Chapter 17
Para media tarde, la tensión, tanto física (tenía el trasero insensibilizado con tanto bote repetitivo) como emocional, dio paso a un cansancio extremo. Por suerte, Calen dio la orden de detenerse y acampar, e Isabel pudo al fin bajar del caballo.
—¿A qué viene esa cara de perros? ¿Tienes algún problema? —preguntó Lethan con cierta malicia, pues ya imaginaba el motivo.
—En las películas cabalgar parece mucho más sencillo y apetecible que en la realidad —protestó, masajeando con disimulo sus nalgas para reactivar la circulación sanguínea en la zona.
Lethan soltó una sonora carcajada. Admiraba a aquella mujer que había sido capaz de embarcarse en esa aventura de manera consciente y voluntaria, no como él. Pero, a veces, no podía resistir la tentación de hostigarla.
—Si quieres —propuso mientras avanzaba con lentitud hacia ella—, puedes tumbarte boca abajo sobre mis muslos y yo masajearé gustoso la zona afectada.
Isabel empezó a retroceder sin quitarle la vista de encima, con su dedo índice alzado de forma amenazadora ante la nariz de Lethan.
—Ni se te ocurra.
—¿Por qué no? Seguro que sientes alivio de inmediato. Soy muy bueno masajeando esa parte del cuerpo femenino. Tengo mucha experiencia.
—No lo dudo. Pero este trasero no va a contribuir a engrosar esa larga lista tuya.
Isabel no había dejado de observarlo, por lo que adivinó sus intenciones y, un segundo antes de que intentara apresar su muñeca, se dio la vuelta, dispuesta a echar a correr. Soltó un gritito, sobresaltada, cuando al hacerlo chocó contra algo.
—¿Se puede saber qué hacéis? —siseó Calen, malhumorado, al tiempo que, como un acto reflejo, sujetaba a Isabel por la cintura al toparse con ella.
Lethan colocó las manos a su espalda, detuvo su avance e intentó hacer desaparecer de su cara cualquier resquicio de diversión. Después, respondió lo más serio que pudo.
—Nada. Solo charlábamos amigablemente.
—Pues busca otra persona con quien charlar amigablemente. Todos los hombres os observan.
Esta fue una de esas veces en las que Isabel tuvo la impresión de que los hermanos mantenían una conversación paralela, al margen de las palabras que salieran de su boca.
Lethan echó un vistazo a su alrededor y, en cuanto comprobó que lo que decía Calen era cierto, su semblante se oscureció. Se puso serio, pidió disculpas y se alejó, no sin antes guiñar un ojo a Isabel de manera casi imperceptible.
Isabel se encaró con Calen e intentó justificar la actuación de Lethan.
—No era para tanto.
—Sí lo es. Los hombres no dejan de observar la forma en la que te tratamos.
Si nosotros nos tomamos libertades, deducirán que ellos también pueden hacerlo y nos imitarán.
Si te pierden el respeto, no podré protegerte.
Mi hermano, aunque actúe como un inconsciente, sabe que debe guardar las formas. Ha sido un irresponsable.
Tras su explicación, Isabel entendió su reacción y la agradeció. Eso la hizo sentirse segura y protegida. Continuó guardando las distancias y, sin que su postura o gestos pudieran levantar la más mínima sospecha ante cualquier posible espectador, preguntó con el tono más sensual que pudo:
—Entonces, mientras estemos aquí, ¿no vas a volver a tocar mi trasero?
Calen no pudo retener una leve sonrisa. Era la primera vez que Isabel utilizaba un tono tan insinuante.
Era evidente que lo hacía porque sabía que ahí, delante de todos, por mucho que lo deseara, él no iba a poder responder como le hubiera gustado.
Pero estaba casi seguro de que, sin ni siquiera tocarla, con su voz como única herramienta, era capaz de hacerla ruborizarse y quiso comprobarlo.
—No. Nunca lo haré, mientras haya alguien observándonos.
Bajó el tono de su voz, haciéndola aún más grave y añadió:
—Pero, en cuanto estemos a solas, haré mucho más que tocarlo.
En efecto, el color de las mejillas de Isabel subió de intensidad de inmediato, pero la sonrisa seductora que le dedicó lo animó a poner en práctica su advertencia a la primera ocasión.
En tiempo récord sus hombres montaron un campamento que incluía una pequeña tienda para Isabel, que estuvo observando todo el despliegue de actividad desde una distancia prudencial.
Intentando pasar desapercibida, pero sin alejarse demasiado de Calen o Lethan, los únicos presentes que, de momento, le inspiraban confianza.
