La candidata perfecta Chapter 14
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Chapter 14

Había vuelto a suceder. Un segundo antes estaba en su salón, muerta de miedo y bien sujeta a la mano de Calen.

Un segundo más tarde, seguía muerta de miedo y bien sujeta a esa mano que era lo único que le garantizaba un mínimo de seguridad, pero ya no estaba en su casa sino en medio de ninguna parte.

El sol casi se había ocultado e Isabel no era capaz de distinguir nada a más de dos metros de distancia.

Al momento, fue consciente del frio que hacía y comenzó a tiritar.

Aunque no tuvo muy claro si era solo debido a la baja temperatura o si ese hormigueo que sentía en la boca del estómago tenía algo que ver.

Estaba aterrada. Se acercó más al torso masculino y enroscó su brazo alrededor del de Calen.

Tampoco le pasó desapercibido el cambio de actitud de los hermanos.

Nada quedaba del aspecto confiado y relajado que habían mostrado hasta entonces.

Ahora ambos estaban en guardia, atentos a cualquier posible amenaza.

El brazo de Calen al que ella seguía sujeta con ambas manos estaba tensionado y su mirada parecía ser capaz de ver a través de esa oscuridad que ganaba terreno por momentos.

Isabel fue incapaz de evitar un retemblor de pies a cabeza. Calen lo detectó, se quitó la zamarra y la colocó sobre sus hombros.

—Vuelvo enseguida —advirtió Lethan, antes de alejarse.

—Ven, esperaremos ahí —indicó Calen, tomándola del codo.

Isabel anduvo en la dirección que él indicaba y pronto se toparon con un murete de piedras. Tomaron asiento y Calen la abrazó para protegerla del frio en la medida de lo posible.

—¿Estás bien?

—¿Aparte de congelada?

—Aparte de congelada —repitió él.

—Creo que estoy todo lo bien que se puede estar después de haber viajado más de setecientos años en el tiempo… porque hemos viajado en el tiempo, ¿verdad?

—Creo que sí.

Miró a derecha e izquierda, seguía sin ser capaz de distinguir demasiado, y preguntó:

—¿Sabes dónde estamos?

—Sí. No muy lejos de casa. Lethan ha ido a asegurarse de que el camino está despejado.

Isabel afirmó varias veces con la cabeza, pero seguía mirando desconfiada a todas partes.

La tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Todo está bien, tranquila. Te prometo que vas a disfrutar de la visita —afirmó rotundo, como si solo por pronunciar esas palabras, fueran a hacerse realidad.

Isabel también lo miró. Y volvió a percatarse del cambio de actitud que se había producido en él. Tenía la sensación de que este era el verdadero Calen. Mucho más fiero, más fuerte, más orgulloso si cabe. Se perdió en esos ojos que casi era lo único capaz de distinguir y en verdad le creyó.

Le pareció escuchar unas pisadas y volvió a asustarse.

—Tranquila —afirmó Calen, sin ni siquiera girar la cabeza para comprobarlo—, es Lethan.

En efecto, el menor de los Callaghan reapareció ante ellos. Se puso en cuclillas y le entregó a Isabel un puñado de ropa.

—Toma, ponte esto. Creo que te estará bien.

Isabel miró la ropa y lo miró a él extrañada, preguntándose cómo había sido capaz de encontrar aquello, allí, en medio de la nada.

Lethan interpretó mal esa extrañeza y pensó que los ropajes no eran de su agrado.

—Lo siento, no había mucho donde elegir. Te prometo que mañana conseguiré algo mejor.

Isabel tenía demasiado frío para desvestirse así que se colocó la falda sobre los pantalones y la blusa encima de la propia.

Luego se enfundó un chaleco de lana, forrado con piel de borrego, que la sorprendió gratamente por su suavidad y calidez.

Y encima se puso la pelliza que Lethan le dio.

Era algo grande para su tamaño, pero no pensaba quejarse.

En cuanto terminó, se aferró a la mano de Calen y se pusieron en marcha. Isabel era muy consciente de cada sonido, de cada olor, de cada sombra. Todo era nuevo y antiguo a la vez.

Los hermanos, pese a la oscuridad, parecían saber exactamente dónde estaban y qué dirección tomar.

Ella se limitó a seguirlos, cosa que no le resultó fácil.

Sus zancadas eran bastante más largas que las de ella.

La falda arrastraba por el suelo y se enredaba constantemente en la maleza, haciendo que cada paso supusiera un sobreesfuerzo añadido.

—Vamos, date prisa —apremió Calen a media voz.

—Lo intento, pero no estoy acostumbrada a tener que lidiar con estos voluminosos faldamentos —protestó, tirando con ambas manos del manojo de faldas hacia arriba.

—Vamos, chica de ciudad —bromeó Lethan, divertido al verla remangarse un poco más las faldas para intentar avanzar más deprisa—, no será para tanto.

—Ya me gustaría verte atrapado aquí dentro, a ver si seguías opinando los mismo —replicó, tras un resoplido.

—Venga, dejaros de cháchara o no llegaremos nunca —ordenó Calen.

Desanduvo los pasos que los separaban y se detuvo a su lado.

—Ya falta poco —aseguró, tomándola del brazo para ayudarla a caminar.

En efecto. Diez minutos más tarde, abandonaron los campos y cruzaron un camino de suelo firme y arenoso.

Se dirigieron directos a una estructura de madera.

Retiraron el tablón que bloqueaba la puerta y entraron.

El hedor a oveja y estiércol se coló en las fosas nasales de Isabel de inmediato.

A los hermanos no pareció afectarles aquel brusco contraste de olores.

