Chapter 15
Calen ya llevaba un rato en vela, pero había permanecido muy quieto para no interrumpir el sueño de Isabel.
No se cansaba de mirarla y todavía le parecía mentira que estuviera allí.
En sus tierras. En sus brazos. Su intención era acudir hasta Scone Abbey y en cuanto terminara la pantomima de la fallida coronación, regresar a Glenbràith.
Estaba deseando mostrarle toda la belleza que encerraban sus tierras y su gente.
Por la luz que se colaba entre los tablones de la techumbre, calculó que no faltaba demasiado para que el pastor pasara a recoger el rebaño. Lo cual quería decir que Lethan reaparecería en cualquier momento. Aun así, no quiso despertarla.
Isabel se durmió con su espalda bien pegada al pecho de Calen y despertó de la misma forma, como si no hubieran cambiado de postura en toda la noche.
—Vamos, dormilona. Hora de levantarse —exclamó Calen, al tiempo que se ponía en pie y se desentumecía.
Un instante estaba adormilada y al segundo siguiente fue consciente de dónde y cuándo estaba.
Eso bastó para despejarse por completo, con todos los sentidos en alerta.
Se levantó con tanta rapidez que uno de los pies se enredó en la manta y, gracias a los buenos reflejos de Calen, no cayó de bruces.
—Eh, cuidado —advirtió Calen, abrazándola por la cintura.
Isabel se sujetó a sus brazos y se perdió en el verdor de esos ojos que la miraban.
—Buenos días —musitó, sonriendo.
Calen permaneció callado preguntándose cómo una mujer, con aquel aspecto tan desaliñado, podía resultar tan atractiva.
—¿Qué haremos hoy? —oyó que le preguntaba.
—Cabalgar.
Isabel frunció el ceño.
—Me temo que eso va a ser un problema —confesó contrariada—. No he subido a un caballo en mi vida. No creo que sea capaz de sostener las riendas.
—Por suerte, no tendrás que hacerlo —aclaró Calen, deslizando su dedo índice por la nariz de Isabel—. Yo lo haré por ti. Tú solo tendrás que sujetarte fuerte a mi cintura.
Isabel sonrió.
—Eso sabré hacerlo.
Una vez más, se quedaron embelesados mirándose, hasta que las voces de Lethan los sacaron del ensimismamiento.
—¡Tortolitos! ¡Hora de levantarse!
Calen fue hasta la puerta y retiró el tablón que la bloqueaba.
—¿Por qué no gritas un poco más? Tal vez haya alguna aldea cercana en la que no te hayan oído.
—Uy, qué malas pulgas ya de mañana —exclamó Lethan, pasando de largo por delante de su hermano—. Buenos días, princesa —saludó, plantándose delante de Isabel y dedicándole una perfecta reverencia.
Ella se lo quedó mirando, sorprendida por el cambio de aspecto.
Llevaba un blusón blanco que combinaba a la perfección con su tez tostada, unos pantalones de lana que parecían una segunda piel y unos robustos brogues [14] de cuero que le cubrían hasta media pantorrilla, dejando asomar por encima las gruesas calzas de lana que lo protegían del frío y estilizaban aún más su figura.
Lethan esperó paciente, pero sobre todo divertido, a que terminara la inspección a la que le estaba sometiendo. Cuando la mirada de Isabel, tras un lento ascenso, llegó a la altura de sus ojos, le entregó el hatillo que llevaba bajo el brazo.
—Toma, te he traído algo de ropa. Pruébatela. Creo que es de tu talla. Lo del calzado era más complicado. Te he traído estos brogues sencillos, que creo que te estarán pequeños, y estos zapatos de caña alta, que quizás te estén grandes. Tendrás que rellenarlas con un poco de paja.
—No te preocupes, ya me apañaré, pero antes tengo que salir un momento.
—Sí, por supuesto —afirmó Lethan, retirándose a un lado para dejarle paso libre.
Isabel posó el hatillo en el suelo y pasó por debajo del brazo de Calen, que aún mantenía la puerta abierta.