La candidata perfecta Chapter 18
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Chapter 18

Al final llegaron a destino algo más tarde de lo previsto.

Aquella mañana, Calen no había querido interrumpir el sueño de Isabel y había abandonado sigiloso la tienda, dispuesto a esperar lo que hiciera falta hasta que ella se levantara por voluntad propia.

Los ruidos y las conversaciones del campamento terminaron despertándola una hora después.

También disminuyó el ritmo de la marcha en comparación con el día anterior.

Con la excusa de enseñarle un paraje cercano, hicieron una parada a media mañana y después otra, dos horas más tarde, para almorzar.

Una vez decidido que no acudiría a Scone hasta la mañana siguiente, que el viaje resultara lo más placentero posible para Isabel se convirtió en una prioridad.

A diferencia del día anterior, la acomodó en el caballo delante de él. Para Isabel, al tener visión de ciento ochenta grados, la marcha fue mucho más entretenida. Para él, con ella bien sujeta por la cintura y pegada a su pecho, mucho más placentera.

Si Calen hubiera viajado solo, lo más seguro es que hubiera pernoctado en el propio castillo de Scone.

De hecho, habría sido la forma más eficaz de ponerse al día de todos los chismes y rumores.

Pero estando Isabel, y para evitar violentarla con presentaciones innecesarias o tener que inventar explicaciones que podían ser evitables, prefirió montar su propio campamento en las inmediaciones de la abadía.

Eligió un claro amplio, cubierto de hierba corta.

Cercano, a no más de diez minutos a caballo, pero lo bastante apartado como para mantener la privacidad.

La rutina fue muy parecida al día anterior.

Los hombres organizaron el campamento de forma diligente y, tras un leve descanso, prepararon la cena y la compartieron alrededor de una nueva hoguera.

La diferencia estuvo en que, esta vez, Calen e Isabel se quedaron y participaron de la conversación posterior.

Calen quería que, cuando tuviera que dejarla al día siguiente sola con sus hombres, los conociera lo suficiente para sentirse cómoda. Solo por eso permitió que el viejo Tavish Boyd relatara una de sus historietas favoritas, en la que dos jóvenes Calen y Lethan hacían de las suyas.

—Aún recuerdo la que organizaron estos dos cuando se les ocurrió apostar a ver quién llegaba antes desde el patio de armas hasta la torre.

—No habría habido ningún problema —intervino Lethan, recordando la anécdota—, si este, al ver que iba a perder, no hubiera intentado hacer trampa.

Calen, sentado sobre un tronco seco, escuchaba con las piernas separadas y los codos apoyados en las rodillas. Su media sonrisa indicaba que también recordaba la historieta en cuestión.

—No hice trampa —afirmó pausado—, solo reestructuré la ruta. No contaba con que hubiera tanto transeúnte en ella.

—¡Vaya si había! Al joven laird no se le ocurrió otra cosa que atajar por la cocina en plena preparación de un banquete.

Volaron cacerolas, se volcaron sacos de patatas…

dos de las sirvientas terminaron en el suelo, en un revoltijo de faldas y verduras a medio cortar…

Y cuando una de las cocineras consiguió acorralar en una esquina al joven Lethan, justo cuando iba a atizarle con una cuchara de palo, este le dio un empujón, la tiró de espaldas y saltó por encima como alma que lleva el diablo.

Isabel se tapaba la boca con una mano, imaginándose a la perfección la escena.

El afable Tavish era un estupendo cuentista.

A Lethan le pegaba mucho ese tipo de comportamiento.

Y, conociendo el espíritu tan competitivo de Calen, estaba segura de que al travieso Lethan no le habría costado demasiado convencer a su hermano mayor para participar en la carrera.

—Bueno y ¿quién ganó? —preguntó uno de los hombres.

—Eso es lo mejor —respondió Tavish entre risas—. Ninguno. Su padre los atrapó justo antes del último tramo de escaleras y los hizo correr alrededor del patio durante más de una hora, cargados cada uno con una alforja llena de piedras a la espalda.

—Y a mí, además, por orden de mi padre, la cocinera me tuvo pelando patatas toda una semana —confesó Lethan, también entre risas.

Lo que Lethan jamás supo, porque Calen nunca se lo contó, fue lo dolorido que estuvo él durante aquella semana por culpa de los correazos que le propinó su padre.

—No te azoto para humillarte —le dijo su padre—.

Un futuro laird debe aprender a respetar el trabajo de todos, empezando por el de los más humildes.

Si no respetas al que trabaja para ti, ellos tampoco te respetarán.

Te obedecerán, por supuesto, pero no tendrás su respeto. El respeto, hijo, hay que ganárselo.

Estuvo pensando en las palabras de su padre gran parte de la noche.

Al día siguiente, sin que él se lo hubiera ordenado, había bajado a las cocinas y pedido disculpas a todos los implicados en su fechoría.