Al momento, Lethan resurgió del fondo del habitáculo con una lámpara de aceite encendida y un rebullo de voluminosas pieles bajo el brazo. Y, efectivamente, Isabel comprobó que su olfato no le había fallado. La mitad del recinto estaba lleno de ovejas.

—¿Vamos a dormir aquí? —preguntó extrañada al ver que posaban sus pertenencias en el suelo y empezaban a esparcirlas.

—Nosotros sí —respondió Calen, sin dejar de rebuscar en el saco del equipaje—. Él lo hará en casa.

—Y ¿por qué nosotros no?

—Para evitar tener que dar demasiadas explicaciones.

Aunque Calen no lo dijo, Isabel supo que se refería a explicar de dónde había salido ella. Sus siguientes palabras lo confirmaron.

—Llevamos fuera demasiados días. Lethan inventará una excusa creíble y mañana regresará con todo lo necesario para emprender el viaje a Scone. A la vuelta haremos ver que te uniste a nosotros en esta última parte del viaje. Será más creíble.

Isabel volvió a afirmar con la cabeza. Parecía que era lo único que hacía desde que habían llegado, pero estaba algo sobrepasada por la situación y para ella, al menos hasta que sus pensamientos recuperaran una cierta normalidad, era la forma más sencilla de responder.

—Bien parejita, os dejo en vuestro nido de amor. Mi cama me llama a voces.

Lethan, antes de salir, dirigió un imperceptible gesto de cabeza como despedida a su hermano y le guiñó un ojo a Isabel con picardía.

Calen volvió a cruzar el tablón, esta vez por la parte de dentro de la puerta y regresó junto a Isabel.

—Ven, al fondo estaremos más protegidos del frío.

La tomó de la mano y ella se dejó guiar.

No sabía si por culpa del viaje tan singular que acababa de realizar o por la tensión acumulada en las últimas horas, pero sentía que las piernas se le plegaban, como si acabara de correr una maratón.

Por lo que agradeció que Calen cogiera un fardo de paja, lo extendiera de forma rápida y eficiente y lo cubriera con una de las mantas que había sacado de su morral.

Luego, tiró de su muñeca y la hizo tumbarse.

Él se colocó a su lado y cubrió a ambos con otra de las mantas.

Y sobre ella, extendió varias de las pieles que Lethan había posado en el suelo.

La sensación de calidez fue casi inmediata.

Calen se pegó bien a su espalda y pasó uno de sus brazos por debajo de la cintura de Isabel, para enlazar sus dos manos a la altura del vientre.

Ella agradeció esa cercanía. No iba a confesarlo, pero estaba aterrada.

Ella no era valiente. No era aventurera.

Entonces ¿por qué se había embarcado en aquella locura? No tenía respuesta para esa pregunta.

—Te has quedado muy callada.

—Pensaba.

—¿En qué?

—¿Ya estamos en tus tierras?

—Sí. El castillo está a menos de una milla.

—¿Este cobertizo es tuyo?

Calen la apretó más contra cuerpo y después de depositaba un minúsculo beso en su oreja, añadió en un tono íntimo y posesivo.

—Sí y todo lo que hay en él, también.

—No esté tan seguro, caballero. Por si no se ha dado cuenta, las mujeres de mi tiempo ya no son posesión de nadie —ronroneó Isabel.

—Por si no se ha dado cuenta, mi bella y querida dama —aseguró Calen, dejando un reguero de besos a lo largo del cuello femenino—, ahora está en mi tiempo. Y aquí, algunas cosas son diferentes.

Isabel giró la cara para mirarlo de frente. Más que ver, debido a la poca luz, intuía su expresión, pero estaba segura que reflejaba la misma posesión que marcaba su tono de voz.

—Aquí y ahora, vos sois mía. Solo mía —repitió con convicción, antes de asaltar sus labios.

Isabel respondió al beso con la misma intensidad. Dando tanto como recibía. Él podía decir lo que quisiera, pero estaba por ver quién era más de quién.

—Pensaba que hoy vería tu hogar.

—Habrá tiempo. Hoy habría causado demasiado revuelo si además de llegar a horas intempestivas, lo hubiéramos hecho con una forastera. Es mejor así.

Le besó en la nariz y preguntó:

—¿Cansada?

—Muerta.

Calen sonrió y volvió a besar su nariz antes de recostarse y atraerla hacía sí.

—Duerme —ordenó—. Mañana te mostraré mi tiempo.

Isabel sintió un escalofrío. No supo si la causante fue la temperatura, más bien la falta de ella, pues el desplome térmico que se había producido al trasladarse desde su salón hasta los campos escoceses había sido significativo o, tal vez, se debía a ese runrún anticipativo que sentía en su estómago, fruto del miedo a lo desconocido y la excitación previa a la aventura.

En cualquier caso, agradeció el calor que irradiaba el cuerpo de Calen bien pegado al suyo.

El viento se colaba por las rendijas de la cabaña y runflaba haciendo que la sensación térmica aún fuera más baja.

Isabel se arrebujó bajo las mantas y oteó el cielo por uno de los agujeros de la techumbre.

Era tan oscuro que las estrellas parecían más brillantes.

Justo antes de dormirse pensó en toda esa locura que acababa de poner en marcha.

Pensó en lo que había dejado atrás y en lo que le depararían los próximos días.

Y se sorprendió al sentir algo de vértigo, sí, pero sobre todo expectación y ganas de vivir la experiencia de forma plena.

«Mañana comienza la aventura», gritó su mente antes de dejarse vencer por el sueño.

Breve biografía de Domhnall Callaghan: El propulsor del clan.

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