La candidata perfecta Chapter 16
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Chapter 16

—No te alejes ni te entretengas demasiado —le advirtió este—. El pastor llegará en cualquier momento.

—Tranquila, tómate el tiempo que necesites —rectificó Lethan, con tono de superioridad—, el pastor aún tardará un poco en llegar. Le va a llevar un poco de tiempo encontrar a su perro —aclaró, socarrón.

Isabel no se entretuvo. Regresó en menos de cinco minutos y, para entonces, ya le esperaba un cuenco con leche recién ordeñada y una porción de una especie de bollo dulce, cuyo nombre desconocía, pero que estaba delicioso.

—¿Y los hombres? —preguntó Calen.

—Les he dicho que se adelanten y nos esperen en el cruce de Kilbrae Cross —respondió Lethan, al tiempo que se ponía de pie y se sacudía las briznas de paja que se habían adherido a sus pantalones.

Isabel tragó su último bocado y preguntó con un leve tono de pánico que no logró disimular.

—¿No viajamos los tres solos?

—No —respondió Calen, mientras vertía un poco de agua en las tazas para aclararlas y las metía en un pequeño zurrón con el resto de enseres—. No puedes quedarte sola mientras nosotros acudimos al teatrillo de la coronación. Mis hombres te harán compañía. No te preocupes, son de total confianza.

Isabel todavía no había pensado en lo que iba a ocurrir más allá de los próximos diez minutos, pero parecía que ellos ya lo tenían todo controlado. Y eso ayudó a apaciguar su desasosiego.

Echó un vistazo al recinto y localizó unos montones de paja apilados que bien podían servir de improvisado vestidor. Cogió el montón de ropa y fue para allá.

Desató el nudo y desplegó los ropajes. Había una blusa de lino de manga larga, rematada en los puños con lazos deshilachados. Sonrió divertida. «¡Qué gracia! ¡Claro, olvídate de los botones, Isabelilla!», se dijo a sí misma.

Lo siguiente en la pila era una sobrefalda de lana basta, de color pardo rojizo, algo recia al tacto, pero sorprendentemente ligera. Olía a humo y a puchero.

La última prenda era una falda larga y esta, sí, muy pesada.

Unas gruesas medias completaban el ajuar.

Al desdoblarlas cayó al suelo una cinta oscura, dedujo Isabel para recogerse el cabello: «Adiós a la goma y las horquillas, Isabelilla» volvió a murmurar para sí misma, mientras se desprendía de ellas y las guardaba en el bolsillo de sus vaqueros.

Empezó a vestirse la mar de divertida. La situación le recordaba mucho a las pruebas de vestuario que hacían previas al estreno de una obra, cuando formaba parte del grupo de teatro de la universidad.

Cuando terminó, revisó su aspecto y suspiró resignada.

Tendría que valer. Se sentó en el suelo para probarse los zapatos.

Los brogues de cuero rústico, como había vaticinado Lethan, con aquellas medias tan gruesas, le quedaban pequeños.

Se colocó uno de los de caña alta y se levantó para dar un par de pasos y decidió dejarse puestos debajo de las medias sus propios calcetines para que ajustaran mejor.

Reapareció con la vista fija en el suelo, pendiente de no pisarse las faldas.

Cuando levantó la mirada, se quedó inmóvil, impactada por el aspecto tan distinto que presentaban los hermanos.

Isabel ya conocía las prendas de vestir habituales de ese siglo, pero una cosa era leer su descripción en un libro o verlas en un grabado, y otra muy diferente contemplarlas al natural, sobre un cuerpo de carne y hueso.

Calen vestía ahora una túnica azul oscura, adecuada para una jornada a caballo.

Sencilla, pero impecable. Bajo la túnica, unos braccae [15] de lana grisácea, que por lo que intuía, eran tan estrechos y ajustados como los que lucía Lethan.

Y, también como su hermano, llevaba un calzado de cuero robusto que le protegía hasta la pantorrilla, con las punteras algo desgastadas, pero, a simple vista, de buena calidad.

Pero, lo que más la impresionó fue la espada que, sujeta a su cintura, colgaba a lo largo de su costado derecho.

Hubo otro elemento de la vestimenta que no pasó desapercibido en el escrutinio de Isabel.