Llevó un ramillete de flores silvestres, que él mismo había cortado esa mañana, para cada una de las sirvientas que habían acabado tendidas en el suelo y pidió al herrero que afilara con esmero el cuchillo favorito de la cocinera.

Después, pasó parte de la mañana ayudando a descargar uno de los carros de víveres que acababa de llegar del mercado.

Y comprobó que su padre tenía razón. En las cocinas dejaron de verlo como un adolescente consentido para considerarlo el futuro laird.

Calen aprendió la lección. Además, la cocinera, una cascarrabias que dirigía sus dominios con mano de hierro, con la que todos temían tener la más mínima desavenencia, se convirtió en la más servicial de sus criados.

A partir de ese día, sin que él lo pidiera, siempre aparecía en el menú de la semana alguno de sus platos o postres favoritos.

La charla continuó. Todos terminaron contando alguna de sus travesuras de la infancia. Incluso Isabel compartió cómo, a los trece años, se rompió el brazo al intentar salir por la ventana para acudir a la fiesta de una amiga a la que sus padres le habían prohibido ir.

Calen no dejó de observar con disimulo las reacciones de Isabel. Estaba a gusto y relajada, por eso no le importó alargar la velada un poco más. Pero en cuanto vio que el cansancio la vencía y le arrancaba un bostezo, la dio por concluida.

Isabel despertó por culpa del reguero de besos que Calen estaba escondiendo entre sus cabellos. Se giró para mirarlo de frente y, una vez más, se perdió en la verdura de sus ojos.

—He de irme. Lethan debe acompañarme.

En cuanto vio asomar el primer vestigio de pánico en la mirada de Isabel, añadió:

—Tavish y otros tres hombres se quedan contigo. Aun así, mientras yo esté ausente, procura no alejarte demasiado. Estos eventos atraen a muchos curiosos y, también, a algunos indeseables.

No era necesario que se lo advirtiera. Basándose en su limitada experiencia en ese tiempo, no pensaba dar ni un paso fuera de la tienda sin tener a uno de los hermanos a su lado.

Pasó la mañana sola. Ese retiro voluntario le permitió tomar conciencia de su nueva realidad. « ¡Has viajado en el tiempo!» se gritó mentalmente.

Según pasaban las horas, esa sensación de zozobra constante fue desapareciendo y empezó a tranquilizarse.

Incluso se dejó convencer por el amistoso Tavish para comer con ellos junto al fuego, lo que le permitió conocer alguna anécdota más de los hermanos Callaghan.

Aunque, no tentó a la suerte y regresó pronto a la seguridad que le proporcionaba la tienda.

Se tumbó de espaldas sobre las mantas y, de nuevo, su viaje y lo extraordinario del mismo ocuparon sus pensamientos.

A medida que ese pánico inicial cedía, fue siendo sustituido por un estado de excitación bastante más difícil de controlar. « ¡HAS VIAJADO EN EL TIEMPO !», siguió repitiéndose para autoconvencerse.

A última hora de la tarde escuchó ruido de caballos y, al reconocer la voz de Calen entre los recién llegados, se puso en pie y salió a recibirlos.

Sus miradas se encontraron y, como si se hubieran lanzado un hilo invisible, los fue atrayendo el uno hacia el otro.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó Calen, sonriente, solo para que la voz de Isabel confirmara lo que ya su mirada le había contado.

—Todo perfecto. ¿Y vosotros?

Fue Lethan, que se había acercado a ellos, el que respondió:

—Imagínate un nido de víboras y un gallinero repleto de gallinas cotorras, mézclalo bien y tendrás algo parecido a lo que se respira en los salones y pasillos de Scone.

—Suena aterrador.

—Lo es —aseguró Lethan después de pegar un trago al pellejo [17] con cerveza que traía en la mano—. Si me dieran una moneda por cada rumor que he oído, podría comprarme media Escocia —aseguró divertido, antes de pasarle el pellejo a su hermano.

—La noticia de la muerte de Margarita ha llegado a última hora de la mañana —relató Calen, después de dar un generoso trago al pellejo—. Desde entonces, todos hablan, intentando parecer que saben algo más que el que tienen al lado, pero nadie sabe nada.

—Y, ¿entonces?

—Hoy se ha desatado la locura de los chismes y las teorías conspiratorias. Esperemos que mañana se restablezca la cordura y haya avances.

—¡Me muero de hambre! —anunció Lethan, masajeando su estómago—. Casi no me han dejado probar bocado en todo el día. ¿Qué tal si seguimos con la tertulia mientras comemos algo?

Aunque los hermanos ya conocían el fallecimiento de la pequeña Margarita, se suponía que acababan de enterarse, así que pusieron a los hombres al corriente de las novedades, y la noticia se convirtió, como era de esperar, en el tema de conversación durante la cena.

Y, tras una breve sobremesa, dieron por concluido el día y se fueron a dormir.

Calen entró a la tienda como una exhalación, pero se detuvo en seco al percatarse de que Isabel estaba dormida.