La candidata perfecta Chapter 18 #2
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Chapter 18 #2

Ninguno en el castillo parecía haberse dado cuenta de su nerviosismo.

Esa segunda jornada de parloteos, la mayoría vacíos o sin mucho sentido, había puesto a prueba su temple.

A pesar de estar tratando un tema trascendental, fueron muchas las veces que perdió el hilo de la conversación.

Estaba deseando terminar para regresar y poder comprobar que Isabel estaba a salvo.

Se habría mostrado a favor de cualquier acuerdo, aunque implicara regalar la corona de Escocia, con tal de regresar un minuto antes a su lado.

Isabel estaba soñando que impartía una clase en una de las aulas más grandes de la universidad.

Era algo que nunca había hecho y con lo que, sin embargo, fantaseaba de forma recurrente.

Era consciente de que era un sueño, pero eso no lo hacía menos placentero.

Siempre se desarrollaba en la misma aula, una de esas que salen en las películas americanas: mesas en semicírculo, escalonadas sobre unos amplios peldaños que permiten que todos los alumnos vean al profesor y la pizarra sin obstáculos.

De la misma manera, para el que impartía la clase, en esta ocasión Isabel, la vista era imponente.

A pesar de lo a gusto que se sentía allí, delante de ese nutrido y atento grupo de alumnos, indicio inequívoco de que se trataba de un sueño, algo la estaba distrayendo y, por ende, haciéndola despertar.

Ella se resistía a abandonar su ensoñación, pero lo que fuera que tiraba de ella lo hacía con fuerza.

La imagen de los alumnos comenzó a ser borrosa mientras que cada vez era más nítida la sensación de que alguien acariciaba su vientre, provocando un cosquilleo interior muy agradable que al final terminó por hacerla abrir los ojos.

Se le iluminó la mirada y despertó de golpe, sonriendo al ver el rostro de Calen pegado al suyo.

—¡Ey, ya has regresado! —exclamó, echándole los brazos al cuello al tiempo que atrapaba sus labios y depositaba un breve pero apasionado beso en ellos.

—Veo que me has echado de menos.

—Mucho —respondió con énfasis.

—¿Quieres que demos un corto paseo antes de que anochezca?

—Excelente idea, me vendrá de perlas tomar un poco el aire.

En cuanto se alejaron de posibles miradas curiosas, Calen la tomó de la cintura y la atrajo hacia su costado.

Delante de sus hombres tenía la intención de guardar las formas, al menos durante un par de días.

No tanto por ellos, que sospechaba que ya intuían lo especial que era esa mujer para él, sino más bien por Isabel.

Suponía que, aunque intentaba hacerse la dura, se sentía algo fuera de lugar y no quería darle más motivos para sentirse incómoda o preocupada.

Había sido una jornada algo tensa y solo sentirla pegada a él, templó sus nervios. La tomó de la mano y echó a andar por un estrecho sendero ascendente.

No fue consciente de su mutismo ni de que hubiera acelerado el paso. Solo al detenerse en lo alto de un pequeño risco se dio cuenta de la distancia recorrida en silencio y de la respiración entrecortada de Isabel, intentando seguirle el paso.

—Lo siento —se disculpó—, he corrido demasiado.

—No, no pasa nada. Son estas malditas faldas. Pesan una barbaridad y se enredan a cada paso con la más mínima zarza.

Calen seguía con el ceño fruncido.

—No te preocupes —aseguró palmeándole el pecho a la altura del corazón—. Estoy bien. Yo también necesitaba algo de actividad.

La abrazó y besó su coronilla.

—Ven, sentémonos aquí a descansar.

Ambos tomaron asiento sobre una robusta roca y disfrutaron en silencio de las vistas panorámicas.

Isabel se dio cuenta de que poco o nada difería el paisaje que tenía delante del que podrían estar admirando desde las afueras de su querida Salamanca. Sus ropajes eran el único punto discordante, un único detalle que lo cambiaba todo.

—¿No quieres que te cuente lo que se rumorea que pasará?

Isabel dudó. Ignoraba cómo se tomaría Calen la respuesta. No quería que se molestara, pero tampoco pensaba mentirle.

—No —respondió tras unos segundos—. A grandes rasgos puedo imaginar el abanico de posibilidades que se han barajado en esas conversaciones. Pero yo voy un paso por delante. Yo no tengo que conjeturar, sé lo que pasará en un futuro a no muy largo plazo.