Por eso, cuando poco más tarde circundaba el campamento en un corto paseo y sintió que un brazo rodeaba su cintura, no pudo evitar que escapara de su garganta un grito que quedó ahogado casi al instante por los ardientes labios de Calen.
Una vez que identificó a su atacante, se dejó arrastrar al interior de la tienda y disfrutó del apasionado beso.
—Me has asustado.
—Ya te he dicho que no tienes por qué temer nada, solo disfruta del viaje —aseveró, molesto por su desconfianza.
—No puedes ordenarme no tener miedo. ¿No te das cuenta de lo absurdo que es?
—protestó Isabel—. Es fácil decir «no tienes que temer nada» —repitió con voz aflautada— pero, desde que he llegado, todo mi cuerpo está en tensión permanente.
Todo es similar: paisajes, sonidos… y, a la vez, todo tiene un matiz diferente.
Creo que pasarán algunas horas antes de que consiga deshacerme de esa mezcla de angustia y pánico que siento en este momento.
Calen comprendió que tenía razón. Él mismo había sentido algo parecido cuando viajó al futuro.
—Perdóname. Tengo tantas ganas de que disfrutes de todo esto que olvido lo singular de la situación.
Deslizó ambas manos por los antebrazos de Isabel, a modo de caricia y añadió, con tono meloso:
—Lo entiendo. Estás tensa y tienes motivos para estarlo.
Que de repente se mostrara tan comprensivo puso en alerta a Isabel. Aun así, la pilló desprevenida cuando, al tiempo que la tomaba por la cintura, añadió con tono pícaro:
—Tendremos que hacer algo para que te relajes.
Un nuevo grito, esta vez seguido de una carcajada, escapó de su garganta cuando la alzó y la tiró sobre el mullido montón de mantas que habían colocado en el suelo a modo de colchón. Y, como la vez anterior, Calen se vio en la obligación de acallarlo antes de que llegara a oídos de sus hombres.
Para cuando reaparecieron en el claro, ardía una viva fogata y todos se afanaban en los preparativos de la cena. Lethan colaboraba como uno más en las tareas y parecía llevar la voz cantante en la conversación.
—¿No deberíamos acercarnos a ayudar nosotros también? —preguntó Isabel, acurrucada bajo el brazo de Calen.
—No —respondió este sin el menor remordimiento.
A Isabel le hizo gracia su rotundidad. Lo miró sonriente y él le devolvió la sonrisa.
—Ven, sentémonos allí hasta que nos avisen para cenar.
Calen la tomó de la mano y juntos caminaron hasta un pequeño montículo.
Se sentó sobre la hierba, apoyando la espalda en un murete medio derruido e hizo señas a Isabel para que tomara asiento delante de él, entre sus rodillas.
Isabel obedeció. Apoyó su espalda en el pecho masculino y colocó los codos sobre las rodillas de Calen.
Respiró hondo y, mucho más relajada que al principio de la jornada, disfrutó de las vistas de postal.
La hoguera ya chisporroteaba con fuerza y el olor a leña quemada cada vez era más intenso. Por detrás de los resoplidos de los caballos y de las voces y risas apagadas de los hombres, distinguió el sonido del agua del arroyo cercano, discurriendo sin prisa.
—¿Muy distinto a Salamanca? —preguntó Calen.
—Tampoco tanto. Es lo curioso. Estoy segura de que en los alrededores de Salamanca hay un paraje similar.
Con un arroyo serpenteante y un bosque parecido a aquel —indicó señalando las copas de árboles—.
Tal vez aquí sean abetos y allí pinos. Tal vez aquí huela a brezo y allí a tomillo, pero en esencia, son muy parecidos.
Un lobo eligió ese momento para aullar entre la espesura.
—¿También tenéis lobos?
—Sí, aunque no tantos como antes. Ahora hay más jabalís… y estudiantes con guitarras —añadió divertida— que, a veces, son más peligrosos.
Depositó un beso en una de las muñecas de Calen y dejó caer la cabeza hacia atrás hasta posarla en su pecho.
—¡Todavía no puedo creer que esté aquí contigo! —exclamó dejando libre por un momento todo el asombro que todavía colapsaba su mente.
—Créelo. Estás aquí. Conmigo —le aseguró apretándola más contra su pecho—. Como yo estuve primero allí, contigo. No sé cuántas normas, reglas o leyes me he saltado para lograrlo ni si tendrá consecuencias, pero si las hay, habrá valido la pena.
Isabel giró la cabeza y estiró el cuello para alcanzar a besar sus labios. Luego volvió a acurrucarse entre sus brazos.
De forma gradual y casi imperceptible, la intensidad del sol había ido disminuyendo y las sombras habían empezado a ganar terreno.
