memorizar toda la información que Calen le suministraba, pero daba igual.

Lo importante era que él estaba intentando que se sintiera una más entre los suyos.

Fueron unos días intensos y felices y ella los disfrutó minuto a minuto.

Dejando a un lado la nimiedad de haber viajado en el tiempo, hecho en el que procuraba no pensar demasiado, estar con la persona que amaba, porque sí, ahora estaba segura de que lo amaba, de alguna manera, anulaba todas las inseguridades que pudiera provocarle ese salto temporal.

Estaba en un país extraño, rodeada de gente que no conocía y en una época que no era la suya, pero ninguna de esas cosas la afectaban.

El simple hecho de estar junto a Calen lo compensaba todo.

Aquello debía parecerse mucho a una luna de miel.

Pero, como toda luna de miel, terminó. Calen llevaba demasiado tiempo fuera y tuvo que retomar sus obligaciones.

Isabel no protestó. Al contrario, le gustó verlo en acción.

Ya en Salamanca su instinto le decía que era un líder nato, y ahora comprobaba que no se había equivocado.

Se implicaba en todas las actividades del castillo, se interesaba por todos sus habitantes y ejercía su autoridad de manera justa, pero firme.

Se enfadaba y reprendía al que no cumplía con sus obligaciones, y del mismo modo, valoraba y elogiaba a quien sí lo hacía.

Todos acataban sus órdenes con celeridad, no por temor a castigos o represalias, sino porque confiaban en su criterio a ojos ciegas.

Isabel intentaba comprender, aceptar y adaptarse a este nuevo Calen que estaba empezando a descubrir desde que habían llegado a ese tiempo.

Porque, aunque en esencia, sobre todo cuando estaban solos, seguía siendo el mismo, ella notaba cómo poco a poco se desprendía del barniz de urbanidad que había lucido en Salamanca y se transformaba en otra versión de sí mismo: más autoritario, algo más tosco y quizás menos civilizado, al menos según los parámetros modernos.

Puede que Calen estuviera cambiando… o volviendo a ser quien siempre fue, según se mire. Pero Isabel seguía siendo una mujer de su tiempo, para quien ciertos comportamientos, por muy habituales que fueran en el siglo XIII, resultaban inaceptables.

De hecho, una de esas actitudes, perfectamente admisible en esa época, aunque en el siglo XXI habría sido motivo de una fuerte amonestación por «machista integral», provocó la primera desavenencia entre ambos.

En realidad, ya habían tenido otro episodio similar dos días antes, que Isabel dejó pasar.

En aquella ocasión, Calen había salido al amanecer con un grupo de hombres en una partida de caza.

Estaba anocheciendo cuando habían regresado.

Ella lo había echado mucho de menos y había pensado que el sentimiento habría sido mutuo.

En cuanto había escuchado a la jauría de perros entrar en el patio, había corrido escaleras abajo para recibirlo, pero la decepción fue mayúscula al encontrarlo con una sirvienta colgada de su cuello en actitud más que melosa.

Cuando se lo recriminó, él le restó importancia, argumentando que esos juegos eran algo muy normal en ese tiempo.