Al principio, Calen pareció sorprendido, pero luego asintió y dejó que su vista se perdiera en el horizonte.

—Lo miraste en uno de esos chismes vuestros antes de venir, ¿no es cierto?

—Sí. En algún momento de la carrera lo había estudiado, pero, como muchas otras cosas, había olvidado detalles.

Calen volvió a afirmar con la cabeza y tras un largo silencio, pidió:

—Cuéntamelo.

—¿Seguro?

Hizo otra breve pausa y confirmó:

—Sí, quiero saberlo.

—Está bien —cedió, con un leve suspiro.

Isabel se tomó unos segundos para ordenar sus ideas y responder.

—Hasta donde yo sé, la elección del nuevo rey va a llevar su tiempo. Pasarán más de dos años hasta que Escocia vuelva a tener uno.

Observó la punzada de dolor que esa revelación producía en Calen y decidió dar el resto de la información de un tirón para que el trance durara lo menos posible.

—Que los guardianes de Escocia pidan al rey de Inglaterra que haga de mediador en el conflicto no será una de sus mejores decisiones.

—Eduardo tiene experiencia en ello —argumentó Calen, intentando defender la decisión que habían tomado los guardianes—. Ha terciado en otras disputas de este tipo.

—No lo dudo, pero no será un árbitro objetivo. Tiene sus propios intereses y alargará el proceso hasta que tenga colocadas todas sus piezas en el tablero.

Calen apretó los labios y miró al frente intentando ocultar sus emociones.

—Aunque son más de trece las personas que reclaman el trono, solo hay dos aspirantes con posibilidades reales.

—John Balliol y Robert Bruce —apuntó Calen sin dejar de mirar al horizonte.

—Exacto. Pese a ello, Eduardo va a insistir en escuchar a todos. Les concederá meses para que aporten pruebas de sus argumentos y mientras, él moverá sus fichas para conseguir su objetivo.

—¿Qué es…?

—Hacerse con el poder en Escocia.

Calen se puso en pie como si le hubieran clavado un garfio en el trasero.

—Eso no va a ocurrir —bramó más alto de lo que pretendía—.

Lo ha intentado antes, por eso, cuando se acordó el compromiso de Margarita con el hijo de Eduardo quedó claro que el posible descendiente que pudieran tener, reinaría en ambos territorios.

No puede anexionársela. En el tratado de Brigham se comprometió a respetar la existencia de Escocia.

—Escocia no desaparecerá. Aunque, en la práctica, estará supeditada a Inglaterra. Eduardo va a conseguir que ambos candidatos al trono lo reconozcan como su señor feudal. Mientras no lo hagan, se encargará de seguir alargando el proceso de elección.

Él volvió a sentarse a su lado. Isabel respetó su silencio.

Sabía que era demasiada información para digerir de golpe.

Calen seguía con la mandíbula tensa y la vena de la sien más hinchada de lo habitual, signo inequívoco de que sus revelaciones no le estaban gustando demasiado.

Pero aún faltaba un último dato por desvelar.

Calen se levantó y de espaldas a Isabel, preguntó:

—¿Cuál de los aspirantes será el próximo rey?

Sin darle tiempo a que respondiera, Calen, sin girarse, insistió:

—Dime quién será.

—Balliol —respondió Isabel a media voz—. Pero, cuatro años más tarde, a pesar de haber jurado lealtad a la corona inglesa, se rebelará contra Eduardo. Habrá una batalla que perderá y, tras ella, se verá obligado a abdicar.

Calen, en un intento de controlar su rabia, apretó los puños hasta hincarse las uñas. Se avecinaban tiempos difíciles para Escocia y poco o nada podía hacer para evitarlos. Esa impotencia le rasgaba las entrañas.

—Guerras. Guerras y más guerras. Se supone que nuestros soberanos deben evitarnos conflictos, pero son los que los provocan y el resto quienes los sufrimos.

Volvieron a quedar en silencio. Isabel sabía que necesitaba tiempo para digerir todo lo que le había contado. Un par de minutos después, él se giró. De su rostro había desaparecido toda la rabia. Sonrió y le tendió la mano, invitándola a levantarse.

—Suficientes revelaciones por hoy. Regresemos.

Breve biografía de Duncan Callaghan: Tercer laird del clan.

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