El viento cambió por un segundo de dirección e Isabel percibió un exquisito olor a carne asada.
—¡Mmmm! ¡Qué bien huele! ¿Qué están cocinando?
—Supongo que venado ahumado. Suele ser el plato estrella de estas «barbacoas» campestres improvisadas —respondió, orgulloso de haber incorporado a su vocabulario esa palabra tan futurista para él—. ¿Tienes hambre?
—Creía que no, pero este olorcito me está haciendo salivar de anticipación.
Calen rió con ganas al tiempo que la instaba a levantarse.
—Pues vamos a ponerle remedio.
El olfato no le había fallado a Calen. Los hombres habían cortado una veintena de ramas afiladas, en las que habían ensartado gruesas lonchas de carne ahumada. Las habían clavado en la tierra, alrededor de la hoguera, permitiendo que el calor abrazara la carne dorándola despacio, sin quemarla.
A Isabel la escena le recordó a los habituales espetos de sardinas que se preparaban al atardecer en los chiringuitos de cualquier playa de Andalucía.
Allí, el humo olía a sal y mar. Aquí, a resina y carne curada.
Dos formas sencillas de cocinar, separadas por siglos y kilómetros de distancia, pero en lo esencial muy similares.
Completaba el menú una especie de pan plano, que estaban recalentando sobre piedras calientes y un poco de queso curado.
Lethan sirvió un líquido ambarino en su taza de madera y se la ofreció a Isabel.
Estaba sedienta así que su primer trago fue generoso.
Los dos hermanos esperaban su reacción, que no se hizo esperar: nada más tragar, arrugó la nariz y torció el gesto, dejando claro lo desagradable que le había resultado el sabor.
Lethan soltó una carcajada:
—¿Ves cómo nuestra cerveza es bastante más contundente que la vuestra?
—Buajjjj —exclamó con expresión agria, por si quedaba alguna duda—. ¿Cómo os puede gustar esto? ¡Sabe asqueroso!
Calen intentaba no sonreír. Cogió su odre y se lo entregó. Isabel la aceptó, pero dudó si beber y él respondió a su muda pregunta:
—Es agua del arroyo.
Con el último bocado, ya con la noche cerrada, Calen e Isabel se retiraron a la tienda. La conversación del resto, aún reunidos alrededor de la hoguera, se prolongó un poco más.
Isabel, recostada de medio lado sobre la gruesa manta que servía de colchón, con el cuello apoyado en el antebrazo de Calen y este muy pegado a su espalda, quiso saber lo que depararía el nuevo día.
—Nos queda una media jornada de camino.
—¿Todavía? —protestó Isabel, preocupada por sus posaderas.
—Si no fuéramos a paso de tortuga…—bromeó él.
—Intento no retrasar.
—Lo sé —afirmó, depositando un beso entre su melena—. No te preocupes, haré de ti una estupenda amazona.
Calen notó cómo la espalda de Isabel se tensaba y se dio cuenta de que su subconsciente le había jugado una mala pasada.
Él veía ese viaje como el preámbulo de uno mucho más largo y definitivo.
Para Isabel solo eran unas vacaciones, de no más de tres o cuatro semanas, en un destino cuanto menos exótico, nada más.
Ni imaginaba lo que su negativa a considerar esa opción de «destino permanente» podía significar para Calen.
—¿Te acercarás mañana a Scone? —preguntó decidida a acabar con la incomodidad que había provocado el comentario de Calen.
—Creo que no. Si las fechas que manejamos son correctas, tenemos margen. Iré al día siguiente.
—¿Cuánto tendremos que quedarnos?
—Depende de lo que tarde en llegar la noticia de la muerte de la heredera. Iremos viendo sobre la marcha, pero no creo que sean más de dos o tres días. El descanso le vendrá bien a tu trasero —añadió, dejando un reguero de pequeños besos en el cuello de Isabel.
—No lo dudes —aseguró ella, girando la cabeza para ampliar el acceso a la zona.
—Estoy pensando —murmuró Calen entre beso y beso— que tal vez debería hacer un seguimiento minucioso de esa parte de tu cuerpo para verificar su estado y posterior mejoría.
Isabel, entre risas, respondió con tono juguetón:
—Tal vez…
—Entonces será mejor empezar cuanto antes —replicó Calen de inmediato.
Lethan, al igual que el resto de los hombres, escuchó desde su ubicación junto a la hoguera las risas y súplicas intercaladas de Isabel, e imaginó lo que seguiría después.
Para darles algo de intimidad, dio por terminada la tertulia.
Disolvió el corrillo y repartió algunas tareas entre los hombres para mantenerlos distraídos y alejados.
Breve biografía de Ian Callaghan: Segundo laird de clan.
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