A pesar de no haberlo visto nunca, lo reconoció al instante.

El broche de plata que sujetaba los pliegues del inmenso plaid de gruesa lana que cubría sus hombros, era, sin duda, el que su padre había encargado expresamente para él, y que reproducía fielmente el escudo del clan: Dos lobos rampantes enfrentados, con las fauces abiertas y las garras tensas, custodiando una espada en posición vertical entre ellos.

Y sobre la empuñadura, una media luna invertida.

Lethan también lucía ahora una túnica sobre su blusón y una capa sobre los hombros, muy similar a la de Calen.

Y, como su hermano, llevaba colgada de su cinto una espada de dimensiones impresionantes.

La pose de ambos era una réplica exacta de la que lucían los actores que interpretaban a valientes guerreros escoceses en las películas.

Pero ahora no eran meros disfraces. Esto era muy real.

Fue una sensación extraña, como si de pronto los conociera de forma más profunda, más cercana y, a la vez se hubieran alejado.

Se estaba emocionando y no quería añadir el llanto a su aspecto que, ya de por sí, seguro resultaba bastante ridículo.

—¡Jo! ¡No es justo! —exclamó, contrariada.

—¿El qué no es justo?

—Vosotros estáis impresionantes. Esas ropas os quedan como un guante. ¡Miradme a mí! —se quejó, dando un giro de trescientos sesenta grados con cara de enfurruñada.

Los dos rieron divertidos, más que por su aspecto, que no era para tanto, de hecho, Calen, al verla, había sentido orgullo y un fuerte tirón en la entrepierna, por su expresión tan lastimera.

—Venga, deja de protestar. No es para tanto —la animó antes de besarla—. Deberíamos ponernos en marcha —añadió, cambiando el tono, al tiempo que se agachaba para recoger las ropas que se habían quitado y llevarlas al fondo del corral.

Lethan se quedó con Isabel. Cruzó los brazos y la sometió a un escrutinio parecido al que había sufrido él primero.

—Para solo llevar unas horas aquí, yo no te veo tan mal —sentenció, mientras se frotaba la mejilla con aire pensativo.

—¡Andando! —ordenó Calen, ya de vuelta, posando la palma de la mano en la parte baja de la espalda de Isabel, invitándola con el gesto a ponerse en marcha.

Isabel respiró hondo y se dejó guiar. «¡Vamos allá!», se dijo a sí misma. «¡Lo desconocido nos espera!»

Cuando rodearon la cabaña e Isabel se dio de bruces con los caballos, volvió a tener la misma sensación que poco antes: en las películas no parecían tan grandes.

Los ojos de Calen se iluminaron en cuanto tuvo a la vista a su caballo.

Se dirigió hacia él y durante cerca de un minuto, Isabel tuvo la sensación de que ambos mantenían algo muy parecido a una conversación.

Se colocó a su lado y, al tiempo que le acariciaba las crines y el lomo, le susurraba palabras que el animal parecía entender, porque emitía relinchos y estiraba el cuello tras cada una de sus frases.

Isabel estaba impresionada. Otra vez, la realidad superaba con creces a la ficción.

Calen dio por terminado el saludo, tomó las riendas y, ágilmente, se subió al caballo. Entonces la miró y extendió su brazo con la mano estirada hacia ella.

Isabel puso los brazos en jarra, sin entender qué pretendía que hiciera.

—Agárrate a mi mano y apoya el pie en el estribo. Yo haré el resto.

Isabel calculó la altura a la que estaba el estribo.

Mínimo setenta centímetros del suelo. Ni en sus años de más actividad física, cuando se apuntó a un gimnasio y consiguió acudir, no sin mucho sacrificio, dos días por semana durante tres largos meses, habría sido capaz de subir su pie hasta esa altura.

Miraba alternativamente a Calen y al estribo, intentando pensar alguna solución, cuando las fuertes manos de Lethan la sujetaron por la cintura y, sin el menor esfuerzo, la alzaron y la sentaron tras Calen.

—Asunto resuelto —afirmó satisfecho, mientras se frotaba las palmas de las manos.

El caballo de Calen, al notar un extra de peso, cambió de postura e Isabel se sujetó rápidamente a la cintura de Calen. Por supuesto, a él no le importó.

Se pusieron en marcha, rumbo a la intersección en la que esperaba el grupo de jinetes que les servirían de escolta.

Justo antes, al girar el recodo, en lo alto de una pequeña ladera, Isabel divisó una edificación medio en ruinas.

Muros bajos, sin tejado y con parte de las piedras de la estructura ocultas bajo la maleza.

A primera vista, le pareció un viejo refugio de pastores, como los que había visto alguna vez en las sierras cercanas a Salamanca.

Pero entonces se fijó en la cruz. Alta, solitaria y, a pesar de que su brazo izquierdo estaba partido, mostrando cierta robustez y dignidad.

—Es lo que queda de la celda monástica [16] de Kilbrae —le informó Lethan al ver hacia dónde miraba—.

Un solitario monje fue su único morador durante muchos años.

Los ancianos cuentan que encendía fuegos cada noche para guiar a los viajeros que cruzaban estos caminos.

Cuando murió, el monasterio del que dependía no mandó relevo y el lugar quedó abandonado.

Isabel observó con detenimiento la estructura, intentando imaginar la vida del monje que la ocupó durante tanto tiempo.

En el momento en que llegaron a la altura de los hombres que los esperaban en el cruce, la postura de Calen se transformó. Recuperó su porte de Laird.

Isabel, lamentablemente, no fue capaz de percibir ese fugaz aunque importante momento en que el Calen, «viajero en el tiempo», se desvanecía y resurgía el Calen Callaghan, «quinto laird de Glenbràith».

No fue hasta días después cuando empezó a echarlo en falta.

Y pasaría mucho tiempo hasta que el Calen «viajero en el tiempo» reapareciera.

Los hombres se miraron entre sí y avanzaron en bloque hacia ellos.

Se detuvieron ante el caballo de Calen y al unísono inclinaron la cabeza a modo de saludo.

Isabel observaba en silencio, con el corazón desbocado y una mezcla de asombro y expectación.

Por sus expresiones, era evidente que se alegraban de verlo después de tantas semanas.

Aunque, en su actitud, más allá de la alegría por el reencuentro, se percibía con mucha más fuerza el respeto y la lealtad que le profesaban.

Si alguno se extrañó por la presencia de aquella mujer a la grupa del caballo de su laird, ninguno lo expresó en voz alta.

Isabel, aferrada con fuerza a la cintura de Calen, se limitó a escuchar su escueto intercambio de frases, muy atenta y consciente de esa demostración de sumisión y jerarquía que estaban llevando a cabo los hombres del clan.

No dijo ni palabra, bastante tenía con tirar de su falda hacia abajo, intentando cubrir la parte visible de sus muslos con la tela.

No pasó desapercibida para Calen la lucha que mantenía con su faldamento. Y mientras esperaban a que los hombres volvieran a montar, le murmuró entre dientes:

—¿Quieres parar quieta? ¿Qué te pasa?

—Son estas dichosas faldas —siseó ella en voz baja—. Se me ve todo. Me parece que no es la indumentaria perfecta para una amazona.

Calen se giró levemente para mirarla a la cara.

—Nadie se va a fijar en tus piernas.

—¡Sí, claro, porque tú lo digas! —replicó mientras levantaba un poco el trasero, intentando que la falda bajara unos centímetros.

—Sí, exacto.

Isabel, sorprendida, detuvo su particular guerra con sus ropajes.

Era una frase hecha. No esperaba respuesta y menos, esa respuesta.

Entonces observó a los hombres y sí, ciertamente ninguno la miraba.

En realidad, más bien la ignoraban. Volvió la vista hacia Calen y antes de que este se volviera para fijar la mirada al frente, apreció un brillo, mezcla de orgullo y superioridad, en sus ojos.

Era evidente que en el saludo que Calen había hecho a sus hombres, se había encargado de incluir la orden de: respeto absoluto a la dama.

¿Cómo lo había hecho? Isabel no tenía ni idea.

Pese a la aparente indiferencia, Isabel procuró no llamar la atención. Pasó gran parte de la mañana callada y con un hormigueo raro en el estómago, mezcla de miedo, curiosidad y expectación difícil de explicar.

Breve biografía de Malcolm Callaghan: Primer laird de clan.

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